miércoles, 14 de abril de 2010

Palabras pronunciadas por Luisana en acto homenaje a Ana Mercedes, UCV, Facultad de Farmacia, 15 abril 2010

Ana Mercedes Soto Arbeláez (12 marzo 1938 - 20 octubre 2009)


De izq. a der., Arturo José Soto Arbeláez, Ana Arbeláez de Soto, Nicolás Soto Martínez y Ana Mercedes Soto, el día de su graduación de bachiller (1957)


Señoras y señores:

Recibimos con suma emoción y agradecimiento este homenaje a quien en vida se llamara Ana Mercedes Soto.

La Universidad Central de Venezuela ha tenido en ella un ejemplo preclaro del ideal que dinamiza esta casa que vence las sombras: amor, entrega y devoción por la causa educativa.

Ana Mercedes Soto le debió todo a la UCV. Desde sus días de estudiante, como orientadora, docente y profesional jubilada, esta casa de estudios fue objeto de sus desvelos y de su pasión de educadora a cuerpo completo. Ana Mercedes Soto asumió para sí el concepto de Alma Mater: la universidad no debe ser sólo una fábrica de diplomados asépticos y alejados del entorno humano. La universidad, tal como lo ha reflejado la UCV a lo largo de su historia, es un crisol de ideas, de ciencia y de cultura; es una forja de seres humanos incansables en el estudio y en la solidaridad con sus semejantes; es un faro irradiador de sensibilidad, tolerancia y saber en todos los órdenes; es un haz de luz bienhechora y, a la vez, es un terrible adversario de la ignorancia, de la barbarie y de esos integrismos autoproclamados como salvadores del mundo cuando, en realidad, sólo producen miseria y esclavitud.

Al decir de un pensador muy cercano a nosotros, “los valores morales no provienen del Mundo o de la realidad natural sino del Espíritu, pero éste no puede producirlos caprichosamente, sino en una profunda imbricación con el Mundo”.

Precisamente, en este orbe ucevista, Ana Mercedes Soto encontró esa conexión de la espiritualidad más acendrada con las circunstancias más axiomáticas de nuestra condición humana y, aún más, con nuestra venezolanidad más acuciante. Y, a partir de allí, Ana Mercedes Soto, transmitió a sus orientados y alumnos la semilla del compromiso y del apego con esta Tierra de Gracia nuestra, que nos exige, nos demanda y nos apremia a ser cada día mejores, más productores y productivos, más creadores y creativos. Amar a nuestra UCV es amar a Venezuela.

Ana Mercedes Soto amó profundamente a la Universidad Central de Venezuela.

Ana Mercedes Soto amó profundamente a Venezuela.

Muchísimas gracias a todos ustedes.

domingo, 11 de abril de 2010

Pagandito promesas


Los cocuyos homeopáticos
Pica pica y se extiende

                            Todos durmieron esa noche en casa del gordo Cleofás. El despertador sonó con vigor de mandarrias alcahuetas a las tres y media. Tras un sorbo de café más negro que el buche de Belcebú cogieron la calle. Una brisa escuálida y tibia anunciaba un chaparrón típico del mes de julio para más tarde. Se empaparían, sin duda, pero la decisión estaba tomada desde otrora: el ánima del Pica Pica los esperaba y le pagarían la promesa de peregrinar hasta allá por haber pasado lisos en todas las materias. Cinco leguas y pico a pie, pues.
                            El Brujo se les unió en las inmediaciones del Lido. A las cuatro de la madrugada, la carretera nacional se    atragantaba de horizonte como una cenefa contorneada de brumas. El kilómetro y pico recorrido desde la plaza Bolívar les había imbuido una inercia de bólidos siderales. “Calcula el momento y el torque que nos impulsa, Piojolín”, le exigió guasonamente Juan Cuchufleto al cráneo del salón quien, por supuesto, no había necesitado de promesas al ánima del Pica Pica para sacar su ristra de diecinueves y veintes.  Con buena nota de compañerismo ―noblesse oblige,  según recalcaba el profesor Gutiérrez en clase de francés―, la caja de machetes que era Piojolín decidió sumarse al festivo tropel, sin poder eludir las puyas de sus panas.
                            “A ti no te efectúa el cálculo, Cuchufleto, pero te apuesto fuertes a lochas que a MaríaÉ sí le echa pichón”, retó desde atrás del pelotón el flaco Melencho. Todos sabían del amor no correspondido del cerebrito de la clase por la más bella del liceo.
Las risotadas no se hicieron esperar. “Sufrir me tocó a mí, en esta vidaaaaaa, llorar es mi destino, hasta el moriiiirrrr…”, canturreó el negro Carbononcio, con las pupilas brillándole en la oscuridad como unos tizones lácteos. “¡Swiiiing, y se ponchó tirándole!”, soltó uno a quien mentaban Tuqueque Loco, con énfasis de Musiú Lacavalerie narrando juegos de los Tiburones de La Guaira.
“Ay, Piojolín, a ti no te tiran pero ni el huesito, porque todo el amor de MaríaÉ es para El Muñecoide, porque, así como los mochos se buscan para rascarse, los buenosmozos no tienen ojos sino para sí mismos”, trinó el popular Garzón Soldao. “¿Quién nos manda a ser más feos que la palabra gargajo?”, espetó Juan Cuchufleto y las risas reverdecieron. Menos mal que la oscuridad arreciaba y Piojolín logró encubrir un sonrojo aguachinado pavoneándosele en la epidermis. “Cállense, burdos balurdos y palurdos, y vayan a fregarle la paciencia a sus respectivas abuelas”, siseó el cráneo, retrasando el paso para esperar al gordo Cleofás que, entre bufidos y resoplidos, procuraba seguirle el trote a sus compañeros de romería.
                            El Brujo acaparó el habla a partir del puente de Los Aceites. “Aquí voy a montar la gran quincalla de los espíritus. Ustedes vivirán para verlo. Todo aquel con necesidad de un ensalme liberador, de una pócima milagrosa, de un talismán hipermagnético, de un amuleto rotundo o de una oración lubricante contra los malos avatares, vendrá a mí. Ese es mi destino. Ese es mi hado”, dijo con una voz mustia, haciéndoles recordar a Barnabás Collins, cuyas Sombras tenebrosas hacían furor por aquellos días a través de CVTV, canal 8.


