viernes, 20 de marzo de 2009

Hablando de inconsistencias numéricas

Estas computadoras del consejo electoral chavetón nos revuelven peor que una lavadora chaca-chaca del año de la pera loca. Por cierto, ¿por dónde andará el 69?

Grace Kelly: Cary, ¿cómo hacemos para atrapar al ladrón?

Cary Grant: Difícil por ahora, catira. Estos boliburgueses están burda de apoyaos. Y los del CNE son más tracaleros todavía.

Amigos todos:

Les envío adjunto documento .pdf contentivo de un análisis muy interesante referente a las inconsistencias numéricas del órgano electoral de la dictadura en el pasado "referendo". Tal como lo demuestran Juan Isaac y su equipo, con tan sólo unas cuantas operaciones aritméticas de relativa sencillez, se evidencia un descuadre entre las cifras de votos válidos, nulos, abstención e inscritos. Los resultados deberían comportarse como un balance contable, vale decir, ajustarse y coincidir por doquiera que se les observe. Tal no es el caso, nuevamente, en otro proceso eleccionario teñido de dolo.

Es llover sobre mojado el afirmar que el REP está contaminado y que todas las elecciones de la dictadura han sido fraudulentas. Esto no lo decimos para que la gente se desanime sino, más bien, para concurrir a cualesquiera comicios si y sólo si se actúa con el ánimo de desenmascarar las escalonadas trampas de que todos hemos sido víctimas. Usualmente no ha sido sino a la caída final de las autocracias cuando se ha logrado acopiar las pruebas fehacientes (the smoking gun, al decir de los anglosajones) de las tramposerías perpetradas, pero los análisis aritméticos permiten ir percibiendo por dónde han venido los tiros. Sobre el particular, existe la investigación efectuada por el equipo encabezado por el ex rector de la Universidad "Simón Bolívar", Freddy Malpica, contenida en el informe de Tulio Álvarez, de la flagrante estafa cometida en agosto de 2004 durante el denominado "referendo revocatorio". Para decirlo en venezolano: Maraña siempre sale.
A quienes nos manifiestan no creer en fraudes, dada su presencia en la auditoría post votación, alegando que el resultado arrojado por la máquina se corresponde con el número de papeletas físicas contadas, les recordamos que nadie, pero absolutamente nadie, fuera del oficialismo, verifica la imparcialidad operativa ni del software ni de los mecanismos de transmisión de la data, y, muchísimo menos, la sumatoria de los resultados en la famosa "sala de totalización". Durante la democracia civil, con todos sus errores y verrugas, cada uno de los actores involucrados tenía acceso a cualquier fase del proceso, desde la cedulación hasta la obtención de los resultados. Si acaso hubo detalles de marrullería en las tristemente célebres "acta mata votos" por la no presencia de algún testigo o por la compra de conciencias específicas. Pero, óigase bien, los fraudes sistematizados, orgánicos y evolutivos, como los actuales, son inherentes a la naturaleza de los regímenes autocráticos.

Asimismo, nos parece un lamentable error apresurarnos a "reconocer" los resultados como si estuviéramos todavía en democracia, como si se tratara de John McCain frente a Barack Obama, o de Ségolène Royal frente a Nicolas Sarkozy, o de Chachopo Pérez cuando perdió la presidencia del club de boche clavao de San Perico de Los Palotes. Tal "reconocimiento" trae consigo la frustración, el desánimo y la depresión de la mayoría ─make no mistake, siempre lo hemos sido, desde 1999 para acá─ que constituimos los demócratas de este país. Tal frustración resultó más que palpable en la semana subsiguiente al "referendo". Lo conveniente sería imitar la conducta de Alejandro Toledo el año 2000 frente a Fujimori: no reconocer y desconocer, paso previo a la resistencia pacífica y, eventualmente, a la desobediencia civil.

Para finalizar, resulta risible la irrupción de los "encuesteros" (ay, ratanálisis), saltando de plácemes porque los resultados previstos por ellos se revelan ajustados a más no poder a lo arrojado por los "transparentes y confiables" computadores del consejo electoral de la dictadura. El inmortal Guillermito Menea La Lanza (William Shakespeare) escribió en Hamlet: "Hay algo podrido en Dinamarca". Fos.

