lunes, 24 de septiembre de 2012

Arévalo: entre traiciones y nuevos retos




Voces para las raleas
Emilio Arévalo Quijote (XII)

La sustancia del fuego en el metal, chispas vivas sin contornos.
Ayn Rand, The Fountainhead



Itinerarios

El fiasco de  Periquera, o Guasdualito, decide de una vez por todas a Emilio Arévalo Cedeño: de ahora en adelante, hostigaría a Juan Vicente Gómez tan solo con la compañía de sus más fieles allegados. Pero ni aun así estaría al abrigo de la traición.

Luego de cinco días de marcha forzada llegaría a Elorza, a cuyo resguardo invistió al coronel Roque Puerta, conminándolo a “evitar que el enemigo pase el río Arauca por ninguna parte, pues de lo contrario seremos destruidos”. Ya en el trayecto hacia la población posteriormente célebre por aquello de un-19-de- marzo-para-un-baile-me-invitaron, se le había unido nuevamente el general Alfredo Franco, con quien había perdido todo contacto desde antes de la toma de Atabapo y el consiguiente fusilamiento de Funes. Recordemos la captura previa, sobre aguas orinoqueñas, de un precioso cargamento de balatá remitido por El Terror del Amazonas rumbo a Ciudad Bolívar y el encargo de su venta al susodicho Alfredo Franco para subvencionar las necesidades del cuerpo revolucionario.

Según Franco, el balatá se había perdido (?). Su conducta posterior arrojaría dudas sobre tal aseveración. Arévalo, quizá pecando de ingenuidad, lo acogió de brazos abiertos, pues “lo interesante era que nos armáramos de patriotismo para continuar luchando contra la tiranía”.

Buscando posiciones más seguras, EAC acantonó sus tropas en el hato Santa Elena, a seis leguas de Elorza. Alfredo Franco, en compañía de tres oficiales, solicitó permiso para trasladarse a la citada localidad apureña. Arévalo lo concedió sin ambages. Al día siguiente, luego de un aguacerazo típico del invierno llanero, el doctor Carmelo París expresó su deseo de ir también a Elorza por asuntos personales. Arévalo Cedeño aprovechó para exhortarlo a levantar el ánimo de la guarnición.

Narra EAC en su autobiografía: “Pero la noche de ese día, tuvimos una gran sorpresa. A media noche y con un temporal de agua, rayos y truenos se presentó de regreso el Doctor, para decirnos que sin pérdida de tiempo levantara mi campamento (porque) Alfredo Franco  se había pasado al enemigo de acuerdo con el Coronel Roque Puerta, a quien le había hecho creer que yo me había asilado (en Colombia) con toda la fuerza (…) y que todo había terminado, haciendo que el General Pedro Pérez Delgado también se entregara junto con él al Doctor Febres Cordero”. Franco, incluso, redactó una carta para EAC ofreciéndole garantías, a nombre de Febres Cordero, si declinaba en su accionar antigomecista, a lo que contestó el indoblegable guerrero guariqueño: “Al luchador como yo se le caza como venado alzado en las pampas o como tigre en la montaña, o muriendo luchando contra la tiranía; pero no cayendo de rodillas como los esclavos vencidos, como lo acaban de hacer Ud. y los que con Ud. nos han traicionado”. Buen lema para los saltadores de talanquera tentados por autocracias venales.

Sobre graznidos

A la cabeza de cuatrocientos hombres exhaustos, Arévalo cruzó el Capanaparo y buscó el bajo Meta. Ya en territorio de la hermana república, dio pauta de su proverbial tozudez y se aprestó a emprender su cuarta invasión, la cual califica en su libro de calaverada patriótica.

El 7 agosto 1921, aniversario de la batalla de Boyacá, embarcó con noventa y tres leales en El Porvenir, costa del río Meta. Al llegar a su desembocadura con el Orinoco, prosiguió y entró por Arauquita. Tras tres días de navegación en curiaras y canoas por los aniegos del bajo Apure, reclutando gentes a lo lardo de las riberas del río Arichuna, o Payara, logró alcanzar el vecindario homónimo el día 15. La guarnición gobiernera huyó despavorida. Así lo reseña Elisur Lares Bolívar, cronista de Achaguas: “Al arribar los revolucionarios a Arichuna, todo fue confusión, miedo, carreras, agitación. Unos se escondieron. Otros salieron de sus casas a la calle dando vivas al vencedor de Río Negro, al ejecutor de Funes. Otros como los jóvenes Adolfo Fuentes, Juan Maximiano Echenique, Juan Clemente Garrido, y Martín Delfín González (quienes daban una serenata en la pulpería que poseía el primero de los nombrados) corrieron a esconderse en sus casas, la iglesia u otros sitios que les ofreciera seguridad. Se oían gritos de madres llamando a sus hijos pequeños y niños llorando llamando a sus madres. Como ya se dijo: todo era confusión”.

Arévalo capturó, escondido debajo de un fogón,  al jefe civil de Arichuna, Celso Arnesen, hombre “de acciones ásperas y desapacibles, borrachón, holgazán y amigo de cometer fechorías”. Ganas no le faltaron de pasarlo por las armas, pero fue disuadido por una prima del esbirro, la poetisa Cruz Lina Cedeño de Matiz, poseedora de un verbo amansador.

Dispuso, entonces, el combatiente guariqueño otorgarle un merecido descanso a sus tropas durante unas pocas horas y solicitar caballerosamente el concurso de los arichuneros, en lo que estuviera a su alcance. Ratifica el cronista Elisur Lares que “en ningún momento presionó para que le dieran gruesas sumas de dinero”. EAC y su tropa abandonaron Arichuna esa medianoche con proa a Mangas Coberas.         

Debían sacar tajada del factor sorpresa. Por ello, pasaron con suma rapidez hacia el Guárico, arribando a Cazorla, cuna de su primer alzamiento siete años antes. De allí a Las Tigras, donde dejaron las embarcaciones, luego a pie hasta Faltriquera para encaramarse a lomo de bestia y ganar el río Manapire “que estaba completamente en estado de inundación (en una) empresa tan laboriosa, que teníamos que saltar nadando de árbol en árbol (y así llegar al) Municipio Espino, poniendo en fuga a los enemigos que estaban allí, y corrían, llevando la noticia de que el faccioso Arévalo Cedeño (cursivas de EAC) estaba de nuevo en el centro, desafiando el poder de Gómez”.