Mister Barnabás Collins en sus buenos tiempos.

                            “¿Te vas a meter a brujo de verdad, Brujo? ¿Con todo y el perolero?”, preguntó algo nerviosillo el flaco Melencho. “¿Aquí en este paraje, Brujo, si es que se puede saber por qué?”, Tuqueque Loco intentó conferirle un matiz comedido a su voz. El Brujo parecía deslizarse sobre rieles postizos sin esfuerzo alguno.
                            “Aquí mismo, en este bajo, el Taita Boves colgó de aquellos sauces llorones ― ¿los ven?, todavía existen y están ahí a los doce patriotas venidos desde Calabozo para reforzar a Piar después de la batalla de Espino. Y allá, en aquella loma, durante la guerra de los cinco años, El Agachao descabezó de un solo tajo, con un machete Collins recontra filoso, al hijo del Taita Cordillera, porque no lo quería de rival en la jefatura del destacamento que había mandado a reclutar aquí el general Zamora. Desde entonces cabalga por estos contornos la figura del jinete escabezao durante las noches sin luna”.
El negro Carbononcio oteó el firmamento yermo y, sin dejar de tragar grueso, se animó a preguntarle al cráneo del salón, “Piojolín, tú que eres un vergatario también en Historia, ¿es verdad eso que dice El Brujo?” Piojolín agarraba por el brazo al gordo Cleofás quien, comenzando a encresparse por la tétrica tertulia, se sentía ligero de pies como cunaguarito en los raudales. Piojolín iba a abrir la boca para contestar cuando se escuchó un relincho maltrecho.
                            Todos lo vieron boquiabiertos. A la vera del camino, sobre un caballo fosforescente se erguía la orla humeante de un jinete decapitado. Una luz, a ratos mortecina, a ratos enceguecedora, cubrió al Brujo. Sus carcajadas desquiciadas se aventaron por los resquicios de una noche hórrida y nauseabunda.
                            Corrieron despavoridos. El pánico les hizo erizar los cabellos del cogote, los vellos púbicos y los pelos de las batatas y las corvas. “¡Ay mamá!”, a Juan Cuchufleto se le evaporaron las ganas de soltar cuchufletas. “¡Protégeme, virgen del Carmen!”, a Tuqueque Loco se le iba el alma por la boca. “¡Sálvame de esta, ánima del Pica Pica, y te prometo que dejo de mascar chimó escondido de mi vieja!”, al negro Carbononcio se le arremolinaban las culpas de sus escasos dieciocho calendarios. “¡Barajo con las ánimas del Purgatorio!”, al gordo Cleofás ahora no le hacían mella los ciento y pico de kilos de su continente, ni los esmirriados cincuenta y algo de Piojolín, a quien arrastraba en su galope.
                            Bajaron como diablo que lleva el alma hasta el arrabal oscuro que era la ermita oscura del ánima del Pica Pica. Se refugiaron detrás de un mogote sarraceno, agotando el repertorio de padres nuestros y yo pecadores aprendidos en los catecismos bochornosos de apenas hacía un lustro. Piojolín procuró redimir la hiperracionalidad que lo caracterizaba: “Vamos a calmarnos, muchachos. ¿A quién se le ocurre creer en espantos y aparecidos en esta sexta década del siglo veinte?”, pero su cadencia azarosa traicionaba un nerviosismo cerrero. Los demás temblaban y gemían con agonía de cochinos en matadero. Piojolín vio una estrella fugaz en el cielo y, toreando el terror, pensó: “Deseo que MaríaÉ se enamore de mí”.
                            La luz, a ratos mortecina, a ratos enceguecedora, se aproximó a la capilla. Se oyeron cascos embalsamados de cabalgadura. Un conjuro satánico atravesó el aire espeso, provocando una algarabía de gallos, pavitas, alcaravanes y búhos.
                            Y el sol salió, con una lentitud acelerada, haciendo que el corazón le latiera en el paladar a cada uno de los chicuelos. Entonces, y sólo entonces, descubrieron la barrabasada que les jugó El Brujo, disfrazado de Bela Lugosi en una carroza fúnebre alquilada, y acompañado de un llanerito cubierto de un mosquitero de pies a cabeza. Al caballo lo habían embadurnado con atomizador tras atomizador de pintura fosforescente. Y El Brujo reventado de la risa, exclamando: “¡Ah malhaya una cámara! Ah malhaya una filmadora, cuaj cuaj cuaj…!”

