sábado, 4 de febrero de 2017

Noventitantos (VI)



Capítulo H

No puedo negar que, por primera vez en mi vida, estaba algo confusa.
Hay momentos en que las cosas que te rodean parecen adquirir vida propia y se atavían con una dinámica vertiginosa. Después de tanto tiempo de inmovilismo y privaciones, resultaba justo y necesario el cambio de panorama. Se volteó la tortilla, pues, para decirlo en lenguaje coloquial. Mi única queja estribaba en el ritmo frenético del asunto. Se me atragantaban las costillas con el temor de perder el control de la situación. Afortunadamente, tenía a mi mamá de mi lado, sólida como fortaleza española ante el acoso de los corsarios y piratas del Caribe.
— ¿Sabes cuál es el secreto de los equilibristas? — me preguntó una noche, en el apartamento que habíamos comprado en Las Acacias.
Tardé un instante en responderle. Todavía estaba bajo la aprensión de haberle revelado mis preocupaciones.
—No. ¿Cuál?
Le dio dos largas chupadas al cigarrillo antes de responderme.
—No mirar nunca hacia abajo. Eso es lo que produce vértigo.
Me quedé sin entender.
        —Mira —me dijo, dejando a un lado el suéter que estaba comenzando a tejer—, si estás ejecutando un acto que requiere de toda tu destreza y habilidad, pues simple y llanamente te olvidas del resto del mundo, te concentras y le echas pichón. Lo que ahora haces va a ser crucial en tu vida. Te estás esforzando en obtener éxito profesional y, a la vez, se te están abriendo una serie de posibilidades  que antes te resultaban impensadas. ¿Qué debes hacer, entonces? Sencillamente, déjate llevar por la corriente que más te convenga y no te dejes amargar por miedos escénicos. No hay para dónde coger. Estás ahorita como el actor antes de enfrentar al público. Si lo piensas y analizas demasiado, te estrellas. La única solución es echar p’alante y resolver.
— ¿Sin darle muchas vueltas a las cosas, verdad?
—Exacto. Ese fue el gran error de tu papá. Era como tú, lleno de iniciativas y proyectos. Pero, cuando le tocaba lidiar con los recovecos de la realidad, se enfrascaba en cavilaciones absurdas. Como dicen ahora ustedes, se volvía un rollo total. Así se le pasaba el tiempo y no decidía nada. Hasta que se enfrascaba en otra de sus ideas novedosas y arrancaba de nuevo el cuento de nunca acabar.
Tenía razón mi mamá. Existía un sinnúmero de oportunidades que se me presentaban, todas tentadoras, halagadoras y prometedoras de dividendos de diverso género.
—No te desesperes. Tu hora llegará, cuando menos lo pienses. De ahí en adelante, te será fácil imponerte y todos reconocerán tu valía.
El problema era que se me estaba arremolinando un melado de iniciativas profesionales, en los negocios, en la política (¡increíble pero cierto!) y, gotica derramadora de vasos, en mi vida afectiva. Con el inconveniente de que LauraÉ no estaba disponible para hacerme acreedora de sus consejos.
Pasemos al examen de los hechos (¡qué oportuno es el léxico abogadil!). Los cinco años de la carrera se me fueron volando. Debo admitir que la universidad “Santa Cecilia” potenció todas mis cualidades de persona inquieta, meticulosa, audaz y emprendedora. No había problemas, barreras ni obstáculos que no pudiera vencer. Por ejemplo, cuando se me hacía cuesta arriba repasar las materias con la disciplina requerida (por causa de mi trabajo en el tribunal y la venta de exquisiteces llaneras),  aguzaba el ingenio y, con la connivencia interesada de un par de amiguitos en el departamento de reproducciones, lograba obtener copia adelantada de los exámenes parciales. Después, en mi tiempo libre, procuraba repasar lo que había dejado a un lado. La nota era graduarse a como diera lugar, pero sin descuidar en demasía la parte formal del asunto. Aprovechaba, simultáneamente, para redondear mis proventos haciendo partícipes a otros estudiantes no tan avispados como yo. Cuidando mucho, por supuesto, que nuestros privilegios quedaran circunscritos solamente  a unos cuantos elegidos (seleccionados por mí, a no dudar, entre gente de mi mayor confianza). Sin matar la gallina de los huevos de oro.
De esta forma se acrecentó mi amistad con Fedora. Una tipa digna de admiración, de eso doy fe. Las malas lenguas enclaustradas en la prensa se ensañaron contra ella luego de la derrota electoral. Árbol caído al fin. Una de las leyendas que más se propagó aseguraba que obtuvo su título de abogado en menos tiempo del requerido. Lo que nadie sabía (y ella, por nobleza, nunca se dio a la tarea de divulgarlo) fue que, en realidad, todo lo que Fedora hizo fue reanudar su carrera, interrumpida desde hacía varios años por causa de su fracaso conyugal. La tildaron, asimismo, de colombiana, con la mayor mala fe del mundo. Puedo testificar contra la falsedad de tamaño infundio. Accedí al conocimiento, por su expresa invitación, de su familia, gente ciertamente humilde, establecida desde hacía un buen número de años  en Rubio. Es bien sabido que en todos esos pueblos del Táchira y del Norte de Santander, la raya fronteriza no pasa de ser un inconveniente mordaz (como una picazón en la espalda). La cruzan y la descruzan a su antojo: casi todas las personas tienen sus raíces, sus intereses, sus negocios y sus muertos enterrados en ambos países. Ah, pero la maledicencia se expande como los gases. Pude darme cuenta, incluso, que aun dentro de su mismo núcleo había parientes que no la veían con buenos ojos por su inveterada autonomía de carácter.
Fedora fue rebelde en su época de adolescente. Lógicamente, era inconcebible, en aquellos ultratradicionalistas y archiconservadores pueblos andinos, que a una muchacha le diera por comportarse con ínfulas de chica de gran ciudad. A Rubio no llegaron, ni por asomo, ecos de patotas, melenudos, guerrillas ni nada  parecido. Antes de perecer asfixiada por sumisión, Fedora se resolvió a dejar todo atrás. Cogió sus bártulos y enfiló hacia la lejana capital. Toda una aventura, en suma. Pasó las de Caín, pero salió adelante. Trabajó como recepcionista, ayudante de dentista y, en una ocasión, hasta de vendedora de puerta en puerta. “Hice de todo, manita”, me relataba, “menos meterme a puta. Pero te digo una lavativa: si la cosa se me hubiera puesto negra color de hormiga, así pero de verdad-verdad, pues no lo habría pensado dos veces y le hubiera echado verija”. Su fuerza de voluntad era encomiable. Sacó el bachillerato comercial por libre escolaridad. “Y ahí fue donde la cagué, manita, porque me enamoré y me casé y el tipo me resultó un pingo completo” (estando en confianza, Fedora no ponía reparos en utilizar el lenguaje gocho coloquial más florido). Con dos hijos a cuestas, tampoco sufrió empacho alguno para abandonar al fraude que le tocó por marido. “Lo vine a descubrir después de la boda”, me reveló cuando nuestra amistad se consolidó. Nuevamente se vio sola en la vida, con dos bocas que alimentar, y no se amilanó. Por un golpe de suerte dio con un empleo en la fracción parlamentaria de Copei. El doctor Arnulfo Lizarraga la tomó bajo su protección y lo demás es historia conocida. Él era la mano derecha del actual presidente, tanto por méritos propios como por la vieja amistad que los unía desde los lejanos días compartidos en las aulas salesianas de Barquisimeto. Habían transitado los avatares más difíciles del destierro (el presidente fue uno de los pocos copeyanos aventados al exilio durante la dictadura perezjimenista). Vivieron juntos el amargo percance de la pérdida de la candidatura presidencial a punta de maletinazos que compraron la conciencia de los delegados a la convención nacional y, lealmente, lo ayudó a renacer cual ave fénix  para reconquistar el partido y ganar la primera magistratura. Ahora el doctor Arnulfo Lizarraga era la eminencia gris del régimen (estas peripecias me las relataba Fedora con su ingeniosa manera de decir las cosas), lo llamaban el valido, el supremo cortesano, el Ángel Quintero de este gobierno, el Miguel Peña de estos días (luego me enteraría, por boca del “Gocho” Rojas, que los mencionados fueron personajes históricos que jugaron un rol semejante en tiempos de Páez). Todos sabían que el doctor Arnulfo Lizarraga andaba en una nota de hombre poderoso tras bastidores y Fedora desempeñaba, de facto, el rol de su alter ego. De ahí el interés que suscitaba.
Fedora era como San Pedro: la depositaria de las llaves del reino. Para ver al presidente, había que hablar primero con el doctor Lizarraga. Y el paso previo, necesario e inmancable era vencer el filtro de Fedora. Esto le granjeó antipatía entre los políticos, los maniobreros, los arribistas y los asomados. De hecho, ellos fueron los aupadores de las infamias. Pero el pueblo llano no tardó en verla con facciones de figura bienhechora. Se empeñó con ahínco en conseguirle becas del hipódromo a los huérfanos; sillas de ruedas a los discapacitados; pasajes para el retorno al terruño a incontables viejitos perdidos en la maraña persa del Nuevo Circo; billetes de lotería con descuento para los cieguitos desempleados; mercancía nueva para los buhoneros; boletos de avión para que los pichones de torero se fueran a España a tomar la alternativa; oportunidades en televisión y cine para  los buenosmozos de los pueblos; ajuares para las novias de las parroquias y los caseríos; y agua en camiones cisterna para los condominios torturados por la sed. No podía desencadenarse una calamidad (inundaciones con su ramillete de damnificados; deslizamientos de tierra tapiando veinte docenas de ranchos en los cerros de Caracas; sopotocientos muertos y aporreados durante la hecatombe de navidad, carnaval y semana santa) que no se presentara Fedora con sus bragas tipo Swat de la Disip y sus lentes oscuros de Carrera, dirigiendo los operativos con esa energía calificada de increíble porque manaba de un cuerpo tan menudo. Algunos periodistas sensacionalistas le endilgaron, muy de soslayo, el remoquete de Evita Perón venezolana, porque nadie osaba meterse de frente con ella. Se comentaba, a sotto voce, que las cóleras del doctor Arnulfo Lizarraga eran para coger palco. A los medios se les  advertía severamente desde Miraflores que no se pasaran de la raya con ella. Fedora no soltaba prenda sobre el particular y yo no me atrevía a tocar tan espinosos temas en su presencia.
Ciertamente ella y yo congeniamos desde la primera vez. Estábamos ya en cuarto año de la carrera. Sufría yo (afortunadamente, creo) de un desconocimiento supino de todo lo relacionado con política. Imagino que eso fue lo que más le agradó de mí pues ya le fastidiaba que todo el mundo se le acercase con  ánimo de solicitarle favores. Yo, por el contrario, en nuestra primera conversación lo que hice fue datearla con las preguntas de un quiz de derecho laboral. Ahí fue donde me la gané. Y conste que no lo hice adrede. Es cuestión de suerte. Siempre he tenido un instinto y una predisposición (inexplicables del todo) para entablar las más convenientes amistades.
Lo de Arnaldo resultó una historia similar. Sonará paradójico, pero toda la vida he aspirado a tener una relación formal. La gente que me conoce superficialmente se engaña cuando da por descontado que soy una muchacha de armas tomar. Se ve lógico si se considera que hacia el exterior lo que se rezuma es mi determinación inquebrantable de mostrarme independiente, corajuda y plena de iniciativa. Y, a pesar de esa apariencia, me gustan las cosas establecidas, las fórmulas tradicionales que te proporcionan una base confiable en tu vida privada. Comparto, de la misma forma, el criterio de que la relación perfecta de pareja se da entre dos personas con caracteres complementarios. Por eso escogí a Arnaldo Rovira.
Ese fue otro paso trascendental en mi vida. No representaba para mí la mera aventurilla romántica típica de universitarios (que las he tenido por otro lado, lo confieso). Deseaba, intuitivamente, involucrarme en una dinámica familiar. Lo que conseguí me lanzó por caminos novedosos y emocionantes.
Arnaldo tenía alrededor de tres años atascado con unas materias arrastradas en la UCV. Por fin se decidió a pedir equivalencia y traslado a la Universidad “Santa Cecilia”, topándose conmigo en la recta final de la carrera. Me gustó desde el primer día que lo vi, por su cara indecisa de chico sin malicia, por su honestidad y por su aire de buena crianza. Lo ayudé a aprobar las asignaturas (en tiempo récord), asumiendo la iniciativa en la profundización de nuestra relación.
