jueves, 13 de mayo de 2010

Tocando fino


Encrucijada y ventanal
Tocafino
por: Nicolás Soto

“Los escuálidos espinos
desnudan su amarillez”
Alberto Arvelo Torrealba – Florentino y el diablo


“Standin’ at the crossroads, tried to flag a ride”
Robert Johnson – Crossroads


A Lelis Requena, In Memoriam


                            De Gamelotal a Biruaca, pasando por Camoruquillo y San Fernando, todo despunta como previsto.
Toque tras toque, botella de pecho cuadrao tras botella de pecho cuadrao, acompañando a copleros buenos y a otros medio majunches, nos cansamos de alebrestar a cualquier cantidad de parejas sudorosas en artero y frenético escobilleo sobre las superficies apisonadas.
Yo, el bien mentado catire (bachaco) Tocafino, solicité, hasta más no poder, a las doñitas totumeras asperjar de agua a lo largo y ancho de la pista por donde zapatean los del bailorio con camazas lustrosas repletas hasta la ñema, buscando conjurar los polvos volatineros que me desmadran una alergia lampiña arrochelada en el güergüero. Los estornudos y el moquillo no cuadran con la joropera.
Y, a todas estas, el ojo bien pelao, ojo’e pipa como quien dice, porque se aprovechan de los palos con que nos enjuagamos el buche, se creen que estamos medio jumos y medio zaratacos para  pretender arreglarnos con recorte: cien lucas menos por aquí a cuenta de unos güiscachos que nadie pidió, siete orquídeas menos por allá por habernos transportado en una pasajera más vieja que el mito de La Sayona, nueve papelones menos por acullá  cobrándonos una cuota de un sindicato inexistente en estos peladeros de chivo colindantes con el Aguaro-Guariquito. “Nanay nanay”, declamo en clave de querrequerre, “caifás completo antes de templarle los pelos a la camoruca si quieren soliviantarse los jarretes y despercudirse las taloneras con nuestra guachafita. Que con el catire (bachaco) Tocafino música paga sí suena”.
 Así llegamos a este corredor de sabana bautizado en mapas precarios como Viejo Infiernito, donde la brisa sopla en cámara lenta y los zamuros planean en retroceso. Nuestro vetusto yip Toyota traquetea de lo lindo por andurriales y lodazales, cayéndole a las bombas de fango con soltura de Tarzán veguero, haciéndome recordar una anécdota referida, en alguna bebezón, tras algún sarao, por mi cuatrista de aquel entonces, el negrito Melitón: en La Pascua, su pueblo natal, había un bodeguero muy chusco llamado Belén Álvarez, un hombre de salidas ingeniosas al voleo. Hacía de boticario y prodigaba consejos retrucaos, solicitados o no. Llegó una moza agobiada de espinillas a su negocio y le preguntó: “Don Belén, ¿qué será bueno para los barros?” A lo que el viejo socarrón refunfuñó con picardía: “¡Toyota el macho, mijita!”
Viejo Infiernito nos da grima. El cielo abanica un color patético. Los cujiales vecinos surten sensaciones ásperas. Pero aquí estamos, según lo convenido. Sobre el cruce de dos caminos, en medio de una cruz grisácea y yerma, en esta encrucijada clandestina, aguardando a quienes nos contrataron para el toque de esta noche.
Aparecen de la nada, asustándonos. Cuatro tipos con porte castrense, de facciones indefinibles bajo los sombreros alerones, hablándonos con un acento muy acicalado, mezcla de cachaco con godo, como si pudieran purificarse en cualquier idioma del planeta, revestidos de una cortesía encubridora y cómplice.
“No se equivocaron. Aquí mismo es”, nos reaseguran al manifestarles nuestro parecer de haber errado el camino. “¿Y dónde es el asunto?”, pregunta Tamarindoso, el maraquero. “Sí, aquí mismo es”, insisten los cuatro marciales. “¿Cómo aquí? ¿No vamos a un local, a un templete o a una finca?”, se inquieta Merejuán, el guitarrero. A lo que responde el más apocado y subrepticio de los cuatro sargentones: “Mire, señor Tocafino, en realidad no los necesitamos a ellos. El asunto es con usted nada más”. Me pongo capcioso.
El secuaz apocado continúa: “Lo hemos venido a buscar para que se mida, arpa contra arpa, camoruca contra camoruca, con nuestro jefe”. Me quedo mirándolo en neutro y prosigue: “Él es mi brigadier Leuco, señor de estos parajes, pero también maestro de los sonidos y adalid de los corridos, pasajes y bordoneos. Su fama de usted, catire Tocafino, ha llegado hasta aquí. Dicen que usted es el único que puede rivalizar con mi almirante Leuco. ¿Está usted dispuesto a medirse en buena lid?”


