viernes, 1 de mayo de 2020

Guerra al oscurantismo






Ciencia en tiempos de fake news


La irrupción del concepto de fake news y la proliferación en redes sociales de propagadores de creencias que se creían superadas (como la tierra plana) despierta en algunos el temor de una nueva era oscurantista.

Sin importar los avances y los logros de las técnicas e investigación científica, algunos voceros con alta exposición mediática niegan a rajatabla las evidencias que contradicen su discurso con intención política, económica, social o religiosa. Verbigracia, el cambio climático.

Pero basta que irrumpa una pandemia o cualquier calamidad similar para que estos poderosos busquen el cobijo y el amparo de los expertos quienes, desde sus laboratorios y centros de investigación, porfían en no dejarse someter por los propagandistas de la ignorancia.

Podría argüirse que el virus del 2019 vendría a simbolizar un Chernóbil del siglo 21. A semejanza de ese desastre nuclear, el intento de disfrazar la realidad denunciado por personeros con altas cualificaciones científicas se desbordó en un formidable desastre que puso en peligro la vida de incontables seres humanos, amén del cataclismo ecológico subsiguiente.

Es el resultado de querer imponer falsos alegatos ante la aplastante veracidad producida por la ciencia. Dada su propia naturaleza, la disciplina científica se impone a sí misma la búsqueda de la verdad, sin matices ni interpretaciones subalternas, aun a riesgo de la propia vida (remember Galileo).

Ahí están los modernos héroes de la medicina colocándose en primera línea de fuego contra el virus.

Es el eterno combate entre la ciencia y el atraso, entre la luz y la oscuridad.


@nicolayiyo



domingo, 19 de abril de 2020

Guerra es guerra






La guerra de los libros

por: Nicolás Soto


¿Existe un enfrentamiento entre el libro tradicional y el libro electrónico?

¿O se trata tan solo de una dicotomía aparente entre soportes que pueden y deben complementarse?

Estas interrogantes surgen al anteponer un enfrentamiento entre el e-book y el libro de papel compitiendo por segmentos del mercado que, a primera vista, podrían lucir antagónicos.

Quizá habría que rastrear una brecha generacional entre los potenciales usuarios de ambas plataformas.

Para las generaciones que llegaron a la madurez pedagógica y andragógica previa a la irrupción de internet, el libro de papel es una opción taxativa. El cansancio visual, la fatiga en la postura frente a la pantalla del computador y el placer casi sensual que se experimenta ante el olor y la textura del papel serían condicionantes para remachar la necesidad de tramitar la lectura mediante el soporte físico que se acostumbra “desde que el mundo es mundo”.

Para las camadas ulteriores, nos atrevemos a especular, sería válido lo opuesto, vale decir, en un universo donde la digitalización y la virtualización de las experiencias humanas, amén del cúmulo de datos originados en el trabajo nuestro de cada día, se impone la contextualización de la lectura a través de un basamento acorde.

A esto podría añadírsele la carga ecológica concomitante a ambas experiencias.

¿Cuántos árboles hay que talar en el maltratado planeta Tierra amenazado de recalentamiento para que usted o yo podamos disfrutar del periódico tradicional o del libro físico?

Pero, asimismo, ¿cuánta energía eléctrica se debe generar para transmitir los bits y bytes que conformarán el texto que usted podrá leer en su dispositivo respectivo? Y, asimismo, ¿cuánta materia prima, verbigracia, plásticos, tierras raras y materiales semejantes habrá que extraer para que usted, amigo lector, pueda tener en sus manos ese adminículo de última tecnología? ¿Cuánta contaminación adicional deberá encajar el acogotado planeta a la hora de manufacturar estos aparatos? ¿Cuántas personas deberán laborar en esas fábricas ubicadas en paraísos de bajo costo laboral (como China, por ejemplo) para que usted, caro lector, pueda disfrutar de su Kindle o de su e-reader favorito?

Al parecer, luego de unas ventas meteóricas impulsadas por la novedad del e-book, a finales del pasado siglo e inicios de la actual centuria, todo indicaría que las aguas tenderían a estabilizarse. Ambos sistemas aparentemente se han equilibrado y estarían coexistiendo con ventas similares (al menos en el primer mundo). La irrupción del uno no traería aparejada la desaparición del otro.

Podría argüirse que para ciertos usos, el libro electrónico aventaja al libro en papel. Y viceversa.

Algo similar aconteció con el CD y el disco de vinil, a quien se habría dado por fallecido hace un tiempo para luego resucitar porque, ¿qué más da?, para ciertos usos uno supera al otro… y viceversa (por no discurrir sobre lo puramente electrónico como el .mp3).

Profería el Don Juan de Zorrilla: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.

En todo caso, el genuino lector, aquel que goza de la lectura tanto por deber ser como por placer, la tal rivalidad no dejará de ser sino una agradable disyuntiva.



@nicolayiyo



martes, 9 de abril de 2019

Llegando al llegadero





¡Ahí vienen los Яusos!

Nuestro relato da inicio en el medioevo, por allá por los años 1200 y tantos. Mientras en Inglaterra los incipientes ciudadanos acosaban al avieso monarca Juan Sin Tierra, obligándolo a reconocer sus fueros a través de la Carta Magna, los mongoles llegaban al ducado de Moscovia.

Bajo la guía de Gengis Khan, una suerte de Boves avant la lettre elevado a la enésima potencia, aquel pueblo de fieros jinetes venía avanzando desde los linderos de la milenaria China, apoderándose de inmensas superficies asiáticas.

Los mongoles imponían a los pueblos bajo su yugo un régimen muy similar a los autoritarismos y totalitarismos de nuestra era. El terror sin escrúpulos, el control de las personas motorizado por una burocracia eficaz y la explotación de las rivalidades tribales entre sus subyugados fomentaban el colaboracionismo de ciertas élites.