Dicen los amantes del séptimo arte que el mejor vampiro de todos los tiempos ha sido don Bela Lugosi.

                            Y mientras los muchachos rodeaban al Brujo con primerizas intenciones de arrearle unos coscorrones a guisa de desquite, Piojolín abrió la puerta del pequeño templo, se introdujo al refectorio resguardado por un océano de velas, encendió una y, cubriendo la llama con la palma de la mano, musitó: “Ánima del Pica Pica, si me ayudas a ganar el amor de MaríaÉ te prometo que…”

jueves, 4 de marzo de 2010

Un mártir en VLP

Las prolijas portadas
Antonio Pinto Salinas en VLP:  preludio de un martirologio
por: Nicolás Soto
                            José Agustín Catalá dedicó  el último segmento de su existencia a difundir los desmanes de la dictadura perezjimenista. En doble cualidad de autor y editor, publicó en 1983 “Pedro Estrada y sus crímenes”. Uno de los casos reseñados es el del líder acciondemocratista Antonio Pinto Salinas, quien vivió las últimas horas de su vida en Valle de La Pascua, rumbo a su destino final.
                            Catalá ofrece íntegra la averiguación sumarial del hecho, incoada el 13 de febrero de 1958, a escasos días del derrocamiento de Pérez Jiménez. Los testigos se ven libres de cualquier coacción y declaran sin cortapisas.
                            En la mañana del miércoles 10 de junio de 1953, Antonio Pinto Salinas había sido apresado, junto a dos acompañantes activistas de AD, en las inmediaciones de la alcabala policial instalada a la salida de Santa María de Ipire, rumbo hacia Pariaguán. En el expediente se cita taxativamente la delación o sapeo por parte de un sujeto llamado Gustavo Mascareño. Retenido en El Tigre, Anzoátegui, fue entregado a una comisión de Seguridad Nacional llegada al efecto desde Caracas, encabezada por Braulio Barreto (a) “Barretico”. De inmediato, se embarcaron de regreso a la capital, con una primera escala en Valle de La Pascua.

Antonio Pinto Salinas era oriundo de Santa Cruz de Mora, Mérida (1915 – 1953)