        —Vamos a empatarnos —le enfaticé una noche de Marzo, después de una jornada enfebrecida de más de cinco horas de repaso de derecho constitucional.
        —Mmmmm... bien —fue toda su respuesta, luego de haberse bebido cinco tazones de café con leche.
        A Fedora por poco le da un ataque de risa cuando la enteré de nuestro noviazgo. Mi expresión adusta la convenció de que no se trataba de una broma. Fue la única vez que nuestra amistad se vio un tanto quebrantada. Decidimos tácitamente no volver a tocar el asunto.
El doctor Rubén Arnoldo Rovira aspiraba seriamente a que cualquiera de sus hijos aceptase el reto de seguir sus pasos en los escabrosos caminos de la política. “Nadie entre nosotros, en la dirección nacional del partido, ha tenido suerte con la descendencia”, me comentaba al hacerme depositaria de su confianza. “Fíjate en los hijos de Raúl Leoni, de Jaime Lusinchi y no te menciono más gente. Ninguno tiene la catadura necesaria”. Tal aseveración le era aplicable a él también, sin atenuantes. El hermano mayor de Arnaldo, Jorge Luis,  playboy a carta cabal, se preocupaba únicamente por un yate anclado en Puerto Azul y por las beldades playeras que coleccionaba por racimos. Los caballos y las competencias ecuestres conformaban la plenitud del mundo de  María Bolivia, hermana menor y experta amazona.
El caso del doctor Rubén Arnoldo Rovira era digno de mención como ejemplo palpable de nuestra incesante movilidad social. Hijo natural no reconocido, nunca se dejó amilanar por parecida circunstancia que, en tiempos pretéritos, hubiera anonadado a cualquiera. Dio sus primeros pasos en el mundo proselitista ejerciendo el sindicalismo militante en los campos petroleros de Anaco, San Tomé y El Tigre (donde nació). Era, al mismo tiempo, el sostén fundamental de su familia y no por ello dejó de graduarse de bachiller. Se inscribió en Acción Democrática y se vino a Caracas donde logró inscribirse en la Facultad de Derecho de la vieja UCV situada frente al blanquecino recinto del Congreso. El golpe que derribó al presidente Rómulo Gallegos lo sorprendió en la secretaría privada de la gobernación del DF. Pasó a la clandestinidad y resultó apresado por la Seguridad Nacional. Arrojado al destierro, aprovechó para culminar sus estudios en la Universidad Javierana de Bogotá. Regresó al caer Pérez Jiménez y logró ser, ininterrumpidamente, miembro de la dirección nacional del partido, diputado por Anzoátegui (su coto de caza regional) y factótum indiscutible del poder judicial. Y, como colofón a su prestigioso currículum, por esos días disputaba la candidatura presidencial.
Al principio, colaboré con la señora Bolivia (mi futura suegra) en numerosas actividades sociales que organizó buscando recaudar fondos para la precampaña (desfiles de modas, campeonatos de bridge y cosas por el estilo). Pero el doctor Rubén Arnoldo Rovira percibió, desde el primer día en que aparecí por su casa en el rol de novia de su segundo hijo, mi ingente capacidad para aglutinar gente. Ni corto ni perezoso, me presentó a todos los jerarcas de su comando estratégico. Me fueron encomendadas varias tareas que ejecuté con eficiencia, impresionando a todo el mundo. Inevitablemente, algunos de ellos dieron muestras de que yo les interesaba no solamente en el plano de la política. Evitando suspicacias, convidaba a Arnaldo a todas partes. Cada día que pasaba conocía a más y más gente en las más diversas esferas, cosa a la que estaba determinada de extraer réditos. Tuve, además, un par de “asunticos” (que supe llevar con la discreción requerida) con un simpático líder de la juventud (protegido de un otoñal dirigente) y con un bisoño tecnócrata a quien le auguraban un brillante futuro en el ámbito de las finanzas. Esto no me descontroló de manera alguna pues, en todo momento, asumí a plena conciencia que mi conveniencia y mi estabilidad afectivas reposaban al lado de Arnaldo.
Para completar el cuadro, fue también esa la ocasión en que se iniciaron mis exitosas operaciones comerciales a gran escala. Fedora me había tomado gran cariño por la colaboración que le había prestado para graduarse en la Universidad “Santa Cecilia”. Cierto día le comenté (muy de pasada) acerca de mi sociedad con Carmen  Adilia Fragachán en la venta de exquisiteces llaneras.
— ¿Por qué no aprovechas —me sugirió— para hacerle una oferta al Patronato Institucional de Alimentación? Acabo de hablar con su director nacional y, justamente, me refirió que no cuenta con proveedores confiables. ¿Te interesa?
        —Pues... sí. Pero, ¿cómo hago para contactarlo? —pregunté.
        Sin mediar palabras, tomó el teléfono (estábamos en su apartamento de Los Naranjos), llamó a alguien en Miraflores y le ordenó que le consiguiese al director nacional del PIA. No habían transcurrido diez minutos cuando el interpelado se manifestó.
— ¿Aló? ¿Doctor Linares? ¿Cómo se siente? Pues, yo aquí en la lucha y con un gripón que ni le cuento. Mire, le voy a mandar a la doctora Ornela Pérez Pirrone, quien es persona de nuestra confianza. Ella tiene una empresa distribuidora de alimentos y está interesada en colocar parte de sus ventas en el Patronato. ¿Cuándo me la va a recibir? ¿Inmediatamente? Magnífico. Va saliendo para allá.
        Colgó.
        —Fedora, me pones en apuros. Yo no tengo registrada ninguna empresa. ¿Cómo hago si me piden papeles, referencias, solvencias...?
Se levantó y mandó a llamar a su chofer.
        —Ay, manita, todo en la vida tiene solución menos el rollo de la novela de las nueve (que no se acaba nunca). Pero, ¿qué haces ahí sentada? No pareces el avión que todo el mundo dice que eres. Ya te mandé a pedir un carro para que llegues allá en un santiamén.
        Me dispuse a partir. Cuando estaba en el umbral de la salida no pude evitar decirle:
        —Fedora, gracias.
        —Déjate de pavosidades y apúrate, mira que el doctor Linares es un hombre muy ocupado —me contestó, echada en un sofá blanco, sin zapatos, fumando y con una encantadora sonrisa de oreja a oreja.
        El primer pedido del Patronato fue sustancioso. Puse a Carmen Adilia a moverse de lo lindo y, toco madera, pulsando mis contactos por aquí y acullá logré reunir capital para financiar la operación. Hasta mi mamá accedió a arrimarle algo al pote sin cargarme los intereses que cobraba a sus prestatarios. A los pocos días recibí nuestro primer pago y una nueva orden de compra, aún más abultada que la anterior. De ahí en lo sucesivo,  la dinámica de nuestras ventas no tuvo un minuto de respiro.
        Le llevé un sobre con una apreciable cantidad. Era la única manera en que podía agradecérselo. No lo quiso, de entrada.
        —Mira, Fedora, acéptalo. No es un regalo ni un soborno, ni nada por el estilo. Es, simplemente, una contribución previsiva. Acuérdate de lo que dicen por ahí: la política es pan pa’hoy y hambre pa’mañana. Así, por lo menos, tendrás con qué defenderte cuando abandones este cargo público.
        Le insistí tanto (cuando me lo propongo soy más persistente que Cristóbal Colón) hasta que coincidió con mi argumentación.
La confianza entre Fedora y yo iba en aumento.
        —Le he dicho a Lizarraga —me confesaba— que no acepte verse involucrado en la disputa presidencial del partido. Este no es el momento adecuado para que él aspire.
        De la misma forma, me aconsejaba en mi desenvoltura en el comando estratégico del doctor Rubén Arnoldo Rovira.
        —Las campañas internas de los partidos son más candentes y más duras que las campañas nacionales. Ahí sí es verdad que sacan a relucir todos los trapitos al sol.
        Fedora se había enterado, no sé por cuáles medios, de algunas de mis “aventurillas” extranoviazgo.
        —Hay que tener muchísimo cuidado, manita. Este es un campo minado rodeado de arenas movedizas. Aquí al que se pendejea se lo tiran en caldo de ñame. Pero cuéntame, ¿qué tal es Armandito en la cama? Por ahí dicen que es como una bestia, por lo grande que lo tiene y por las ociosidades que inventa.
        A veces se ponía melancólica por su indefinida situación y se consolaba dejándome traspasar el claustro de sus confidencias.
        —Lizarraga le pidió el divorcio a su esposa, pero ella, la muy oportunista, está dispuesta a darle largas al asunto hasta que entreguemos el gobierno. No podemos exponernos a un escándalo de esa naturaleza en vísperas de una campaña electoral tan brava.                Sus recomendaciones me abrían todas las puertas. Aproveché para cuadrar un sinnúmero de operaciones.
        —Sal ipso facto para allá y hablas con el ministro. Te recibirá sin protocolos. Está interesadísimo en comprar no sé cuántas toneladas de leche en polvo para el programa de los comedores escolares.
        Tenía inmensidad de trabajo y casi no me daba abasto. De no ser por Carmen Adilia Fragachán, no sé qué hubiera sido de mí. Casi no tenía tiempo de ver a mi familia.
        —Deberías hablar con la ingrata de LauraÉ y obligarla a que te preste una manito. Total, es lo más justo después de todo lo que la has ayudado —me reconvenía mi mamá, entre accesos de tos.
        Mi hermana estaba pasando por ingratos momentos. ¡Cómo me hubiera gustado compartir más con ella! Pero, apegada a su funesto hábito, costaba un imperio hacerla soltar prenda. No dando mi brazo a torcer, la obligué a aceptar mis ayudas de dinero mientras se mudaba a un nuevo apartamento. La disuadí, además, de trabajar. No hacía falta en absoluto. Seguía percibiendo su sueldo del ciclo básico de Baruta (Fedora  había colaborado en revertir el despido y conseguirle un reposo remunerado por causa de su gravidez) y podía distraerse, mientras tanto, con su labor a tiempo parcial en el colegio de Prados y algunas horas de clase privadas.
        Cualquier otra persona se hubiera desplomado con tantas adversidades juntas. Ella no. Incluso le dio por realizar labor comunitaria en los barrios con un grupo de gente afín. A veces me los encontraba reunidos en el nuevo apartamentico de LauraÉ, situado entre la Solano y la Libertador. Todos parecían cortados por el mismo patrón de bohemia contestataria U-U-UCV. Se reunían a la vera de un tocadiscos  que machacaba sin cesar todo el repertorio de baladas de la nueva trova cubana. Allí se daban con supremo ahínco a criticar con denuedo, a descalificar a diestra y siniestra, a fumar como pupilos de Mandinga y a hacer planes de reformas. LauraÉ conocía someramente de mis actividades políticas y comerciales pero, afortunadamente, nunca las mencionó en el corrillo: me hubieran caído cual jauría desaforada.
—LauraÉ, ¿por qué no te vienes a vivir conmigo? Voy a comprarme un apartamento en Santa Rosa de Lima, de tres habitaciones. Podrás tener tu propio espacio y, sobre todo, habrá lugar suficiente para el bebé. Algo más sano que este...
        Iba a decir cuchitril. Su mirada límpida me desarmaba.
        —Gracias, pero no. Sé que lo haces de buena fe. De todas maneras, lo tendré muy en cuenta.
        — ¿Por qué no...?
        —No insistas, hermana.
        La barriga le aumentaba de tamaño. Estaba engordando por todos lados.
        —No es prudente seguir frecuentando esos barrios, LauraÉ...
        —Tranquila, hermana —me decía y yo tenía que callar.
        Las campañas internas de los dos principales partidos se habían convertido en sendas batallas campales.
        —Lizarraga fue a conversar, a instancias del presidente, con el viejo caudillo —me refería Fedora—. Pero qué va, ese señor no da su brazo a torcer. Amenazó con que va a echar a la calle todas las trapisondas del gobierno si no se le reconoce, por unanimidad y aclamación, como candidato presidencial. Por supuesto, no hay que fatigarse mucho para comprender que se refiere a Lizarraga y a esta servidora. No nos perdona el que no lo adoremos como a Dios Padre Todopoderoso.
        El doctor Rubén Arnoldo Rovira me incluyó en una comisión de su comando que fue a dialogar con representantes del hiperactivo ex presidente para negociar una tregua.