Corolario: ni para cuadrar una suma sirven estos piratones. ¿Trampitas a mí? Basié.

Para obtener el mencionado informe, accedan, por favor, a la dirección:

http://www.easy-share.com/1904112533/MODIFICACION%20BOLETINES%20RESULTADOS%2015F.pdf


martes, 3 de marzo de 2009

Amor en el cólera del tiempo

─ Prima, déme el sí.
─ ¿Otra vez en campaña, mi negro?

─ Con este despecho me sale vallenato llorón… ¡Buáaaa!

La cuneta lisérgica

Sesentera (IV)

por: Nicolás Soto

En alguna ocasión habré escuchado al famoso entrevistador británico David Frost con la siguiente frase: “Amor es desvelarse por un niño muy enfermo… o por una persona adulta muy réquete sana”. Las definiciones sobran, pero la esencia de ese sentimiento permanece universal e inalterable: la atracción inefable, inocultable e irrefrenable hacia ese otro ser que intuimos nos complementa y nos nutre afectiva y espiritualmente. Sus síntomas varían según la víctima. Se nos nubla la vista, se nos desbarranca la mollera, se nos sudan las manos, las pupilas se hinchan, las rodillas nos tiemblan y las gónadas arrancan a funcionar a toda mecha codiciando el apareamiento. Recuerdo que el padre Chacín solía reconocer a los enamorados en ciernes porque los delataba un temblequeo peripatético en las aletas nasales. Respiren jondo, mis muchachones.

En aquellos primeros años de los sesenta, había que someterse a una serie de rituales no escritos para lograr el favor de la chica que nos había descoyuntado la sesera. Primeramente, era menester comenzar a rondarla con ínfulas de gallito piroco para darle a entender nuestros requerimientos románticos. Si tenías bicicleta (así fuera de reparto), o mejor aún, corcel, moto o carro, debías dártelas de diestro jinetero de los caminos, haciendo caballito o picando cauchos para que ella te notara. Más de uno se echaba sus estrelladas consecutivamente, ganándose las mofas de los amigos y, por supuesto, perdiendo puntos con la doncella en cuestión. Pero p’alante es que brincan los ojos manque le puyen el sapo…

Previo a la declaración, resultaba conveniente tantear el terreno con una carta de amor. En términos mercadotécnicos, ahí era cuando nos poníamos a valer los pichones de escribidor, como este “humirde” servidor vuestro, pues el dominio de las argucias lingüísticas nos proporcionaba una herramienta invalorable para poder justipreciar el conato epistolar. Por una bagatela, los panas contrataban nuestros servicios y, por arte de birlibirloque, surgían los encendidos requiebros y la profusión de cielos, lunas, soles, vidas consentidas y demás municiones del arsenal romántico. Pero, honor a quien honor merece: debo confesar que más de una vez me fusilé unas cuantas metáforas del Neruda de “Los versos del capitán”. A cachete cada misiva y ¡Caifás, Barrabás!

Donde no había intermediario ni celestina que valiera era a la hora de la declaración. Uno se las ingeniaba procurando conseguir a la causante de nuestros tormentos totalmente sola, inventando excusas para que las amiguitas cogieran las de Villa Diego y no fastidiaran el ceremonial. Ya en frente de aquellos ojos acaramelados y de aquella boquita colorada que nos hacían perder el sueño había que acometer la faena, rogándole a todos los santos no caer víctimas de la gaguera, no tener mal aliento o, peor aún, golpe de ala. Y siempre comenzar el discurso diciendo: “Tú sabes que desde la primera vez que te vi, sentí que mi corazón latía con más fuerza…”, o algo por el estilo.

Como ellas han sido desde los días de Eva la causa capital de la zozobra del sexo masculino, la mayor parte del tiempo nos dejaban en vilo (o en episodio, para decirlo con lenguaje de las series de acción dominicales) solicitándonos tiempo para pensarlo. Quedaba en espera la respuesta tan ansiada: ¿querrá o no ser mi novia? Si te pedían aguardar hasta el bonche del próximo fin de semana, era casi seguro que la contestación iba a ser afirmativa, porque la preciosidad con toda certeza deseaba apuntalar parejo de baile fijo para toda la noche (incluyendo los boleros, agarrada de mano y, muy posiblemente, uno o varios besos robados).