                            En la Declaración de Testigos dentro de la Instrucción Sumarial, cinco años después del presunto asesinato de Antonio Pinto Salinas, leemos el testimonio del vallepascuense Manuel Esteban González: “Más o menos como a las seis y media de la tarde del día once de junio de 1953, después de haber cerrado mi negocio mercantil, me dirigí hacia mi casa de familia, y al llegar cerca del negocio del señor Ernesto Alayón, el cual queda cerca de la Prefectura de este Distrito, me llamó Alayón, y entonces entre él y José Isaac Díaz, me informaron que hacía poco rato habían traído unos Agentes de Seguridad Nacional al Dr. Antonio Pinto Salinas, quien venía esposado; (…) pude darme cuenta que varios Oficiales de Seguridad Nacional salieron de la Comandancia de Policía probablemente a comer, mientras que el Dr. Pinto Salinas quedó detenido allí; luego de esto continué hacia mi casa de familia de donde regresé al cabo de largo rato, y entonces los mismos señores Isaac Díaz y Alayón me dijeron que se habían llevado al Dr. Pinto Salinas en dirección a San Juan de Los Morros. Al día siguiente en horas de la mañana me alarmó enormemente la noticia de que el Dr. Pinto Salinas había sido muerto a tiros por Agentes de Seguridad Nacional cuando trató de hacer armas contra ellos, según dijo la prensa capitalina”. Más adelante en su atestación, Manuel Esteban González refiere haber conocido personalmente a Antonio Pinto Salinas con ocasión de sus visitas en labores proselitistas a Valle de La Pascua.
                            Leamos, de seguidas, la declaración de Ernesto Alayón, no sin antes recordar que su establecimiento se ubicaba al lado de la Prefectura de Policía (hoy en día sede de la Sociedad Bolivariana), frente a la plaza Bolívar, en el cruce de las calles Real y Atarraya, sitio conocido desde siempre como la Esquina de Alayón: “Como a las siete de la noche del once de junio de 1953, me encontraba dentro de mi negocio, cuando de pronto me llamó la atención ver que se estacionaban frente a la Prefectura varios vehículos; entonces me asomé y me di cuenta que de dichos vehículos algunos Agentes de Seguridad Nacional bajaron detenidas y esposadas a unas personas que traían presas y los metieron a la Prefectura (…); también aprecié que unos cuantos curiosos se acercaban (…). Al poco rato de esto entró a mi negocio el señor Herrera Mata, Prefecto de este Distrito, y dirigiéndose a mí me dijo: ‘Caramba, hermano, qué cosa tan seria es la política, acaban de traer preso a un gran amigo mío, y ni siquiera pude saludarlo ni prestarle ninguna atención’; entonces yo le pregunté a Herrera Mata que quién era ese señor y él me manifestó que era el Licenciado Antonio Pinto Salinas. En esta misma oportunidad le hice saber a Herrera Mata que yo había conocido a Pinto Salinas en la casa de familia de Lisandro Alvarado en esta ciudad; también me informó el señor José Isaac Díaz que uno de los presos que acababan de traer era el Licenciado Antonio Pinto Salinas; al poco rato de esto, varios de los Oficiales de Seguridad Nacional salieron a comer, regresando luego; el policía Antonio Ávila me dijo que los Agentes de Seguridad Nacional le preguntaron al Licenciado Pinto Salinas que si quería comer, y éste les contestó que no, que más adelante comería en San Juan de Los Morros y si no, no comía. (Luego) me quedé en la puerta de mi negocio (…)  y vi cuando sacaron esposados a dos presos que no conozco y los metieron en un carro de paseo que estaba estacionado frente a la Carnicería de José Isaac Díaz, donde permanecieron un rato hasta la hora de salida; luego sacaron al Licenciado Antonio Pinto Salinas esposado y lo metieron en una camioneta, detrás del carro anterior, junto con unos Oficiales de Seguridad Nacional; detrás de esta camioneta iba otro vehículo, en el cual iban otras personas presumiblemente escoltándolos; delante de estos carros iba un jeep perteneciente a la Seguridad Nacional de esta ciudad. Todos estos vehículos salieron en dirección hacia Caracas más o menos como a las ocho y cuarto de la misma noche. Al otro día me causó mucha extrañeza o indignación al darme cuenta de que en los periódicos de Caracas estaba la noticia de la muerte del Licenciado Antonio Pinto Salinas, noticia ésta que había dado Pedro Estrada en un Comunicado (…). Esa  extrañeza e indignación  es debida a que creo imposible que el Licenciado Pinto Salinas haya hecho resistencia armada contra los Agentes de Seguridad Nacional que lo custodiaban, ya que él salió esposado de la Prefectura de este Distrito, como le consta a numerosas personas que lo vieron”.
                            José Isaac Díaz corroboró los hechos de la siguiente manera: “El diez de junio de mil novecientos cincuenta y tres me encontraba en mi negocio de carnicería (Pesa de Carne) al lado del local de la Prefectura de Valle de La Pascua y más o menos como a las siete de la noche vi que (…) bajaban atado de otro (carro) al Dr. Antonio Pinto Salinas y también (a) otro ciudadano que llevaba las manos esposadas. A las pocas horas vi que lo sacaron de la Prefectura y lo metieron solo a un carro; (a) los otros dos compañeros del Dr. Pinto Salinas los sacaron apersogados y los metieron a otro carro (…). De ahí partieron los carros hacia San Juan de Los Morros, y al día siguiente supe que al Dr. Antonio Pinto Salinas lo habían matado. Luego, con sorpresa me enteré por el periódico “El Nacional” de un comunicado de la Seguridad Nacional informando sobre el suceso, cuyo recorte conservo, y en el cual se decía en forma vulgar que el Dr. Pinto Salinas había muerto en un tiroteo (sostenido) por él con unos Agentes de la S.N., lo cual resulta materialmente imposible, pues como he declarado, al Dr. Pinto Salinas lo llevaron esposado desde Valle de La Pascua. En este Estado, el Tribunal le pone de manifiesto al declarante una composición poética titulada ‘Antonio Pinto Salinas’ escrita por el deponente en Valle de La Pascua con fecha veintiuno de junio de mil novecientos cincuenta y tres y firmada por él, que corre al folio sesenta y tres de este expediente y expuso:   (Este) poema (…) es el mismo que escribí en la fecha que se indica (…), inspirado con motivo del cobarde asesinato del Dr. Antonio Pinto Salinas, por los esbirros de la Seguridad Nacional, por lo cual lo ratifico en todas sus partes”. En otra parte de su testimonio, José Isaac Díaz afirmó haber conocido a Antonio Pinto Salinas “cuando estaba en el directorio del Banco Agrícola y Pecuario de Caracas”. Declaraciones tomadas al para entonces Prefecto del Distrito Infante, Francisco Herrera Mata, y a los agentes policiales Jacinto Martínez y Rafael Salinas confirman que el dirigente de AD llegó y se marchó esposado.
                            Misael Flores era un mozalbete para aquel entonces. A casi cincuenta y siete años de este episodio, me contó que esa noche él se encontraba laborando en el negocio de Amparo Muñoz en Parapara cuando se detuvo la comisión de Seguridad Nacional. Los seguranales pidieron unos brandys, pero el preso, esposado aún, se rehusó a ingerir nada. Misael me asegura no haber olvidado nunca la expresión inmutable y estoica del reo, como si supiera estar viviendo sus últimos momentos.
                            Antonio Pinto Salinas apareció acribillado a balazos, en la madrugada del once de junio de mil novecientos cincuenta y tres, en el sitio denominado “Cueva del Tigre”, en las cercanías de San Juan de Los Morros. Pocas semanas antes, al conocer la muerte por un cáncer en la penitenciaría de esa misma ciudad de su correligionario Alberto Carnevali, le había confesado a un copartidario: “Tengo el convencimiento de que la próxima víctima seré yo”.