        —Estamos peor que en la guerra de los cinco años. Si no llegamos a un armisticio rápido aquí los únicos que van a salir gananciosos son los zamuros —sentenciaba mi futuro suegro.
        Luego de tres días de deliberación, llegamos a varios acuerdos para evitar resquebrajamientos en la unidad del partido. Aprendí mucho del juego de fintas y sombras, del regateo y de las sutilezas del toma y dame políticos. Pero lo principal de ese cónclave fue que conocí a Javier Grimán. Hicimos buenas migas de inmediato.
        —Ay, Ornela, zi tú zupiéraz laz cózaz que me pone a hazer “Bicho Loco” —me decía, en un aparte, una noche que cenábamos en su finamente decorado dúplex de Valle Arriba.
        — ¿Quién? —inquirí.
        —El prezidente, chica. Lo llamo azí porque ez un hombre intranquilízimo. Que quede entre nozótroz, ¿okey? Ahora quiere que me vaya para Europa con él un mez. Zi fuéramoz nada maz que a pazear y a vizitar a zuz amígoz loz réyez de Ezpaña todo eztaría chévere. Pero ze enfrazca en una reunidera con loz jéquez zaudítaz por aquí, con la zozialdemocrazia italiana por allá, con el zecretario de la ONU por acullá. Cualquiera diría que todavía ez prezidente de la república.
        —Es un hombre incansable, ¿verdad? —comentaba yo.
        —Y ezo que no lo haz vizto por laz nóchez, cuando le da por vizitar loz naiclúbez de Marbella y loz cazínoz en Montecarlo.
        —Y tú bravísimo —ripostaba yo.
        —Mija, de vez en cuando hay que echar un zueñito.
        Más extraordinariamente encantador no podía ser Javier Grimán. Parecía haber nacido con un don natural y exquisito para ser el perfecto anfitrión. Se lo presenté a Fedora y, tal como lo pronostiqué, simpatizaron al primer encuentro. Cuidando ex profeso de que no trascendiera al exterior nuestra amistad, nos reuníamos los tres en su dúplex de Valle Arriba para unas discretas juergas privadas.
        El panorama de la política mostró, al fin, signos de despeje. El viejo caudillo copeyano ganó la candidatura por aclamación forzada, si bien no consiguió defenestrar al doctor Arnulfo Lizarraga y, por mampuesto, a Fedora. Carcomido por la soberbia, hacía catarsis en las entrevistas de televisión y en los mitines públicos, descargando su ira sibilina como si fuera el abanderado de un movimiento de oposición, olvidando que el suyo era el partido de gobierno. En la acera de enfrente, mientras tanto, el doctor Rubén Arnoldo Rovira no pudo remontar la cuesta y perdió la nominación con todos los honores. No obstante, siendo el bregador político que era, logró alcanzar importantes acuerdos, preservando una influencia determinante en las estructuras del partido a la par que se resteaba con el hiperactivo ex presidente. Cuestión que aproveché (rauda y presurosa) para incrementar mi amistad con Javier Grimán.
        Mi noviazgo con Arnaldo se metamorfoseó en un oasis de calma. De hecho, en el único refugio de cordura de que disponía. Permanecer con él era la única vía para tranquilizarme a lo largo de ciertos períodos. Tuve que llevarlo de la mano y con mucho tacto por las trepidantes residencias del amor carnal. Tal cosa me producía, lo admito, mayor satisfacción que hacerlo con otros tipos, con quienes asumía (casi por obligación) un rol pasivo. Lo disfrutaba, es cierto. Pero con Arnaldo era yo quien agarraba la batuta, convirtiéndome en guía confiable para irle descubriendo nuevas experiencias. Recuerdo, por ejemplo, la primera vez que tomé su pequeño miembro en mi boca. Al principio se incomodó un tanto (yo me sentía algo nerviosa pues también estaba debutando en el sexo oral: solo lo había visto ejecutar en videos porno). Intentó hacerme ver que eso no era muy aseado. No le hice caso y continué succionando. Al ratico, lo único que se escuchaba era su respiración entrecortada y su graznido de osito regalón musitando:
        —Mmmmm, bien... Mmmmmm, bien...
        Finalizado el acto amoroso:
        —Papi bello, te amo. Soy tuya. Pídeme lo que desees y te complaceré.
        —Prepárame una palangana de café con leche. Mmmmmm... bien.
        Descubrí que me placía enormemente cocinarle. Por fin se apoderaba de mí el espíritu doméstico.
        LauraÉ dio a luz un precioso varón. Era muy blanco y muy rubio.
        —Tú como que le pusiste cachos al que te conté —bromeé con ella, el bebé en mis brazos. Se hizo la desentendida. Era su indicación de que no le gustaban mis chanzas.  Me dio por revivir los amables agobios  con que la victimizaba cuando niñas—: ¿A quién salió este nené lindo tan catire? Esta preciosidad no es un salto p’atrás, es un salto p’alante, no juegue.
        Me gasté una pequeña fortuna en la canastilla y otros regalos.
        — ¿Ya pensaste en el nombre, LauraÉ?
        —Pedro Pablo ... Pedro Pablo Pérez Pirrone.
        El niño (no podría ser de otra manera) se convirtió en el principal vínculo entre LauraÉ y yo. Sencillamente, me volvía loca por él.
        — ¡Qué cosa más bella! —exclamaba yo, cambiándole los arruchaditos.
        —No lo mallugues tanto que después se malacostumbra —me reclamaba ella con un tonito de escondida complacencia.
        Fue una sorpresa descubrirme debilidades maternales. A partir de los tres meses, Pedro Pablo, al sentir mi cercanía, se desvivía en gorgorinos de dicha y en sonrisas que me mostraban sus desnudas encías. No resultaba extraño (¡de cajón!) que los pocos momentos que podía robar a mis actividades los dedicara íntegramente a Pedro Pablo y  a LauraÉ.
        —No. Que venga ella y me presente a su hijo. Si todavía abriga algún sentido de la vergüenza y de la honra, es ella quien tiene que venir —repetía mi mamá cada vez que la invitaba a conocer a su nieto. Ahora vivía sola en Las Acacias, con unos pericos enjaulados, sus perennes cigarrillos que le provocaban ahogos de tos y su testarudez morganática. Yo estaba conteste de que no daría su brazo a torcer, pero tanto va el cántaro...
        Nuestro acto de graduación contó con la presencia del gordiflón y refranero presidente de la república y del doctor Arnulfo Lizarraga, por un lado (no era para menos: Fedora se veía muy atractiva con su toga y birrete); y, por el otro, con la asistencia del flamboyante e hiperkinético ex presidente (invitado especial de mi futuro suegro y de Javier Grimán, nuestro gran amigo). No faltó el gran despliegue de periodistas, micrófonos y cámaras. Los comentaristas auguraban que los mecanismos de concertación política habían visto la luz y hasta se hablaba de cierta alianza táctica entre el presidente, el ex, el doctor Lizarraga y el doctor Rovira. La fiesta posterior, en un hotel cinco estrellas, no se quedó atrás. La decoración y la organización general corrieron por cuenta de Javier. Todo el mundo lo elogió fervorosamente. Bailamos hasta el amanecer con la Billo’s y Los Melódicos. Una noche inolvidable, en suma. Al día siguiente, partimos en un minicrucero hacia Los Roques, La Orchila y La Blanquilla, el aspaventoso ex presidente, el doctor Lizarraga, Fedora, Javier y yo. Arnaldo se quedó tranquilo en tierra cuando le dije que no era un viaje de placer sino una excusa para que los dos políticos conversaran a solas. Ambos se encerraron, durante casi todo el trayecto, con Óscar Zavala, propietario del yate (de quien luego me enteré que se había hecho millonario vendiéndole tanques y misiles a los militares) a discutir problemas de alta política. Fedora, Javier (ataviado con un hilo dental minimalista) y yo nos bronceábamos en cubierta o en las arenas de blanquísima textura bañadas por aguas opalinas. ¡Qué días tan maravillosos pasamos! Al ex lo vino a buscar un helicóptero a La Orchila, sin duda por causa de graves asuntos que reclamaban su presencia. Javier tomó la determinación de permanecer en el yate con el compromiso de reencontrarse con él en Nueva York una semana más tarde. ¡Ah!, para no dejarlo de ese tamaño, pude darme cuenta a plenitud que el doctor Lizarraga estaba perdidamente enamorado de Fedora (pero ella no tanto de él). Sin embargo, se tomaban un gran esfuerzo para disimularlo ante Javier y yo.
        De vuelta en Caracas, me entregué de lleno a la campaña electoral y a los negocios. El doctor Rubén Arnoldo Rovira me sorprendió un día con la noticia de que mi nombre aparecería en la lista de candidatos a diputados por el estado Cojedes. Las piernas me temblaron.
        —Pero si yo ni siquiera sé hablar en público —argumenté.
        —No te preocupes. Lo importante es que ya la dirección nacional del partido se fijó en ti. Tienes madera y debes aprovechar esta oportunidad que se te brinda para descollar —me aseguró mi futuro suegro.
        Las ventas aumentaban en volumen gracias a las oportunas recomendaciones de Fedora. Me cuidé, bien entendido, de aportarle sus correspondientes gratificaciones. La reticencia a recibirlas había quedado atrás hacía bastante tiempo.
        —Hay una cosa que te voy a pedir —me dijo una vez.
        —Dime.
        —Sabes que es peligroso deambular con estas cantidades en efectivo. Por lo tanto, quisiera solicitarte un favor.
        —Por supuesto.
        —Tengo en Miami una cuentica en dólares desde hace algún tiempo. Como dices tú, en previsión de cualquier percance. Quisiera que fueras allá y me depositaras todo ese dinero. Así será más seguro para ambas.
        —Perfecto, y me cae de perlas tu petición porque Javier me invitó a una fiesta la semana próxima en la nueva casa que compró allá. Cuenta con eso, Fedora.
        Me tomó de las manos con una cierta emoción que le venía de muy adentro.
        —Sabes, manita, que eres una amiga muy pero muy especial.
        —Gracias, Fedora. Lo mismo pienso de ti.
        Después de una pausita, se levantó y fue hacia el balcón que mostraba una espléndida vista nocturna de casi todo el valle de Caracas.
        —Estoy embriagándome con esta fabulosa panorámica de la ciudad. Déjame degustarla con el placer misterioso de las despedidas porque, dentro de poco, ya no estaré más aquí.
        Fui hacia ella, consternada.
        — ¿De qué estás hablando, chica?
        Dirigió su rostro hacia mí. Había dominio de sí misma y tranquilidad en su semblante.
        —No debemos ser ingenuas, Ornela. Después de la transmisión de mando, nuestros numerosos enemigos se arrojarán en contra mía y me arrastrarán por el lodo. Ahorita no se atreven a hacerlo porque el temor al poder los inmoviliza.
        —No, eso no será así. Siempre habrá personas que te defenderemos.
        —No podrás hacerlo, manita. La confabulación ya se ve venir y es enorme, gigantesca, como las montañas de Los Andes. Será muy difícil enfrentarse a ello. Sé bien lo que me espera. Sólo confío en que Dios me dará suficientes energías para soportar el alud de calumnias con que nos van a lapidar.
        —Pero el doctor Lizarraga es un dirigente con suficiente peso específico y, sin duda, obtendrá los arreglos necesarios para que tanto él como tú no se vean implicados en ninguna sentencia condenatoria. Es más, tengo entendido que él habló con mi futuro suegro, que es el hombre del control en los tribunales de este país, y ya existen las garantías de que ustedes no serán molestados.
        Fedora se inclinó hacia adelante, deslizando su busto por encima de la broncínea baranda del balcón.
        —Eso es cierto, pero a nivel macro, como dicen los tecnócratas. El problema reventará con tanto dirigentico medio y realengo, de esos que abundan como la plaga. Te garantizo que serán ellos quienes soliviantarán la opinión pública contra nosotros. Los ánimos retaliativos están esparcidos por todos lados. Al lanzar el primer peñonazo se formará una avalancha. Gracias a Dios que ya hemos tomado previsiones sobre el particular.
        Se irguió, nuevamente, y me tomó por el brazo.
        —Pero no hablemos de las cosas tristes que todavía no han sucedido. Vamos adentro y tomémonos unos cuantos tragos que la vida hay que disfrutarla. ¿Oh nones?
        Exactamente una semana después ocurrió la fiesta en Miami. Arnaldo me acompañaba con la intención de contactar firmas exportadoras de alimentos y poder, así, incrementar significativamente nuestra capacidad de suministro. Ocupamos un condominio que nos consiguió Javier, cedido gentilmente por nuestro amigo el propietario del yate y vendedor de armas.