Los nobles, mejor dicho, los enchufados del ducado de Moscovia se iniciaron con las técnicas de dominación cobrando impuestos para los invasores y ejerciendo de esbirros contra aquellos de sus compatriotas que se resistían a los tártaros.

El imperio mongol comenzó a desvanecerse a finales del siglo XV. Se había extendido en demasía y los sucesores del gran Khan no supieron qué hacer con tanto poder. Es el destino final de todos los imperios.

Sus antiguos esclavos de Moscovia (de allí proviene el término “eslavos”) tomaron las riendas. Sabiéndose vulnerables por lo descomunal de las abiertas estepas, indefendibles a primera vista aun cuando en invierno devenían en infinitos barriales, optaron por la vieja máxima: la mejor defensa es el ataque. Y el ataque consistía en expandirse.

En los siglos siguientes, bajo la férula de unos monarcas crueles e implacables denominados zares (“zar” proviene de César, el emperador romano), los moscovitas dominaron infinitas extensiones de tierra, hacia Siberia, hacia los Urales, hacia el mar Negro y el mar Caspio, hacia el extremo oriente hasta dar con China y la India, hacia el Asia central hasta dar con Persia, Turquía y Afganistán.

Se considera a Iván IV El Terrible como el iniciador del moderno imperio ruso. Su crueldad fue proverbial. El castigo más suave para sus oponentes era mandarlos a empalar. ¡Calcula tú! No se salvaban ni cristianos, ni musulmanes, ni budistas. Tal fue el ímpetu de su terrofagia que los rusos atravesaron el estrecho de Behring (llamado así en honor a un navegador danés al servicio zarista) e instalaron factorías en la costa norteamericana del Pacífico, desde Alaska (la “Rusia de América”, según la toponimia eslava) hasta enclaves muy cercanos al actual San Francisco de California.

Otro inclemente zar, Pedro El Grande, preconizó la apertura hacia Europa. Pero no para abrevar en las fuentes del humanismo de un Erasmo de Rotterdam, pongamos por caso, sino para imbuirse del deslumbrante progreso técnico y aplicarlo al armamentismo y a los métodos de dominación.

Nuestro Francisco de Miranda pudo atestiguar una paradoja peculiar: un imperio vasto e inabarcable con una población sumida en total servidumbre. Pero como la emperatriz Catalina La Grande (entre grandes os veáis) lo había acogido (¿cogido?) tan cálidamente, el Precursor no profundizó en su crítica ante tales desmanes. Sus diatribas se circunscribían contra el imperio español. No sabemos si Catalina engrosó su colección de vellos íntimos (el caraqueño solía cortar una muestra de tales pilosidades de las féminas que sucumbían a sus encantos tropicales).

La invasión napoleónica reavivó entre los rusos el temor a ser conquistados nuevamente, el mismo temor que albergaban en su ADN colectivo desde la época de los mongoles. Subrayemos que la incursión francesa de alguna manera trajo hasta ellos el frescor de las ideas de la Ilustración. Derrotados los galos, la expansión rusa no cesó: Finlandia, Polonia, el Cáucaso y buena parte de Europa oriental caían bajo sus tentáculos.

A mediados del siglo XIX, el zar Alejandro II abolió la servidumbre y aflojó un tanto las bisagras opresivas. Nótese que tal alivio en la autocracia coincide con la irrupción de las grandes figuras del arte, la ciencia y el pensamiento rusos: Pushkin, Chéjov, Turgueniev, Dostoievski, Mendeleiev, incluso Tolstoi. Por primera vez en su historia, el pueblo ruso podía olfatear algo de libertad. Hasta que Alejandro II cayó asesinado por un terrorista de extrema izquierda. De nuevo, la opresión, el estado policial y la tortura campearon por sus fueros.

A finales de 1916, Nicolás II, el último Romanov, el zar a quien Rasputín hipnotizó, abdicó. Se había metido en la primera conflagración mundial, provocando una carnicería espantosa acompañada de hambruna.

Caído el zar, durante casi once meses, Alexander Kerenski hizo lo posible por implantar una democracia parlamentaria y liberal, con división de poderes, rendición de cuentas, economía de mercado, libertad de expresión, leyes laborales de avanzada… pero llegaron los bolcheviques bajo Lenin y sanseacabó.

Los comunistas desataron el terror de los mongoles y de los viejos zares. Para conservar el poder, cedieron enormes extensiones de tierra a los alemanes (la paz de Brest-Litovsk) y provocaron más hambrunas, limpiezas étnicas  y desplazamientos forzosos de pueblos enteros. Un verdadero genocidio.

La invasión de Hitler en junio del 41 atizó nuevamente el pánico de ser sojuzgados por invasores externos y, consecuencialmente, se avivó la llama (que no estuvo apagada, por lo demás) del expansionismo, de la conquista y dominación, esta vez bajo la bandera “ideológica” del comunismo del siglo XX. Ante Stalin y sus iniquidades, los antiguos zares, khanes y emperadores quedaron como bebés de pecho.

Se derrumba el comunismo a finales de los ochenta. Se desintegra la URSS. A pesar del caos, del desbarajuste económico, del alcoholismo de Yeltsin, los rusos, de alguna manera, vuelven a codearse con algo de libertad y democracia.

Pero precisamente ese desorden en la transición propicia que los antiguos apparitchiks del partido comunista y sus asociados oligarcas (los equivalentes a nuestros enchufados) se apropiaran a la brava del lomito de la desmadrada economía rusa. Los oligarcas rusos constituyen verdaderas mafias.

En medio de ese panorama enmarañado, Yeltsin, aquejado de innúmeras dolencias, designa como su sucesor a un antiguo oficial de la KGB, el principal cuerpo represivo soviético. Y llegamos al colofón de nuestra reláfica.

