domingo, 26 de abril de 2009

Sesentera V (la gastronómica)

Entre la bala fría y la papa caliente transcurre la temperatura de mi vida.


Pilón, ¿será verdad que los choros no comen chorizo?


Arrebiates gastronómicos

Sesentera (V)


Uno podría darse por vencido, pero la fanfarria anaeróbica de las tripas me impele a coger la trilla. Haciendo de esas mismas tripas músculo cardíaco, me levanto del catre ametrallando al orbe con mis primeras flatulencias de la jornada, me enjuago el hocico disipando el último grumo disponible de Colgate con Previtol (“dientes sanos, aliento fresco”), me encasqueto los pantalones y la camisa producto de un fiado certero en Trajes Araujo frente a la plaza Bolívar (habré de dar un rodeo evitando que don Rubén me vea y me cobre), me ajusto la faltriquera sobre el voluminoso vientre que instiga a numeroso prójimo a confundirme con un próspero negociante y, chupándome los dientes con ínfulas de sinfonía sabanera, enrumbo mi adiposa humanidad rumbo al Hotel Central, calle Real entre Schettino y González Padrón.




Hace un calor de los mil demonios en esta hora del burro de este asoleado día veranero de mil novecientos sesenta y tantos. Paso por delante de la puerta del amplio caserón que aloja al afamado albergue. Haciéndome el papanatas, me le arrimo a la entrada del comedero, objetivo último de mi itinerario. Por más que le pongo empeño a pasar desapercibido, Corita Del Corral, la patrona, se apresta para dispararme uno de sus lapidarios chascarrillos. Pero, embalado y expedito cual tigre en los raudales (pese a mi corpulencia bataclana), me dejo divisar por el profesor M. quien me invita a compartir su mesa. El profesor M. acaba de llegar por vez primera no hace mucho desde su nativo oriente, y ya es fama entre sus alumnos del liceo Gil Fortoul que gusta sobremanera ser admirado por sus ternos relucientes (a veces me luce un tanto cual Musiú Lacavalerie cuando sale en la televisión pavoneándose con la muletilla: “Trajes Montecristo, distancia y categoría”), su carrote descapotable que le confiere un donaire fílmico, y el verbo filoso que ya lo ha hecho célebre al no arrugársele el copete para raspar al que no le estudie la materia. Mas, loada sea el ánima del Taguapire, el profesor M. me ha cobrado simpatía porque siempre lo entretengo con mis informados comentarios sobre las gentes del pueblo y, siempre que se da la ocasión, me arrima la canoa. Como hoy.




Corita reprime un rezongo desde la vera de los fogones. Pero aquí está ya doña Bartola Flores recomendándonos el menú para hoy. El profesor M. y yo nos decidimos por el hervido de res. El famoso hervido de res de Corita, alabado incluso por Simón Díaz en su programa del canal 5 “Mi llanero favorito” (¡caracha, negro!). Los mofletes se me congestionan con la saliva del apetito desatado, pero logro controlar el antojo prodigando al profesor M. con una actualizada comidilla sobre los hechos y personajes del pueblo. Corita no resiste la tentación y exclama: “A este Pilipilón Gorrín lo van a enterrar en fosa triple. Una para el cuerpo, otra para la lengua y otra aparte para la panza, bonete, libro y cuajar. ¿Cómo le parece, profesor?” Cualquier desprevenido pensaría que Corita me detesta, pero ella conoce de mi admiración por su cocina exuberante y, en el fondo, me tolera y hasta creo que de alguna manera me estima.




El hervido de res de Corita es un potaje primorosamente ejecutado, multicolorido cual paleta de pintor impresionista, de un olor barroco que enardece las papilas gustativas y, utilizando un vocablo de raigambre romulera, multisápido mas no periclitado. El ocumo, el ñame, la auyama, la yuca, el ajoporro y el berro flotan sensualmente evadiendo con elegancias de bailarina cimarrona los ávidos cuchareos de este servidor al buscar relamerme con la textura refinadamente salobre del caldo, excelente para levantar a Lázaro de su tumba y a un enratonado borrachín a las cinco de la mañana. Sin perder el acoplamiento entre la placentera conversación con el profesor, Corita y los otros comensales que me escuchan alabar con verbo florido el condumio, desmenuzo en pequeños trocitos la carne tierna de res acompañándola con recatadas mordeduras a un lozano jojoto unareño y a unos retazos de pimentón que osaron ocultarse entre la placidez de las verduras. Un potingue digno de monarcas. Y el colmo de las tentaciones para un débil mortal: Corita nos obsequia con un picante lechoso de Píritu que le prodiga al sancocho un brío de sazones indescriptibles. Rociado el todo con par de tercios de cerveza Caracas (“lo tiene todo: sabor alegre, color de oro”) y un quesillo recubierto de un delicado caramelo criollo que se me deshace en la boca al son de una profusión de perlitas voluptuosas. Colofón de colofones: Corita pasa del resquemor inicial al halago ruborizador, gracias a mi verba de poeta pueblerino, y me adoba el humeante guayoyo con tres toques de brandy Martel (“pura uva, puro brandy, puro Martel”). El profesor M. paga la consumición y arranca presto prestísimo a sus clases.




Venzo la tentación de sobarme el vientre (mas no la de chuparme los colmillos) y me doy a la calle. Doblo en la esquina del Banco Unión hacia el sur. Cuando paso frente al Hotel Comercio recuerdo la blandura de los escalopines al vino que degusté gracias a la recomendación de don Rosalino y a la prodigalidad del doctor P. y pienso en mis próximos retos sibaríticos: ¿quién me obsequiará una jugosa parrilla de solomo con chinchurria, más yuquita frita y rica guasacaca, donde Generoso? ¿Quién osará convidarme a una adobada y suculenta arepa rellena de cochino horneado en el puesto de Pulido al lado del Manapire? ¿Quién me invitará donde Pedro José, el rey del colesterol (según lo bautizara el doctor Caldera), a tronarnos la muela al son del copioso mondongo, el teretere y los chicharrones con pelos?