“¿Cuánto hay pa’eso?”, inquiere el ansioso Tamarindoso. El apocado sargentón despliega una contesta ayuna de cordialidades: “Si usted gana, mi mariscal Leuco le garantiza las riquezas y los placeres del orbe”. Merejuán carraspeó grueso antes de indagar: “¿Y si pierde?” Un silencio más grueso que un cordobán tigrero se destiló en la tarde agonizante. El sargentico dejó escapar un aliento de rellenos sanitarios: “Mi coronelazo Leuco mentó a un tal Fausto”. La cabeza se me convirtió en un torbellino de escoplos y berbiquíes en picada, como un dirigible de plomo. La vista se me tiñó de púrpura profunda. ¿Qué encrucijada es esta?
Volví en mí en medio de una algarabía babilónica. En mis manos trepidaba mi primera arpa, La Palmariteña. A mi lado retintineaba una periquera satánica, un vendaval endógeno, caribe e inicuo. Alcé la vista, sin dejar de desmenuzar un acompañamiento servicial (el buen músico debe manejarse idóneamente tanto en el terreno del solista como del acompañante, me recalcó mil veces mi maestro Reinaldo Oropeza), y ahí  vi al tal Leuco, tocando en su arpa negra ese joropo vil, con su cabeza euclidiana, con su pelo ralo pegado al cráneo como un felpudo, con esa nariz tan suya semejando un gancho pegostoso, con la comisura de sus labios obsequiando una sonrisa foránea, con sus ojos de tiburón fluvial y con un par de lobanillos queriendo descosérsele de cada parietal. El comodoro Leuco apretó los dientes, me devolvió la mirada y me retó.
Las parejas ataviados ellos con liquiliquis lúgubres y ellas de llaneritas escotadas hasta el ombligo, las faldas con aberturas laterales permitiendo vislumbrar muslos y verijasiban a abandonar el zapateado para ovacionarte y proclamarte como vencedor, mi capitán (y los cebollitas) Leuco. Ahí fue cuando me di cuenta quién me adversaba. Un lápiz gélido me acribilló el espinazo. Se trataba de salvar mi alma a punta de aires de música bravía y recia.
Ni cortos ni perezosos mis dedos surcaron la topografía de un Zumba que zumba feroz, agreste y brincón. Las parejas retrocedieron al bailorio con muecas anfibias. Tiples y bordones te escocieron el orgullo, mi tenientico Leuco.
No resultaste hueso fácil de roer. Tus pensamientos  franquearon sin alcabalas mis neuronas: “Me saliste respondón, catire Tocafino. Me gusta el desafío. ¿Qué tal este pasajito?” Y te lanzaste con una Chipola alucinante, lúbrica e incendiaria.
En respuesta, te estrujé un Gabán más inaudito que geológico, transportando el arpa a Mi bemol menor con la velocidad del rayo. Sin medir distancias, me viniste con un Seis Perriao marrullero, bordoneado con arrechera satánica. El sudor escaldó mi frente mientras me lanzaba con un popurrí torrealbero acelerado hasta más no poder, como si el Concierto en la llanura se transformara en un pájaro de fuego stravinskiano. Luego, tu Pajarillo restalló con rabia: ¡no podías doblegarme! Te enredaste en un arpegio de un Seis Cueriao y pelaste un pocotón de notas ensayando una improvisación sobre Lamento del canoero. ¿Quién suda ahora, mi alférez Leuco?


Le di duro a la Quirpa, como si valiera más que la vida de un guitarrero en Güiripa. Los bailadores cambiaron de lealtad de improviso: mientras me aupaban, sus indumentarias mudaron a colores claros y radiantes. Sin detenerme siquiera para coger un respiro, me di con una versión lírica y virtuosa del Pájaro campana que me enseñó Lelis Requena en Bella Vista hace unas cuantas lunas. Cuando reventé con el San Rafal, te desmoronaste, mi cabo Leuco. Mordí la parte: el santoral te achicopalaba, te desinflaba y te achantaba. Te sobé pu’el pecho una versión mamarra que tengo de Apure en un viaje mientras invocaba a mis ángeles de la guarda: “¡Ampárame, san Indio Figueredo! ¡Inspírame, san Amado Lovera! ¡Ajúmalo, san Eudes Álvarez!” Por ahí venían asomándose también para resguardarme, sin ser arpistas, don Anselmo López y Saúl Vera, cuando un destello multicolor se apoderó de todo.
Y me veo de nuevo en el viejo Toyota, aparcado a la vera de una cuneta. Tamarindoso y Merejuán roncan con desasosiego de serruchos cochambrosos. Los despierto, con supremo esfuerzo, de un sueño más pesado que abrazo de suegra en año nuevo. Ambos se desvivían por contarme de una visión rarísima, una suerte de pesadilla veguera, una especie de Florentino y el diablo entre arpistas.
“Ya déjense de zoquetadas y métanle chola, que nos esperan esta tarde en las ferias de Pariaguán. ¡Muevan esos glúteos!”, los conmino, mientras le hinco el colmillo a una arepa de cochino horneado sobrancera de una parranda anterior y añorando un Festal.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Una de Andrés Eloy Blanco




(Dedicado a varias amigas nuestras, seleccionadas como valientes candidatas para las venideras elecciones parlamentarias de la dictadura)

Se cuenta que durante las sesiones de la Asamblea Constituyente de 1947, brillaba por su fogosidad una joven diputada al defender los derechos de su género.