Vladimir Putin desea consagrarse como el zar de estos tiempos. Retomando la paranoia de invasiones que se deriva desde los mongoles hasta los nazis, se siente rodeado y amenazado por los avances de la OTÁN. Las antiguas “repúblicas soviéticas” y los viejos satélites de Europa oriental, al derretirse la URSS, buscan el cobijo de las alianzas occidentales. Para el hijo de Putin esto es intolerable.

Anhela el susodicho abrogarse el rol de un moderno Iván El Terrible. Sabe que cuenta con un poderío militar temible, si bien la economía rusa post comunista, a diferencia de China, no logra despegar. Obviando petróleo, gas y armamento, con todo y su tamañote, Rusia no le llega pero ni de lejos a España en cuanto a producción de bienes y servicios se refiere.

¿Cómo proyectar poder, entonces? Masacrando a Chechenia sin contemplaciones. Invadiendo a Georgia. Dándole un zarpazo a Ucrania en la región de Crimea mediante tropas camufladas. Interviniendo en Siria cuando percibe que los gringos, luego del vaporón iraquí, se muestran renuentes a castigar los horrores del tirano de Damasco. Dándole carta blanca a los piratas informáticos para que contaminen las elecciones norteamericanas, el referéndum inglés del Brexit, las comunicaciones de los países bálticos amén de las de Finlandia y Noruega. El bichito Putin se las da de tira la piedra y esconde la mano.

Ya no más. Ya no mamemos nosotros. El bicharango Putin eleva las apuestas al meterse en el rollo venezolano. ¿Por qué, se preguntarán ustedes?

A diferencia de los comunistas que disponían de un constructo dialéctico y dizque científico, la irrupción de Putin al lado del régimen chavista confirma lo que muchos observadores han venido precisando desde hace algún tiempo. Es la irrupción por la calle del medio de una entente de regímenes delincuenciales.

Putin es sinónimo de Vito Corleone revestido con la aparente aureola de un jefe de Estado supuestamente surgido de procesos democráticos. Putin es un gánster, y como tal, apoya, apuntala y subvenciona a sus connaturales en aquellas regiones del globo que han caído bajo las garras del crimen organizado.

Pero es un mafioso con armamento nuclear. Cabe la interrogante, pues: ¿cómo enfrentarlo? ¿Cómo doblegarlo en su malsana intención?

A Pablo Escobar lo siquitrillaron a balazos en Medellín. A Al Capone lo encanaron por evasión de impuestos. Ahora tenemos a un émulo de ellos con prerrogativas de primer magistrado de una gran nación que nunca ha conocido la libertad y la democracia.

Ayudemos a los rusos a desembarazarse de este delincuente. El mundo libre se enfrenta a una nueva guerra fría y hay que llamar las cosas por su nombre. Cuando el pueblo que engendró a Tolstoi se empape de democracia y libertad, cesará el expansionismo ruso.

No es fácil, pero el reto no se va a ir como sucio escondido debajo de la alfombra.

No es un problema político. Es un caso criminal. Es un caso penal. Es la cosa nostra confederada globalmente. Da grima y pone los pelos de punta. Pero hay que enfrentar al hijo de la grandísima...

No hay otra.

domingo, 4 de febrero de 2018

G.S. y la no violencia


Gene Sharp y la guerrilla jipi

Ha muerto Gene Sharp. Dedicó su vida al estudio de la no violencia como método para derrocar dictaduras. El fenecido autócrata verrugón nuestro desgarraba escupitajos y maldiciones cuando escuchaba pronunciar su nombre. Si tal era su fortaleza ética al provocar en los tiranos tal reacción, ¿por qué entonces no hemos podido valernos de sus enseñanzas para deslastrarnos de esta tragedia que nos consume desde hace veinte años?
       Sus estrategias versan sobre todo en descubrir las debilidades específicas del régimen al cual se enfrenta, en canalizar las energías organizativas de la gente y en ofrecer un cúmulo de ideas genéricas donde abrevar para aguzar el ingenio a la hora de trazar dinámicas de acción.
       En Venezuela, lamentablemente, hemos deseado involucrar a ciertos estamentos políticos que se rehúsan a aceptar tales premisas. Esgrimen ellos el electoralismo a ultranza como valla de contención ante la marejada de la indignación ciudadana.
       A pesar del hambre, la carestía, la hiperinflación, la escasez y de los repetidos fraudes electorales, siempre existirá un margen de maniobra para reavivar la llama de la libertad y la dignidad. Ahí es donde se pone a valer el apostolado de Gene Sharp.
       En honor a los caídos y a los emigrados, juntémonos todos para concretizar este llamado. Veinte años no es nada, cantaba Gardel. Pero no, veinte años de desastre y sinvergüenzura deben servirnos para replantear y relanzar la lucha en términos de no violencia y de creatividad en la resistencia.
       Es el mejor homenaje que le podemos rendir a Gene Sharp y a la democracia en esta hora menguada.