Si la respuesta era nones-nones, a llorá p’al valle y a escuchar canciones de despecho. A veces te edulcoraban el baldazo de agua fría diciéndote: “Te doy un sí… pero de amigo”. O te prodigaban el aldabonazo bailando toda la velada con algún recién aparecido competidor, sin mediar palabras, lo cual provocaba, las más de las veces, la consabida pelea entre los gallitos que se disputaban la preferencia de la moza. Ellas siempre han sido así, chavales. Pero si te daba el sí, ayayay, a caminar entre nubes, inflando el pecho como pavo real y sintiéndote el papaúpa del universo. Contimás, pues.

Demás está decirles que también me puse en unos cobres a cuenta de serenatero guitarrero, en épocas en que uno podía andar por esas calles de madrugada sin temor al malandraje.

Pero los años sesenta devinieron en la partera de cambios verdaderamente revolucionarios que, para bien o para mal, habrían de sacudir a la humanidad entera. La irrupción de la píldora trastocó los patrones sexuales y a aquellos rituales se los tragó el tremedal. Harina de otro costal y tema para otra crónica, parroquiales.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Lettre à Catherine




Chère Catherine:

J’avais seize ou dix-sept ans quand j’ai vu à la Cinemateca Nacional à Caracas le documentaire de Leni Riefenstahl Le triomphe de la volonté (El triunfo de la voluntad ou Triumph des willens). À cette époque-là, je demeurais un naïf jeune homme sympatisant d’une certaine extrême gauche et, naturellement, le führer ne m’attirait rien du tout. Mais tout d’un coup, voilà qui émergeait sur l’écran le drôle de moustache et la gueule violente du leader nazi et j’ai ressenti une sorte d’hypnose qui a affaibli ma volonté, hélas !, et j’ai compris pour quoi un grand nombre de personnes sont tombés sous son malheureux influx.

Bien sûr, le dictateur vénézuélien reste toujours très loin d’atteindre la anti-grandeur d’Hitler. Même si un peu périphérique, nous autres les sud américains appartenons à l’occident, et si bien que la démocratie comme telle est périmée au Vénézuéla, une miette de pudeur politique empêche quand même l’Idi Amine Dada bolivarien de se passer des derniers rituels électoraux. Ainsi l’on parvient à tromper à des gens insuffisamment prévenus qui nous observent d’un regard bienveillant et condescendant : Ils ne vont mûrir jamais, ces cons-là !

Néanmoins, chacune des élections au Vénézuéla depuis l’arrivée au pouvoir du démagogue ont été piégées. Tous les ressources de l’État ont été mis à la disposition du dictateur qui a déclaré maintes fois, à la Louis XIV : « L´État c’est moi ». Simultanément, il s’est enrichi grossièrement touchant sans contraintes les recettes pétrolières, entouré d’une oligarchie parasitaire que les vénézuéliens redoutent au privé (il y a beaucoup de peur de les nommer publiquement) comme la boliburguesía (la bolibourgeoisie). La plupart des citoyens se méfient aussi de la classe politique traditionnelle, la soi disant « opposition », qui saute avec vigueur pour reconnaître encore une fois la « victoire » de l’autocrate et, de cette manière, lui fournir de la légitimité après chaque « élection ». Ils sont nos pétainistes, eux. Francisco de Miranda, un de nos héros de l’indépendance vis-à-vis de l’Espagne et dont le nom est inscrit sur l’Arc de Triomphe à Paris (il a combattu sous les drapeaux du Directoire pendant la Révolution française), a exclamé une fois : « Le Vénézuéla est blessé au cœur ».

Peut être nous sommes gravement bléssés maintenant. J’espérais vivre mes derniers ans en douceur et tranquillité et non pas sous la botte militariste d’un satrape tropical, un vrai brigand et voleur dont le seul atout devient la capacité de mentir sans relâche et de menacer tous ceux qui ont commis l’hideux crime de ne pas penser comme lui. La seule manière de le vaincre est de proposer des idées courageuses pour battre la misère et le désespoir qui subissent une grosse proportion de mes concitoyens.