        Fue la noche en que conocí a Benny.
        Benny. Oh, Benny.
        Yo nunca había sabido lo que significaba sentirse descubierta y desnudada por una mirada. Mis labios ansiaban decir una cosa y se escuchaba otra. Mis manos deseaban acometer una acción y terminaba haciendo algo distinto. Benny podía hacerme arquear de la risa o condolerme de mis propias miserias. Desde el primer momento en que lo vi aprendí que era el dueño de un arpón invisible capaz de desarmarme sin que yo pudiera ejercer resistencia. Supe, por instinto, de las complicaciones con que iba a encofrar los barnizados cristales de mi existencia y no hice nada por evitarlo. Es como cuando te dicen de niño que no masques chicle porque se te pican los dientes y uno los sigue rumiando porque son dulces y saben rico.
        — ¿Por qué tienes que ser tan mentiroso? —le pregunté, luego que me contara una sarta de aventuras suyas que me divirtieron muchísimo.
        Benny me miró a través de la copa de vino blanco que acababa de apurar.
        —Porque esa es la maldición del judío errante que me persigue desde que mi tío Abraham le quemó la mitad de la tienda a su socio Yitzhak.
        Reí nuevamente con ganas.
        —Además, ¿qué es eso de ponerme en evidencia delante del público? ¿Acaso te mentí cuando te aseguré que aquí servían the best seafood in the whole Dade County?
        Miré el reloj. Recordé que me le había escapado a Arnaldo con la excusa de que iba a un shopping mall acompañada por Javier (a quien recomendé que, ni de casualidad, me telefoneara en el ínterin).
        —Ya vámonos —dije.
        —Voy al baño primero. Si no he regresado, de aquí a una hora, te agradecería que lavaras también la parte de los platos que me corresponde.
        — ¿Qué?
        —Aw, forget about it.
Le pedí que no se detuviera frente al condominio.
        — ¿Te puedo acompañar aunque sea hasta la puerta? Si el doorman no me ve, voy a perder la apuesta.
        — ¿De qué hablas, Benny?
        —Le aposté five bucks que te iba a dar un beso apasionado en el umbral de tu condominio precisamente a esta hora, las once y cuarenta y cinco PM.
        —Oye, pero qué abusivo...
        Obviando explicaciones, me tomó el rostro. Sin oponer resistencia, cerré los ojos y abrí la boca mientras unas cosquillas de papel de seda me hacían erizar toda. En algún extraño momento reaccioné con una sacudida y pude apartarme.
        —Perdiste la apuesta —le dije y me salí del carro antes de que volviera a intentarlo de nuevo, paralizándome.
        Arranqué a caminar rumbo al condo. Me seguía a corta distancia.
        — ¿Qué haces? ¡Anda vete! —le ordené.
        — ¡Señorita, estoy perdido! ¡Ayúdeme! —gritó desde el volante, dándole a su voz un simulacro feminoide. A duras penas disimulé la risa.
        Me acerqué hasta la ventanilla.
        —Cállate, necio, que vas a despertar a todo el vecindario.
        — ¿Salimos mañana, sweet little baby? —sus ojos entrecerrados refulgían en la penumbra acuosa de la noche mayamera.
        —Yo te llamo —oí mi boca decir.
        — ¿A qué hora? —insistió.
        Miré hacia el condo. La luz nuestra estaba encendida. Arnaldo podría asomarse en cualquier momento.
        —No sé. Cuando me desocupe. Tengo un montón de cosas que resolver. Pero ahora, por-fa-vor, már-cha-te. ¿Sí?
        —Gee, pussycat —me dijo con una melodramática expresión que incluía los dientes apretados y cierta deliberada bizquera. Acto seguido, se alejó, deteniéndose más adelante mientras yo terminaba de llegar.
        Esa noche, Arnaldo y yo hicimos el amor de manera muy convencional. En realidad, con la excepción de ciertas proezas exploratorias esporádicas, no éramos muy dados a la experimentación salvaje. Me sentía bastante tranquila así. Me inquietaba la imagen de Benny: se me presentaba de golpe, a ramalazos, en medio de las turbulencias atmosféricas de la coyunda.
        Logré tacharlo de mi pensamiento enfrascándome en numerosas actividades. Fui con Arnaldo y Javier a contactar varias firmas exportadoras de víveres. Cotejamos precios, condiciones de embarque, especificaciones sanitarias, trámites aduaneros y, en fin, todo lo pertinente. Javier nos resultó de invalorable utilidad porque poseía un universo de relaciones. Decidí darle una participación en el negocio, cosa que le encantó sobremanera: “No me cae nada mal ponerme en únoz churúpoz écztraz”, nos reveló.
        Varias veces repicó el teléfono.  Arnaldo respondía y le colgaban. Era él.
        Javier me convenció de permanecer varios días más en Miami, mientras Arnaldo regresaba a Caracas a tramitar el recibimiento y despacho de la mercancía adquirida.
        —Hay un gentío que dezeo que conózcaz.
        Asistimos a varias recepciones. Me presentó al alcalde de Miami, al fiscal de distrito, al presidente de la cámara de comercio, a un gallego cursilón que cantaba baladas perfumadas en cinco idiomas, a una delgadísima duquesa filipina que parecía extraída de un figurín, a tres aburridos ex presidentes centroamericanos que mataban el ocio jugando golf en el Fontainebleu, a una pintoresca modista cubana que se perfilaba como la Coco Chanel del Caribe, a una casquivana actriz venezolana de telenovelas a quien llamaban “La Bati-Bati”, a un protocolarmente obsequioso pintor colombiano de cuadros carísimos pletóricos de gordos estrambóticos. Javier me describía las travesuras mundanas de todos estos personajes con comentarios graciosísimos. Durante varios días logré desplazar a Benny de mi memoria.
        Pero apenas me vi sola, dudé. Cogí el teléfono para llamarlo. Me arrepentí. Decidí marcar el número de LauraÉ. Me puso a Pedro Pablo y salté de alegría escuchando sus primeros intentos por balbucear unas graciosas palabritas. Cuando colgué, volví a sobrecogerme. Impulsivamente, telefoneé a mi mamá. Después del regocijo de hablar con mi hermana y su pequeño, me resultó deprimente enterarme de que mi madre no se sentía bien. Estaba más ronca que de costumbre. Conocía su testarudez pero, después de una amable reconvención, logré convencerla para que acudiese al médico.
        Luego, no aguanté más y lo llamé.
        Dos días. Fue una escapada de dos días. Le solté una excusa extravagante a Javier y me marché con Benny. El plan original era irnos a una playa, pero estuvimos encerrados desnudos cuarenta y ocho horas en un Pent House de Coral Gables. Normalmente, habría enloquecido por  tanto tiempo  encerrada entre cuatro paredes. Benny me mantuvo ebria con unos besos suculentos, con unas caricias que me ponían la carne de gallina y con su imaginación prodigiosa para improvisar en la cama. Me cubría con un manto de leche condensada tostada para luego lamerme con avidez de beduino chocándole a un oasis. Me inducía a trazar contorsiones de maromera rusa en el mesón de la cocina, dentro del jacuzzi, encima de la alfombra del recibo. Nos dio por el exhibicionismo (al principio creí morir de vergüenza) e hicimos el amor de pie en el balcón (los carros nos corneteaban al vernos). Me hizo desmayar de placer poseyéndome contra natura. Llegó un momento en que tuvimos que evitar excitarnos por el escozor en nuestras partes pudendas. Entonces me amenizaba la existencia desbrozándome su inverosímil repertorio de mentiras. Yo permanecía plácidamente entredormida con mi cabeza descansando sobre su pecho. Me tenía drogada.
        De repente, experimenté la desazón de mil universos reclamándome.
        —Me marcho —enfaticé, levantándome de un salto para correr a ponerme la ropa y recoger mis cosas. Mi sentido de realismo me impulsaba a escapar de ese mundo fantasioso donde podía yo también sucumbir. Era en extremo deleitante, no lo dudo, pero podría ser peligroso, (no me pregunten por qué: las profundas reflexiones no son mi fuerte) y, de golpe, sentí un temor calcado sobre plumeros eléctricos.
        Benny permaneció perezosamente en la cama, observándome. Una persona normal habría exigido explicaciones y formado una escena de reclamos.
        —You’ll be back —fue su único comentario.
        — ¿Perdón?
        —Te buscaré en Caracas.
        —No te veré más —aseguré, temiendo que algún asomo de vacilación se escurriera por los rizos de mi garganta.
        Terminé de arreglarme. Me volteé y lo miré. Si me lo hubiera pedido, me habría desnudado otra vez.
        —Pásale el seguro a la puerta — murmuró y se hizo el dormido.
        Volví a casa de Javier con los pies hormigueándome. Si sospechó algo al recibirme de nuevo, no lo evidenció.
        Traté de olvidarlo. El problema es que, cuando me quedaba sola, tomaba el teléfono y lo llamaba. Repicaba y repicaba, sin respuesta.
        Sabía que eso no podía durar. Debía retornar a mi vida normal, a mi estabilidad, a mi realidad. Había vivido un romance pasajero y las cosas ya buscaban sus derroteros habituales. Bien. Así tenía que ser. Ya bastaba de locuras y descontroles.
        Regresé a Caracas. Arnaldo me esperó en el aeropuerto. Era mi amigo, mi novio, mi socio, mi lazo indestructible con el mundo vívido y tangible. El aire de la rutina incansable y bienhechora se apoderó de mí otra vez. Seguía siendo la Ornela de siempre.
        La importación nos deparó una jugosa rentabilidad. Estábamos ganando millones. Le propuse a Arnaldo comprarnos una casa. Ya iba siendo tiempo de afincar lo nuestro, argüí.
        —Mmmmm... bien — asintió, con su adorable indolencia.
        Fedora y yo conversábamos todos los días. Le propuse asociarse conmigo evitando, por supuesto, que su nombre apareciese explícitamente en los registros de comercio y las operaciones. Aceptó encantada.
        LauraÉ se había empleado de nuevo... ¡en televisión! Me alegré muchísimo. Pedro Pablo crecía sano y hermoso. Era un niño inteligentísimo, cariñoso y despierto. Mi adoración por él se incrementaba hasta más allá del cielo. No me cansaba de comprarle obsequios que lo enloquecían de felicidad.
        —Ornela, necesito que me hagas una segunda —me pidió LauraÉ, demostrándome que (al fin) necesitaba de mí. ¡Si hubiera notado cómo desfallecí de gozo!
        —Dime, hermana.
        —Esteee... bueno, que necesito que vengas esta noche y te quedes con Pedro Pablo porque tengo un compromiso.
        — ¿Ajá? ¿Y quién es la víctima? —bromeé.
        —Vente y lo conocerás.
        Gerardo Farfán no me cayó bien. Era medio pomposo y se le veía lo autoritario a flor de piel. Deseé profundamente que LauraÉ no se equivocara esta vez. Ella se dio cuenta.
        —Tú y tus pálpitos locos —me dijo al oído cuando la besé en la mejilla al disponerse a partir con su nuevo amigo.
        —Cuídate, LauraÉ.
        Jugué con Pedro Pablo hasta que lo cansé (alrededor de medianoche). Permanecí alelada viéndolo dormir (parecía un angelito de los catecismos) y preguntándome cómo sería cuando tuviese mis propios hijos.
        A la noche siguiente, luego de una larga jornada de reuniones y negociaciones de toda índole, vi que  mi mamá tenía la piel cerúlea y ajada. Pensé que, a lo mejor, sería por causa de la virosis que la había aquejado hacía poco.
        —Me voy a hospitalizar pasado mañana —escuché su ronquera reflejarse en el papel tapiz de las paredes.
        La miré y sentí un nudo atosigante atrincherarse en mi estómago.
        —Tengo un tumor en el pulmón izquierdo.
        Luché para no desintegrarme de dolor y miedo.
        —Me lo van a extirpar.
        Mi cabeza se resbaló a la vera de un tiovivo de anime. Los colores se convirtieron en unos esguinces meteóricos. No, no, no. No a mi mamá. ¿Por qué a ella? Dios mío, imploré, que no sea, que no sea, que no sea, que no sea...
        Tomé sus huesudas manos y la estreché con toda la fuerza de los cinco mundos, de los siete mares y de las noventa galaxias.
        —Mami, te quiero...
        Por primera vez en la vida, la sentí sollozar.
        —Jamás te abandonaré, mami —y besé su pelo y su frente—. Buscaremos los mejores médicos, te llevaré a las mejores clínicas.
        No pude contenerme más y lloré sintiéndome una chiquilla asustada.
Benny llamó poco tiempo después.