sábado, 6 de mayo de 2017

Sonata con cascos



Sonata anodina

Las volutas de incienso se elevan semejando palomas carentes de pudor. El padre manotea solicitando el agua bendita y me obliga a despertar de mi sopor. Tanto rato sin recitar los latines me sumerge en ensoñaciones. ¿Qué se puede esperar de un muchachito de ocho años? A lo mejor es por causa del fresquito mañanero. Cuatro de diciembre,  seis y pico de la mañana, y todavía el sol no alumbra completo. Simonote y yo somos los dos monaguillos asignados para esta misa de hoy. Simonote  me lleva como dos o tres palmos de estatura (tiene cuatro o cinco años de edad más que yo). Es un catire bachaco de ojos rayados, inquieto como un temblador y más curioso que un guau guau jurungando un basural. Por eso nos la llevamos tan bien. Yo, usualmente, medro en las repúblicas místicas y aéreas. Simonote jamás despega los pies de la tierra.
La misa finaliza. Una vez en la sacristía, el padre se despoja de las vestiduras sacramentales para quedarse en sotana (¿cómo hace para aguantar los calorones cuando el clima aprieta?), mientras nosotros le damos colocación a la patena, el birrete, las garrafitas de vino y el misal.
—Permiso, padre —la voz de la anciana resulta casi inaudible, como si viniera de un más allá de ropajes negros  guareciendo su consumido semblante  y una confusión de  canas—. Mañana es cinco, padre. Tome, por la memoria del Taita.
La doñita le extiende un arrugado billete de veinte bolívares. El padre se embolsilla el dinero y confirma de un gesto el encargo. Simonote me premia con una mirada interrogativa, mientras la viejita se escurre por la puerta del altar mayor.
Simonote aprovecha un descuido del padre para birlarse con artes de zorro mafioso una ruma de hostias sin consagrar. Ya lo escucho relamiéndose: “Con Naranjita Hit saben pepeadas”. A mí me da grima la pillería. “Resabios de beato virguín”, suele remacharme Simonote, espolvoreándome en el ánimo mi supuesta vocación curera. Otras veces, me endilga después de leer a hurtadillas mis borradores: “Tú y tus remilgos de poeta virguín”. Simonote es un as con los apodos.
Apuro el paso, no vaya a ser que el padre note el despojo. Me reúno con Simonote a la vera de la bicicleta de reparto con el letrero publicitario del abasto donde trabaja, aparcada bajo un roble dizque centenario de la casa parroquial.
—Métele pedal que vamos a llegar tarde a clases —lo conmino.
Residencio mi osamenta en la cesta de la bicicleta. Doblando la esquina, percibimos a la anciana, toda encorvada, como vencida por una carga de centurias.
—Le encargó al padre una misa con responso por el alma del Taita Boves —le clarifico a Simonote—. El cinco de diciembre de 1814 lo mataron en la batalla de Urica. Dicen que Pedro Zaraza, a quien llamaban el Taita Cordillera, lo atravesó de un lanzazo. Cuando íbamos a visitar a mi difunta abuela en Calabozo, siempre la escuchaba decir: “Fulanito es más malo que Boves”. ¿A quién se le ocurre celebrarle una misa con responso a semejante sanguinario?
Como quien quiere y no quiere le seguimos el afán a la doña. Continúa recto por la calle Atarraya y dobla a la izquierda en la avenida Táchira. Pareciera que las pantorrillas se le fueran a dislocar, mas no, ahí sigue su rumbo con paso ambiguo, pero sin desmayo. Ya estamos a casi un kilómetro de la iglesia, en pleno arrabal, y la anciana pareciera no perder su degollado ímpetu. Simonote pedalea duro, resollando. ¿Qué  misterio hace que el caminar aletargado de la anciana agarrote el apremio de mi tenaz amigo? ¿Quién no ha soñado una pesadilla donde intentas correr, huyendo de algo terrorífico, le pones empeño y las piernas no te responden? La bicicleta de reparto pareciera atascarse en una calzada de engrudo.
La doñita penetra por un matorral y entra en una covacha. De repente, la penumbra parece acordonar el aire. Simonote avanza hasta un estoico cotoperí. Descendemos y sin mediar palabras perseguimos a la viejita. La oscuridad avanza. La choza resulta un engaño visual, siendo más amplia adentro que lo sugerido por su aspecto exterior. Es una estancia sin horizontes, con un gris lánguido ciñendo los infinitos. “Mira, pichurro virguín: las cuevas de Cirilo”, señala Simonote.
Una conseja ha estado alborotando al pueblo los últimos días. Un doncito llamado Cirilo alega haber descubierto unas misteriosas cavernas. Algunas veces, sostiene, comunican con las antípodas (yo, como buen lector de Julio Verne, rememoro Viaje al centro de la tierra). En otras ocasiones, desembocan en la ultratumba de las retentivas. Algunos lenguaraces argumentan que Cirilo detenta secretos de tesoros enterrados. Y eso es lo que más atrae a Simonote: “Vamos a seguirla. Aquí hay morocotas y doblones pa’ tirar p’arriba”.
Sin mirar atrás, mi compañero irrumpe en una abertura que se adentra en una profundidad ayuna de aristas. Es una galería donde el gris se confunde con sombras de murciélagos hipotéticos. Mi despavorida imaginación me juega malas pasadas, atino a pensar. La pendiente deviene un tanto resbalosa. Todo se oscurece más. La única guía que poseo en este torbellino marchito es el jadear de Simonote, hasta que ceso de oír su respiración. Miro a todos lados y solo percibo telarañas, plastas, musgo y aire viciado. Deseo gritar y algo me lo impide. Me arrastro a tientas por ese túnel corrugado cuando un ruido germina adelante. Alaridos, relinchos, explosiones, pánico. Una mano me hala hacia una claridad de algodones. Es mi camarada de andanzas. Parece tener mi edad. El atrevimiento se le ha esfumado del semblante. La consternación lo abruma.