Pedro Estrada, natural de Güiria, Sucre (1906-1989), fue puntal del régimen extinguido el 23 de enero de 1958

                            El director de la S.N. le declaró al profesor Agustín Blanco Muñoz (“Pedro Estrada habló”, Editorial José Martí, Caracas 1983, pág. 170) lo siguiente: “Sí, se dio a la fuga. Eso es verdad, eso es cierto. Ahora, yo no evado responsabilidades (…). Mira, Pinto Salinas iba rumbo a embarcarse (al exilio) y los adecos lo delataron. Lástima, porque era un individuo muy importante”.
                            Pareciera ser que las dictaduras sacan lo mejor de ciertas individualidades y lo peor de otras.

domingo, 21 de febrero de 2010

¿Signo de los tiempos?


Escribe el pana "Chirrío":

Este programa contiene elementos de lenguaje, salud, sexo y violencia que no pueden ser presenciados por niños y adolescentes, ni adultos de la categoría antes descrita.

Dos canciones de uno de los jurados del "Montarascales Áidol".
El Rastrillo:

http://www.goear.com/files/sst5/mp3files/08022009/7779341bb835f432aa38966488002234.mp3

El Hombre Del Palo:http://www.youtube.com/watch?v=v8_292pAqes
Enjoy!

Escribo yo:


¿Será signo de estas eras el uso (y abuso) de la vulgata vúlgaris para compensar un tanto la carencia de calidad y talento?


Ojo, no soy ni pretendo ser púdico, ni pacato, ni mucho menos "hediondito". Pero en tiempos de decadencia, parafraseando a José Rafael Pocaterra, cuando los caporales irrumpen "de repente con Estebita" en las sabanas mediáticas rebuznando su coprolalia y su lenguaje de burdel, el escozor producido por el joropo chatarra comienza a resultar perceptible.


Tiempos éstos, por cierto, en los que el comediante más afamado de la república "bolivariana" resulta ser un "musipanero" cuyo principal repertorio es una sarta de chistes adobados de vulgaridades sin ton ni son, risibles para quienes les celebran sus cuchufletas a un hazmerreír que no sólo es lamentable y patético, sino que, además, por si fuera poco, ha fungido de caballo de Troya de la dictadura al prestar su nombre como candidato en varios fraudes electorales, el último de ellos en Anzoátegui (y hasta pretendió erigirse candidato presidencial). ¡Húndete en la cueva'er guácharo con tu ordinariez, payaso mediocre!

Aquí, primo, templando esta camoruca

Alguna vez, por ejemplo, llegué a soltar la risotada espontánea al escuchar a Santiago Rojas canturreando las vicisitudes de una viuda con rial y unas cuantas vacas parías evadiendo a los comemuslos atenidos que ansiaban levantársela. Pero cuando oí, gracias a un taxista en San Juan de Los Morros, estado Aragua, (sí, señores, estado Aragua) su canto pedestre, rastacuero y jalabolil ensalzando la supuesta hazaña del tiranuelo el 11 abril 2002, comprendí que el carente de talento, el huérfano de profundidad conceptual, musical, artística, profesional or whatever debía refugiarse per se bajo los alerones del pirata mayor, el raspado en el curso de estado mayor. Y para hacerlo con creces y alevosía, qué mejor señuelo que la vulgaridad barata y fofa.