Por la boca muere el pez. Y por tragar y tragar vive Pilipilón Gorrín, vuestro goloso gourmet provinciano. Pásenme las cachapas y el suero, por el amor de Jesucristo.

miércoles, 22 de abril de 2009

Resistir, desconocer, desobedecer

Resistir, desconocer, desobedecer

« Soyez résolus à ne plus servir, et vous voilà libres »
(Dejad de lado la servidumbre y seréis libres)

Étienne de La Boétie (1530-1563), Discurso de la servidumbre voluntaria




En cierto sentido, era necesario que el régimen imperante en Venezuela se sintiera legitimado y recontralegitimado a través de numerosos fraudes electorales para que, de una vez por todas, se despojara de la careta y se revelara como lo que siempre ha sido: una dictadura con piel de oveja. Alguno que otro incauto se mostrará sorprendido y balbuceará con alguna dosis de incredulidad o de interés acomodaticio: “No, vale, yo no creo. Lo que pasa es que ustedes son unos oposicionistas radicales”. Cosas veredes, Sancho Panza.

Radicales o no, lo cierto del caso es que ya no hay subterfugio alguno que disfrace la naturaleza intrínsecamente autocrática y represiva del régimen “bolivariano”. El dilema subsiguiente se resume, entonces, en cómo enfrentarlo y doblegarlo para, de seguidas, proceder a una reingeniería institucional que sirva de catalizador a la resurrección de la democracia en Venezuela, en un marco de genuina justicia social en donde los ciudadanos de este país puedan liberar sus energías creadoras y creativas, productoras y productivas, sin ser asfixiados por un petroestado actuando como instrumento de dominación, coerción y corrupción infinitas.

El estudio de experiencias similares en otros contextos históricos y geográficos confrontados con nuestra realidad actual nos sugiere la vía de la resistencia cívica no violenta. Gene Sharp, fundador del Instituto Albert Einstein y autor de “La política de la acción no violenta” (The Politics of Nonviolent Action – 1973) asevera que la lucha violenta en contra de un régimen opresivo significa jugar en el terreno propio de gobiernos altamente delincuenciales, en donde predominarán, por supuesto, las reglas acordes al salvajismo y la barbarie prevalecientes en esas autocracias. Por el contrario, la adopción de métodos no violentos producirá en los dictadores reacciones de desconcierto y de autoflagelación que, a la postre, conducirán a su deslegitimación y desenmascaramiento. Sin embargo, el camino a recorrer es largo y tortuoso, requiriendo de mucha presencia de ánimo, alta motivación política y, sobre todo, de una formidable entereza ética y moral por parte de los activistas no violentos.

La premisa fundamental para comprender en su justa dimensión la esencia de los regímenes aferrados al poder por el poder mismo ha sido dilucidada por varios pensadores y filósofos. Étienne de La Boétie, por ejemplo, manifestaba que el poder derivaba de la aquiescencia de los súbditos, por la fuerza de la costumbre, por las enseñanzas recibidas y por el temor al castigo. Al momento de resquebrajarse esa pasividad y perderle el temor al poderoso, su poder se desmoronaría como un castillo de naipes. Tales conceptos ─analizados con mayor amplitud por John Locke, David Hume, Jeremy Bentham (amigo personal de Francisco de Miranda), los enciclopedistas franceses, y, en tiempos más recientes, por estudiosos de la talla de Karl Popper, Friedrich Hayek y el venezolano Carlos Rangel─ han coadyuvado a la organización política, económica, social y cultural de las naciones en donde prevalece el mayor respeto por las libertades del ser humano. No en balde son esas regiones las abanderadas en cuanto a desarrollo se refiere, desde lo más tecnocrático y científico hasta lo más humanístico, a pesar de las crisis y demás avatares propios de cualquier actividad desarrollada por el ser humano.

Acogiéndose a dichas coordenadas filosóficas, figuras señeras de la historia contemporánea (Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Nelson Mandela) han logrado implantar un legado de justicia y humanismo al enfrentarse a sistemas reñidos con el ansia de libertad. Se podrá alegar, acertadamente, que ellos no hubieron de enfrentar, como sí es el caso nuestro, a un demagogo habilidoso en las artes del embaucamiento, tenido por algunos todavía como un instrumento de redención social que, en el fondo, no es más que un corrompido sociópata hambriento de poder, camuflado en mesías izquierdista redentor de las masas oprimidas. No obstante, la creciente represión selectiva, la violación asidua de los derechos humanos, la inocultable miseria de nuestras clases populares (muy a pesar de las bequitas), su acoso a la disidencia, su alianza pública y notoria con la delincuencia (esa misma que asesina y secuestra a los pobres en las barriadas y a cualquiera en el campo o la ciudad), sus consuetudinarias estafas comiciales, y, por encima de todo, su ya inocultable corrupción, propia de todos los dictadores durante toda la historia ─no ha existido nunca un autócrata que no se haya embolsillado los dineros públicos pues piensan que el país les pertenece como si fuera su finca particular─ lo desnudan como lo que es en realidad: otro caudillejo más, otro caciquito más, otro tiranuelo más en la sufrida historia de un continente atiborrado de demagogos y chapuceros, tratando de pasar como demócrata cuando en realidad pisotea los valores universales de la democracia. Pero la mona aunque vista de seda…

Once años y ochocientos millardos de dólares despilfarrados después, nosotros, venezolanos disidentes de esta desvergüenza, nos replanteamos la interrogante de cómo afrontar esta nueva vertiente del reciclado caudillismo corrupto latinoamericano. Proponemos, entonces, para la discusión y análisis de todos ─sin importar la proveniencia política, social, religiosa, edad, sexo o condición─ el método de lucha no violenta auspiciado por las preclaras figuras mencionadas anteriormente a través de tres vertientes de acción, a saber:

Resistir: Como los primeros cristianos en las catacumbas, nos encontramos expuestos a una realidad insoslayable. El régimen opresivo imperante en Venezuela desea borrarnos de la faz de la tierra. No se trata de una jugarreta metafórica. Al igual que los grandes sátrapas del siglo XX como Hitler (nacionalsocialista, fascista de derecha) o Stalin (comunista o socialista real, fascista de izquierda), el dictador venezolano no oculta su deseo de eliminar de un plumazo a quienes él denomina “escuálidos”, es decir, a esa gran mayoría (desde 1999 para acá siempre hemos sido mayoría, no se equivoquen) de venezolanos que no se someten a sus ansias enfermizas de dominación.