lunes, 30 de enero de 2017

Noventitantos (V)



Capítulo XXXXX

Todo hubiera salido a pedir de boca  de no haber sido por la fuckin’ intransigencia y la maldita negativa a todo lo que representase cambio, variación, sacudimiento. ¿Qué tiene esta raza, damn it!, para seguir aferrada, después de cuatro mil años, a esa absurda arrogancia de creerse elegidos? Me lo merezco por iluso.
No quisieron, en su infinita testarudez, aceptar ninguna de mis sugerencias. José, incluso, tuvo la desfachatez de echarme en cara, ante la mesa plena de manjares kosher, la supuesta falsedad de mi diploma —si supiera del esfuerzo del cachaco Laureano para elaborarlo con el máximo de realismo—, sacando a relucir, también, el dispendio que significó mi estadía en Eley, mientras él se quemaba el pecho con el viejo, procurando ahorrar en previsión del mañana —aprovechando para citar la fábula de la cigarra y la hormiga, su favorita—. Ni corto ni perezoso, le respondí de inmediato que, simple y llanamente, él no pasaba de ser un obtuso sin iniciativa propia. El viejo arrojó el kipá sobre el mantel y masculló —en un papiamento de yídisch, ruso y venezolanadas— su inconformidad y molestia por la desavenencia entre sus dos hijos. “¿Porrrr qué no podíamos”, exclamó, “tolerrrrarrrnos el uno al otrrro?” La vieja, por su parte, insistió que la ocasión no era la más conveniente para dilucidar problemas mundanos y de ganapán. Que siempre deberíamos tener presente el ejemplo de Sarah, nuestra hermana, que había abandonado todo y ahora vivía en un kíbutz, trabajando arduamente con sus manos para hacer brotar de la tierra inhóspita de nuestros ancestros los frutos duramente logrados. Que los goyim no serían quienes nos ayudarían porque pertenecían al mundo de lo ajeno y de lo impuro. ¡Y yo ni siquiera los había mencionado! Mas ya tenía establecido que José continuaría, sin desmayar, con su discreta y artera labor de zapa. No me quedó más recurso que levantarme e irme, dejando atrás cierto aire de tedio ante la enésima repetición de la misma cantaleta. Los viejos, en su disgusto, no se atrevieron a levantar la vista del plato.
Es increíble la manera como la gente tiende a enredarse en sus propias madejas. Por todo causan complicaciones inverosímiles. Crean convencionalismos de la nada; en principio, con la sana intención de invocar las abstrusas cábalas que modifiquen el probable infortunio o afiancen la anhelada dicha, y luego con la absurda pretensión de regular las actividades nimias de la supervivencia. Y hasta ahí llega su utilidad porque, a medida que los conglomerados se tornan más y más complejos, los convencionalismos y las cortapisas se transforman en yugos y garrotes viles, en paredones de fusilamiento moral y en cárceles que encierran, ahogan, aplastan y sepultan a las mismas gentes que los inventan y a todo aquel que se atreva a tener un criterio un tanto heterodoxo. El problema es que el mundo prosaico goza autolimitándose. Lo disfrutan a plenitud. No son sino una partida de masoquistas atávicos. Screw the rules and regulations! Para todo existe un reglamento, un ceremonial y una liturgia. El más absurdo de todos es el que impone a esta raza ungida del Señor no mezclar nuestra sangre ni nuestra semilla con los, así llamados, gentiles. Eso fue lo primero que me recalcaron cuando me fui al Norte. Menos mal que no se enteraron de que Cheryl era una WASP de Tulsa, Oklahoma, porque si no me hubieran execrado.
¡Cómo me costó olvidarla! Tuve que poner un buen pedazo de continente de por medio y unos cuantos meses para lograrlo. Estuve, lo confieso, tentado de volver a Eley a buscarla las cuatro o cinco veces que viajé a Miami. Fue con gran esfuerzo de mi parte que evité hacerlo. El antídoto lo constituyó el atiborramiento de trabajo y la compañía de unas cuantas chicuelas vagabundillas.
Para excusar lo intempestivo de mi llegada, conté que sentía una gran nostalgia por la familia,  que me daba grima pensar en la salud del viejo y que no aguantaba la idea de mi lejanía en momentos en que se me necesitaba. Moisés Möllerstein, mi padre —el susodicho—, fundador-propietario de Importadora “La Selecta” C.A., se manifestó complacido por la vuelta de su hijo pródigo y lo designó, de un plumazo, gerente administrativo. Confiaba, reveló arrastrando las erres en la mescolanza de hasta cuatro lenguas que utilizaba en el seno familiar, en que, dentro de poco, podría descargar todas sus tareas en manos de sus dos vástagos. A los quince días me llegó, vía courier, el diploma elaborado —con destrezas de falsificador cinematográfico— por el veteranísimo Laureano, acompañado de una larga carta donde me explicaba que se mudaba para Tampa aprovechando una oferta de trabajo con unos paisanos y anexaba su nueva dirección y teléfono. Mostré el diploma con orgullo a los viejos y lo colgué en la oficina que me asignó el bueno para nada de José en la sede de la empresa, muy  cerca de la avenida Fuerzas Armadas, al fondo del depósito atestado por más de treinta años de acopio de mercancías. El cubículo tenía las paredes manchadas por las filtraciones, la alfombra disparaba partículas de polvo al pisarla y el trotar de los roedores se dejaba oír  por encima de las láminas de yeso del techo raso. Para complementar la panorámica, el aire acondicionado hacía añísimos que no recibía mantenimiento y el sol de las tardes, que me pegaba frontalmente, me ponía a sudar con la profusión obligada y esperada de los descendientes de Abraham. “Es provisional”, me aseguró mi hermano mayor. “Cuando las ventas se recuperen acomodamos el piso de arriba con tabiques y te mudas”. Me fui de sucker y se lo creí.
Llegué a pensar que una nueva era se abría ante mí. Rompí las fotos de Cheryl y me dediqué al trabajo con ahínco. Revisé los procedimientos y comencé a generar propuestas para optimizarlos. Le hablé al viejo y a José de la necesidad de automatizar la contabilidad, la facturación, el control de los inventarios, los registros de clientes y proveedores, etc. Matizaba mis peroratas con los términos en boga de la ciencia administrativa. Se hacía imperativo el abrirle a nuestros clientes sus respectivos expedientes, como se estilaba en las grandes corporaciones, solicitándoles sus registros de comercio, referencias comerciales y bancarias, balances, estados de ganancias y pérdidas. La memoria del viejo ya no era suficiente para retener tantos datos, ni aun al unísono con la de José. Cada factura debía ser emitida con su correspondiente letra de cambio. Era necesario contratar agentes viajeros y asignarles zonas de trabajo exclusivas, en vez de estarnos desplazando nosotros por toda Venezuela. “Está bien”, me dijo el viejo —y José consentía por lo bajito y desganado—, “perrrro mientrrrrras se rrrrecuperrrran las ventas seguimos trrrrabajando como hasta ahorrrrra”. Santa palabra. En ese plan me tuvieron un largo tiempo.
No tardó mucho en que se me planteara la necesidad de visitar yo también a la clientela. “Hay que descarrrgarrrrle ocupaciones a José”. En la sempiterna búsqueda de reducción de costos, salía en mi propio carro —menos mal que era un LTD recién sacado de agencia—. Acompañado por un pesado y grueso muestrario, cogía la ruta de Valencia, Barquisimeto, Trujillo, Valera, Mérida, San Cristóbal y puntos circundantes, deteniéndome en las ferreterías y quincallas que siempre nos habían comprado. Les vendía una amplia gama de menudencias: desde nylon importado de Taiwán, pasando por navajas, tijeras, bombas de achique, limas, seguetas, machetes, aperos, cuerdas para guitarra, balones de cualquier deporte, candados, cavas, termos, carpas, cordeles y todo tipo de herramientas, hasta llegar a los implementos de cocina, aparejos de pesca, bidones, taturos y piedra pómez para rasparse los callos y los juanetes de los pies. No puedo negarlo, lo llevaba en la sangre. Era un singular vendetutti, hablachento y petulante. Lo único que me faltaba era dármelas de “consíguemeto’eso”, o como dicen los gringos,  you name it, I’ve got it. A los insatisfechos consuetudinarios los desarmaba con el viejo estribillo: satisfaction guaranteed or your money back. En pocos meses ya poseía un repertorio de frases consabidas que podía recitar automáticamente con acentos guaro, gocho —en sus tres modalidades: trujillano, merideño y tachirense—, maracucho, llanero y oriental. Lo único que me faltaba era convencer a mis compradores de echarse palos conmigo, pero lo tenía expresamente prohibido por el viejo —no recuerdo cuál versículo de la Torá era pertinente con respecto a la caña y el comercio— y, por añadidura, todos ya tenían unos cuantos almanaques encima por lo que —me imagino— se mantenían el hígado tonificado con sus buenas dosis de Litrisón.
Lo malo de la viajadera era la soledad y el anonimato homogéneo de los hoteles. Llega un momento en que  todos te parecen idénticos —de hecho lo son—. A José, que tenía asignada la zona de Oriente y Guayana, le encantaba un cuchitril. De ahí, entonces, que su cuenta de gastos era reducidísima, por no hablar de su inveterado monocuquismo. Le era fiel —como Rin Tin Tin al pequeño cabo Rusty— a la narizona Ruth Gouldberg, su esposa desde hacía casi diez años, una inflexible adicta a todo lo que oliera a sobaquina de rabino y sahumerios de sinagoga. Gracias a Yijova que resultó estéril porque ningún hijo se hubiera calado a semejante ladilla de madre. Yo, por mi parte, me hospedaba en los mejores hoteles y me dedicaba a hacerles ojitos a las hijas de los ferreteros y quincalleros. Hubo algunas —las más gálfaras— que picaron el anzuelo y fueron pasadas— ¡albricias, Chancleto! —por las armas circundadas  A todas les contaba las aventuras que se me venían a la cabeza sobre mis andanzas en Los Ángeles, Las Vegas y Tijuana. Debo considerar que tuve suerte porque mi figura no es la de un Apolo. Aún no frisaba los treinta y  ya tenía un par de entradas profundas en la frente, indicios de cierta calvicie heredada de Moisés Möllerstein, del padre de éste y de quién sabe cuántos más hasta la estirpe del profeta Ezequiel. Procuraba disimular mi nariz ganchuda con un bigotón chorreado. Todas las mañanas —siempre y cuando no estuviera enratonado —hacía sesenta push ups y otros tantos abdominales metiendo los pies debajo de la cama, por la tendencia innata a desarrollar lipa. No soy muy alto y la expansión en horizontal me achataba por los polos y me abultaba por el ecuador. Sin embargo, no puedo quejarme. Con esta labia que Yijova me dio compensaba la carencia de atributos físicos. Más de una se dejó horizontalizar con tanta cotorra. Por algo soy campeón absoluto de la coba y del camelo. Y, no menos importante, contaba con la inmejorable contribución de Chancleto, quien nunca me había dejado mal parado.
Pero no todo era titties and beer, como diría Frank Zappa. Me dediqué concienzudamente a recopilar toda la información disponible tanto sobre nuestra competencia como acerca de la posibilidad de reclutar clientes inéditos. Con el boom petrolero de años recientes habían aparecido nuevos negocios en  las diferentes ciudades y nosotros, desafortunadamente, no llevábamos relaciones con casi ninguno, consecuencia de nuestra política de contentarnos con los que había reclutado el viejo durante los 40, 50 y 60. Esto tenía que cambiar, me propuse.