El gran poeta cumanés hizo circular, entonces, esta dicharachera cuarteta:


La política se inclina
sin excepción de persona,
de la clase masculina
a la clase masculona

miércoles, 21 de abril de 2010

De borrachos y pusv

Mejor borracho que imbécil: ¡dura menos!

En una reunión del partido Pusv grita alguien:
“¡Choro!”
“¡Malandro!”
“¡Prostiputa!”
“¡Asesino!”
“¡Tracalero!”
“¡Tierrúo!”
A lo cual replica un borracho que deambulaba por ahí:
“¡Qué arrechos! ¡Aquí pasan asistencia!”
(¡Zuáaaas!)

De aquí salgo a cobrar la bequita de la misión “kurdistán”. ¡Jic!

99% de los accidentes los producen borrachos que dejan a sus mujeres manejar.

Si me hubiera graduado en la misión “sabañón”, mi teoría de la relatividad habría afirmado que el universo huele a “pacuso”. ¡Toma tu tomate!

miércoles, 14 de abril de 2010

Palabras pronunciadas por Luisana en acto homenaje a Ana Mercedes, UCV, Facultad de Farmacia, 15 abril 2010

Ana Mercedes Soto Arbeláez (12 marzo 1938 - 20 octubre 2009)


De izq. a der., Arturo José Soto Arbeláez, Ana Arbeláez de Soto, Nicolás Soto Martínez y Ana Mercedes Soto, el día de su graduación de bachiller (1957)


Señoras y señores:

Recibimos con suma emoción y agradecimiento este homenaje a quien en vida se llamara Ana Mercedes Soto.

La Universidad Central de Venezuela ha tenido en ella un ejemplo preclaro del ideal que dinamiza esta casa que vence las sombras: amor, entrega y devoción por la causa educativa.

Ana Mercedes Soto le debió todo a la UCV. Desde sus días de estudiante, como orientadora, docente y profesional jubilada, esta casa de estudios fue objeto de sus desvelos y de su pasión de educadora a cuerpo completo. Ana Mercedes Soto asumió para sí el concepto de Alma Mater: la universidad no debe ser sólo una fábrica de diplomados asépticos y alejados del entorno humano. La universidad, tal como lo ha reflejado la UCV a lo largo de su historia, es un crisol de ideas, de ciencia y de cultura; es una forja de seres humanos incansables en el estudio y en la solidaridad con sus semejantes; es un faro irradiador de sensibilidad, tolerancia y saber en todos los órdenes; es un haz de luz bienhechora y, a la vez, es un terrible adversario de la ignorancia, de la barbarie y de esos integrismos autoproclamados como salvadores del mundo cuando, en realidad, sólo producen miseria y esclavitud.

Al decir de un pensador muy cercano a nosotros, “los valores morales no provienen del Mundo o de la realidad natural sino del Espíritu, pero éste no puede producirlos caprichosamente, sino en una profunda imbricación con el Mundo”.

Precisamente, en este orbe ucevista, Ana Mercedes Soto encontró esa conexión de la espiritualidad más acendrada con las circunstancias más axiomáticas de nuestra condición humana y, aún más, con nuestra venezolanidad más acuciante. Y, a partir de allí, Ana Mercedes Soto, transmitió a sus orientados y alumnos la semilla del compromiso y del apego con esta Tierra de Gracia nuestra, que nos exige, nos demanda y nos apremia a ser cada día mejores, más productores y productivos, más creadores y creativos. Amar a nuestra UCV es amar a Venezuela.

Ana Mercedes Soto amó profundamente a la Universidad Central de Venezuela.

Ana Mercedes Soto amó profundamente a Venezuela.