Algo semejante sucedió cuando Pérez Jiménez. Recuerdo haber escuchado de muy niño una tonadilla muy de moda, por ese entonces, que decía algo así como

Coronel Marcos Pérez Jiménez

presidente constitucional
elegido por el pueblo
en comicio nacional


Afortunadamente, el advenimiento de la democracia trajo aparejado una verdadera edad de oro de la música venezolana. En los años sesenta, hagan memoria quienes tienen suficiente edad, resultaba dificilísimo escuchar en el propio llano a cualquier cantamaluco. ¿Por qué? Porque no podían competir con Torrealba, con el Tío Simón, con Chelique quien pegó a escala global su "Ansiedad", con Hugo Blanco ídem con su "Moliendo café", con el maestro Aldemaro. Ni siquiera con Lila Morillo, ¡válgame Dios!



Cada época y cada situación política, económica, social y cultural produce su sello distintivo en las artes, las ciencias, el estudio y el pensamiento. ¿Qué quedó, en ese aspecto, del fascismo mussoliniano? Niente, nulla. ¿Qué nos dejó en ese particular el nazismo hitleriano? Zilch! ¿Y el comunismo soviético? Nanay nanay (no sé cómo se dice "nada" en ruso). ¿Qué nos está dejando la satrapía castrista? ¿Los lamentos patéticos, pavosos y seudo poéticos de Silvio Milanés? ¡Puagh! ¿Y la actual sinvergüenzura venezolana? ¿Vugaridades de cantamaluco, el "realismo" neosocialisto de Román Chalbaud, la claudicación de Pérez Rossi el de Serenata Guayanesa cantándole a la octava estrella de la bandera chavetona, los versos desabridos del poeta Palomares? ¡Pocaterra, despierta de tu tumba para que denuncies esta decadencia del siglo XXI!



No todo es malo. Sé de incontables creadores e investigadores que no se amilanan y continúan escribiendo, pintando, componiendo, escudriñando la materia con microscopios y aceleradores de partículas, filosofando con lápiz y papel. Sólo aguardan el nuevo amanecer de una Venezuela revigorizada y redemocratizada para irrumpir con ínfulas de optimismo, de creación y creatividad, de producción y productividad, para colocarnos de nuevo en la mira de la fecundidad bienhechora.
 

Llanerita marmoleña, ojos de culebra brava

Mientras tanto, este escribidorzuelo, a la par que barrunta estas disquisiciones afiebradas, intenta ahogar el bachiche que llega desde el exterior y que todo lo penetra (reguetón, vallenato llorón y cantamaluco) escuchando al renco Loyola cantar "El tigre de Masaguarito". ¡Ajúmalo, viento de agua!

jueves, 4 de febrero de 2010

El dolor es un faro, una sonda

Fuimos un rostro profético

y cerrojos abrumados por la sequía.

Nunca hubo ojos

proclives a la hermandad.

El tiempo es un bálsamo decidido

(como tus palabras).

Me esconderé tras ese espejo

ayuno de colores.

miércoles, 13 de enero de 2010

Primer centenario del padre Chacín


Acto de fin de curso. Al fondo, de izq. a der., el prof. Zerpa, monseñor Chacín y el prof. Matute. En primer plano, el suscrito (8 años), Ana Arbeláez de Soto y Nicolás Soto Martínez.



Carpetas de arena


Vocación imperecedera


por: Nicolás Soto


Corría la segunda mitad de los años ochenta. Trabé conocimiento en Caracas con el recientemente fallecido profesor Manuel Bermúdez, estudios semiológicos mediante. En cierta ocasión, me solicitó, con talante dicharachero: “Sotico, pásame eso ahí por favor”, desplegando los labios para indicar cierto objeto. No pude dejar de preguntarle, “Profe, ¿de qué parte del llano es usted?” Respondió él con otra interrogante: “¿Por qué me lo preguntas?” “Porque solamente la gente del llano amuñuña la boca así para señalar las cosas”. Me confesó, entonces, su procedencia apureña y me preguntó la mía. “Soy de Valle de La Pascua, Guárico”, revelé. “Caracha, chico, ¿cómo está el padre Chacín?”, me replicó enseguida, corroborando a plenitud la cabal identificación de mi gentilicio con la figura de nuestro sacerdote y educador por excelencia.


Tiempo presente. Lito Silveira, destacado docente y amante de las letras, coetáneo del suscrito, pupilo y albacea del padre Chacín, me informa de los preparativos para solemnizar el primer centenario de su nacimiento. La memoria se desplaza, sin solución de continuidad, hasta los ahora lejanos días cuando inauguramos el colegio Juan Germán Roscio, el “colegio del padre”, al decir de los vallepascuenses de ahora y siempre.