Esta blitzkrieg sabanera conllevó, a semejanza de Hernán Cortés en Veracruz, la quema de las naves pues “la inmensidad de la inundación nos cortaba la retirada; en veinte y dos días, desde el bajo Meta hasta Las Tigras, habíamos recorrido embarcados más de quinientas millas”. La única posibilidad de escape, en caso de debacle, pasaba indefectiblemente por aguardar hasta la próxima estación seca, durante el verano llanero.

Una avanzada gomera al mando del coronel Julián Carreño España, se aproximaba. EAC se atrincheró en las cercanías de Santa María de Ipire, en el sureste guariqueño, a casi cien kilómetros de Valle de La Pascua, lugar donde se encontraba en ese momento el presidente (gobernador) del Estado, general Manuel Sarmiento, ya sobre aviso de la incursión del obstinado invasor antigomecista.

La refriega arrancó a las nueve de la mañana. Leamos al historiador José Antonio De Armas Chitty, a la sazón un mozalbete y testigo indirecto de estos hechos, en su texto Un recuerdo a caballo: “Como a las siete (de la noche anterior), todavía con luz (…) vimos el perfil de Carmelo Ilarraza, un catire bachaco (quien relató): —Ustedes como que nada saben. Anoche llegó a Santa María el general Emilio Arévalo Cedeño con quinientos hombres. Dicen que ha ganado más de treinta batallas. Ya el general Márquez, gobiernero, huyó hacia Mapire buscando bestias. Hay comisiones del gobierno (…) quitándole las bestias a todo el mundo, ofrecen pagarlas y es mentira porque el gobierno es maula (…) Esta noche va a tronar el plomo más allá del río porque vienen persiguiendo a Arévalo. Tal vez nos vamos a desayunar con pólvora (…) En la noche espesa, sobre el banco ceñido de lagunazos, Carmelo Ilarraza, carne de sombra, era una sombra con alas”.

Continúa De Armas Chitty: “Cuando regresábamos al hato, oímos un ruido sordo, profundo, como descargas de fusilería (…) Combatían al este de Santa María, en El Alto del Jobo (…) Rufino Cuervo, que había luchado en La Libertadora (nos) dijo: —Los disparos regados son de reclutas, los cerraos de soldado viejo (…) La apreciación de Cuervo era correcta. Las descargas cerradas eran de la tropa de Arévalo Cedeño. Cuervo tenia oído de venado”.

Sobre los tímpanos gruñían balaceras matinales en las sabanas ipireñas. ¿A quién le tocaría regar su sangre esta vez?


José Antonio De Armas Chitty (1908-1995)
@nicolayiyo

martes, 22 de mayo de 2012

Pran de machete


No, vale, yo no creo. Tú eres muy talibán, vol. 538ƃ544å521-Ź



Esta imagen nos muestra a un interno verdadero de La Planta, navegando con su laptop a través de las prolíficas páginas del Facebook. ¿Saben para qué? Pues para identificar potenciales víctimas. ¡Viva el secuestro express!

Hace algún tiempo, señalábamos las vinculaciones de la dictadura con el narcotráfico y la narcoguerrilla. Alguno que otro nos señaló de "exaltado, comecandela, talibán oposicionista". Quienes se las daban de más moderados coronaban el comentario aduciendo el consabido "No, vale, yo no creo. No seas tan radicaloide".

Conociendo lo que hoy conocemos (gracias, entre otros a doble-Aponte y a Velásquez Alvaray), vamos a lanzarles otra retahíla de hechos que aun la mayoría no domina... pero intuye, sabiendo que el terror imperante no los deja asumir con cabal crudeza.

Este fenómeno de las cárceles no es gratuito. Tampoco lo es la delincuencia desbordada. Ambas aristas están avaladas, auspiciadas, patrocinadas y cabroneadas por los jerarcas de la dictadura (bajo la connivencia del enfermo "amado líder"), con todo lo que ello implica. ¿Por qué?

La repartición de armamento no se limita a los grupos violentos del oficialismo (círculos bolivarianos, milicias chavetonas, "frente" Francisco de Miranda). Simultáneamente a la alianza con factores narcos y terroristas foráneos, la dictadura ha forjado un pacto de defensa de intereses mutuos con la delincuencia autóctona en cualquiera de sus vertientes y niveles: mafias grandeligas, pandillas de mediana calaña, choros de cuello rojo y así sucesivamente, hasta llegar a los malandrines de barrio. Todo ese bichaje le rinde cuentas y le paga peaje a la "revolución". Quienes se salen del libreto aparecen por ahí como "víctimas de ajustes de cuentas". Take your tomato, darlingcito!

¿Contradicción en los términos? Históricamente las tiranías han domesticado a los facinerosos. ¿Quién no ha escuchado, por ejemplo, a los mayores de antes referir que cuando Pérez Jiménez se podía dormir con las puertas abiertas? ¿Por qué, entonces, la presente autocracia se empierna con el malandraje?

Una de las razones estriba en la necesidad de presentarse afuera como un régimen no represor. A diferencia de las dictaduras del Cono Sur en los años 1970, aquí no hay (de manera abierta) escuadrones de la muerte cometiendo atrocidades. Esa tarea sucia la cargan en sus espaldas el bandidaje desatado y sus cómplices chapeados tomboleles. Diecinueve mil muertos por año de manera violenta así lo atestiguan.

La otra razón se vincula con la carta bajo la manga que siempre esgrimen los prohombres del oficialismo en sus negociaciones subrepticias con sectores del liderazgo oposicionista. "De llegar al poder ustedes y de nosotros entregarlo, si se ponen popys y amenazan con perseguirnos, daremos rienda suelta a los cabezacalientes del "frente" Francisco de Miranda (unos chamos con el cerebro lavado al estilo de las S.S. hitlerianas), a las milicias y a los círculos para que salgan a masacrarlos. Y, además, le daremos puerta franca al hamponato para que no quede piedra sobre piedra. Así que déjense de misticismos moralistas y de pajudeces justicieras, que nosotros queremos disfrutar nuestros dólares chavetoneros, josevicenteros, diosdaderos, vielmamoreros aquí en Venezuela, porque en el primer mundo nos van a coger y a zampar condenas de ochenta y cien años por la jeta. A negociar, entonces, oposicionistas y oposicionistos".