Nous avons besoin d’un appel comme celui de De Gaulle le 18 Juin 1940 pour nous rallier contre cette tyrannie alliée avec le terrorisme et les mafias de la drogue. Il faut du courage et de la volonté. Ce n’est pas facile, pourtant.

Bises,

Nicolás

sábado, 20 de diciembre de 2008

Los amantes



Aparte de las vidas y retornos
sólo existen las febriles ecuaciones
de nuestras carnes venciendo a las piedras.

He luchado por la metáfora de tus suspiros,
manchando la lucidez de tu aliento,
y, finalmente, tu despedida me ha quebrantado.
Se me ha quebrado la lealtad,
se me venció tu yerba.




Añoraré tus senos y tus buhardillas:
serán esos mis sueños que interpretarás a deshoras.
Alójate de una vez en mis aspiraciones
y déjate amar con mis discretas filosofías.

Otra vez.

"Gris de tiempo gris", primer capítulo

GONZALO

1973.


Llegó a Miguaque en un destartalado Buick rojo del 62, cuatro puertas, con un sol simoníaco peinándole la espalda.


En vez de tomar hacia la redoma donde daba inicio la avenida Andrés Eloy Blanco, entrada natural para quienes arribaban desde Caracas, enfiló hasta la antigua laguna de “La Chamana”, denominada así todavía por el vulgo. Aminoró la marcha y dobló a la izquierda, por una calle polvorienta. Los niños barrigones de cara frisada con espesas costras de moco lo vieron pasar rumbo al centro del pueblo. Al detenerse para no maltratar los amortiguadores del cacharro con los frecuentes baches que le salían al paso, las hordas de perros realengos, mustia pelambre y atiplados ladridos, lo perseguían en veloz carrera, como reclamando a bocajarro una intrusión fugaz.



La sordidez de las miserables casuchas sin pintar y la hosquedad y palurdez de sus moradores le saetearon el ánimo. Había moscas revoloteando incesantemente alrededor de la basura desechada al aire libre, en extraña danza que se prolongaba hasta el hedor casi sólido de las aguas negras y demás efluvios que corrían paralelamente a las aceras, cual estera inmunda. En ese momento, sintió repulsa por Miguaque.

Y, sin embargo, aun cuando los días más intensos de su vida habían transcurrido en Miguaque y existía, asimismo, una pléyade de cosas que le avivaba recónditas memorias, el hecho de haber regresado se debía a una sola y poderosa razón: Sojito había muerto.



La noticia se la había dado apenas ayer Ivancito Laredo, a quien encontró orinando en un baño cercano al Aula Magna. Procuraba no tropezarse, ni tan siquiera por casualidad, con miguaqueños de la índole de Ivancito pero, dadas las circunstancias y lo abrupto del encuentro, le fue imposible rehuir el saludo.


Con cierta morbosidad de chisme compartido, Ivancito Laredo le refirió el asunto. No cabía duda sobre el particular, la muerte se produjo por sobredosis. Cocaína inyectada en las venas. El episodio venía a perturbar aún más las perspectivas para quienes habían vivido el escándalo en Miguaque. Si en Caracas estaban arrostrando las trompetas hermenéuticas del caso Vegas, con su secuela de dimes y diretes amén de los arrestos y autos de detención, en la pretenciosa pichón de metrópoli que era Santa Narda de Miguaque no se habían quedado atrás. Tuvieron, con todas las de la ley, su “mini–affaire”, sin importarles a quién se llevaron en los cachos.

Y he aquí que el primero en sucumbir fue Sojito. Dentro de poco lo iba a ver, exánime dentro del cajón. Luego de dejar atrás las caricaturas de calles, atragantadas de peñones y albañales; después de pasar por todo el frente de la residencia de los Alvarenga y de rememorar la tristeza silenciosa de María Enriqueta; posterior a dar un rodeo evasivo por las calles Angostura y Libertad para no tener que pasar por el sitio, él lo sabía, donde vivía Julia con “Pájaro Vaco” ya que, si bien él trataba de negárselo a sí mismo, todavía su bruma de colegiala rozagante le ahuecaba el corazón y le profanaba el alma; a continuación de dar un vistazo a tantos sitios impregnados del légamo del tiempo ya ido, fotografía borrosa de un grupo de chicuelos que pretendió recrear en un lejanísimo y perdidísimo rincón del trópico la ilusión de que una saga psicodélica podría ser calcada y reproducida.