Acuciado por la inquietud, acopié todos los datos sobre el particular y, cuando lo creí a punto de melcocha, hablé con el viejo, exponiéndole meticulosamente todo lo que había averiguado, recalcándole el cúmulo de inmejorables oportunidades que estábamos pasando por alto. Lo único que respondió fue que esperásemos a José, quien estaba en Ciudad Bolívar por esos días.  Tuve que explicarle a éste lo mismo a su regreso. La réplica no me sorprendió. “Debemos esperar a que se clarifique el panorama. El enfriamiento de la economía ha provocado la quiebra de muchas empresas y la gente no habla sino de comprar dólares porque se aproxima una devaluación, así que nadie está adquiriendo nada”.  Manifesté, de seguidas, que eso era impensable, el bolívar seguirá valiendo 4,30 por dólar forever and ever, la gente continuará viajando a Miami a comprar y ahora era el momento para conquistar nuevos clientes y traer más mercancía de Hong Kong y Taiwán. José, lógicamente, no estuvo de acuerdo. Muchas personas y compañías habían quedado en el aire con las quiebras del BTV y del BND, entre ellos unos cuantos clientes suyos. Además, ya estábamos en los prolegómenos de las elecciones y todo el mundo se encontraba a la expectativa. Insistí en que era ahora o nunca; no podíamos permanecer aguardando a que se aclarase la situación; había incontables oportunidades no solamente para ampliar la clientela sino también para acometer nuevos negocios en la construcción o vendiéndole al gobierno. Al respecto, estornudé envanecido, contaba con varios amigos que me aseguraban poseer los contactos en los ministerios y otros entes oficiales; podríamos venderles cuanto se nos antojara, al precio que quisiéramos, eso sí, pagando una comisioncita por aquí, otra comisioncita por allá. José empezó a mostrar rasgos de ofuscamiento. “Ahí sí es verdad que no debemos meternos”, increpó con la voz poniéndosele paulatinamente más chillona, “porque nos devoran vivos esas pirañas que son los buscadores de chances con el gobierno. Y esa gente tarda Dios y su ayuda para pagar”. Garanticé, sin darle tiempo a coger aire, que no había de qué preocuparse. El viejo, a todas estas, ni siquiera movía la cabeza, permitiendo a sus pupilas talmúdicas ir al vaivén de la discusión. “La gente con la que cuento se ocupa de todo el inside job”, exhalé con inicios de vehemencia acuñada en el zarandeo cinético de mis regordetas manos. “Lo único que necesitamos es cash para que las bisagras se aflojen y penetramos cual Moshe Dayan por el Sinaí. Si no me creen, fíjense en la multitud de avispados que se ha resuelto por todo lo alto trajinando al gobierno”. A continuación, nombré a un gentío, de todas las razas y colores, figurantes todos en la gran kermesse de la farándula política y económica nacional. “Pero bueno, ¿en qué quedamos?”, se quejó semiafónicamente José, “¿o son los nuevos clientes o es el gobierno? Para mí ninguna de las dos opciones es válida”. Salté, como jaguar sediento de sangre de váquiro tierno, para enmendarle la plana. “Es que eres un pusilánime y un falto de iniciativa que no vives sino para quejarte”. José se puso como un basilisco. “¿Qué se puede esperar de un botarate y un fantasioso como tú? Eres capaz de llevarnos a la ruina en menos de un mes”. Me apresté a sumar puntos para mi score. “¿Y qué se puede esperar de ti, un sometido incapaz de decirle a tu entrépita mujer esta boca es mía...?” El viejo cortó el enfrentamiento con un “¡Ya basta!” sonoro y seco, y mi hermano y yo nos quedamos callados durante unos segundos largos y estiradísimos. Moisés Möllerstein se levantó pesadamente de su silla y, cuando iba a salir, lo conminé a que me diera una respuesta válida a mis inquietudes. Me miró profunda y detenidamente —con una mezcla de enojo, condescendencia (no hay nada que me reviente más) y paciencia tribal—, para sentenciar, abrasivamente: “¡Porrr ahorrrra nos quedamos como estamos!” No me quedó más remedio que tragar grueso y disimular mis convulsiones aprisionadas.
Con gente así jamás se podrá progresar. ¿Para qué carrizo, entonces, lograron sobrevivir al ghetto de Varsovia? Estábamos todos condenados a medrar tras barrotes esculpidos con argamasa de restricciones seculares. Para mí no tenía ningún sentido una vida prefijada, cartabonada y atenazada en embalaje de calabozos absurdos. Tantos siglos emigrando, huyendo, aguantando pogroms, comiendo mendrugos ázimos tras barreras invisibles erigidas por ellos mismos, resultando forasteros en todos los suelos por la manía de querer preservar una manida pureza que —you bet your ass— no conduce a nada. Todo por creerse elegidos y selectos. Pero, ¿elegidos por quién? ¿En verdad somos únicos por el hecho de que nos cortan el prepucio? Aparte de tener en todo momento el glande a la vista no le veo ningún beneficio adicional a ese ritual, como a ningún otro, de paso sea dicho. No me resultaba, por supuesto, difícil comprender la verdadera razón del rechazo tajante a mis propuestas. No era sino la ancestral fobia al roce con el prójimo que no encaja con el exclusivismo de nuestra raza. Válgame Dios. Ni de casualidad entremezclarnos directamente con los rústicos goyím por no contaminarnos con sus hábitos barbáricos e impuros, como atiborrarse de cochino frito en Yom Kippur. Podíamos, eso sí, recibir sus dineros en las actividades tradicionales —por no llamarlas usurarias y propias de virtuosos en el regateo— que nuestra estirpe se autoasignó. Pero nada que se saliera de lo ortodoxo. Holy shit! ¿Hasta cuándo? ¿Habría que esperar el próximo Holocausto para darnos cuenta de que esa intencional torpeza y apatía para integrarnos es lo que provoca el rechazo por doquiera que pasamos? Los gentiles siempre han sabido que los desdeñamos. Ese ha sido el motivo fundamental de las masacres de que fuimos objeto en Rusia, Polonia y Alemania, por ejemplo. ¿Por qué no podemos adaptarnos,  mezclarnos e imbuirnos de igualdad con los demás habitantes del universo? ¿Por qué tengo que pasar por extranjero en cualquier tierra a la que me dirija?
El haber expresado estas cavilaciones en voz alta habría sido causa más que suficiente para que me expulsaran de una vez por todas del seno familiar. El viejo hubiera caído infartado y la vieja habría negado que su vientre engendró a un herético de semejante calaña. La prudencia concordó con mi silencio. Pero, god damn it!, había estado viviendo en Venezuela y en el Norte y mi mundo  no se reducía a los confines de un ghetto mental. Me gustaba vivir on the fast track. No me eran ajenas las energías para hacerlo. El ambiente estaba preñado de conjuros tentadores para toda clase de negocios. Había dinero en abundancia rondando por ahí. Uno lo que tenía que hacer era estirar la mano y no vacilar en cogerlo. Sin remilgos.
Después de aquel episodio, era natural que eludiera adicionales confrontaciones con José. Cada vez que discutía con él se me profundizaban un tantico más las entradas de la calvicie. Cortando por lo sano, inventé una reunión de ex condiscípulos en Miami. Le saqué unos greenbacks al viejo —con carácter de riguroso préstamo, aunque yo tenía la saludable intención de pagárselos el día del diablo por la mañana— y cogí el primer vuelo de Pan Am, preguntándome  por lo bajito qué tal se vería si algún loco, de esos obstinados de la vida que abundan por ahí, se diera a la tarea de secuestrar aquel 747 full de venezolanos coroteros y de cubanos gusanos, para hacerlo aterrizar en La Habana, y verles a los susodichos la cara de scared shitless ante el gesto de fieras hambrientas de los milicianos barbudos de Fidel. Chuckle chuckle...
Busqué a Laureano por los lados de Miracle Mile, en Coral Gables, y el cachaco veterano, como cosa rara, andaba en una de partying around. Le pregunté por la chamba y me dijo que era de mal agüero  ponerse a hablar, en ese  momento, de tales profundidades.
—Por cierto, viejito —me dijo, después del tercer Jack Daniels on the rocks, en la terraza de su Pent House—, esta noche hay una fiestecita en casa de Javier Grimán. Si quieres venir conmigo...
        —¿Y ese quién es? —pregunté, sobándome la panza y pensando, de refilón, en los kilómetros de jogging que desde hacía días me estaban haciendo falta.
Laureano hizo gesto de asombro.
— ¿Cómo? ¿No lo conoces? Ese es el veneco más reputado de estos contornos. Da unas fiestas de la puta madre y es amigo de todo el mundo.
— ¿Y de cuándo acá esa amistad?
        —Es que hemos hecho varias negociaciones juntos —en eso sonó el beeper que llevaba colgado del cinturón—. Disculpa, viejito. Soy esclavo de este pito. Voy que quemo y ya regreso.
                        El Pent House estaba provisto a todo trapo. Laureano hasta se gastaba una mucamita, nica o salvatrucha por la pinta. La muchachita se las traía, con sus nalguitas parecidas a un par de melones maduros que se le marcaban por debajo del uniforme de algodón.
— ¿El señor desea otra bebida? —me preguntó, casi inaudiblemente.
—By all means —respondí.
— ¿Mande? —era evidente que todavía no le entraba al inglés.
—Ah sí, por favor —clarifiqué.
Me sirvió una porción musical de bourbon y, luego, se inclinó enfrente de mí para coger unos cubos de hielo en el bucket. Pude verle las redondas y puntiagudas teticas guindando como plomadas frente a mis flemáticos ojos de semita renegado. La mano me vibró, aquejada por mortificaciones de testosterona, queriendo introducirse en el escote. La mucamita se irguió, sonriéndome con pizcas de timidez perversa y coquetería campesina. Mi regordeta mano —sonrojada por los arrepentimientos inculcados durante el Bar Mitzvá de Benjamín Möllerstein— corrigió el rumbo y se fue en barrena hasta el vaso.
—Gracias, mi linda —dije, con los colmillos ensalivados.
        En ese momento retornó Laureano.
        —This caliche really knows how to live —murmuré, admirativo.
— ¿Qué dices? —preguntó Laureano sentándose, simultáneamente, en el couch colgante situado justo frente a mí.
—Que ustedes los cachacos son los reyes del resuelve.
        —Y ustedes los venecos son unos costeños con petrodólares, porque no piensan sino en la gozadera y en la rumba. Ya te vi clavándole las retinas a la niña, sinvergüenza. Entonces, ¿vienes conmigo esta noche a la fiesta?
El sarao se desenvolvía en un caserón tipo colonial español en la salida hacia Key West. Había profusión de toldos al aire libre y la gente no se daba abasto con el tropel de mesoneros que se desplazaba ofreciendo toda clase de gambas, langostinos, filetes de rodaballo, alubias, mejillones y de cuanta lavativa marina se puede comer. Los pebeteros regurgitaban lengüetazos de luz temblorosa. Se podía escuchar una babilonia de conversaciones en inglés, francés y hasta japonés, pero predominaba el castellano en todos los acentos habidos y por haber. Laureano me condujo directamente hasta un tipo con un bigotazo a lo Burt Reynolds y un aire de playboy aburrido a lo Porfirio Rubirosa. Me estrechó la mano, con una firmeza dubitativa y una mirada un tanto esquiva. Su sonrisa era eficiente y pulcra, como de publicidad de dentífrico.
—Encantado. Javier Grimán.
        —Mucho gusto. Benjamín Möllerstein.
        —Pero todo el mundo lo llama Benny —acotó Laureano.
        El tipo me habló con un seseo gastronómico que parecía traspapelar el rubor casi artificial de su tez.
— ¿Venezolano también, Benny?
        —Sí, de Caracas —aunque si el viejo hubiera estado ahí me habría obligado a decir “de Eretz Israel”.
        —Últimamente para conozer quién ez quién en Venezuela, y de pazo en toda Latinoamérica, hay que venir a Miami. Pero que lanze la primera piedra el que nunca haya manifeztado dezéoz de cambiar nueztro bochinchito y nueztra inzeguridad por todo ezte paraízo de orden, puntualidad y limpieza. Nuéztroz paízez, amigable Benny, ze han convertido en el compendio máczimo  de la vulgaridad. Fíjenze como todo el que quiera dizfrutar verdaderamente  de la vida tiene que darze una vuelta por éztos lárez. Miami lo rezume todo, ¿no lez pareze?