Logro enfocar el panorama. Estamos en medio de una batalla. Todo es caos, confusión. Hombres corriendo con carabinas de un solo tiro, lanzas, machetes, picas. Mujeres tocadas de mantillas bastas auxiliando heridos. Chiquilines llorosos, rebosantes de moco. Perros soliviantados. Gallinas correteando sin rumbo. Burros cagando cubitos prietos. Y en el cielo, zamuros al acecho. “¿Dónde estamos, niño virguín?”, gimotea Simonote, y me doy cuenta de que en estos linderos de las cuevas de Cirilo vuelvo a ser una criatura de cuatro años. En eso, veo a un hombre de edad absoluta, todo fibra y nervio, dando órdenes imperiosas. Su cabeza es una mota blanca de autoridades.
— Simonote, ese es el general Pedro Zaraza. Vamos para allá—, le sugiero. Mi acompañante se deja conducir, pasmado, dócil. Nos aproximamos al general Zaraza. Otro individuo, aindiado, salpicado de costras de sangre ajena, le habla.
—Taita Cordillera, qué coraje el suyo. Han acribillado a su hermano Lorenzo y a sus sobrinos, y usted no se amilana para nada.
—No hay tiempo para lamentaciones, hermano mío. Tenemos que defender la plaza cueste lo que cueste. Si Boves se sale con la suya, mejor que nos coja Mandinga.
—Pero, ¿está el asturiano ahí, en el Caño de La Vigía?
—No. Sus lugartenientes solo esperan que el hambre y la sed nos obliguen a bajar la cerviz. Y el general Piar que no llega como convenido, ¡caracho!
—Taita Cordillera, creo que le tengo la solución.
El ruido de los disparos y el griterío de la despavorida población no nos dejan escuchar. Un jorobado parecido a Bambi se nos acerca por detrás y nos incrimina:
— ¿Qué hacen estos carajitos aquí? Cojan pa’ sus ranchos, muchachos del carrizo, que aquí lo que viene es carnicería pa’ los zamuros, nojompa.
Nos escabullimos de allí. Sin hacer caso del jorobado, percibimos al aindiado susurrarle algo a un cuadriculado mozo picado de viruelas, mientras el Taita Cordillera alecciona a los francotiradores de las barricadas. Ya oscurece. Nos resguarda la luz mortecina de unos mecheros y algún fogonazo de las carabinas. El aindiado y el cuadriculado mozo picado de viruelas se encaraman en sendos potros.
—Vamos con Dios y la Virgen, Salomón Calderín.
—Espueléalo, que más tarde es peor que más nunca,  José Ignacio García.
El brío de ambos atiza una tromba de sístoles. Brincan la empalizada que nos separa del enemigo cual brisa preñada de grupas. Los defensores disparan al aire y los tildan de traidores. Halo a Simonote y una fuerza irreconocible nos acarrea a la par de esos dos jinetes. Los boveros se aprestan a ametrallarlos.
— ¡Viva el Taita Boves! ¡Ah malhaya con los mantuanos herejes! —aúllan Salomón y José Ignacio, sorprendiendo a los boveros, quienes no disparan.
Se apersona quien parece ser el de mayor rango. Los fugitivos se confiesan: no deseaban perecer de mengua. Déjennos abrevar a las bestias, añaden, y nos unimos a ustedes para la carga final. El cabecilla bovero consiente. Salomón y José Ignacio se acercan al caño. Los caballos apaciguan su sed. Simonote y yo surcamos en las cercanías, cual fantasmas sin domicilio. Un negro correoso nos descubre y nos apunta con una lanza más larga que una serpiente metafísica: “¿Quiénes son estos coñitos?”
Salomón y José Ignacio, ya los corceles saciados, vuelven grupas y despegan en veloz carrera. El negro correoso se nos aproxima, la lanza en ristre. Simonote me interroga con ojos de espanto.
—Los dos jinetes arrancaron para advertirle al general Piar la situación de los defensores. Eso está en la Historia.
—Está bien, sabihondo virguín. Pero, ¿y nosotros? Mira a ese bicho. Nos quiere ensartar. Ay, mamaíta. Mejor me encomiendo al Señor comulgándome estas hostias.
— ¿Hostias sin consagrar? ¿Y sin Naranjita Hit? Pero mira, Simonote, ¿esa no es la doñita que nos trajo hasta aquí? Vente, vamos tras ella. Seguro nos saca de esto.
La señora no se ve tan encorvada y se desplaza con mayor soltura. Su silueta atraviesa los pliegues ambarinos de la entrada de la cueva de Cirilo. La seguimos, alejándonos del gemir de los moribundos escarranchados en la batalla.
Se detiene ella, muy adentro de la caverna, en un recodo púrpura y yermo. Nos detenemos nosotros, a unos pasos. Se voltea. Ya no es una anciana, sino un luminoso rostro moreno y terso bajo el velo, con ojos de ópalo y gestualidad de Virgen. ¿Ángel o demonio? Simonote se engulle unas hostias y se queda varado. Si tan solo pensara en las morocotas y los doblones podría desprenderse del suelo que es aquel sueño donde las piernas no responden. “Simonote, nos vemos en el pretérito”, me despido sin vocablos.
Tras ella ahora floto. Soy un feto residenciado en un capullo amniótico de cosmos y visiones. Soy un cigoto, germen de humanidades. Allá abajo, los contextos se desplazan a velocidades inconcebibles remolcando sus gestas lineales y sus miserias huérfanas de poesía. Me aclimato a la gravitación de  esta Virgen. Ella me encamina hacia la sonata del tiempo. Somos uno y todo, por fin.