Nada de esto es caído del cielo. Los "pranes" y demás cabecillas de las cárceles se entienden y comparten ganancias con jerarcas y jerarcos de la satrapía. Pagan la boloña los dichosos caciques carcelarios para disfrutar de jugosas prebendas: armas de todo calibre, caña, drogas, comida fina, sexo tarifado, rumbas amenizadas con vallenato llorón y reguetón a volumen ensordecedor. Desde el interior de los penales realizan mejores negociados que estando afuera, con la complicidad, complacencia y tírame-lo-mío del "alto gobierno".

¿Es la solución achicopalarnos aun más de lo que estamos? Nones. Hay que perder el miedo y llamar las cosas por su nombre. Aprovechar los resquicios de libertad todavía en vigor para denunciarlas. Participar en el juego electoral con todos los hierros, pero sin descartar la desobediencia civil, el desconocimiento a las instituciones podridas y la resistencia pacífica como armas legítimas.

"No, vale, yo no creo. Tú eres muy talibán y muy radical". ¡Yo te aviso, chirulí de Aragua!

Aquí les van unas foticos, como abreboca.






viernes, 4 de mayo de 2012

Engurruñándose

Epiglotis talar


Los dictadores mueren engurruñaos





(…) y esa alegre impunidad que siempre vive Venezuela, en donde sigue siendo verdad la frase de (Pedro María) Morantes escrita para Gómez el año (19)11: “El poder es breve, la impunidad eterna”.

Ramón J. Velásquez, prólogo a Pedro Estrada y sus crímenes, Edic. Centauro 83, Caracas 

Repugnandito


Narra Gabriel García Márquez en su novela El otoño del patriarca, la inacabable agonía de un autócrata, en un país tropical cualquiera, atornillado a la silla por los siglos de los siglos, inamovible, inconmovible, indiferente a todo, absolutamente todo,  excepto al dopaje perenne de su ambición de mando.

Años y años habían pasado, cual gérmenes de una clepsidra atascada. Los habitantes, meros  zombis, atravesaban la brizna de los días sin rumbo fijo. Muchos se tumbaban al recodo de una ventolera que no soplaba, aguardando la guadaña final, liberadora.

Alguien notó el vuelo de los buitres (gallinazos en colombiano, zamuros en venezolano) sobre las fachadas neoclásicas del palacio presidencial. Con tímidos pasos osaron acercarse. Se sentían desgarrados por el terror atávico de tantas lunas transcurridas llevando látigo en el lomo por causa del mandón. Entonces, oh sorpresa, cero centinelas, cero anillos cubanos de seguridad para impedirles la entrada.

Por dentro, el palacio era un cuchitril de alimañas. El brocado de los cortinajes se confundía con las telarañas. Un olor a rancio sojuzgaba el aire. De salón en salón fueron avanzando, hasta llegar al recinto donde el jefazo solía decidir hasta el más nimio detalle de sus vidas.

Allí, tirada sobre la repugnancia de las alfombras lujuriosas de bichos, se escarranchaba la momia boquiabierta del dominante, las larvas defecándole sin empacho el amago de dentadura. Lo reconocieron por la feria de insignias y símbolos patrios cubriéndole los jirones del uniforme de comandante en jefe. Había perecido ese benefactor de la unión, la paz y el trabajo. Había pasado el páramo ese amado líder. Había panqueado ese padrecito de los pueblos. Bienaventurados quienes vivieron para contarlo.


Invocación


El premio Nóbel costeño por poco y no atinó a dar en el clavo con el albur de su dictador favorito. Como es de todos conocido, el Monstruo de Birán se resiste a morir, y caduco y todo, con más de medio siglo de opresión baboseándole la chiva y en medio de la miseria más atroz padecida por el pueblo cubano, prosigue con su corrupción y sus crímenes, exprimiéndonos a nosotros, los venezolanos, hasta el último dólar. Su hermano y sucesor dinástico pretende instaurar en la Antilla Mayor el modelo chino: capitalismo salvaje con dictadura de partido único. García Márquez,  de hinojos ante ese sátrapa, le ignora olímpicamente las fechorías sin atinar a ver la analogía escalofriante con el patriarca de su narrativa.  

La reláfica anterior resulta pertinente, creemos, al intentar catalogar los tipos de dictadores. Veamos. Los habría, de primeras, mandamases buenos y mandamases malos (esto según los querenciosos de los totalitarismos. Hitler fue bueno y Stalin malo, por ejemplo. O, del lado contrario, Fidel es chévere y Pinochet un rolo’e maluco. Para los demócratas, no hay tal: todos ellos son perversos y felones. ¡Date!).

Segundamente, los tiranos podrían clasificarse en fascistas de izquierda y fascistas de derecha (igualados por el ansia de poder total y diferenciados por la liturgia con que se justifican. Aquellos adoran a un sicópata frígido como el Che Guevara y estos se prosternan ante un vivián cabaretero como Juan Domingo Perón, valga el caso. ¡Saoco!).

Terceramente, tendríamos a los populistas aspaventosos y a los apocados   apparatchiks tira-la-piedra-y-esconde-la-manito (Il Duce Benito Mussolini y El Caudillo de España por la gracia de Dios Francisco Franco, pongamos por caso. ¡Azuca, Lola!).

Finalmente, sin desmerecer cualquier forma de encasillarlos que a usted se le ocurra y para no encaratar más la cosa, tenemos a los sátrapas a quienes solo la pelona logra despegar del coroto y aquellos que han debido dejar el pelero como diablo que lleva el alma para salvar el carapacho.


Renqueras


Prosigamos con algo de Historia para profundizar la razonada. A Juan Vicente Gómez lo mató la próstata en su reducto maracayero, sin aflojar ni-esto-mucho-menos-esto-contimás-esto del mando supremo, mientras Marcos Evangelista Pérez Jiménez, luego de ponerse a resguardo abordando el avión presidencial bautizado como La vaca sagrada, terminó parando el trote en el Madrid franquista para disfrutar hasta su deceso de los caudales birlados.

El Caudillo de España falleció en su lecho, con un millón de muertos de la guerra civil pasados por el buche, mientras el ex sargento taquígrafo Fulgencio Batista no aguantó tres pedidas y le dejó el chivo y el mecate, la víspera de año nuevo 1959, al barbudo recién bajado de la Sierra Maestra de quien nadie sospechaba, aun, que era un comunisto redomado.