Miré a Laureano de reojo. En nuestra época de estudiantes en Eley seguramente nos hubiéramos propuesto jugarle una trastada a un ciudadano de la condición de nuestro “amigable” Javier. Sin embargo, el cachaco no parecía prestarle atención alguna, por lo que le seguí la corriente al anfitrión.
        —A mí me parece que New York... —arranqué a decir.
        —No, no y no —me interrumpió Javier Grimán, con énfasis de esquivo danzarín marroquí—. Nueva York ez para loz znobz, para la gente que pretende zer algo. Aquí no fingímoz ni aparentámoz  reveztir de profundidádez ni de méritoz intelectuález lo que no preziza de maquillájez. Púraz verdádez deznúdaz. Zómoz banález y como tal noz moztrámoz. Fíjate, amigable Benny, cuánta gente conozida, renombrada y zélebre ze dio zita aquí ezta noche. Múchoz de élloz venídoz no zolamente de Nueva York, zino también de Pariz y Lóndrez. Quédate aquí, junto a mí, y loz oiraz agradezerme por esta ocazión en que pueden manifeztarze tal como zon, cada quien a zuz ánchaz. Podraz obzervar, incluzo, múchaz cáraz famózaz en Carácaz que harán cózaz que ni zoñarían en nueztro ambiente provinziano. Con ezo, y por favor no te zorpréndaz, obtengo mi zatizfaczión y mi retribuzión. Que ze mueztren como zon, zin inhibiziónez, con la dezfachatez de la confianza. Ahora, zi me perdonan, amigáblez Benny y Laureano, voy a rezibir a algúnoz invitádoz —y se alejó en brazos de una ricura de catira que vino a requerirlo, no sin antes voltearse para decirme (obviando al cachaco)— ...pero volverémoz a vérnoz.
—Ese sí que es un verraco de socialite.
        Laureano no exageraba. Paneando la esclerótica por los alrededores podía uno reconocer desde un archiconocido y aspaventoso ex presidente de Venezuela, pasando por Miss Puerto Rico, Miss Panamá y Miss Trinidad, hasta dos duquesas españolas con facciones de cacatúa engripada, una princesa inglesa que parecía aquejada de un relicario de anorexias y bulimias por lo traqueada que lucía, amén de un surtido de efebos baladistas recién salidos de portadas de revistas del corazón (¿por qué será que estos elementos nunca sudan?) y una ancha ralea de buscones, negociantes, musas impávidas, señoronas empasteladas por gruesos maquillajes y atildados galanes de otoño. Había de todo, como en Importadora “La Selecta” C.A.
Estuvimos deambulando de aquí para allá un buen rato. Intenté entablar conversación con varias preciosuras, pero nunca faltó algún galán buenmozazo que me hiciera batir en retirada al despojarme de la atención de la bella senza anima en cuestión. Definitivamente —y lo digo con el dolor de mi alma por todo lo que me gustan—, las insoportablemente bellas muñecas de carne y hueso no son mi target.
Laureano venía y se desaparecía.
—Es que para mí, mayor es el business que el placer this evening.
        Ahí mismito sonó el beeper.
— ¿Ya ves? Ni los matasanos, pues —dijo, a la par que se colocaba el artilugio cerca del oído. Escuchó el mensaje y se volvió hacia mí—. Viejito, el deber me llama. Tengo que marcharme a resolver un par de asuntitos. Si quieres te dejo en mi casa y duermes ahí tranquilamente.
—No way, dude. Voy a quedarme un ratico más a ver qué capturo.
—De todas maneras veo que le caíste simpático a Javier Grimán.
        No sé si lo dijo con segundas intenciones. El relamido acento cachaco no deja mucho margen para el discernimiento.
—Déjate de vainas. Ya yo estoy muy viejo para estarme engrasando el chaparro...
Laureano soltó la carcajada.
— ¡Este Benny! ¡Siempre con sus procacidades! Bueno, viejito, see you around —y me dejó una llave de su Pent House.
Permanecí solo durante un rato, escrutando el panorama en busca de alguna cara conocida. Era en momentos así en que Cheryl se me venía a la mente. Cada vez su memoria era más borrosa, pero siempre estaba ahí, agazapada y sin terminarse de ir por completo. No podía dejarme paralizar por esa imagen difusa. Un clavo saca a otro clavo. Me desperecé y me dispuse a rodear la piscina.
Una muchacha delgada y de pelo corto surgió, al rompe y rasga, de debajo de uno de los toldos acarreando dos copones rebosantes de margaritas. Estaba hablándole a alguien con rapidez de metralleta israelí y, al mismo tiempo, iniciaba su desplazamiento. No se daba cuenta de que mantenía trayectoria de colisión conmigo. Traté de evadirla pero, aunque me estaba dando la espalda, se movía en cualquier sentido que yo adoptase, en una especie de muda coreografía tártara. En menos de un segundo me había bañado, casi de pies a cabeza, con sus cocteles. Una de las sombrillitas que coronaban los tragos se aprisionó de la manera más inusitada en el ojal de mi solapa izquierda. Me quedé más tieso que un soldado de terracota chino, no atinando ni a verla ni a enmendar mi chorreado traje.
Se llevó una mano a la boca, queriéndose morir de la pena.
        —Ay, disculpe, señor —fue lo único que le oí decir antes de que intentara aproximarse, su mano derecha extendida con la urgencia de sacudir unos trozos de fruta adheridos a mi humanidad. Ella estaba del lado de la grama y yo del sendero empedrado. Ni se fijó que había un pequeño quicio de ladrillos separándonos y tropezó. Para no perder el equilibrio se apoyó inopinadamente en mi humanidad. A mi vez, busqué asirme a un tubo que sustentaba un toldo aledaño. La muchacha estaba sobre mí y el peso de ambos contribuyó a que la mitad delantera del colorido pabellón se ladeara estrepitosamente, dejando desguarnecidos a varios sorprendidos convives. Un mesonero que se aproximaba en esa dirección, por puro instinto, esquivó la miniavalancha que se le venía encima, pero no pudo impedir el atarantado despegue de la bandeja que traía. Los tragos surcaron el firmamento. Algunas copas aterrizaron en los tupés ingrávidos de varias doñitas con aspecto de organizadoras profesionales de tés de caridad. Pero el grueso del bombardeo se lo llevó el inquieto ex presidente quien —exhibiendo su celebridad de tipo hiperactivo— eludió tres vasos de daiquirí y una botella de lambrusco amabile, sin salvarse de que un par de rodajas de piña le dieran de lleno en su pecosa y bien disimulada calvicie. Como por reacción en cadena, varios andantes cayeron en la alberca —algunos de platanazo— y otros se rociaron encima sus rum punches.
Trastabillé varias veces, sin dejar por ello de sostener a la muchacha involuntariamente por el talle. Ya una vez pisando terreno firme, la ayudé a incorporarse. La confusión reinante no me permitió escoger entre enfurecerme por su descuido o, más bien, echarme a reír por la expresión de asombro y pena que veía en su cara. Tenía, para colmo, los anteojos descolgados sobre su perfilada nariz, una pata sobre la oreja y la otra resbalándole por la mejilla.
— ¿Estás bien? — le pregunté, soltando púdicamente su cintura.
        —Sí, gracias.
        Nos examinamos de soslayo. El rebullicio se había trasladado hacia los predios del manoteador ex presidente. Sus espalderos  le limpiaban los bagazos del traje mientras  él aclaraba que no había motivo de preocupación. Javier Grimán venía sorteando mesas como una tromba, dando órdenes con su seseo de castrado catalán. La muchacha y este semita renegado volvimos a trocar miradas y desplegamos sendas risotadas.
        —Lo menos que puedo hacer es invitarte a otro trago para compensarte por el que te hice derramar —me atreví a insinuar.
        —Vamos, entonces, antes que se den cuenta que fuimos nosotros los causantes de todo este lío —accedió, con impecable acento caraqueño.
        Nos encaminamos.
        —Allá adentro buscaré un poquito de soda para desmancharte el flux —propuso.
—No te preocupes. De todas maneras mañana lo iba a mandar al laundry.
        Su cuerpo era anguloso y firme, según se podía apreciar bajo el conjunto de chaqueta y pantalón baggies. A pesar de que siempre había pensado que las mujeres con lentes ostentaban a toda hora gestos ceñudos, en el caso de ella noté que no era así.
        —Oye, no sé cómo pedirte disculpas por ser tan descuidada...
        La interrumpí.
        —Bueno, siempre hay maneras. ¿Qué te parece si mañana vienes a cenar conmigo a un restaurantico que conozco en Coconut Grove? Sirven unos mariscos pero lo que llaman... ¡uao! —garanticé, aplanando el aire con mi mano derecha y recalcando la interjección con un tumbaíto sabrosón.
        Sonrió. Habíamos llegado al bar y los mozos se apresuraban a despachar las órdenes y a llenar las bandejas de pasapalos.
        —Podría ser —contestó, con esa dulce indefinición de la que hacen gala las venezolanas cuando quieren ponerle a uno los ánimos como jockey esperando partida.
        Un flaco alto y patón, de gruesos bifocales y prominente nuez de Adán, se acercó.
        —Te andaba buscando —le dijo, con cierta voz nasal y aflautadita.
        Ella hizo la introducción formal.
        —Te presento a Arnaldo Rovira, mi novio. Y él es...
        —Benny Möllerstein. Tanto gusto —le tendí la mano.
        En eso irrumpió Javier Grimán, con los humores en mezclote.
        — ¡Jezuz, qué epizodio! Ze noz mojó el prezidente y nadie zabe cómo empezó el zafarrancho —me observó de arriba a abajo—. Ay, pero zi tú también eztaz emparamado de piez a cabeza. Parézez un popzicle.
        Ella no pudo reprimir una ligera risa.
— ¿Y tú de qué te ríez, Ornela? No veo lo graziozo.
        —Si te cuento lloras —le respondió, intercambiando una mirada cómplice conmigo.
        —Quien debería eztar llorando ez el prezidente y ahí eztá, de lo maz tranquilo, miéntraz loz ezcóltaz creen que ze trata de un atentado fruztrado.
        —No creo que sea para tanto —comentó Arnaldo, el novio.
        —Claro que no. Fue uno de éztoz mezonéroz inéptoz. Pareze que loz hubieran traído de Carácaz. Y para colmo me rompieron doz tóldoz. ¡Y eze tipo de lona eztampada eztá difizilízima de conzeguir!
        —Háblate con Carolina Herrera —le sugirió Ornela, mientras agarraba una servilleta, la empapaba en soda y comenzaba a restregarme suavemente las manchas del saco.
—No, mijita, zi eza zeñora y yo ya no noz dirigímoz la palabra.
        — ¿De cuándo acá? —preguntó ella— Si ustedes eran como uña y sucio.
        —No hablémoz de ezo. Y vámonoz, maz bien, para allá. Zi me alejo durante mucho tiempo, al prezidente le da el beriberi.
        —Yo mejor me despido de una vez —dije.
        Ella seguía limpiando mi chaqueta.
        —Tenémoz que volver a vérnoz, amigable Benny —propuso Javier, tornándose enseguida a dictar instrucciones con respecto al toldo caído.
        —Bueno, chao entonces —le esbocé a Ornela una macilenta sonrisilla no exenta de cierta frustración.
        Dejó de limpiarme. Se volteó y notó que el novio miraba hacia el otro lado del salón, por donde venía entrando el ex presidente con su séquito, rumbo hacia donde estaba Javier. Se volvió nuevamente hacia mí, con una cálida media sonrisa.
—Cinco-tres-cinco-diecisiete-cuatro-nueve —me dijo en un murmullo rápido y eficaz.
        Dio media vuelta, tomó al novio por el antebrazo y lo arrastró hacia el corrillo.
        A partir de aquella noche, la efigie resinosa de Cheryl se fue macerando y desintegrando en trocitos infinitésimos que patinaban silenciosamente hacia las capilaridades del desván de la memoria.
        It was already time!