Noventitantos (XXX)



Capítulo 1


Sí, lo hice. Como cosa rara, me dejé convencer por esa dialéctica llena de relojerías lunares, de enciclopedias volátiles, de zodíacos fugitivos y de oros zozobrando dicciones turbias.
Fui yo quien les facilitó el acceso al enfático protocolo, falsificando una tarjeta de invitación para dos caudillos de un ignoto y desértico emirato.
Ornela se ha ido a acostar. Ahora tengo en mis manos una reproducción del cuadro de Frida Kahlo, "Las dos Fridas". Veo a las dos cejijuntas mujeres que son una sola, reflejo ambivalente de sí misma, sus manos estrechadas, sus corazones sangrantes y palpitantes unidos por una vena que no solo transporta plasma sino que también acarrea la dosis de amor y locura que nutre al alma. Pero yo no observo una Frida amada y a la otra Frida desdeñada de la que habla la exégesis de su obra. Yo sí veo a dos Fridas que se metamorfosean en LauraÉ y Ornela, conectadas por una arteria viva. Y, al igual que en otros lienzos de Frida, en vez de la imagen de Diego Rivera sobre su frente, nosotras portamos la efigie de él encima de nuestros ojos, del padre de nuestros hijos, del adorable mentiroso que capturó nuestras almas, del encantador veleidoso que ya ha  resucitado dentro de los tiempos y de los espacios para configurar un testimonio indeleble de amor y lealtad, cuya falacia se ha convertido en la definitiva verdad que nos une más allá de los océanos turbulentos y de los follajes que acordonan las posadas de nuestra adoración por triplicado.
Mi compañera en esa composición onírica, que es la misma composición de la vida real, es Ornela, es decir, yo misma, es decir, Benny, es decir, los tres, más Pedro Pablo, más los dos embriones de amor en nuestros vientres, es decir, el compás del amor, es decir, el tempo del amor, es decir, la síncopa del amor, es decir, la mar del amor, es decir, el azul del amor. La dualidad trasciende nuestros cuerpos desnudos, nuestros corazones umbilicados, nuestras sangres desparramadas en el dolor del parto, nuestras alegrías al tener nuestros bebés en los brazos, al arrullar nuestros recuerdos de él ahora que ha regresado para ganar el cielo desde aquí.
"Mi sangre es el milagro que viaja por las venas del aire, de mi corazón al tuyo", le escribió Frida a Diego al finalizar el cuadro, en momentos en que estaban separados, divorciándose. Por eso, una de las Fridas corta la vena con unas pinzas quirúrgicas. En nuestra poesía plástica, Ornela y yo compartimos la vena, la arteria y la sangre, mientras nuestras miradas se encuentran en una distancia que dibuja una oceanografía exuberante que, a su vez, abarca nuestras mentes para refugiarlas en una isla maravillosa poblada por su boca repitiendo, por los siglos de los siglos, "te amo, LauraÉ… te amo, Ornela".
Hágase la vida en nuestros hijos y prolónguese el esmero y la añoranza para que nazcan los gestos porque, a fin de cuentas, el amor sí basta.
Así de simple.


Fin




viernes, 5 de mayo de 2017

Noventitantos (XXIX)




Capítulo 2

A los tres días de la elección, el avión donde el mayor Clarencio Rincón volaba de regreso a Valencia estalló en el aire. Mucho se insistió en la mano oculta de la guerrilla colombiana, de la cual se había declarado antagonista de manera pública y desembozada.
Siguiendo los requerimientos de mi cuñado el presidente de la República Libertaria Venezolana, me asocié con Óscar Zavala para despachar varios embarques de alimentos, medicinas, repuestos y hasta computadoras para Cuba. Pasaban los meses y no se nos pagaba. Le reclamé airadamente a Zavala y el muy pícaro me reveló que esa gente no le cancelaba nada a nadie, pero que no me preocupara que las verdaderas ganancias iban a llegarnos con las ventas de armas tanto para Fidel como para los insurgentes colombianos. Es más, aseguró el muy gandul, ni siquiera el monopolio petrolero estatal había visto un solo dólar por los no sé cuántos miles de barriles diarios de crudo que se fletaban para la isla. Me sugirió que me tranquilizara: él iba a hablar con el presidente Quiñones sobre el particular. Pero es que ni siquiera yo, su cuñada, tenía acceso a él para plantearle el cobro. Óscar Zavala, haciendo gala de todo su empalago vanidoso de veleta inhundible, me pidió paciencia. Yo le pedí que se fuera a lavar ese paltó. Eventualmente, el gobierno libertario de Venezuela terminó pagando la bendita factura el día del diablo por la mañana, a pesar de que el dinero en efectivo corría a raudales en las altas esferas gubernamentales. Yo, Ornelita Pérez Pirrone, venezolana, mayor de edad, de este domicilio, de estado civil indefinido, a pesar de mi incipiente barriga y en pleno arbitrio de mis derechos libertarios, logré sacarle una buena tajada a esa danza de los millardos, aunque tuve que enseñarle los dientes y los colmillos a los Oscarzavalas, Valentinvergaras y Dongolindanos, de quienes se decía que le pasaban su cosita al propio Yosney, muy por debajo de cuerda, muy a la chita callando. De mi porción del pastel los únicos beneficiarios serían, bien entendido, mi ingenua y siempre querenciosa LauraÉ, el pequeño y adorable Pedro Pablo, y nuestros dos hijos por nacer, es decir, los dos hijos del amor más grande que haya existido en este mundo.