Era por eso que Ivancito Laredo y todos los de su calaña lo veían como gallina que mira sal. Les chocaba su pelo largo recogido en cola de caballo, sus blue jeans raídos y desteñidos con los ruedos deshilachados, sus chancletas hindúes en las que el dedo gordo del pie quedaba ensartado en un aro de cuero. Y ahora se aparecía otra vez por el pueblo, en aquel ruidoso camastrón que pasaba el aceite con todo y pote, con la plena certeza de que su aspecto desarrapado, dañado y zumbado, provocaría revuelo en la cuerda de zanahorias que abundaba, como el coquito, en Miguaque. O, a lo mejor, no se atreverían a reconocerlo, buscando evadir las memorias del día en que pareció que se vislumbraban los preliminares del juicio final.

Por fin llegaba a la calle Federación, lugar de residencia de la que alguna vez fue la familia Sojo. Notó cómo los antiguos caserones de bahareque iban cediendo el paso a cajas de concreto: el pasado pobretón, palúdico y famélico escarnecido por el progreso. Un par de edificios nuevos y ¡hasta un semáforo! “¡Uao!”, pensó Gonzalo, “¡Miguaque se está graduando de ciudad!”

Faltando dos cuadras para llegar a la casa de los Sojo se percató de que la fila de carros estacionados se hacía más densa. A pesar de estar venidos a menos, los Sojo conservaban algo del prestigio (“del dudoso prestigio”, silbó entre dientes para sí) de ser una de las familias fundadoras del pueblo, junto con los Alvarenga, los Livorini, los Enrile, los Antilano, los Moros... Recordó a Sojito cuando declaraba: “Somos unos has been, como dicen los gringos”.

Se impacientó buscando un lugar apropiado donde aparcar. No quería hacerlo demasiado lejos. La inmisericordia solar se acrecentaba a medida que avanzaba la “hora del burro”, el fatídico lapso entre la una y las tres de la tarde en que “mono no carga a su hijo”, según la muy gráfica descripción popular. El calor le hacía reverberar la lánguida melena y le producía escozor en la incipiente barba.

“Qué bolas, ¿qué hago yo aquí?”, se preguntó. Hasta le daban ganas de devolverse por la accidentada carretera que comunicaba a Miguaque con la capital, luego de seis horas de automóvil. “Menos mal que este cagajón no me dejó botado en la vía. ¿Tendré igual suerte de regreso?”, pensó, mientras recordaba que la arepera del papá de Pedrarias estaba a la vuelta, en toda la esquina de la plaza Bolívar.

Luego de dejar el cacharro montado sobre una acera colindante con el nuevo edificio de CANTV, se introdujo en la arepera. El apetito lo acuciaba. “Me está matando Ambrosio Plaza... Así decía el pobre Sojito”. El establecimiento comunicaba, a través de una falsa antepuerta de roble, con un bar de ficheras, también propiedad del papá de Pedrarias, a quien no se veía por todo eso. “A lo mejor vendió”, caviló, mordisqueando una de jamón con queso Kraft, rociada con sorbos esporádicos a una lata de Malta Caracas, no tan fría como hubiera sido más de su gusto, deseando replegar el agobiante y pastoso calor magnificado por el desmayado rotar del ventilador de techo que ni siquiera era capaz de espantar las moscas. Una sonrisa de tablero de damas aderezada de una interesada y pícara mirada lo indujo a observar por sobre la antepuerta. Era una delgaducha y avejentada mulata, de senos de chiva, buscando conectar, quizá, su primer cliente del día. “Me vio cara de gandolero”. Esquivó el acoso y se concentró en la arepa. No pudo evitar un eructo bien sonoro matizado con una vulgaridad que hizo que los otros parroquianos se le quedaran viendo, extrañados y como adjetivándolo: “¡Ah bicho raro!”