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Desbarrancándonos



El despeñadero

Misterios insondables de la psique individual y colectiva: ¿qué lleva a una persona y, eventualmente, a una sociedad entera a despeñarse de cabeza por el farallón de la autodestrucción?

Confieso escribir estas líneas bajo el impacto de la reciente elección de Trump a la presidencia del país más poderoso del planeta, pero también confieso encontrarme en la más supina de las ignorancias en cuanto a detalles específicos de los últimos acontecimientos. El mero hecho de luchar por la supervivencia más básica en la Venezuela de nuestros días, amén de hallarme enfrascado en ciertos proyectos personales de carácter literario, me aleja del tráfago noticioso, del breaking news.

No resisto el paralelismo con lo acontecido aquí en 1998. No valieron las advertencias. Nos lanzamos embozalados tras los pasos de un demagogo de siete suelas que nos condujo a la ruina. Por eso, cuando me han preguntado en los últimos tiempos por mi parecer sobre el magnate neoyorquino, the real estate mogul, siempre he respondido: Trump es un Chávez catire gringo de extrema derecha millonario tracalón. O su reverso: Chávez es un Trump zambo venezolano de extrema izquierda demagogo corrompido.

Pero volvamos a la pregunta del inicio. ¿De dónde nos sale desbocarnos hacia el barranco tan ciegamente?

Sin dármelas de erudito en politología o sociología o demagogología (valga el rebuzno), me da la impresión que, a veces, ciertos elementos de la sociedad se resisten aviesamente a los cambios propiciados por el avance del pensamiento y del conocimiento, traslucidos en la ciencia, la tecnología, la economía y los enfoques humanísticos.

En la unión norteamericana, ciertas capas de ciudadanos de origen anglo, blancos por ende, de baja condición socio cultural y económica, los llamados white trash o rednecks, se han quedado rezagados con respecto al increíble desarrollo y la competencia auspiciados por la libertad de mercado y la globalización.

La llegada a las costas gringas de inmigrantes de todas partes del mundo les produce urticaria. Además, no lo olvidemos, esa gente nunca asimiló por las buenas la evolución acicateada desde los años 60 del pasado siglo por los derechos civiles, la derrota del racismo, la defensa de las prerrogativas de las minorías de toda índole, el nuevo mapa multiétnico propiciado por las interacciones (the melting pot), la irrupción de la mujer como ente productivo en plan igualitario, la conquista de espacios por los LGBT, y pare usted de contar.

Desde entonces estos blancos preteridos venían al acecho de una representación asertiva en el ruedo político. Primero con George Wallace, a quien un balazo le truncó la carrera hacia la Casa Blanca en 1972. No quedaron satisfechos ni con Reagan ni con los Bush (demasiado liberales para su gusto reaccionario). En los 90 probaron con Newt Gingrich y su nuevo conservatismo, pero Bill Clinton resultó un hueso duro de roer, con todo y la Lewinsky. Ya con Obama (¡un moreno, a nigger, holy Jesus!), lograron un némesis que los aglutinó alrededor del movimiento Tea Party. Solo les faltaba el caudillo, el führer, el galáctico del siglo 21 que los sacara del marasmo y los aventara al poder. Y allí apareció la estrella mediática del Miss Universo y The Apprentice.

Demasiados avances a velocidad sin freno en todos los frentes producen estas reacciones. Por eso estos elementos anhelan echar para atrás otra vez, hacia un pasado pretendidamente glorioso, tal como lo refleja el lema de campaña del magnate: Make America great again. Haz a EE UU grande otra vez. ¿Otra vez? Volvamos al pasado, alegan, cuando los blancos predominaban... y le entraban a látigo a los esclavos en las plantaciones.

¿Se acuerdan del Sha de Irán? Quiso ese autócrata llevar a la feudal sociedad persa de un solo empellón hacia la modernidad, y lo que logró fue impulsar a los ayatolás embatolados a atornillarse en el poder (¡casi 40 años llevan ya!). 

Aquí en Venezuela, las reformas y la apertura impulsadas a finales de los ochenta y principios de los noventa (remember la Copre, por ejemplo) catalizaron una conspiración cuartelaria retrógrada que nos aventó a un pasado palúdico, de hambre, escasez e hiperinflación. De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. ¡Viva Chávez y adelante!

¿Podrán las instituciones de la democracia estadounidense domeñar al rubio faramallero? ¿O estarán doblando las campanas, a lo Hemingway, por la Constitución norteamericana y The Bill of Rights? Atención, se prenden las alarmas. El fulano se ha salido con la suya siempre, contra viento y marea. A lo mejor convoca a una constituyente como la que tuvimos aquí fraudulentamente el año 99. Los extremos se juntan.

Los pueblos no aprenden (nadie lo hace en cabeza ajena). Fíjense en nosotros, los venezolanos. Guardando las distancias, por supuesto, nos embaucamos tras un tracalero de discurso barato de extrema izquierda y hoy en día nos estamos muriendo de mengua. No compares tu país de cuarto mundo con la primera potencia del orbe, me advierten. Pero no puedo impedírmelo. Y el resultado me da escalofríos (gives me the creeps).

Trump se confiesa admirador de Putin. Hitler lo era de Mussolini. Chávez se babeaba por Fidel Castro. Todos ellos mentirosos y felones, amantes del poder por el poder mismo. Ya sean de izquierda o de derecha. Me limpio el ortu con las ideologías de tales cavernícolas.

Negros nubarrones sobre el horizonte, amigos. La cosa no está para mamar gallo.