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Esta noche va a ser el acto de juramentación. Tengo el televisor encendido. La cadena ha durado toda la tarde. En un salón de Miraflores debidamente acondicionado, aledaño al balcón del soberano y decorado con varias pantallas gigantes, dignatarios de todos los continentes presentan su salutación al comandante-presidente y a Laura Eunice Pérez Pirrone de Quiñones.
Pedro Pablo está conmigo. No cesa de tocarme el vientre y de hacerme preguntas. Le explico, con toda la ternura que siento hacia él, que muy pronto va a tener dos hermanitos. Dos pequeños y sonrosados alientos que completarán el círculo de nuestra familia, de nuestra indivisible e indisoluble familia. Le digo, de la misma forma, que esos dos pequeños seres que pronto verán la luz son el fruto de un amor inmenso, un amor vastísimo que las dos hermanas creían haber perdido irremisiblemente, pero que fue recuperado en el regocijo de una liberación que va a conmover al mundo.
Pedro Pablo me hace cosquillas con sus deditos en ese ombligo mío que está comenzando a abultarse. Me pregunta cómo puede un bebé estar ahí adentro y cómo hará para salir. Yo suspiro y le hablo del prodigio de la vida, de la concepción y de los lucros incesantes del verdadero amor. Le hablo de Benny. Le digo que Benny es su padre. Él suspira también, me abraza y se reposa sobre mi regazo, quedándose dormido a los pocos minutos.
Mientras siento su respiración serena y acompasada veo que dos jeques de luengas barbas y lentes oscuros le hacen reverencias al comandante-presidente, postrándose delante de él. Quiñones intenta hacerlos levantar y darles la mano. Ellos se yerguen y retroceden sin abandonar sus gestualidades mahometanas y entonando unos cánticos guturales. El comandante-presidente le hace algunas observaciones risueñas a Valentín Vergara,  a don Golindano, a Tiberio Zaavedra y al "Junior" Salaverría. El cortejo de diplomáticos prosigue.
Tomo en mis brazos a Pedro Pablo y lo acuesto en su cama. Lo arropo y retorno frente al aparato. Finaliza esa parte del ceremonial y el comandante-presidente, tomando del brazo a su esposa, se dirige al balcón del soberano. La toma hace una panorámica de la multitud. Arrecian los vítores al aparecer la pareja presidencial, flanqueada por los militares de la custodia y los ministros de mayor confianza y rango revolucionario. En uno de los recorridos de cámara, en medio del apretujamiento de dignatarios y otros asomados, logro percibir el gesto chupado del cantor Ríchar Atencio Villasana y las siluetas ejecutivas de Charlie y Laureano. Luego de cinco minutos de aplausos y exclamaciones de júbilo, Quiñones pide silencio y se arranca con otro de sus estropajosos, trafagosos y ampulosos discursos. Los cuarenta años de las cúpulas putrefactas, los corruptos del ayer, la revolución libertaria, el mundo multipolar donde Venezuela será ahora pieza esencial, bla bla bla…
LauraÉ permanece a su lado con una expresión neutra. De pronto, de entre la masa compacta de militares y ministros emerge una cabeza con turbante, moviéndose como un guiñol aquejado de desatinos empíricos. Mira hacia aquí, hacia allá, hacia arriba y hacia abajo. Parece un pródigo Forrest Gump de seda, amurallado entre caras circunspectas. La masa compacta parece no darse cuenta de su presencia, absorta como está con la perorata presidencial. El del turbante esboza una sonrisilla criptográfica. Se desprende de la masa compacta y se coloca exactamente detrás de Quiñones, asomando sus barbas por encima del encharreterado hombro presidencial. Ahora sí, un edecán se percata de esa intromisión condensada, avanza hacia el jeque, intenta halarlo por el hombro, el beduino lo elude y se sitúa del lado de la otra charretera presidencial gargareando unos vocablos con los que quizás suele azuzar a los camellos en sus lejanos arenales. Quiñones se ha dado cuenta del asunto y, sin interrumpir la andanada verbal, se voltea. El emir escupe algo incomprensible, agitando los brazos. Quiñones se ha callado por un segundo. El militar prende al mustafá por la manga e intenta remolcarlo fuera de escena.
— ¡Suéltelo! —ordena LauraÉ, con una voz desconocida.
Todo el mundo se queda petrificado. Del público, bajo el balcón, no se escucha ni la respiración.
—Pero, ¿qué es esto, Dios mío santo de mi alma? —se oye preguntar a Quiñones.
El edecán suelta al barbudo islámico, sorprendido por la orden tajante de la primera dama.
— ¿Sudé se regüerda, baisano, de Rajiv Gandhi? —pregunta el musulmán prendándose de Yosney Quiñones.
— ¿Qué significa esto? —replica ante las cámaras y los micrófonos el comandante-presidente.
El intruso se despoja de la barba, los lentes y el camisón. Yo salto del sofá. ¡Es Benny! Su diafragma está rodeado de unos bolsones abultados.
— ¡Atrás todo el mundo! —gruñe, sin soltar a Quiñones, cuando el cuerpo de edecanes pretende avanzar hacia ellos— Esto que cargo encima es C4. Ustedes saben lo que es el C4, ¿verdad? Bueno, entonces, échense para atrás.
Mira a LauraÉ. Mi hermana no sabe disimular la palidez.
—Señora, ¡márchese!
LauraÉ parece dudar.
—Márchese, señora. ¡Ya! —repite Benny.
LauraÉ se abre paso entre la masa compacta.
—Y ustedes no se me muevan de ahí, porque mi compañero está exactamente ahí detrás. Director,  abra la toma, por favor, para que el público se dé una mejor idea del emplazamiento de mi colega.
Se ve al otro árabe despojarse también de sus afeites y mostrar, de manera semejante a Benny, los bolsones que le cubren el pecho y la espalda. Es mi papá. Mi respiración se hace anhelante a la par que mis manos y mis pies hormiguean.
Nadie se atreve a mover en el balcón del soberano.
—Ahora, si me permite explicar todo esto, querido amigo —dice Benny, asiéndose de Quiñones—, se trata simplemente del acto definitivo y postrero del SUCRE.