A Chapita Trujillo lo abalearon a mansalva, pues, era tanto su dominio férreo sobre República Dominicana, que creía que nadie se atrevería a perpetrarle un atentado. Tachito Somoza, por su parte, fue derrocado por los sandinistas y murió en una emboscada a bazucazo limpio en Asunción, Paraguay, bajo las mismísimas narices del, para entonces, decano de los dictadores latinoamericanos, el taimado  Alfredo Stroessner, (a) “El nazi pobretón”, a posteriori depuesto y exiliado en Brasil, donde feneció.

No los vamos a fastidiar con más recuentos. El punto adonde deseamos confluir se resume con una idea asaz simple. El destino de todos los tunantes autocráticos, al menos en lo que se refiere al futuro previsible, debería ser el enfrentar cargos ante tribunales autónomos, preferiblemente de su propio país, con todas las garantías procesales denegadas por ellos bajo sus tiranías, para  someterlos al castigo que se merecen, tanto por sus desmanes contra los derechos humanos como por su voracidad y atragantamiento con los bienes pertenecientes a todos sus conciudadanos.

Rumbo a la cárcel y basta de impunidad. El ejemplo de Milosevic juzgado en La Haya y el de Fujimori en Perú debería servirnos de norte. Basta de lenidad y simpatía con estos depravados. Así se las den de enfermos, con alharacas de misión lástima. Corrupto y verdugo no deja de serlo porque padezca de culebrilla o de cagueta crónica. Le sale cana.

Bien entendido, hay que echar el resto para desalojarlos de la jaula de oro donde se refocilan con nuestras riquezas. Así estén rodeados por todos los narcotraficantes y terroristas del orbe, así le endilguen sus culpabilidades a subordinados escoteros intentando salvar su responsabilidad delincuencial, así aleguen que no sabían nada de lo que hacían a sus espaldas algunos guataneros envalentonados, así saquen a relucir supuestas “conexiones emocionales” con las masas avaladas por encuesteros, así hagan lo que hagan para justificarse, su destino último deberá ser el responder ante nosotros, los ciudadanos, por las  vilezas cometidas.

Post scriptum:

Otra enumeración de dictadores podría ser la de aquellos que dejaron tras su desaparición un culto irracional y la de quienes se desvanecieron en la Historia como un indigno recuerdo. Entre los primeros, la pauta más evidente es la de Perón quien, gracias a la dramatizada muerte de Evita más el saqueo irresponsable de la riqueza de Argentina, todavía es objeto de veneración por unos cuantos en la gran nación austral, hoy en día bajo la advocación de la cuatrera dinastía K. ¿Seguiremos nosotros los venezolanos ese deplorable paradigma? ¿Nos calaremos una devoción  pichacosa por el demagogo malandrín? Como decía Cantinflas: “Ahí está el detalle”.
@nicolayiyo