Muchísimas gracias a todos ustedes.

domingo, 11 de abril de 2010

Pagandito promesas


Los cocuyos homeopáticos
Pica pica y se extiende

                            Todos durmieron esa noche en casa del gordo Cleofás. El despertador sonó con vigor de mandarrias alcahuetas a las tres y media. Tras un sorbo de café más negro que el buche de Belcebú cogieron la calle. Una brisa escuálida y tibia anunciaba un chaparrón típico del mes de julio para más tarde. Se empaparían, sin duda, pero la decisión estaba tomada desde otrora: el ánima del Pica Pica los esperaba y le pagarían la promesa de peregrinar hasta allá por haber pasado lisos en todas las materias. Cinco leguas y pico a pie, pues.
                            El Brujo se les unió en las inmediaciones del Lido. A las cuatro de la madrugada, la carretera nacional se    atragantaba de horizonte como una cenefa contorneada de brumas. El kilómetro y pico recorrido desde la plaza Bolívar les había imbuido una inercia de bólidos siderales. “Calcula el momento y el torque que nos impulsa, Piojolín”, le exigió guasonamente Juan Cuchufleto al cráneo del salón quien, por supuesto, no había necesitado de promesas al ánima del Pica Pica para sacar su ristra de diecinueves y veintes.  Con buena nota de compañerismo ―noblesse oblige,  según recalcaba el profesor Gutiérrez en clase de francés―, la caja de machetes que era Piojolín decidió sumarse al festivo tropel, sin poder eludir las puyas de sus panas.
                            “A ti no te efectúa el cálculo, Cuchufleto, pero te apuesto fuertes a lochas que a MaríaÉ sí le echa pichón”, retó desde atrás del pelotón el flaco Melencho. Todos sabían del amor no correspondido del cerebrito de la clase por la más bella del liceo.
Las risotadas no se hicieron esperar. “Sufrir me tocó a mí, en esta vidaaaaaa, llorar es mi destino, hasta el moriiiirrrr…”, canturreó el negro Carbononcio, con las pupilas brillándole en la oscuridad como unos tizones lácteos. “¡Swiiiing, y se ponchó tirándole!”, soltó uno a quien mentaban Tuqueque Loco, con énfasis de Musiú Lacavalerie narrando juegos de los Tiburones de La Guaira.
“Ay, Piojolín, a ti no te tiran pero ni el huesito, porque todo el amor de MaríaÉ es para El Muñecoide, porque, así como los mochos se buscan para rascarse, los buenosmozos no tienen ojos sino para sí mismos”, trinó el popular Garzón Soldao. “¿Quién nos manda a ser más feos que la palabra gargajo?”, espetó Juan Cuchufleto y las risas reverdecieron. Menos mal que la oscuridad arreciaba y Piojolín logró encubrir un sonrojo aguachinado pavoneándosele en la epidermis. “Cállense, burdos balurdos y palurdos, y vayan a fregarle la paciencia a sus respectivas abuelas”, siseó el cráneo, retrasando el paso para esperar al gordo Cleofás que, entre bufidos y resoplidos, procuraba seguirle el trote a sus compañeros de romería.
                            El Brujo acaparó el habla a partir del puente de Los Aceites. “Aquí voy a montar la gran quincalla de los espíritus. Ustedes vivirán para verlo. Todo aquel con necesidad de un ensalme liberador, de una pócima milagrosa, de un talismán hipermagnético, de un amuleto rotundo o de una oración lubricante contra los malos avatares, vendrá a mí. Ese es mi destino. Ese es mi hado”, dijo con una voz mustia, haciéndoles recordar a Barnabás Collins, cuyas Sombras tenebrosas hacían furor por aquellos días a través de CVTV, canal 8.


Mister Barnabás Collins en sus buenos tiempos.