— ¿Qué clase de homenaje es este al grande e invencible mariscal de Ayacucho, compañero excelso en las luchas inmarcesibles de nuestro sagrado padre Libertador? —Quiñones está tragando grueso.
—Es un show, querido amigo —Benny sonríe.
— ¿Un show? —a Quiñones parecen salírsele los ojos de las órbitas.
—Un vodevil psicotrónico y psicotomimético. O, lo que es lo mismo, cuando los medios y la charlatanería arropan la primera naturaleza de los hombres, entonces, y solo entonces, adquieren el rango de substancias. Yo, que he sido un charlatán pusilánime, albergo en mi seno la ilusión de la esperanza, los sueños y las fantasías. Usted también. Por lo tanto, estamos confeccionados en iguales componentes: palabrería y mesianismo.
—Yo soy el representante supremo de la revolución —castañetea Quiñones.
—Revolución, robolución, resolución, revelación, resignación. Usted es el sumo pontífice y el parlanchín artífice de esta sinagoga que ahora está en boga y en la cual todo el mundo se ahoga. Se merece usted, pues, una toga, y de aquí nos vamos todos a bailar al son de "Taboga" en el "Pasapoga". Pasa, poga, pasa y paga, que ahí viene la maga que es muy vaga e indaga tocando un raga. Dígalo ahí por todo el cañón y donando un riñón, mi querido Quiñón.
—Yo soy el presidente de la República Libertaria Venezolana. Usted no es sino un bufón —suda Quiñones.
— ¿Es la bufonería, al igual que la buhonería, un acto superfluo? De la boca de los bufones salen las ruecas de la verdad desnuda y descarnada. Soy, entonces, un bufón en el bufé, un bufón tragón, burlón y fisgón.
— ¿Por qué los bufones tienen que acceder al crimen? ¿Usted no se da cuenta de lo que pretende hacer? Va a aniquilar la posibilidad de que este pueblo, este soberano, esta masa preñada de sueños y fe, esta patria noble y buena, conozca la posibilidad de desquitarse luego de haber afrontado estoicamente los desmanes de las fuerzas del mal —eructa Quiñones.
—Hemos intuido el sagrado carácter de su misión, querido connacional anal. Por ejemplo, fíjese usted, el destino de todo lo que el hombre pone y dispone es convertirse en carroña y ñoña. Toda revolución está de antemano condenada al fracaso porque la revolución destruye, pero no intuye, mucho menos instruye.
—Yo soy la revolución, yo y el soberano somos la revolución, y estamos construyendo el futuro con las quimeras del poeta de la nueva trova para moldear el hombre nuevo —carraspea Quiñones.
—Usted es la canción del elegido, querido sigfrido sufrido, y, como tal, posee la esencia de un redentor frigído y algído en medio de este vahído. Pero insisto y me enlisto en mi rol de  mefisto: ¡¿quiere ver usted, que hasta ahora ha obrado cual veloz cobra, el derrumbe de su obra?! Esa demolición ocurrirá. Ese desplome sucederá. No más rimas para las primas. Hablaré en ingenua prosa, Amalia Rosa,  desglosándome como un periódico de ayer, tal cual se enteró el avaro de Molière. Su obra es grande, ¿verdad?  Dígalo ahí.
Quiñones, todo contrito por primera vez en unos cuantos meses, asiente. Intenta acotar algo pero Benny no lo deja.
—Toda obra grande se desploma. Es algo inherente a su naturaleza, sea física, política o abstracta. Ahí está el templo de Jerusalén para confirmarlo. Ahí están todos los grandes imperios de la historia. Sin ir más lejos, ahí está el ejemplo de Bolívar: vivió lo suficiente para morir amargado al ver la destrucción de Colombia la grande, el emborronamiento de su sueño de unidad latinoamericana y la anarquía en que se sumieron estas naciones que deberían ser una sola. Pero también, ¿hasta cuándo tendremos que soportar esta mitología indigesta y ya francamente tediosa? Al igual que se requiere cada equis tiempo un nuevo mesías, de la misma forma, necesitamos un nuevo liberator, here and now. Bolívar perimió, my dearest, ¿a quién le toca sustituirlo? You or me?
—Para eso debo vivir, para llenar ese destino manifiesto mío y para quebrar ese ultraje histórico al que nos han sometido los imperialismos anglosajones —gargarea Quiñones.
—No se aferre, compañero. Gánese sin flatulencias el pasaje a la eternidad. Sopese las ventajas: usted y yo apenas rozamos la madurez. Los estragos geriátricos aun los avistamos en la lejanía. Tenemos ya una labor hecha que no podremos contemplar nunca. Es preferible, entonces, hacer mutis y partir, sin pagar  ningún peaje vegetativo, hacia la cofradía del nirvana. Ahí están el Che Guevara, Carlos Gardel, Jimi Hendrix, Jim Morrison, John Lennon, Augusto César Sandino, José Martí, Nils Runeberg, Pedro Infante, Jorge Negrete, James Dean, Marilyn Monroe, el "Gocho" Rojas, Canuto, Nicolás Soto,  Franz Kafka, Wolfgang Amadeus el de Salzburgo, Vincent Van Gogh, Evariste Galois, and last but not least, el galileo de las sandalias rotas y el Iscariote. Y ahora, junto a ellos (toquen fanfarria, dear fans), Yosney Quiñones y Benjamín Möllerstein. Eternamente jóvenes, eternamente inmortales. ¿Y sus obras? Incólumes, graníticas, ante el paso corrosivo de los tiempos. Repito y reitero, once again, no se aferre. Pasemos, sin solución de continuidad, al paraíso. Perdamos la sangre y ganemos la inmortalidad.
—Yo soy más grande que Jesucristo —gimotea Quiñones.
—Yo soy más ruin que Judas. Therefore, I am the real messiah.
—No quiero morir, no quiero morir —la voz de Quiñones se apaga.
— ¡Papá! —llama Benny.
Francisco Reinaldo Pérez, esposo de Eunice Pirrone, padre de Laura Eunice y Ornela, hace una seña desde atrás.
—A la cuenta de tres —Benny le soba las charreteras al comandante-presidente. La faz de Quiñones parece la careta trágica del teatro griego.
—LauraÉ, te amo… Ornela, te amo… —dice Benny, mirando fijamente a la cámara— Un… dos… ¡tres!
La pantalla se convierte en una llovizna de rayas blancas y negras.
Siento la puerta abrirse. LauraÉ entra, toda desasosiego, toda angustia, toda amores descalabrados.
Cuando nos abrazamos, nuestros vientres parecen fundirse.