martes, 24 de abril de 2012




Seniato de Troya
(o tracalea, que algo queda)
***
Algún viejo refrán vernáculo asegura que una de las mayores vivezas en esta vida consiste en pasar agachao, como dicen los dominoseros (o dominocistas, si así lo prefieren). Mientras algunos se despepitan bajo el haz de los reflectores, apareciendo en las pantallas tras baterías de micrófonos y figurando en la prensa con galanosos ojitos monaguenses y su prestancia de presidentes de “asambleas nacionales”, otros, quizá más vivarachos, quizá más avispados, andan por ahí, agazapados, encubiertos, tirando la piedrita y escondiendo la manito. Paso y gano. Barájamelo otra vez.
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Les conviene a estos bichos que la atención se concentre en otros potreros. Que todo el mundo piense “por allá jumea”. No es para menos. La metástasis, se comenta abiertamente, lo invadió todo, aunque muchos por ahí permanecen escépticos, preguntándose: ¿no será una caña del tamaño de la galaxia, para hacernos pecar de incautos, zumbándonos sin anestesia todo este teatro de piedad inducida y conmiseración majunchosa? Sendo pote de humo, pues. O a lo mejor es verdura el apio, y fijémonos en el ejemplo del tío de las barbas,  el súper chulo habanero, quien lleva estirando la pata más de seis años y todavía sigue fuñendo, enfundado en su mono Adidas. Hasta a Ozzie Guillén le fregó la paciencia, nojile. El comediante gringo Bill Maher dice que el chivudo chupa dólares (dólares de nosotros, los venezolanos, by the way) se parece a una viejita judía cualquiera jubilada, de esas que abundan en Miami como garrapata en ñescla de guau guau realengo. ¡Me acuesto con el doble tres y exclamo: triste orejón pat’e perro!
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Pero regresemos con Seniato de Troya, que la vaina es seria. Todo el mundo se hace lengua de que el hombre de los reales en el “proceso” es el inefable Ojitos lindos. Que, junto a él, los drogogenerales son quienes mueven el billete hereje. Que por esa razón están bajo la lupa de la DEA, Interpol y los principales cuerpos de seguridad del primer mundo (ya hablaremos de esto más adelante). Y, mientras tanto, el mimético Seniato de Troya se la pasa, hecho el zoquete, reptando bajo cuerda, cuadrando sus trácalas, sin que muchísima gente sepa de sus andanzas. Pero por aquí jumeó y lo capturamos. Cújelo, Fifí. ¡Unare que va pa’ Coro!
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Seniato ha amasado el biyuyo grueso, anudando alianzas estratégico-financieras de primer calibre. Su paso por la gran recaudadora, devenida bajo esta chorocracia en centro de extorsión gangsteril, lo ubicó en primer rango de los favores de la verruga parlanchina. Aun con el precio del petróleo por las nubes, aun con la mazamorra gorda del mayoreo de sustancias prohibidas, en sociedad con farrucos y elenos, la voracidad de rial de la verruga tonante es insaciable. Seniato se convirtió en el principal ordeñador de ricachones, comerciantes y, no faltaba más, de la ensanguchada clase media venezolana. Date duro con la cochina, ¡oinc!
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Simultáneamente, Seniato se labraba una fama de “ejecutivo eficiente”, algo verdaderamente insólito en un régimen signado por la piratería desbordada, tanto profesional como vital, de sus principales figurantes (empezando por la verruga lengüetera que ni siquiera pudo aprobar el curso de estado mayor). Seniato se auto esculpió el renombre engrasándole la manopla a más de un gacetillero o, dicho en cristiano viejo, ejerciendo el antiguo vicio conocido en los ambientes mediáticos como palangre. Tan inmaculados que se las daban estos comunisticas cuando llegaron al poder, pero cómo les gusta la manguangua. ¡Tengo un violín, pero de puros dobles!
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Seniato anda procurando reuniones con tutti le mundachi, por aquiles y por ayala. Dentro de la chorocracia, ha asegurado el cuasi monopolio de la importación de carne, dada en prebenda exclusiva por su verrugona majestad, con quien, por supuesto, pica la cochina. Ese bisté, ese churrasco, esa punta trasera, esa carne de hamburguesa que usted acaba de engullirse, amigo lectorísimo, llegó a sus muelas y se arrocheló en sus tripas gracias a las artes importadoras de Seniato quien, por si fuera poco, disfruta de impunidad para meter por las aduanas lo que se le antoje, sin pagar arancel, of course. Su principal socio es un arábigo a quien mientan Traketo, el rey del contrabando, súper rico de la noche a la mañana y no por causa de su cadena de tiendas traketas. Todo un dúo dinámico. ¡Aporréame esa cabeza de dos, Dulce María!
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Traketo es testaferro de Seniato. Son uña y mugre. Y lo que les gusta a ambos es míster Dólar (como a la verruga maledicente). Traketo sale en las páginas sociales, desplegando su prosperidad. Traketo adquirió casa de playa en una república caribeña, en zona muy, pero muy exclusiva. Traketo le engrasa la manopla al viejo cubiche constructor de misses. El cubiche de las misses siempre ha chupado de Cisneritos. Ahora el cubiche chupa igualmente de Traketo. El cubiche y Traketo son panas, además, de un personajillo muy ligado a las sonadas barraganas de tiempos no tan lejanos. El personajillo fue un muy reputado cortesano de presidentes y conserva, cultiva y multiplica con primor su cartera de contactos con figuras que han estado, están y, presumiblemente, estarán en esferas de poder. Nuestro personajillo, no obstante, siempre se coloca detrás de bambalinas. Solo quienes han tenido información íntima de los juegos de poder desde la era CAP I han oído de los andares del personajillo. Todo un componedor de la comarca, pues. Todo un especialisto en trajines y enchufes, siempre  pasando agachao, caracha negro. La tramoya a referir, entonces, es como sigue: el cubiche y el personajillo, mediante sus conexiones y encantos, atraen a gente del sector “oposicionista”. Traketo los transporta en su jet privado hasta la mansión caribeña y allí se producen los cónclaves con Seniato. ¡Mejor que una tranca de sesenta puntos!
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Seniato solicita de los “oposicionistas” el máximo sigilo. El “presidente” no sabe nada de esto, asegura, y si lo supiera tendría Seniato que padecer graves consecuencias. Esta reunión es producto de su propia iniciativa, recalca. Hay que mantener los puentes abiertos. Cualquier cosa puede pasar. Hay mucho comecandela suelto de lado y lado. No es buen clima para los entendimientos, subraya, pero no hay que ser una lumbrera para entender que está hablando de negocios, de eso que llaman los gringos el bisnes. Yes, pitingli. Si el “presidente” llega a saber de estos encuentros le corta la cabeza, repite. Y cabeza no retoña, como le dijera Llovera Páez a Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958 en la madrugada, cuando lo convidaba a coger la trilla porque Venezuela se les había alzado. Entonces, como quien no quiere la cosa (y dependiendo de la jerarquía del contertulio), Seniato ofrece, para suavizar el coloquio, colaborar, lubricar, arrimar la canoa. La campaña sale costosa. Estar alejado del presupuesto nacional equivale a muerte lenta. Estar en oposición es como hacer dieta impuesta. A todos nos gusta la carne resueltota. Seniato acerca un maletín, modelo Antonini Wilson, si el cófrade está en las grandes ligas “oposicionistas”. Seniato promete contratos de obras. Seniato pone sobre la mesa exenciones aduaneras y tributarias. Seniato sugiere arrimes a las movidas. Seniato se las sabe todas. Seniato está encabezao por ambas puntas y ahora juega solo.
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Seniato anda hoy por todo el país, contactando gente. Adonde llega, alguna personalidad de relevancia local o regional, rico de los de antes o boliburgués de nuevo cuño, lo recibe. Usualmente en conciliábulos bien selectos, con escogidos invitados, sin importar la procedencia política (oficialistas, democráticos, ni-nis), con ágape incluido, papa y bebida finas, hablando casi en susurros. Seniato, en ese aspecto, es discreto. No alza la voz. Hasta se atreve a compartir algún chiste sobre “nuestro presidente”. Y ofrece y ofrece. Negocios opíparos. Lomito resueltote. A todo el mundo se le hace agua la boca. ¡Los mirones son de palo!
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A uno que ha visto tanta vagabundería, sobre todo en estos últimos catorce años, le sale preguntarse: ¿no será todo esto una jugarreta maquiavélica más de la verruga hablachenta y sus chulos cubanos? El “magistrado” cachetón lo acaba de enfatizar, a las puertas de la DEA: aquí no se mueve ni una molécula de gamelote sin que la verruga ñangarosa (y los chupasangre cubanos) no se entere. Desde este mi rincón de coleado irredento en saraos seniateros, campaneando mi güiscacho y clavándole el colmillo a unos tequeños de fromage, observo y calibro a Seniato, queriendo emular a la verruga demagoga en lo que tiene de embaucador y encantador de serpientes. Casi todos los circunstantes están que largan la baba. Pero, como decía la vieja guaracha de Billo: “Tú no me engañas”. Seniato, resiete bandido: ¡te estoy cazando el juego! ¡Aquí les meto este zapatero, a ti y a la verruga corrupta!

martes, 17 de abril de 2012

Grandilocuencia entre epóxidos
Emilio Arévalo Quijote (XI)


por: Nicolás Soto

Los futuros no realizados son solo ramas del pasado: ramas secas.
Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles





Palmetazos e interfectos
                        
Pactado el cese al fuego, a las seis de la tarde del 22 junio 1921, las tropas rebeldes desocuparon Guasdualito, pernoctando en un sitio llamado Vara de María. Emilio Arévalo Cedeño creyó retornarían a la antigua Periquera muy de mañana. Pero, siendo el mediodía del 23, recibió la orden de su comandante en jefe, el general y doctor Roberto “El Tuerto” Vargas de marchar rumbo al sector Las Angosturas.
                       