A semejanza de esos primeros cristianos de las catacumbas, debemos resistir preservando nuestros rituales de democracia, practicando la tolerancia a los diversos puntos de vista, organizándonos en células solidarias para compartir experiencias, intercambiar información, planificar acciones proselitistas y proveernos de mutuos auxilios cuando se incremente la beligerancia represiva. Los primeros cristianos penetraron inteligentemente los círculos de poder del imperio romano llegando, eventualmente, a lograr la conversión del emperador Constantino. Nosotros, los demócratas, debemos infectar de democracia y libertad ─cual metástasis benigna─ los diversos tentáculos del orden dictatorial, como el denominado “consejo comunal”, estructura ésta creada para difundir jerárquicamente los antojos del demagogo y, mediante el reparto de dinero sin supervisión, permear de corrupción a todos los estamentos de la sociedad pues, siempre se ha sabido, los autócratas convierten en cómplices de sus fechorías a sus sojuzgados compatriotas para así someterlos a través del latrocinio compartido y su subsiguiente culpabilidad. “Yo soy golpista, tú también eres golpista”. “Yo soy ladrón, tú también eres ladrón”.
Resistir pacíficamente, en ocasiones de manera pasiva, en otras asumiendo un rol más asertivo, debe ser nuestro norte. Al deslastrarnos, como hasta ahora, de cualquier proclividad hacia la violencia, dejamos perplejos al demagogo, a la boliburguesía y a la cohorte de burócratas facinerosos que lo rodea. De ahí que sus exhortaciones a que “cojamos el monte”, a que instituyamos frentes guerrilleros, a que participemos en golpes de estado clásicos (como el del 4F92), caen en saco roto y lo desconciertan. Pero, al mismo tiempo, procuraremos dejar de adaptar nuestras agendas a los vaivenes de su cotorreo desbocado. A cada impertinencia suya, responderemos con propuestas específicas para transformar en positivo cualquier área de la vida venezolana, sin caer en el jueguito soez y pendenciero a que nos tiene habituados. Por ejemplo, se nos comenta que hace unos días el demagogo rebuznó que muchas ciudades y pueblos de Venezuela adolecían de escasez de agua porque “los oligarcas” y “los escuálidos” abrían sus mangueras y regaban el jardín, las matas y el césped. Pero más de ochocientos millardos de dólares en once años han podido haber sido utilizados en la construcción y mejoramiento de muchos necesarios acueductos, con adecuado equipamiento y mantenimiento, garantizando de esta forma el suministro de agua en todo momento. Responder a estas majaderías con argumentos y proposiciones pertinentes es parte de la resistencia.

La experiencia histórica demuestra que, si bien la resistencia cívica no es fácil y puede provocar desánimo en muchos de nosotros por su prolongación en el tiempo y su aparente carencia de resultados a corto plazo, a la larga se convierte en una catapulta invencible para cambiar el estado de cosas. Resistamos, pues.

Desconocer: Las dictaduras tienden a retocar y recubrir con un barniz pestífero todo el entramado institucional que asaltan y descuartizan para dar la impresión de que la historia comienza con ellas. En Venezuela, el régimen dizque “bolivariano” arrancó sus tracalerías con una corte de los milagros, la “constituyente” chavetona del 99, integrada, en su casi totalidad, por elementos representativos del filibusterismo político y profesional venezolano. A semejanza de la fábula donde un gigantesco elefante después de ingentes dolores de parto dio a luz un ratón, la “constituyente” chavetona eructó un fementido instrumento, paradigma de la piratería hermenéutica: la constitución chavetona de 1999.

Dicha butifarra normativa pareciera ofrendar un novedoso cúmulo de derechos y prerrogativas para la ciudadanía. Pero, tras la farragosa redacción pletórica de faltas de sintaxis y ortografía (propia de los piratas que la redactaron) se ha escondido siempre el apetito de concederle al caudillo las herramientas para concentrar el poder por el poder mismo. Tal como lo han demostrado estudiosos de la materia jurídica como Jorge Olavaria y Omar Estacio, en esa malhadada constitución se encuentra la raíz de toda la jurisprudencia centralizadora y conculcadora de vastos derechos ciudadanos que se ha venido aplicando. La ley mordaza, la ley de tierras, las leyes que le han birlado a las gobernaciones y alcaldías sus atribuciones, entre otras, son inherentes a la constitución chavetona del 99. Entendemos que algunos factores, de quienes presumimos la buena voluntad, han desarrollado un discurso de lucha mediante la defensa de supuestos valores democráticos contenidos en “nuestra carta magna”. Aceptamos tal contingencia táctica mientras la dictadura cultive algún remilgo de indulgencia que la ayude a conservar apoyos ingenuos, tanto en el ámbito interno como en lo externo, de observadores que todavía consideren que en Venezuela existe algún dejo de democracia. Pero el germen de la presente dictadura está claramente contenido en su código fundamental. Por lo tanto, hemos de desconocer el andamiaje leguleyo surgido de esa patética “carta magna”.