Fue en el año escolar 1961-62. La casa parroquial, frente a la plaza Bolívar, al lado de la ahora catedral, nos acogió. Desde su llegada a Valle de La Pascua, en 1958, corriendo los albores de la hoy desleída democracia, el arcipreste trujillano había luchado por concretar una iniciativa docente con el ánimo de plantar una semilla de calidad y rigor en el ámbito escolar. Nosotros no pasábamos de ser unos bisoños, pero intuíamos (¡empezábamos a vivirlo!) un aire de renovación sacudiendo el orbe en esos siempre tan mentados años sesenta (la década maravillosa, al decir del neurólogo Alejandro Cedeño). La iglesia católica se desperezaba. En el despacho parroquial se destacaba una foto del padre Chacín siendo recibido en Roma por Juan XXIII, el papa bueno, el pontífice del concilio Vaticano II, impactante y medular sínodo destinado a remecer las estructuras, las prácticas y la conexión con el resto de la humanidad de la institución erigida a la sombra de Pedro el apóstol, el pescador de almas. Uno era un carajito, pero no resultaba difícil inferir que el padre Chacín había captado la seña de enarbolar su misión a través de la formación de seres humanos íntegros, productivos, calados de ética y moral. Para hacer entrar la crisis en el seno de la ignorancia. Para desplegar el amor eclesial mediante la enseñanza. O, para esgrimirlo a la manera del historiador inglés Thomas Carlyle: “Sin amor no hay conocimiento”.


Valga una anécdota para ilustrar ese celo docente por los valores trascendentes del prelado nacido en La Ceiba, Trujillo. Cuando la muchachada inquieta de la cual formábamos parte salía a recreo, invadíamos el reducido patio de tierra de la casa parroquial con nuestras metras y nuestros gritos: “¡Barajo pichigüeca! ¡Barajo tornique! ¡Todo ahí! ¡Boto tierrita y no juego más!” No sé de dónde salió un par de perros realengos, de esos llamados en el llano rabo’e jilo, objeto de caricias rústicas y de alguno que otro tormento por parte nuestra. El padre Chacín nos enseñó a respetar el derecho de los animales a no sufrir e inmediatamente bautizó al par como Rinconete y Cortadillo. ¿De dónde provinieron tales remoquetes? El padre satisfizo mi curiosidad señalando, en una incipiente biblioteca colegial, un desgastado tomo de las Novelas ejemplares de un tal Miguel de Cervantes y Saavedra. Ahí tuvimos nuestro primer contacto con la picaresca española y con el inmortal autor de Don Quijote. A Dios rogando…


Me regreso a los años ochenta caraqueños. En una conversación con Adriano González León, alguien saca a relucir mi gentilicio. El autor de País Portátil, valerano él, paisano del presbítero él, me señala: “Allá en tu Valle de La Pascua natal vive desde hace unos cuantos años mi coterráneo, el padre Chacín, diseminando cultura y saber, como un abnegado héroe del espíritu”.

Feliz cumpleaños número cien, padre.





sábado, 26 de diciembre de 2009

Esos dineros son nuestros, ¿o no?


La amenaza de los fondos oficiales


VenePirámides


La concentración de depósitos del Estado constituye un talón de Aquiles para los bancos venezolanos, lo que quedó demostrado con las recientes intervenciones, de acuerdo a un interesante artículo de Alberto Cova, publicado en el suplemento "Estrategia" de El Nacional (por suscripción)


Captar depósitos del público y utilizarlos para entregar créditos, también al público, es la función primordial de la banca, es el llamado proceso de intermediación que en una economía sana constituye la principal fuente de financiamiento para las actividades productivas. Trabajar con el dinero de los demás es un privilegio que tienen las instituciones financieras, las cuales, en teoría, logran sus beneficios de la diferencia que existe entre el interés que cobran a los receptores de crédito y el que pagan a los depositantes. Por eso, en cualquier banco la preocupación dominante es atraer a sus bóvedas el dinero que las empresas y los particulares no pueden guardar debajo del colchón.


Esta avidez de las empresas financieras por hacerse de recursos para el trabajo cotidiano ha sido aprovechada históricamente por "gestores" que han convertido la tramitación de los depósitos bancarios en un gran negocio, sobre todo cuando se trata de fondos provenientes de instituciones oficiales, que disponen de recursos a lo largo de todo el año para la ejecución de sus presupuestos. En la reciente crisis del sistema financiero venezolana, que condujo a la intervención de ocho pequeños bancos en un período de cuatro semanas, tuvo un peso importante la proporción de fondos oficiales en estas instituciones, que en algunos casos superaba 60% del total de depósitos. Era tal la dependencia de los dineros públicos en estos bancos que técnicamente podrían haber sido considerados como entes paraestatales, creados con el único fin de negociar y obtener beneficios de las colocaciones oficiales. "Una guerra de cuatro mafias", que se disputan el negocio de los fondos estatales, es lo que, a juicio del diputado Ismael García, provocó la intervención del Ejecutivo, mientas que el ex parlamentario Julio Montoya desenreda hasta Miraflores la madeja de implicaciones del caso.