Según EAC, “la indignación de toda la fuerza era unánime, y yo tuve que evitar un atentado contra Vargas, el cual fue increpado por varios oficiales, que se contuvieron porque la autoridad moral del Doctor Carmelo París y la mía, los (obligó) a permanecer tranquilos, para evitar más males a nuestra causa. Vargas fue despedido para irse a Colombia por la vía de Arauquita”.
                       
¿Tuvo razón “El Tuerto” Vargas al sancionar el abandono del asedio? Se conocía el inminente despliegue de varios contingentes gomeros con ánimo de contraofensiva. De hecho, aprovechando el alejamiento de los atacantes por el armisticio acordado, más la discordia entre los jefes insurgentes (todo un secreto a voces), el 24 en la mañana irrumpió en Guasdualito el general gobiernero Sálvano de Jesús Uzcátegui a la cabeza de trescientos efectivos.
      
Ido  “El Tuerto” Vargas y ahora sin rivalidades por la máxima jefatura, Arévalo contramarchó, intentando recobrar la plaza. Una vez en las afueras del poblado, en la tarde del 24, dirigió una misiva al general Benicio Jiménez, instándolo a rendir la posición, como había sido acordado antes de la tregua. Pero la tortilla se había volteado. Los defensores gomeros se habían robustecido. Los combatientes arevaleros, por el contrario, se hallaban exhaustos y carentes casi por completo de municiones y de víveres. Benicio Jiménez, sabiéndose poseedor de los mejores naipes de esa partida, le replicó el 25: “Recibí su carta (…) en la que me pide Ud. la entrega de la plaza, lo cual no me lo permiten mis condiciones de soldado que sabe cumplir con su deber”.
                      
No le quedó otra cosa a Arévalo Cedeño sino ordenar la retirada ese mismo día. El 28, a las tres de la tarde, llegaría a Guasdualito Vincencio Pérez Soto. El 29 lo harían Hernán Febres Cordero y Manuel Sarmiento. Y si la cosa se ponía harto seria, hasta el mismísimo Eustoquio Gómez, el sanguinario primo del sátrapa, bajaría desde las alturas tachirenses para aplastar la insurrección.
                  
El jefe guariqueño, prudentemente, ya había decidido descender a Elorza. En el ínterin,  “El Tuerto” Vargas había cruzado la frontera. A posteriori, remitiría una carta donde cargaría de culpas a Arévalo por el fracaso del movimiento: “Usted en su desatentado  decir mal de mí va hasta hacerse daño a sí mismo, y en su afán de hacerse notable ha aventado a todos los rumbos la desgracia para la revolución de esta frontera. Bien dijo en Cravo Norte, a su asilamiento, el Dr. París a Luis Felipe (Hernández): Arévalo Cedeño es un maquiavélico. A sus intrigas se debe todo, todo lo sucedido”. A lo que respondería EAC con una Orden General de fecha 6 julio 1921, en el cuartel del hato Santa Elena, a seis leguas de Elorza: “Ordeno a todos los servidores de la Revolución Constitucionalista (…) la captura de Roberto Vargas y Alfredo Franco, para que respondan ante un Consejo de Guerra, de su conducta cobarde y traidora para con la Revolución”.
                      
Malhadado sino de, prácticamente, todas las lidias contra despotismos omnímodos en nuestra Historia: quienes más unidos debían ejemplarizar, más disociados se comportaban. En este caso, desgraciadamente para la patria y afortunadamente para el Benemérito truhan, dos luchadores de tronío se querellaban. Por un lado, el adusto orticeño con su nube en el ojo (de ahí su mote de “Tuerto”) quien, eventualmente, inspiraría a Rómulo Gallegos el impávido personaje de Juan Crisóstomo Payara en Cantaclaro; por el otro, el quijotesco e incansable vallepascuense, modelo de irreductibilidad en la lid contra la opresión gomecista. No debería haber sido así, pero lo fue. Lástima.

Vidriosas malarias
                        
Atrás quedó Guasdualito, con su guarura opaca de cadáveres inmolándole al sol una riada de ojos agobiados de un glaucoma cenizo. Y el hedor apremiante que ameritó galones, retobos y taturos rellenos con las aguas marrón tamarindo del Apure para disiparse. Orgía piche para los zamuros y las alimañas. Festín carroñero para El Bagre dueño y señor de Venezuela.
                   
Cabe preguntarse, ¿por qué no fue aniquilada la tropa liderada por Arévalo Cedeño? Aparentemente, la razón estribaría en las rivalidades intestinas de los jefes gomeros. Con el capo de la “rehabilitación nacional” ranchado bien lejos, en su bien amado Maracay, los subalternos se lanzaban piquetazos de alacrán. Pérez Soto, supuestamente, le tenía ojeriza a Febres Cordero y lo llamaba despectivamente Car’e Gallina. Decidió permanecer en Guasdualito mientras ordenaba a sus subordinados iniciar la persecución de Emilio Arévalo y de Roberto Vargas, según telegrama oficiado a Gómez: “Yo personalmente no tomé el mando de esta gente pues (nosotros, es decir, Briceño y Pérez Soto) somos los únicos medio capaces (…) Mientras tanto, yo (Pérez Soto) me encargaré de expugnar las montañas de Arauquita, si Vargas no se ha ido vía Tame”.
                    
Guasdualito también representaría, también y al igual que para “El Tuerto” Vargas, la última acción guerrera de envergadura en el palmarés de Pedro Pérez Delgado, el montonero portugueseño conocido como “Maisanta”. José León Tapia relata en su biografía del personaje, El último hombre a caballo, el desencanto del guerrillero: Malditos sean los doctores y todo aquél que aprovecha la guerra para ver si llega arriba a costa de los de abajo”, habría exclamado, poco antes de partir hacia Elorza al mando de una columna de veintidós hombres. “Juro que no daré un paso más al lado de estos carajos”, remató. La desilusión le haría pactar su entrega al régimen gomecista, enviándole cartas de sumisión al autócrata (“Le repito mi juramento de que soy su amigo leal y de que estoy dispuesto a probárselo”) que, a la postre, no le valdrían de nada, pues fue a dar con sus huesos al Castillo de Puerto Cabello, donde moriría con los pies engrillados (y probable víctima de envenenamiento con vidrio molido, servido a cuentagotas) en 1924. Por ahí medraría alguno que otro supuesto y verrugón descendiente de este guerrillero semibárbaro, quizá incubado en un polvo relancino y mal echado entre gallos y medianoche, deseando cobijarse con sus malogradas e incompletas glorias. “El Tuerto” Vargas, por su parte, denostó en el exilio de sus antiguos camaradas de armas, logrando —en 1925, gracias a la amnistía general auspiciada por oficios del secretario privado de Gómez, Francisco Baptista Galindo— la aquiescencia del sátrapa para retornar al suelo patrio y ocuparse de su abandonado latifundio “Corocito Varguero”, en jurisdicciones barinenses.
                   