                            “¿Te vas a meter a brujo de verdad, Brujo? ¿Con todo y el perolero?”, preguntó algo nerviosillo el flaco Melencho. “¿Aquí en este paraje, Brujo, si es que se puede saber por qué?”, Tuqueque Loco intentó conferirle un matiz comedido a su voz. El Brujo parecía deslizarse sobre rieles postizos sin esfuerzo alguno.
                            “Aquí mismo, en este bajo, el Taita Boves colgó de aquellos sauces llorones ― ¿los ven?, todavía existen y están ahí a los doce patriotas venidos desde Calabozo para reforzar a Piar después de la batalla de Espino. Y allá, en aquella loma, durante la guerra de los cinco años, El Agachao descabezó de un solo tajo, con un machete Collins recontra filoso, al hijo del Taita Cordillera, porque no lo quería de rival en la jefatura del destacamento que había mandado a reclutar aquí el general Zamora. Desde entonces cabalga por estos contornos la figura del jinete escabezao durante las noches sin luna”.
El negro Carbononcio oteó el firmamento yermo y, sin dejar de tragar grueso, se animó a preguntarle al cráneo del salón, “Piojolín, tú que eres un vergatario también en Historia, ¿es verdad eso que dice El Brujo?” Piojolín agarraba por el brazo al gordo Cleofás quien, comenzando a encresparse por la tétrica tertulia, se sentía ligero de pies como cunaguarito en los raudales. Piojolín iba a abrir la boca para contestar cuando se escuchó un relincho maltrecho.
                            Todos lo vieron boquiabiertos. A la vera del camino, sobre un caballo fosforescente se erguía la orla humeante de un jinete decapitado. Una luz, a ratos mortecina, a ratos enceguecedora, cubrió al Brujo. Sus carcajadas desquiciadas se aventaron por los resquicios de una noche hórrida y nauseabunda.
                            Corrieron despavoridos. El pánico les hizo erizar los cabellos del cogote, los vellos púbicos y los pelos de las batatas y las corvas. “¡Ay mamá!”, a Juan Cuchufleto se le evaporaron las ganas de soltar cuchufletas. “¡Protégeme, virgen del Carmen!”, a Tuqueque Loco se le iba el alma por la boca. “¡Sálvame de esta, ánima del Pica Pica, y te prometo que dejo de mascar chimó escondido de mi vieja!”, al negro Carbononcio se le arremolinaban las culpas de sus escasos dieciocho calendarios. “¡Barajo con las ánimas del Purgatorio!”, al gordo Cleofás ahora no le hacían mella los ciento y pico de kilos de su continente, ni los esmirriados cincuenta y algo de Piojolín, a quien arrastraba en su galope.
                            Bajaron como diablo que lleva el alma hasta el arrabal oscuro que era la ermita oscura del ánima del Pica Pica. Se refugiaron detrás de un mogote sarraceno, agotando el repertorio de padres nuestros y yo pecadores aprendidos en los catecismos bochornosos de apenas hacía un lustro. Piojolín procuró redimir la hiperracionalidad que lo caracterizaba: “Vamos a calmarnos, muchachos. ¿A quién se le ocurre creer en espantos y aparecidos en esta sexta década del siglo veinte?”, pero su cadencia azarosa traicionaba un nerviosismo cerrero. Los demás temblaban y gemían con agonía de cochinos en matadero. Piojolín vio una estrella fugaz en el cielo y, toreando el terror, pensó: “Deseo que MaríaÉ se enamore de mí”.
                            La luz, a ratos mortecina, a ratos enceguecedora, se aproximó a la capilla. Se oyeron cascos embalsamados de cabalgadura. Un conjuro satánico atravesó el aire espeso, provocando una algarabía de gallos, pavitas, alcaravanes y búhos.
                            Y el sol salió, con una lentitud acelerada, haciendo que el corazón le latiera en el paladar a cada uno de los chicuelos. Entonces, y sólo entonces, descubrieron la barrabasada que les jugó El Brujo, disfrazado de Bela Lugosi en una carroza fúnebre alquilada, y acompañado de un llanerito cubierto de un mosquitero de pies a cabeza. Al caballo lo habían embadurnado con atomizador tras atomizador de pintura fosforescente. Y El Brujo reventado de la risa, exclamando: “¡Ah malhaya una cámara! Ah malhaya una filmadora, cuaj cuaj cuaj…!”

Dicen los amantes del séptimo arte que el mejor vampiro de todos los tiempos ha sido don Bela Lugosi.

                            Y mientras los muchachos rodeaban al Brujo con primerizas intenciones de arrearle unos coscorrones a guisa de desquite, Piojolín abrió la puerta del pequeño templo, se introdujo al refectorio resguardado por un océano de velas, encendió una y, cubriendo la llama con la palma de la mano, musitó: “Ánima del Pica Pica, si me ayudas a ganar el amor de MaríaÉ te prometo que…”

jueves, 4 de marzo de 2010

Un mártir en VLP

Las prolijas portadas
Antonio Pinto Salinas en VLP:  preludio de un martirologio
por: Nicolás Soto
                            José Agustín Catalá dedicó  el último segmento de su existencia a difundir los desmanes de la dictadura perezjimenista. En doble cualidad de autor y editor, publicó en 1983 “Pedro Estrada y sus crímenes”. Uno de los casos reseñados es el del líder acciondemocratista Antonio Pinto Salinas, quien vivió las últimas horas de su vida en Valle de La Pascua, rumbo a su destino final.
                            Catalá ofrece íntegra la averiguación sumarial del hecho, incoada el 13 de febrero de 1958, a escasos días del derrocamiento de Pérez Jiménez. Los testigos se ven libres de cualquier coacción y declaran sin cortapisas.
                            En la mañana del miércoles 10 de junio de 1953, Antonio Pinto Salinas había sido apresado, junto a dos acompañantes activistas de AD, en las inmediaciones de la alcabala policial instalada a la salida de Santa María de Ipire, rumbo hacia Pariaguán. En el expediente se cita taxativamente la delación o sapeo por parte de un sujeto llamado Gustavo Mascareño. Retenido en El Tigre, Anzoátegui, fue entregado a una comisión de Seguridad Nacional llegada al efecto desde Caracas, encabezada por Braulio Barreto (a) “Barretico”. De inmediato, se embarcaron de regreso a la capital, con una primera escala en Valle de La Pascua.