Ya satisfecho, se aprestó a rendir el postrer adiós a su amigo de adolescencia, ex–condiscípulo en las aulas del padre Carrasco y ex-compañero de correrías en el ruidoso grupo de música progresiva “Los Enigmáticos”. Con casi tres años de ausencia de Miguaque se extrañaba de ir topándose con caras pertenecientes al ayer quienes, ni por asomo, daban muestras de haberle reconocido. No sabía todavía qué le había impulsado a volver a este rincón de los sueños desmembrados de su pubertad. Sobre todas las cosas, temía en lo más recóndito volver a encontrarse, así fuera de lejitos, con Julia. No sabía cómo reaccionaría, si volverían a aflorar las viejas culpabilidades o, si por el contrario, todo estaría ya olvidado y sepultado.

Había bastante gente a la entrada de la vieja casona de resquebrajadas tejas y desconchadas paredes donde siempre habían habitado los Sojo. Siguió identificando rostros del pretérito pero nadie reparaba en él, como si fuera transparente.

Penetró al interior. La atmósfera era sofocante, agravada aún más por los ventiladores de pie provistos, seguramente, por la funeraria, arrojadores impenitentes de chorros de aire candente en impregnado de gotas lívidas de sudor.

El catafalco se hallaba en el centro del salón, a pocos pasos de donde estaban sentados el tío Cándido, con su expresión lampiña y feminoide, y Elena. “La mamá de mi mejor amigo”, pensó, atisbando su presencia de danta errabunda en jardines ensalmados. Todavía quedaban rastros de aquel ayer esplendoroso. Su faz era inescrutable, como si fuera una esfinge habituada a las notas de la muerte. Sintió unas tenazas en el bajo vientre cuando Elena lo reconoció a través de la maraña capilar. Gonzalo eludió la mirada y se aproximó al ataúd.

Se diría que Sojito dormía, apacible y endeble en el sopor de una cápsula intemporal, aun cuando el rictus le hacía medio mostrar parte de los incisivos. Su tez parecía de cera, contrastando con el fino bigotillo que asomaba por debajo de las fosas nasales. Gonzalo deseó impedir que los ojos se le nublasen. Se apartó del féretro en un intento por dominar la emoción. Elena lo encandiló con sus atmósferas de mimbre. Fue entonces cuando vio a David haciéndole un gesto de saludo y de sorpresa. Se encontraron a la vera del patio central.

—Gonzalito, vale... Gonzalito, hermano — dijo David, al tiempo que lo abrazaba y sentía ondas de choque recorriéndole la arquitectura del organismo. La emotividad se desbordaba. Había lágrimas tímidas en los ojos de ambos.


domingo, 14 de diciembre de 2008

Downloads


Downloads we recommend for this season:


The Great Kat (guitar virtuoso - some of her songs)
http://w16.easy-share.com/1702837335.html

Kraftwerk - Musique non stop (video)


http://w18.easy-share.com/1702579039.html

Ladies WC - Psychedelic venezuelan rock band from 1969
Lucinda Williams - World without tears (Live.mpg)


http://w18.easy-share.com/1702562308.html

Lucinda Willaims - Bleeding fingers (Live.mpg)


http://w18.easy-share.com/1702562008.html

domingo, 7 de diciembre de 2008

Diestras y siniestras, cap. III

El vasallaje del individuo es condición imprescindible tanto para el feudalismo como para el estatismo.

Marx previó el fin del estado, pero sus discípulos terminaron reforzando la estatolatría.


Las rosetas sudorosas


De diestras y siniestras (III)


por: Nicolás Soto

Se cuenta que el gran poeta fray Luis de León, luego de penar durante unos cuantos años en las ergástulas de la inquisición, retomó su cátedra en Salamanca pronunciando su habitual frase: “Decíamos ayer…”, como si nada. Y decíamos ayer que el socialismo ve la luz como la tesis señera de la justicia social y el igualitarismo para devenir, sin solución de continuidad, en el definitivo sustentáculo del estatismo (o estatolatría), la adoración del estado como suprema confluencia de la voluntad de los pueblos. De allí prosigue, sin contradicción aparente, a constituirse como la coartada teleológica y axiológica de la ambición de poder y dominación de un cúmulo de sociópatas ─ Mussolini, Hitler, Lenin, Stalin, Mao, Castro et al ─, amén de ser el granítico pedestal de diestras y siniestras por igual, del fascismo de derecha y del fascismo de izquierda, indistintamente.