Sin darse tiempo para melancolías, EAC reagrupó el remanente de la hueste rebelde y, luego de cinco días de marcha, ocupó Elorza con la intención de guarnecer el paso del Arauca y la vía hacia Colombia, acopiar fuerzas y vituallas, y, sin despilfarrar tiempo, hostigar, hostigar y hostigar a la tiranía.
                   
Estaba claro: la testarudez antidictatorial de Emilio Arévalo Cedeño no era flor de un día. No se iba a rendir nunca. Juan Vicente Gómez no podría dormirse en los laureles. La lucha continuaba.

Pedro Pérez Delgado (a) “Maisanta”; Ospino, Portuguesa, circa 1881; Puerto Cabello, Carabobo, 8 noviembre 1924
@nicolayiyo

sábado, 3 de marzo de 2012

Arévalo y "El Tuerto": rivalidad ante la metralla

El nibelungo de los coleópteros



Emilio Arévalo Quijote (X)


Y allí fue una pugna de luz
una lucha de mundos, un universo en guerra
Andrés Eloy Blanco, El Río de las Siete Estrellas





Pechuguera y templanza
                        
Guasdualito, antiguamente conocido como Periquera, trepidaba bajo el estrépito de una incursión donde no se pedía ni se daba cuartel ese domingo 19 junio 1921. Los insurrectos atacaban por los cuatro puntos de entrada del poblado. Por Los Corrales, Emilio Arévalo Cedeño. Por Morrones, donde nació Periquera, Ricardo Arria Ruiz. Por el paso de La Manga, Pedro Pérez Delgado, el popular “Maisanta”. Por el puerto El Gamero, el batallón Pío Gil libró encarnizada lucha contra los refuerzos tachirenses arribados la noche del sábado 18.

La procesión venía por dentro del  lado rebelde, obstaculizando la unidad de mando. Los conatos de desobediencia a la autoridad suprema del oriundo de Ortiz, el doctor y general Roberto “El Tuerto” Vargas, conspiraban contra el  éxito expedito de la operación. Desde su encuentro en Puerto Carreño, pasando por Cabruta y Caicara del Orinoco, venía incubándose una sorda animadversión entre el vallepascuense y el orticeño. EAC fustiga al comandante en jefe del cuerpo atacante en su autobiografía: “(…) el combate fue muy encarnizado, las cargas eran formidables, y (…) Roberto Vargas brillaba por su ausencia, pues no apareció ni una sola vez en la línea de fuego, quedándose durante las treinta y tres horas de combate en El Chinquero, tomando yo la dirección completa de todas las operaciones (…) Roberto Vargas jamás pudo ni podrá justificarse por aquel atentado contra la Revolución”.  

El historiador Oldman Botello, en su libro El Tuerto Vargas, doctor y general, aduce en descargo de su biografiado: “Al sur estaba Arévalo Cedeño dictando las órdenes que recibía del doctor Vargas, que no se atrevía a entrar al frente donde estaba aquel, por el temor a una ‘bala fría’ con toda la intención. En dos oportunidades estuvo en la línea de ataque de Pedro Pérez Delgado y lo arengaba para que continuara el ataque que era, además de sangriento por ese lado, victorioso”. En cuanto a la supuesta indecisión de Vargas por remachar satisfactoriamente la campaña previa a la llegada a Guasdualito, Botello sostiene que “Arévalo, ensoberbecido por su triunfo en Río Negro, quiso desconocer a Vargas (…) pero se lo impidieron Carmelo París, Luis Felipe Hernández y Arria Ruiz, enérgicamente; Arévalo quería entrar al Guárico y hacer la guerra solo; dos veces se le pararon de frente los altos jefes de la revolución”. Además, según Botello, Juan Vicente Gómez estaba al tanto de todos los movimientos de los sublevados, de acuerdo a telegramas remitidos a Maracay por el entonces presidente (gobernador) de Bolívar, Vincencio Pérez Soto, comandante gobiernero en Guayana y los llanos, amén de  beneficiario de un contingente de espías diseminado a lo largo y ancho de aquellos inmensos sabanales. Tal habría sido la causa de la extremada prudencia del “Tuerto”, criticada acerbamente por Arévalo Cedeño, al punto de comprometer la necesaria cohesión a la hora de la refriega. Aquellos polvos trajeron estos lodos, como reza el proverbio castizo.

Más cobre para las pencas

Las repetidas andanadas  insurgentes hicieron replegar a los andinos defensores hacia el centro del poblado. Tres días antes, Guasdualito comenzó a gozar del servicio de telégrafos. Los atacantes lograron cortar las líneas, incomunicando la población. Sin embargo, elementos gomeros en Palmarito pudieron expedir un telegrama a Miguel Lorenzo Ron Pedrique, presidente (gobernador) encargado de Apure: “(…) desde las nueve de la mañana están peleando afueras de Guasdualito”. Gómez, amo y señor de Venezuela, ordenó contratacar a Pérez Soto, quien, a marchas forzadas, ya se encontraba el lunes 20 en Bruzual, Apure aguas abajo, aprestándose para embestir contra los alzados.

El factor sorpresa había sido crucial para el lucimiento rebelde en las primeras horas de la contienda. Los exhaustos tachirenses, llegados la noche anterior quemando etapas por órdenes expresas de Eustoquio Gómez, el temido primo del Benemérito, se encontraban desprevenidos, unos en misa y otros lavando sus chivas en el río Apure. De acuerdo a viejas reláficas de Periquera documentadas por Juan Carlos Zapata, el cura Contreras, guariqueño de Cazorla, aun declamaba los latines del oficio matinal cuando escuchó los primeros disparos en las inmediaciones de la iglesia. Los feligreses comenzaron a dispersarse, ahítos de pánico, pero el presbítero no interrumpió el responso. El general Arévalo Cedeño instaló su base de operaciones a doscientos metros del cuartel gomecista, en un billar cercano al templo. Tuvo tiempo de intercambiar amabilidades con su coterráneo el sacerdote y hasta de evitar el saqueo de una carnicería, propiedad del italiano Pascual Panzza, antes de proseguir con la batalla.