Antonio Pinto Salinas era oriundo de Santa Cruz de Mora, Mérida (1915 – 1953)

                            En la Declaración de Testigos dentro de la Instrucción Sumarial, cinco años después del presunto asesinato de Antonio Pinto Salinas, leemos el testimonio del vallepascuense Manuel Esteban González: “Más o menos como a las seis y media de la tarde del día once de junio de 1953, después de haber cerrado mi negocio mercantil, me dirigí hacia mi casa de familia, y al llegar cerca del negocio del señor Ernesto Alayón, el cual queda cerca de la Prefectura de este Distrito, me llamó Alayón, y entonces entre él y José Isaac Díaz, me informaron que hacía poco rato habían traído unos Agentes de Seguridad Nacional al Dr. Antonio Pinto Salinas, quien venía esposado; (…) pude darme cuenta que varios Oficiales de Seguridad Nacional salieron de la Comandancia de Policía probablemente a comer, mientras que el Dr. Pinto Salinas quedó detenido allí; luego de esto continué hacia mi casa de familia de donde regresé al cabo de largo rato, y entonces los mismos señores Isaac Díaz y Alayón me dijeron que se habían llevado al Dr. Pinto Salinas en dirección a San Juan de Los Morros. Al día siguiente en horas de la mañana me alarmó enormemente la noticia de que el Dr. Pinto Salinas había sido muerto a tiros por Agentes de Seguridad Nacional cuando trató de hacer armas contra ellos, según dijo la prensa capitalina”. Más adelante en su atestación, Manuel Esteban González refiere haber conocido personalmente a Antonio Pinto Salinas con ocasión de sus visitas en labores proselitistas a Valle de La Pascua.
                            Leamos, de seguidas, la declaración de Ernesto Alayón, no sin antes recordar que su establecimiento se ubicaba al lado de la Prefectura de Policía (hoy en día sede de la Sociedad Bolivariana), frente a la plaza Bolívar, en el cruce de las calles Real y Atarraya, sitio conocido desde siempre como la Esquina de Alayón: “Como a las siete de la noche del once de junio de 1953, me encontraba dentro de mi negocio, cuando de pronto me llamó la atención ver que se estacionaban frente a la Prefectura varios vehículos; entonces me asomé y me di cuenta que de dichos vehículos algunos Agentes de Seguridad Nacional bajaron detenidas y esposadas a unas personas que traían presas y los metieron a la Prefectura (…); también aprecié que unos cuantos curiosos se acercaban (…). Al poco rato de esto entró a mi negocio el señor Herrera Mata, Prefecto de este Distrito, y dirigiéndose a mí me dijo: ‘Caramba, hermano, qué cosa tan seria es la política, acaban de traer preso a un gran amigo mío, y ni siquiera pude saludarlo ni prestarle ninguna atención’; entonces yo le pregunté a Herrera Mata que quién era ese señor y él me manifestó que era el Licenciado Antonio Pinto Salinas. En esta misma oportunidad le hice saber a Herrera Mata que yo había conocido a Pinto Salinas en la casa de familia de Lisandro Alvarado en esta ciudad; también me informó el señor José Isaac Díaz que uno de los presos que acababan de traer era el Licenciado Antonio Pinto Salinas; al poco rato de esto, varios de los Oficiales de Seguridad Nacional salieron a comer, regresando luego; el policía Antonio Ávila me dijo que los Agentes de Seguridad Nacional le preguntaron al Licenciado Pinto Salinas que si quería comer, y éste les contestó que no, que más adelante comería en San Juan de Los Morros y si no, no comía. (Luego) me quedé en la puerta de mi negocio (…)  y vi cuando sacaron esposados a dos presos que no conozco y los metieron en un carro de paseo que estaba estacionado frente a la Carnicería de José Isaac Díaz, donde permanecieron un rato hasta la hora de salida; luego sacaron al Licenciado Antonio Pinto Salinas esposado y lo metieron en una camioneta, detrás del carro anterior, junto con unos Oficiales de Seguridad Nacional; detrás de esta camioneta iba otro vehículo, en