Desconocer implica repudiar el basamento conceptual y legal del régimen. Aunque pueda parecer banal y hasta simbólico, comencemos por negar la entidad de la fulana república “bolivariana”. Al Libertador le provocaban ojeriza los homenajes patrioteros y las adulaciones serviles. Además, el verdadero nombre de este país es República de Venezuela, el que nos convoca a todos sin distinción, sin adjetivos ni adornos superfluos. De la misma forma, la bandera que nos legaron los padres fundadores de la nacionalidad tiene siete estrellas. El caballo del escudo tuerce el pescuezo siguiendo tradiciones heráldicas de muchos siglos. El parlamento entre nosotros siempre se ha llamado Congreso, por lo tanto sugerimos que, al referirnos al lamentable cuerpo legislativo actual (esa guarida bucanera denominada “asamblea nacional”) lo hagamos con un cognomento más apropiado: el congreso chavetón, pongamos por caso. Ídem con el supuesto “tribunal supremo”: la corte chavetona le queda mejor. Desterremos de nuestro léxico expresiones propias de la piratería actual como “cuarta república”, “escuálidos”, “lacayos del imperio” y demás vocablos acuñados por el demagogo.

Aun cuando pueda parecer anodino, estos pequeños pasos de desconocimiento del ilegítimo poder del mandamás nos van acrecentando el ánimo y la entereza para así proceder a concebir las profundas transformaciones que requiere Venezuela ante los retos del nuevo milenio. Francisco de Miranda, Simón Bolívar y sus compañeros de lucha comenzaron por desechar la potestad del orden constituido, desdeñando sus pilares ideológicos (el absolutismo por derecho divino), su vocabulario y sus procedimientos y, consecuentemente, echaron los cimientos del orden republicano. El de la República de Venezuela.

Cuando desconocemos la legitimidad del cabecilla “bolivariano” y no lo asumimos como gobernante democrático, cuando lo etiquetamos con su veraz índole de dictador, echamos a rodar la dinámica de la desobediencia civil que resulta ser nuestro campo de juego con nuestras reglas de terreno, donde vamos a enfrentarlo en buena lid y a derrotarlo con la no violencia, a él en lo personal, y a lo que él representa: el atraso de la ideología neocomunista (paradójicamente, ésta ha producido un capitalismo salvaje cuyo único beneficiario es la boliburguesía), la alianza con elementos delincuenciales de todo nivel tanto dentro como fuera del país, la corrupción salida de madre por la impunidad desvergonzada, la miseria de nuestra población a la que se quiere comprar con mendrugos y complicidades. Y ─no podemos dejarla por fuera aunque hiera la susceptibilidad de algunos─ la piratería conceptual, profesional y política propia de un raspado en el curso de estado mayor junto a las “lumbreras” que lo acompañan.
Desobedecer: El 1º de diciembre de 1955, en Montgomery, Alabama, EEUU, Rosa Parks, 42 años, afroamericana, se negó a cederle su asiento de autobús a un pasajero blanco. Este pequeño acto de rebelión contra el orden segregacionista desencadenó una avalancha de desobediencia civil, liderizada por Martin Luther King Jr., que desembocó en el fin del racismo después de grandes esfuerzos y sacrificios. Hoy en día, Barack Obama llegó a la Casa Blanca.

El 12 de marzo de 1930, el Mahatma (“alma grande”) Gandhi inició una marcha de más de cuatrocientos kilómetros hasta el océano. A medida que avanzaba por los caminos de la India, la muchedumbre que lo seguía se acrecentaba. ¿Su objetivo? Hervir un poquito de agua de mar para obtener sal y, de esta forma, quebrantar una ley que otorgaba a los colonizadores británicos el monopolio del cloruro de sodio. Gandhi pagó cárcel pero su gesto, trivial en apariencia, sentó las bases políticas y espirituales del movimiento de desobediencia civil que, a la postre, le daría la razón y la independencia a su patria.

La desobediencia civil, la resistencia cívica y la no violencia van tomadas de la mano. Nacen, como ya lo dejamos entrever arriba, del no reconocimiento del poder ilegítimo e ilegal. Requieren, más que de formulaciones ideológicas, de un andamiaje ético y moral que desconcertará, desmoralizará y desarmará al corrompido adversario que enfrentamos. Nuestra meta, en tanto que luchadores no violentos, es sumar a nuestra causa a quienes de buena fe todavía persisten en creer en las inexistentes bondades de la “revolución”, y, por supuesto, reimpulsar, revigorizar y revitalizar a la amplísima mayoría (lo recalcamos: siempre hemos sido mayoría, desde 1999 para acá) de demócratas de este país que deseamos un nuevo orden de cosas, con mayor justicia y libertad para todos.

Muchos de ustedes se preguntarán cuál será nuestra dinámica de desobediencia civil. ¿Cómo traduciremos, por ejemplo, esa marcha de la sal a nuestro escenario concreto? ¿Cómo emularemos la desobediencia civil de Nelson Mandela para finiquitar el apartheid? La respuesta a esta inquietud la dará el desenvolvimiento de los hechos. Para ello, deberemos contar con un liderazgo que no embista los trapos rojos de la dictadura y no se solace con sus tentaciones melifluas ─como las fraudulentas elecciones que, insistimos, sólo deben ser utilizadas para demostrar el timo comicial y para optimizar las energías organizativas de la resistencia ─, además de estructuras que congreguen a todos los ciudadanos que, con o sin aspiraciones políticas, manifiesten su ánimo participativo y estén dispuestos a colaborar, sea cual sea su esfera de actividades, para llevar a feliz término esta controversia histórica que nos enfrenta al pasado autoritario y corrupto.