Los machetes Collins de los hombres comandados por “Maisanta” derramaron raudales de sangre, fermentando un barro de hemoglobina y vísceras sobre las calles de Guadualito. Sus huestes habían pagado un alto costo: de ciento veinte hombres que lo habían seguido por La Manga, solo sobrevivieron diecisiete. Con la consigna “plomo y pa’lante”, lograron atrincherar a los gobierneros dentro del cuartel, en un ángulo frente a la plaza Bolívar. Los sitiados se defendieron cruentamente. Desde el alto de las garitas, los francotiradores diezmaban con plomazos limpios y certeros a los atacantes. Los cadáveres se amontonaban por doquier.

Luego de día y medio de asedio, se ordenó echar el resto con una carga general hasta la rendición final del reducto gobiernero. Las tropas se encontraban extenuadas y las municiones habían mermado peligrosamente. Oldman Botello enfatiza que el instructivo provino de Roberto Vargas. Emilio Arévalo Cedeño narra el asunto de esta forma: “Fatigados de aquella lucha tan obstinada, ordené una carga general a las treinta y tres horas justas de combate; pero en mi orden estaba la recomendación para todos los Jefes de Cuerpos que esa carga no debía terminar sino con la conquista de los atrincheramientos del enemigo (…) La carga fue dada con una bravura sin igual, y el enemigo izó la bandera blanca, en señal de paz. Inmediatamente ordené parar los fuegos (…) Un ayudante del General Benicio Giménez (sic), Comandante en Jefe de las Fuerzas enemigas, nos habló desde los muros del cuartel, diciendo que el General Giménez deseaba parlamentar con el Dr. Roberto Vargas”.

Vargas había permanecido en El Chinquero todo ese tiempo. Notificado por EAC, envió como plenipotenciario, el 22 a la seis de la tarde, al octogenario general trujillano Francisco Parra Pacheco quien, al penetrar al tiroteado cuartel, observó a Jiménez y a sus oficiales de confianza todo maltrechos, mas no desmoralizados. Convinieron una tregua el trujillano y el tachirense, para desocupar el teatro de operaciones con todos sus heridos y resguardando el honor de los vencidos. Pero, inexplicablemente, según relata Emilio Arévalo Cedeño, “el Doctor Vargas dijo era conveniente retirarnos de la plaza, para venir al día siguiente a recibirla. Aquella disposición era fatal, pero para evitar discordias, se aceptó y marchamos a una legua de allí, en donde pernoctamos en un lugar llamado Vera de María. Nosotros creíamos que al siguiente día muy de mañana volveríamos a la plaza (…) pero resultó que Vargas ordenó la marcha hacia Las Angosturas (…), abandonando nuestro triunfo, y con él exponiendo la Revolución a una vergüenza”.

Según Oldman Botello en su biografía del “Tuerto” Vargas, Benicio Jiménez aprovechó el cese provisional de hostilidades  para despachar subrepticiamente una posta hasta Palmarito y, desde allí, consignarle un telegrama al dictador J.V. Gómez con información detallada del enfrentamiento y apremiando refuerzos. Roberto Vargas, apunta Botello, había comisionado en el ínterin vigías hacia la otra orilla del Apure y hacia Elorza para otear el avance de posibles efectivos gomeros: “Los enviados de Vargas avistan a la gente que viene a Guasdualito y dan la novedad a Vargas quien dispuso a un grueso número de sus hombres a distraerlos (…); entretanto, él daba por terminadas las hostilidades en Guasdualito y levantaba el sitio (…) Arévalo Cedeño miente nuevamente en sus memorias, no haciendo referencia a la posibilidad de ser atacados por el ejército que llegaba; primero, el de Uzcátegui (proveniente de Barinas, llamado en ese entonces Estado Zamora, nota de NS), luego, la avanzada de Pérez Soto encabezada por el General Briceño y luego, el grueso del personal bajo el mando del Presidente de Bolívar (…) y finalmente las tropas de Hernán Febres Cordero y Manuel Sarmiento que convergían todas sobre Guasdualito”.

La orden de despejar el terreno y darle un respiro a la tropa gomecista había caído como un baldazo de agua helada. Si el enemigo estaba al borde de la derrota, ¿por qué concederle la gracia de un oxígeno reparador? Aun conociendo la certeza de una contraofensiva inminente por fuerzas expedicionarias de la dictadura, ¿por qué no asestarle otro golpe vistoso y vigorizante al hasta entonces invencible Juan Vicente Gómez, tal como se había efectuado a principios de 1921 en San Fernando de Atabapo con la captura y muerte de Funes? ¿Por qué no emular el zarpazo y después tomar las de Villadiego con la frente en alto, cual piquijuye vengador?

La ahogada rencilla entre “El Tuerto” y Arévalo ya no pudo ser disimulada. La discordia, precursora de la anarquía, campeó por sus fueros. Para explicarnos un tanto esta tirria entre los dos guariqueños antigomecistas, valdría la pena repasar la descripción de la psique de Roberto Vargas ofrecida por su biógrafo Botello: “una mezcla de ciclotímico-viscoso (con) oscilaciones entre movilidad y el reposo desahogado, con actividad que puede ser eficaz pero desigual (…) poco sensible a los estímulos, flemático, con expresiones de cólera (…) pasivo, perseverante y sin elasticidad y presteza (…) lento hasta la pesadez, salvo en las crisis de cólera (…) monótono, laborioso, monotemático y prolijo”. En suma, un hombre nada cobarde pero rígido y, probablemente, carente de adecuadas dotes comunicacionales, frío y distante con respecto a sus subalternos. Todo lo contrario al exaltado y quijotesco Arévalo, arquitecto de lealtades espontáneas entre sus adeptos. Estaba la mesa servida, entonces, para la colisión entre ambos jefes opositores. Variaciones sobre un mismo tema en la atribulada historia de esta patria cuajada de tiranuelos de a tres por locha.

En el sitio de Las Angosturas, a varios kilómetros de Guasdualito, habrían de medirse, frente a frente, "El Tuerto" Vargas y Emilio Arévalo Cedeño, en una rivalidad temeraria bajo el acoso despiadado de Juan Vicente Gómez.


@nicolayiyo





Roberto “El Tuerto” Vargas

Ortiz, Guárico, 30 abril 1864; Dos Caminos, Guárico, 29 marzo 1948