el cual iban otras personas presumiblemente escoltándolos; delante de estos carros iba un jeep perteneciente a la Seguridad Nacional de esta ciudad. Todos estos vehículos salieron en dirección hacia Caracas más o menos como a las ocho y cuarto de la misma noche. Al otro día me causó mucha extrañeza o indignación al darme cuenta de que en los periódicos de Caracas estaba la noticia de la muerte del Licenciado Antonio Pinto Salinas, noticia ésta que había dado Pedro Estrada en un Comunicado (…). Esa  extrañeza e indignación  es debida a que creo imposible que el Licenciado Pinto Salinas haya hecho resistencia armada contra los Agentes de Seguridad Nacional que lo custodiaban, ya que él salió esposado de la Prefectura de este Distrito, como le consta a numerosas personas que lo vieron”.
                            José Isaac Díaz corroboró los hechos de la siguiente manera: “El diez de junio de mil novecientos cincuenta y tres me encontraba en mi negocio de carnicería (Pesa de Carne) al lado del local de la Prefectura de Valle de La Pascua y más o menos como a las siete de la noche vi que (…) bajaban atado de otro (carro) al Dr. Antonio Pinto Salinas y también (a) otro ciudadano que llevaba las manos esposadas. A las pocas horas vi que lo sacaron de la Prefectura y lo metieron solo a un carro; (a) los otros dos compañeros del Dr. Pinto Salinas los sacaron apersogados y los metieron a otro carro (…). De ahí partieron los carros hacia San Juan de Los Morros, y al día siguiente supe que al Dr. Antonio Pinto Salinas lo habían matado. Luego, con sorpresa me enteré por el periódico “El Nacional” de un comunicado de la Seguridad Nacional informando sobre el suceso, cuyo recorte conservo, y en el cual se decía en forma vulgar que el Dr. Pinto Salinas había muerto en un tiroteo (sostenido) por él con unos Agentes de la S.N., lo cual resulta materialmente imposible, pues como he declarado, al Dr. Pinto Salinas lo llevaron esposado desde Valle de La Pascua. En este Estado, el Tribunal le pone de manifiesto al declarante una composición poética titulada ‘Antonio Pinto Salinas’ escrita por el deponente en Valle de La Pascua con fecha veintiuno de junio de mil novecientos cincuenta y tres y firmada por él, que corre al folio sesenta y tres de este expediente y expuso:   (Este) poema (…) es el mismo que escribí en la fecha que se indica (…), inspirado con motivo del cobarde asesinato del Dr. Antonio Pinto Salinas, por los esbirros de la Seguridad Nacional, por lo cual lo ratifico en todas sus partes”. En otra parte de su testimonio, José Isaac Díaz afirmó haber conocido a Antonio Pinto Salinas “cuando estaba en el directorio del Banco Agrícola y Pecuario de Caracas”. Declaraciones tomadas al para entonces Prefecto del Distrito Infante, Francisco Herrera Mata, y a los agentes policiales Jacinto Martínez y Rafael Salinas confirman que el dirigente de AD llegó y se marchó esposado.
                            Misael Flores era un mozalbete para aquel entonces. A casi cincuenta y siete años de este episodio, me contó que esa noche él se encontraba laborando en el negocio de Amparo Muñoz en Parapara cuando se detuvo la comisión de Seguridad Nacional. Los seguranales pidieron unos brandys, pero el preso, esposado aún, se rehusó a ingerir nada. Misael me asegura no haber olvidado nunca la expresión inmutable y estoica del reo, como si supiera estar viviendo sus últimos momentos.
                            Antonio Pinto Salinas apareció acribillado a balazos, en la madrugada del once de junio de mil novecientos cincuenta y tres, en el sitio denominado “Cueva del Tigre”, en las cercanías de San Juan de Los Morros. Pocas semanas antes, al conocer la muerte por un cáncer en la penitenciaría de esa misma ciudad de su correligionario Alberto Carnevali, le había confesado a un copartidario: “Tengo el convencimiento de que la próxima víctima seré yo”.