Habrá de identificarse, entonces, el ámbito supuestamente legal y delimitado que se va a desobedecer, preferiblemente con el mayor consenso y debate posibles. Podríamos, por ejemplo, negarnos a cancelar algún nuevo tributo con que seguramente nos va pronto a castigar este régimen que ha arruinado a Venezuela y cuyas arcas se encuentran desangradas de los odiados dólares imperialistas que se le niegan a los venezolanos, pero que se le reparten alegremente a bandidos y sinvergüenzas de toda ralea, cuyo único mérito ha sido el de chuparle las medias a “nuestro presidente”. Podríamos, quizás, rehusarnos a cumplir con algún engorroso nuevo trámite burocrático obligatorio, engendrado en la mente de algún cagatintas fascista que busque con ello aumentar el grado de control de la población, según las pautas del estatismo abotagado, ensoberbecido y estéril de los últimos años. Podríamos, a lo mejor, organizar jornadas simbólicas de resistencia pasiva, como tomar un sector geográfico determinado por un tiempo preestablecido, para arengar a la ciudadanía, difundir mensajes de resistencia y alentar la desobediencia, arrancando de seguidas como el piquijuye llanero, antes de la aparición de los cuerpos represivos y las bandas paramilitares de la dictadura. Seguros estamos que las ideas concretas para fomentar la resistencia cívica y la desobediencia civil no faltarán.

Un último punto para la reflexión. El mayor aliciente en las luchas de este tipo, tal como lo demuestran los hechos históricos, estriba en la esperanza humana de catalizar los cambios necesarios para forjar un nuevo estado de cosas que propenda a la justicia y la libertad. Los fascistas de izquierda y de derecha siempre han alegado que la violencia es la partera de la historia. Nosotros no somos fascistas. Somos demócratas, republicanos, libertarios y amamos la justicia. Por eso nos enfrentamos a la dictadura venezolana con la no violencia.

Es menester, no obstante, sembrar en la conciencia ciudadana algunas interrogantes que podrían alumbrar el sendero a seguir y, bien entendido, cimentar la esperanza, la entereza y la fortaleza en las duras jornadas que se avecinan y que pondrán en juego nuestro temple. Preguntémonos, por ejemplo:

· ¿Es conveniente que el petróleo siga perteneciéndole al estado o será preferible, más bien, traspasarle la propiedad de ese recurso a todos y cada uno de los ciudadanos de la República de Venezuela?
· ¿Podemos seguir soportando un sistema judicial mediatizado ─antes por la partidocracia, ahora por el demagogo─, en vez de contar con tribunales y jueces profesionalmente capaces, probos, autónomos y bien remunerados?
· ¿Seguiremos participando en comicios sin vigilancia en todas las etapas del proceso por parte de todos los observadores de todas las procedencias políticas y sociales, sin listas de electores verificadas, sin auditorías de las máquinas y sus mecanismos de transmisión y totalización, con un ente electoral parcializado y corrompido hasta los tuétanos?
· ¿Seguiremos eligiendo funcionarios por mayoría simple, sin doble vuelta de los dos más votados, sin legitimidad electoral suficiente?
· ¿Hasta cuándo continuaremos designando cuerpos legislativos por los anacrónicos métodos de planchas, listas, kinos y morochas? ¿Por qué no votar uninominalmente todos los cargos ejecutivos y legislativos, a doble vuelta?
· ¿Por qué no convocar un Congreso Constitucional, elegido uninominalmente y a doble vuelta, con la misión de establecer las pautas para una legalidad acorde a este siglo veintiuno que no termina de arrancar en Venezuela?
· ¿Es conveniente que el estado siga creciendo? ¿Por qué los venezolanos tenemos que vivir a costa del estado y no al revés? ¿No sería mejor un estado más reducido que se ocupe de lo que sí le compete, como garante del equilibrio social: seguridad ciudadana contra la delincuencia, defensa del medio ambiente, salud y educación para todos? ¿Por qué el estado tiene que entrometerse en todo, enredándolo todo y pervirtiéndolo todo? ¿Será porque el mandamás obtiene así más poder y control sobre todos nosotros?
· ¿Por qué los venezolanos tenemos que someternos a la clase gobernante y no al revés? ¿Por qué no nos rinden cuentas?
· ¿No será mejor reducir la pobreza reforzando las libertades económicas y auspiciando la iniciativa de los emprendedores, como lo hacen los países desarrollados? ¿Hasta cuándo seguiremos viviendo bajo la pesada e infértil sombra del estatismo?
· ¿Seguiremos haciéndonos la vista gorda ante la corrupción? ¿Permitiremos que prosiga la impunidad porque, por ejemplo, el boliburgués que tengo a la mano es amigo, compadre o compinche mío? ¿Por qué los corruptos actuales confían en que si llegare el fin de la dictadura ellos seguirán con sus negociados como si nada?
· ¿Queremos de verdad cambiar de cabo a rabo este país para mejorarlo, o sólo estamos incómodos porque el demagogo actual nos cae antipático?

Resistir, desconocer, desobedecer. ¿Qué opinan ustedes?

lunes, 23 de marzo de 2009

Los que se fueron


Cortejos insomnes

Los que se fueron

por: Nicolás Soto
José Ortega y Gassett afirmaba, en su frase más socorrida, que el ser humano es la suma de su yo más su circunstancia. Englobada dentro de esa realidad vital e histórica se encuentra la cofradía espacio temporal a la que, en tanto que individuos, pertenecemos. Vale decir, nos desenvolvemos en una, o varias generaciones, de acuerdo al tiempo y la topografía donde hemos nacido, crecido y vivido. Según el autor alemán Federico Kummer, "una generación abarca a todos los coetáneos que proceden de las mismas situaciones económicas, políticas y sociales y que se hallan equipados, por lo tanto, con una concepción del mundo, con una educación, con una moral y una sensibilidad artística afines". Los seres con quienes hemos convivido nos han marcado con su hierro existencial y nosotros mismos, en tanto que entes dotados del poder de la creación y la creatividad, hemos incoado una huella palpable que, asumida desde un punto de vista gregario pues no estamos solos en el mundo, ha diseñado nuestro episteme generacional, el lente con el cual escrutamos nuestro universo real y con el cual somos escudriñados a su vez, de una forma biyectiva y recíproca.