Es sabido, asimismo, que en la concepción primigenia marxista, el estado se vería condenado a desaparecer como superestructura forjadora de la dominación y la alienación luego de las fases dictatoriales proletarias. Sin embargo, todas las experimentaciones de implantación de la mentada idea socialista derivan ineluctablemente en el reforzamiento del estatismo, pues sin él se resquebraja la aprehensión de los testículos ciudadanos, valga la metaforita, como clave de la opresión. Te sojuzgo para llevarte al paraíso, es de hecho el leit motiv de los sátrapas socialistas de antaño y de los actuales. Leamos, de seguidas, esta frase escrita a mediados del siglo XIX por el grande Fiodr M. Dostoievski en Los hermanos Karamázov: “(…) el socialismo no es sólo la cuestión obrera o del denominado cuarto estado, sino que es, de preferencia, el problema de la encarnación moderna del ateísmo, el problema de la torre de Babel, que se edifica precisamente sin Dios, no para alcanzar el cielo desde la tierra, sino para traerlo a ella”.

Tomar el cielo por asalto, tal era la promesa bolchevique de 1917, como lo sigue siendo de los recientes intentos de instalar a contra natura el concepto socialista o, para expresarlo sin ambages, la camunina[1] estatista y, aún más allá, el afán de poder por el poder mismo en tanto que avidez barbárica. Para ello hay que revestir la intentona totalitaria con un ropaje litúrgico que la asemeje a las religiones y cosmogonías, llevando al paroxismo a las masas domesticadas. De allí, entonces, los aquelarres nacionalsocialistas magistralmente filmados en Nüremberg por Leni Riefenstahl, los elaborados desfiles milicianos en la Plaza Roja de Moscú para conmemorar la asonada del octubre rojo, las concentraciones arreadas en La Habana para escuchar las interminables peroratas del chivudo (imitadas en Venezuela por el demagogo verrugón), todas ellas fiel refracción de la hora del odio magistralmente descrita por George Orwell en 1984. En suma, el efecto gregario en función de postrarse ante yo el supremo, encarnación altísima del estado, vale decir, de la voluntad del pueblo, el nuevo opio de las masas, el culto a la personalidad.

Por supuesto, el accionar socialista-estatista precisa de anular cualquier tentativa de autonomía ciudadana combatiendo el gravísimo pecado (para los estatólatras) de la descentralización. Es imperativo, entonces, torpedear las iniciativas políticas, sociales, económicas y culturales que conlleven a posicionamientos de independencia frente a la hegemonía estatal. Se las sustituye, por consiguiente, por apariencias de delegación de atribuciones a las colectividades, como es el caso en la Venezuela de la sinvergüenzura de principios del siglo XXI, con el llamado “consejo comunal”, que no es sino un intento de esparcir la corrupción como semilla falaz con la intención de prostituir a tirios y troyanos, al tiempo que se extiende el imperio del oligarca enverrugado, pues es él el Big Brother cuya munificiencia provee los caudales a ser distribuidos y, por ende, desfalcados. La condición necesaria y suficiente para colocarse en los denarios viene a ser la declaración incondicional de sumisión al magnífico del lobanillo.

Estamos en presencia, a no dudar, de la manifestación moderna del feudalismo, con lo cual nos atrevemos a preguntarnos, ¿es el estatismo la representación postmoderna de ese fenómeno que creíamos extinto desde el medioevo? ¿Cómo se compagina la derecha tradicional con este esquema para atrevernos a asimilarla, en sus miras y procederes, con la izquierda tradicional? Tema para una próxima entrega, folks.

El fascismo de izquierda florece a la sombra del estatismo.

Solzhenitsyn, al igual que Dostoievski, criticó duramente la estatolatría y la tiranía.


[1] Venezolanismo por trampa o ardid: “jugar camunina” es meter un fraude.