Pedro Estrada, natural de Güiria, Sucre (1906-1989), fue puntal del régimen extinguido el 23 de enero de 1958

                            El director de la S.N. le declaró al profesor Agustín Blanco Muñoz (“Pedro Estrada habló”, Editorial José Martí, Caracas 1983, pág. 170) lo siguiente: “Sí, se dio a la fuga. Eso es verdad, eso es cierto. Ahora, yo no evado responsabilidades (…). Mira, Pinto Salinas iba rumbo a embarcarse (al exilio) y los adecos lo delataron. Lástima, porque era un individuo muy importante”.
                            Pareciera ser que las dictaduras sacan lo mejor de ciertas individualidades y lo peor de otras.

domingo, 21 de febrero de 2010

¿Signo de los tiempos?


Escribe el pana "Chirrío":

Este programa contiene elementos de lenguaje, salud, sexo y violencia que no pueden ser presenciados por niños y adolescentes, ni adultos de la categoría antes descrita.

Dos canciones de uno de los jurados del "Montarascales Áidol".
El Rastrillo:

http://www.goear.com/files/sst5/mp3files/08022009/7779341bb835f432aa38966488002234.mp3

El Hombre Del Palo:http://www.youtube.com/watch?v=v8_292pAqes
Enjoy!

Escribo yo:


¿Será signo de estas eras el uso (y abuso) de la vulgata vúlgaris para compensar un tanto la carencia de calidad y talento?


Ojo, no soy ni pretendo ser púdico, ni pacato, ni mucho menos "hediondito". Pero en tiempos de decadencia, parafraseando a José Rafael Pocaterra, cuando los caporales irrumpen "de repente con Estebita" en las sabanas mediáticas rebuznando su coprolalia y su lenguaje de burdel, el escozor producido por el joropo chatarra comienza a resultar perceptible.


Tiempos éstos, por cierto, en los que el comediante más afamado de la república "bolivariana" resulta ser un "musipanero" cuyo principal repertorio es una sarta de chistes adobados de vulgaridades sin ton ni son, risibles para quienes les celebran sus cuchufletas a un hazmerreír que no sólo es lamentable y patético, sino que, además, por si fuera poco, ha fungido de caballo de Troya de la dictadura al prestar su nombre como candidato en varios fraudes electorales, el último de ellos en Anzoátegui (y hasta pretendió erigirse candidato presidencial). ¡Húndete en la cueva'er guácharo con tu ordinariez, payaso mediocre!

Aquí, primo, templando esta camoruca

Alguna vez, por ejemplo, llegué a soltar la risotada espontánea al escuchar a Santiago Rojas canturreando las vicisitudes de una viuda con rial y unas cuantas vacas parías evadiendo a los comemuslos atenidos que ansiaban levantársela. Pero cuando oí, gracias a un taxista en San Juan de Los Morros, estado Aragua, (sí, señores, estado Aragua) su canto pedestre, rastacuero y jalabolil ensalzando la supuesta hazaña del tiranuelo el 11 abril 2002, comprendí que el carente de talento, el huérfano de profundidad conceptual, musical, artística, profesional or whatever debía refugiarse per se bajo los alerones del pirata mayor, el raspado en el curso de estado mayor. Y para hacerlo con creces y alevosía, qué mejor señuelo que la vulgaridad barata y fofa.


Algo semejante sucedió cuando Pérez Jiménez. Recuerdo haber escuchado de muy niño una tonadilla muy de moda, por ese entonces, que decía algo así como

Coronel Marcos Pérez Jiménez

presidente constitucional
elegido por el pueblo
en comicio nacional


Afortunadamente, el advenimiento de la democracia trajo aparejado una verdadera edad de oro de la música venezolana. En los años sesenta, hagan memoria quienes tienen suficiente edad, resultaba dificilísimo escuchar en el propio llano a cualquier cantamaluco. ¿Por qué? Porque no podían competir con Torrealba, con el Tío Simón, con Chelique quien pegó a escala global su "Ansiedad", con Hugo Blanco ídem con su "Moliendo café", con el maestro Aldemaro. Ni siquiera con Lila Morillo, ¡válgame Dios!



Cada época y cada situación política, económica, social y cultural produce su sello distintivo en las artes, las ciencias, el estudio y el pensamiento. ¿Qué quedó, en ese aspecto, del fascismo mussoliniano? Niente, nulla. ¿Qué nos dejó en ese particular el nazismo hitleriano? Zilch! ¿Y el comunismo soviético? Nanay nanay (no sé cómo se dice "nada" en ruso). ¿Qué nos está dejando la satrapía castrista? ¿Los lamentos patéticos, pavosos y seudo poéticos de Silvio Milanés? ¡Puagh! ¿Y la actual sinvergüenzura venezolana? ¿Vugaridades de cantamaluco, el "realismo" neosocialisto de Román Chalbaud, la claudicación de Pérez Rossi el de Serenata Guayanesa cantándole a la octava estrella de la bandera chavetona, los versos desabridos del poeta Palomares? ¡Pocaterra, despierta de tu tumba para que denuncies esta decadencia del siglo XXI!



No todo es malo. Sé de incontables creadores e investigadores que no se amilanan y continúan escribiendo, pintando, componiendo, escudriñando la materia con microscopios y aceleradores de partículas, filosofando con lápiz y papel. Sólo aguardan el nuevo amanecer de una Venezuela revigorizada y redemocratizada para irrumpir con ínfulas de optimismo, de creación y creatividad, de producción y productividad, para colocarnos de nuevo en la mira de la fecundidad bienhechora.
 

Llanerita marmoleña, ojos de culebra brava

Mientras tanto, este escribidorzuelo, a la par que barrunta estas disquisiciones afiebradas, intenta ahogar el bachiche que llega desde el exterior y que todo lo penetra (reguetón, vallenato llorón y cantamaluco) escuchando al renco Loyola cantar "El tigre de Masaguarito". ¡Ajúmalo, viento de agua!