Lógicamente, pertenecer a una generación conlleva un cúmulo afectivo. Esas personas con quienes hemos compartido nuestra infancia y juventud nos abastecen con un significante avasallador: la memoria de un tiempo cuando creíamos que se podía llegar al cielo que nos correspondía por justicia de corta edad no exenta, ¿por qué no decirlo?, de una holgada carga de ingenuidad e inocencia. Pero, ¿cuál generación no ha adolecido de esa impaciencia por cambiar el mundo?

Cuando nos topamos, bien sea personalmente o a través del sortilegio virtual de la web, con rostros y voces que compartieron ese ayer de ensueños y tropezones, nos rozan las voces y las siluetas de lo que hemos sido, la refracción espiritual de nuestro paso por esta realidad que ya va mostrando sombras alargadas a nuestras espaldas. Se mezclan, entonces, la alegría y la nostalgia, los viejos amores con los sempiternos ideales que, a pesar de haber cambiado de ropaje epistemológico, preservan el ansia irrenunciable de justicia y solidaridad para todos.

Y, por supuesto, se torna inevitable la evocación de quienes ya superaron los escollos del existir constreñidos a los moldes físicos. Los que se han marchado conservando el sello mágico y maravilloso de la juventud y que, por obra y gracia de haber transpuesto el portal de la infinitud incorpórea, logran el milagro de unirnos a quienes hemos quedado atrás, todavía batallando con sinsabores y júbilos en alternancia bipolar. Con la vida, pues. El recuerdo de nuestros compañeros de generación ya idos nos convoca a una ofrenda solar.
Lito Silveira me dio la noticia: murió el gordo Gerardo Camero. Mi compañero de primaria en el colegio del padre y de bachillerato en el liceo “José Gil Fortoul”. Su madrina y protectora, la señorita Lourdes Camero Ramírez, la misma que sembró amor y esperanza con su escuela de artes y oficios en Valle de La Pascua, lo estimuló desde pequeño a estudiar. “Gerardo tiene mucha retentiva”, nos decía al grupo de inquietos zagales que se reunía en su casa de la calle González Padrón a estudiar (y a fregar la paciencia). La corpulencia de Gerardo no le impedía para nada a la hora de jugar las caimaneras o al básquet en las canchas del liceo. ¡Y cómo le mamábamos gallo a todo el mundo! Juntos compartimos la mirada inquieta y curiosa de los años sesenta, ante un mundo viejo que se retorcía como una bestia convulsionada y un mundo nuevo que surgía por los entresijos de la carrera espacial USA-URSS, las nuevas modas que rompían con todo lo convencional ─empezando con el pelo largo y la minifalda─, la sexualidad liberadora y desbordada que trajo la masificación de la píldora anticonceptiva, los intensos debates políticos ─signados por la naciente y asediada democracia venezolana en el marco de la primavera de Praga, el mayo del 68 parisino, la guerra en Vietnam─, las nuevas sensibilidades aguijoneadas por la música (Beatles, Stones), las artes plásticas (el cinetismo de Soto y Cruz-Diez, el pop art), la literatura (el boom latinoamericano), el cine, la televisión, el deporte. Más de una madrugada nos consiguió debatiendo de todo esto y mucho más, tras habernos puñaleado en matemáticas y física, y luego de habernos regalado, si había con qué, con sendas tostadas de las que preparaba Ponce en el “Tamanaco” de la calle Real.
Se marchó el gordo Gerardo. Ya se encuentra al lado de quienes le antecedieron en ese luminoso tránsito de eternidades. Salud.
In Memoriam
Marina Villasana
Mirna Blandín
Gerardo Camero Calcurián
José Antonio Martínez (“El Popo”)
Hamilton García Pellicer
Roger Enrique Domínguez Torres
Ignacio Morales ("Nacho")
Filiberto Rodríguez Montes
Antonio García Vásquez (“Toñito”)
Marcos Morante Álvarez
Rubén Darío Díaz
Rafael Fajardo

viernes, 20 de marzo de 2009

Hablando de inconsistencias numéricas

Estas computadoras del consejo electoral chavetón nos revuelven peor que una lavadora chaca-chaca del año de la pera loca. Por cierto, ¿por dónde andará el 69?

Grace Kelly: Cary, ¿cómo hacemos para atrapar al ladrón?

Cary Grant: Difícil por ahora, catira. Estos boliburgueses están burda de apoyaos. Y los del CNE son más tracaleros todavía.

Amigos todos:

Les envío adjunto documento .pdf contentivo de un análisis muy interesante referente a las inconsistencias numéricas del órgano electoral de la dictadura en el pasado "referendo". Tal como lo demuestran Juan Isaac y su equipo, con tan sólo unas cuantas operaciones aritméticas de relativa sencillez, se evidencia un descuadre entre las cifras de votos válidos, nulos, abstención e inscritos. Los resultados deberían comportarse como un balance contable, vale decir, ajustarse y coincidir por doquiera que se les observe. Tal no es el caso, nuevamente, en otro proceso eleccionario teñido de dolo.

Es llover sobre mojado el afirmar que el REP está contaminado y que todas las elecciones de la dictadura han sido fraudulentas. Esto no lo decimos para que la gente se desanime sino, más bien, para concurrir a cualesquiera comicios si y sólo si se actúa con el ánimo de desenmascarar las escalonadas trampas de que todos hemos sido víctimas. Usualmente no ha sido sino a la caída final de las autocracias cuando se ha logrado acopiar las pruebas fehacientes (the smoking gun, al decir de los anglosajones) de las tramposerías perpetradas, pero los análisis aritméticos permiten ir percibiendo por dónde han venido los tiros. Sobre el particular, existe la investigación efectuada por el equipo encabezado por el ex rector de la Universidad "Simón Bolívar", Freddy Malpica, contenida en el informe de Tulio Álvarez, de la flagrante estafa cometida en agosto de 2004 durante el denominado "referendo revocatorio". Para decirlo en venezolano: Maraña siempre sale.
A quienes nos manifiestan no creer en fraudes, dada su presencia en la auditoría post votación, alegando que el resultado arrojado por la máquina se corresponde con el número de papeletas físicas contadas, les recordamos que nadie, pero absolutamente nadie, fuera del oficialismo, verifica la imparcialidad operativa ni del software ni de los mecanismos de transmisión de la data, y, muchísimo menos, la sumatoria de los resultados en la famosa "sala de totalización". Durante la democracia civil, con todos sus errores y verrugas, cada uno de los actores involucrados tenía acceso a cualquier fase del proceso, desde la cedulación hasta la obtención de los resultados. Si acaso hubo detalles de marrullería en las tristemente célebres "acta mata votos" por la no presencia de algún testigo o por la compra de conciencias específicas. Pero, óigase bien, los fraudes sistematizados, orgánicos y evolutivos, como los actuales, son inherentes a la naturaleza de los regímenes autocráticos.

Asimismo, nos parece un lamentable error apresurarnos a "reconocer" los resultados como si estuviéramos todavía en democracia, como si se tratara de John McCain frente a Barack Obama, o de Ségolène Royal frente a Nicolas Sarkozy, o de Chachopo Pérez cuando perdió la presidencia del club de boche clavao de San Perico de Los Palotes. Tal "reconocimiento" trae consigo la frustración, el desánimo y la depresión de la mayoría ─make no mistake, siempre lo hemos sido, desde 1999 para acá─ que constituimos los demócratas de este país. Tal frustración resultó más que palpable en la semana subsiguiente al "referendo". Lo conveniente sería imitar la conducta de Alejandro Toledo el año 2000 frente a Fujimori: no reconocer y desconocer, paso previo a la resistencia pacífica y, eventualmente, a la desobediencia civil.

Para finalizar, resulta risible la irrupción de los "encuesteros" (ay, ratanálisis), saltando de plácemes porque los resultados previstos por ellos se revelan ajustados a más no poder a lo arrojado por los "transparentes y confiables" computadores del consejo electoral de la dictadura. El inmortal Guillermito Menea La Lanza (William Shakespeare) escribió en Hamlet: "Hay algo podrido en Dinamarca". Fos.

Corolario: ni para cuadrar una suma sirven estos piratones. ¿Trampitas a mí? Basié.

Para obtener el mencionado informe, accedan, por favor, a la dirección:

http://www.easy-share.com/1904112533/MODIFICACION%20BOLETINES%20RESULTADOS%2015F.pdf


martes, 3 de marzo de 2009

Amor en el cólera del tiempo

─ Prima, déme el sí.
─ ¿Otra vez en campaña, mi negro?

─ Con este despecho me sale vallenato llorón… ¡Buáaaa!

La cuneta lisérgica

Sesentera (IV)

por: Nicolás Soto

En alguna ocasión habré escuchado al famoso entrevistador británico David Frost con la siguiente frase: “Amor es desvelarse por un niño muy enfermo… o por una persona adulta muy réquete sana”. Las definiciones sobran, pero la esencia de ese sentimiento permanece universal e inalterable: la atracción inefable, inocultable e irrefrenable hacia ese otro ser que intuimos nos complementa y nos nutre afectiva y espiritualmente. Sus síntomas varían según la víctima. Se nos nubla la vista, se nos desbarranca la mollera, se nos sudan las manos, las pupilas se hinchan, las rodillas nos tiemblan y las gónadas arrancan a funcionar a toda mecha codiciando el apareamiento. Recuerdo que el padre Chacín solía reconocer a los enamorados en ciernes porque los delataba un temblequeo peripatético en las aletas nasales. Respiren jondo, mis muchachones.

En aquellos primeros años de los sesenta, había que someterse a una serie de rituales no escritos para lograr el favor de la chica que nos había descoyuntado la sesera. Primeramente, era menester comenzar a rondarla con ínfulas de gallito piroco para darle a entender nuestros requerimientos románticos. Si tenías bicicleta (así fuera de reparto), o mejor aún, corcel, moto o carro, debías dártelas de diestro jinetero de los caminos, haciendo caballito o picando cauchos para que ella te notara. Más de uno se echaba sus estrelladas consecutivamente, ganándose las mofas de los amigos y, por supuesto, perdiendo puntos con la doncella en cuestión. Pero p’alante es que brincan los ojos manque le puyen el sapo…

Previo a la declaración, resultaba conveniente tantear el terreno con una carta de amor. En términos mercadotécnicos, ahí era cuando nos poníamos a valer los pichones de escribidor, como este “humirde” servidor vuestro, pues el dominio de las argucias lingüísticas nos proporcionaba una herramienta invalorable para poder justipreciar el conato epistolar. Por una bagatela, los panas contrataban nuestros servicios y, por arte de birlibirloque, surgían los encendidos requiebros y la profusión de cielos, lunas, soles, vidas consentidas y demás municiones del arsenal romántico. Pero, honor a quien honor merece: debo confesar que más de una vez me fusilé unas cuantas metáforas del Neruda de “Los versos del capitán”. A cachete cada misiva y ¡Caifás, Barrabás!

Donde no había intermediario ni celestina que valiera era a la hora de la declaración. Uno se las ingeniaba procurando conseguir a la causante de nuestros tormentos totalmente sola, inventando excusas para que las amiguitas cogieran las de Villa Diego y no fastidiaran el ceremonial. Ya en frente de aquellos ojos acaramelados y de aquella boquita colorada que nos hacían perder el sueño había que acometer la faena, rogándole a todos los santos no caer víctimas de la gaguera, no tener mal aliento o, peor aún, golpe de ala. Y siempre comenzar el discurso diciendo: “Tú sabes que desde la primera vez que te vi, sentí que mi corazón latía con más fuerza…”, o algo por el estilo.

Como ellas han sido desde los días de Eva la causa capital de la zozobra del sexo masculino, la mayor parte del tiempo nos dejaban en vilo (o en episodio, para decirlo con lenguaje de las series de acción dominicales) solicitándonos tiempo para pensarlo. Quedaba en espera la respuesta tan ansiada: ¿querrá o no ser mi novia? Si te pedían aguardar hasta el bonche del próximo fin de semana, era casi seguro que la contestación iba a ser afirmativa, porque la preciosidad con toda certeza deseaba apuntalar parejo de baile fijo para toda la noche (incluyendo los boleros, agarrada de mano y, muy posiblemente, uno o varios besos robados).

Si la respuesta era nones-nones, a llorá p’al valle y a escuchar canciones de despecho. A veces te edulcoraban el baldazo de agua fría diciéndote: “Te doy un sí… pero de amigo”. O te prodigaban el aldabonazo bailando toda la velada con algún recién aparecido competidor, sin mediar palabras, lo cual provocaba, las más de las veces, la consabida pelea entre los gallitos que se disputaban la preferencia de la moza. Ellas siempre han sido así, chavales. Pero si te daba el sí, ayayay, a caminar entre nubes, inflando el pecho como pavo real y sintiéndote el papaúpa del universo. Contimás, pues.

Demás está decirles que también me puse en unos cobres a cuenta de serenatero guitarrero, en épocas en que uno podía andar por esas calles de madrugada sin temor al malandraje.

Pero los años sesenta devinieron en la partera de cambios verdaderamente revolucionarios que, para bien o para mal, habrían de sacudir a la humanidad entera. La irrupción de la píldora trastocó los patrones sexuales y a aquellos rituales se los tragó el tremedal. Harina de otro costal y tema para otra crónica, parroquiales.

miércoles, 25 de febrero de 2009

Lettre à Catherine




Chère Catherine:

J’avais seize ou dix-sept ans quand j’ai vu à la Cinemateca Nacional à Caracas le documentaire de Leni Riefenstahl Le triomphe de la volonté (El triunfo de la voluntad ou Triumph des willens). À cette époque-là, je demeurais un naïf jeune homme sympatisant d’une certaine extrême gauche et, naturellement, le führer ne m’attirait rien du tout. Mais tout d’un coup, voilà qui émergeait sur l’écran le drôle de moustache et la gueule violente du leader nazi et j’ai ressenti une sorte d’hypnose qui a affaibli ma volonté, hélas !, et j’ai compris pour quoi un grand nombre de personnes sont tombés sous son malheureux influx.

Bien sûr, le dictateur vénézuélien reste toujours très loin d’atteindre la anti-grandeur d’Hitler. Même si un peu périphérique, nous autres les sud américains appartenons à l’occident, et si bien que la démocratie comme telle est périmée au Vénézuéla, une miette de pudeur politique empêche quand même l’Idi Amine Dada bolivarien de se passer des derniers rituels électoraux. Ainsi l’on parvient à tromper à des gens insuffisamment prévenus qui nous observent d’un regard bienveillant et condescendant : Ils ne vont mûrir jamais, ces cons-là !

Néanmoins, chacune des élections au Vénézuéla depuis l’arrivée au pouvoir du démagogue ont été piégées. Tous les ressources de l’État ont été mis à la disposition du dictateur qui a déclaré maintes fois, à la Louis XIV : « L´État c’est moi ». Simultanément, il s’est enrichi grossièrement touchant sans contraintes les recettes pétrolières, entouré d’une oligarchie parasitaire que les vénézuéliens redoutent au privé (il y a beaucoup de peur de les nommer publiquement) comme la boliburguesía (la bolibourgeoisie). La plupart des citoyens se méfient aussi de la classe politique traditionnelle, la soi disant « opposition », qui saute avec vigueur pour reconnaître encore une fois la « victoire » de l’autocrate et, de cette manière, lui fournir de la légitimité après chaque « élection ». Ils sont nos pétainistes, eux. Francisco de Miranda, un de nos héros de l’indépendance vis-à-vis de l’Espagne et dont le nom est inscrit sur l’Arc de Triomphe à Paris (il a combattu sous les drapeaux du Directoire pendant la Révolution française), a exclamé une fois : « Le Vénézuéla est blessé au cœur ».

Peut être nous sommes gravement bléssés maintenant. J’espérais vivre mes derniers ans en douceur et tranquillité et non pas sous la botte militariste d’un satrape tropical, un vrai brigand et voleur dont le seul atout devient la capacité de mentir sans relâche et de menacer tous ceux qui ont commis l’hideux crime de ne pas penser comme lui. La seule manière de le vaincre est de proposer des idées courageuses pour battre la misère et le désespoir qui subissent une grosse proportion de mes concitoyens.

Nous avons besoin d’un appel comme celui de De Gaulle le 18 Juin 1940 pour nous rallier contre cette tyrannie alliée avec le terrorisme et les mafias de la drogue. Il faut du courage et de la volonté. Ce n’est pas facile, pourtant.

Bises,

Nicolás

sábado, 20 de diciembre de 2008

Los amantes



Aparte de las vidas y retornos
sólo existen las febriles ecuaciones
de nuestras carnes venciendo a las piedras.

He luchado por la metáfora de tus suspiros,
manchando la lucidez de tu aliento,
y, finalmente, tu despedida me ha quebrantado.
Se me ha quebrado la lealtad,
se me venció tu yerba.




Añoraré tus senos y tus buhardillas:
serán esos mis sueños que interpretarás a deshoras.
Alójate de una vez en mis aspiraciones
y déjate amar con mis discretas filosofías.

Otra vez.