Depósitos sin intereses


El economista Rodrigo Cabezas, ex ministro de Finanzas del actual Gobierno, adelanta una propuesta heterodoxa para acabar con los manejos irregulares de los depósitos oficiales. Cree que la banca privada debe prescindir del todo de estos fondos y dedicarse a atraer los dineros de las familias y las empresas. "Lo ideal es que la banca privada no tenga depósitos públicos y que se dedique a hacer intermediación, a captar los depósitos de los venezolanos antes que disputarse los recursos del Estado", sostiene el también dirigente nacional del PSUV. Cabezas considera que los recursos públicos deben colocarse en la banca pública, a excepción de aquellos destinados a financiar el gasto ordinario, como es el caso de las nóminas o el situado constitucional. "Creo que no deberían generar intereses, pues es tal la magnitud de estos recursos que agregan dinero inorgánico a la economía", afirma. Agrega que al interior del Gobierno se ha reiterado la instrucción de colocar estos fondos en los bancos del Estado, orden que encuentra resistencia en las tesorerías de los organismos. "Había una razón para no hacerlo, de tipo técnica y de eficacia administrativa, y es que la banca pública no tenía una red de agencias que cubriera todo el territorio nacional para dar atención eficaz al pago de las nóminas. Con el Banco de Venezuela y el Bicentenario esa razón comienza a ser superada". La eficacia administrativa es un planteamiento legítimo, pero muchas veces encubre la intención dolosa de obtener provecho con las colocaciones. "Además del tema de la negociación de puntos, está la generación de recursos inorgánicos a la que se ve obligada la banca privada para honrar los intereses", apunta el economista. Rodrigo Cabezas propone retomar la idea original que llevó a la creación del Banco del Tesoro, la existencia de un gran centro operador de los dineros públicos.


Para el ex ministro de Finanzas, de la situación generada en estos ocho bancos se desprenden varias enseñanzas. La primera es que, a su juicio, se reafirma el papel supervisor del Estado. "Por vía legislativa o a través de resoluciones de la Sudeban se van a ampliar y profundizar la competencias del Estado en áreas como inteligencia financiera, auditoría financiera y en los manejos diarios de tesorería en la banca pública y privada".


El vuelo del cometa


Francisco Faraco, consultor financiero, coloca el origen del problema en el año 2003, cuando comenzó a crecer el endeudamiento interno por parte del Estado. "Desde entonces ha habido un elevadísimo nivel de fondos públicos en la banca. En la Cuarta República el total de fondos oficiales manejados por la banca no superaba 3%, en la Quinta ha llegado a 18%, existe un enorme tráfico de influencias. Se ha llegado al extremo de que la República apalanca la compra de títulos públicos. El Gobierno se endeuda a tasa activa para dejarle la tasa pasiva a la banca", advierte. Faraco no tiene dudas de que en los bancos intervenidos había una hiperconcentración de fondos públicos, tanto en función de los pasivos como del patrimonio. El analista explica cómo funciona el negocio de las colocaciones estatales. El modus operandi, dice, es que el tesorero que dispone de fondos manda a un emisario, conocido como el cometa, quien "subasta" el depósito entre sus contactos dentro de los bancos. Las propuestas vienen en forma de puntos y aquel que haga el mejor ofrecimiento recibe el depósito, previo pago de las comisiones. "Cuando depositas en bancos malos, en los taburetes, te pagan tasas altísimas. El cometa es un simple mandadero", afirma. Agrega que este negocio es muy fácil de descubrir, basta con comparar la tasa a la que se ha pactado el depósito con la del mercado mediante una simple auditoría. Es por ello que el tráfico de depósitos ocurre muy rara vez con fondos privados, pues en estos casos el daño patrimonial quedará en evidencia. Francisco Faraco recuerda que el Banco del Tesoro se creó para que distribuyera los recursos estatales de un modo más profesional: "Pero no ha sido así, ha dado préstamos hasta para el consumo, ofrece tarjetas de crédito, maneja fideicomisos, se ha convertido en un banco más y nadie respetó el papel centralizador que le fue atribuido". De acuerdo con el economista, las prácticas actuales afectaron profundamente el manejo de la hacienda pública. "Se implantaron esquemas informales, el primero de ellos es el Fondo para el Desarrollo Nacional. Nadie sabe qué pasa con los reales del Fonden, de los 53.000 millones de dólares que fueron guardados allí, no existe información acerca de cuánto queda, no presentan cuentas", sostiene. En cuanto a las consecuencias que tendrá la mayor presencia estatal en el mercado financiero venezolano, Francisco Faraco opina que será poco el efecto, pues considera que la mayoría de los clientes preferirá a los bancos privados, debido a la mala reputación del Estado como banquero. "El Banco Industrial de Venezuela se fundó en el año 1927, Banfoandes en 1959, ambos tienen dificultades. Vamos a ver cuánta cuota de mercado le queda al Estado a final de año. Cuando compraron el Banco de Venezuela llegaron a 11 puntos de cuota de mercado, apuesto a que pierden 2 puntos. Esta gente como llega se va, para todo es así", asegura el economista. Interrogado sobre la posibilidad de que la actual crisis se extienda a otras instituciones, Francisco Faraco responde que no, pues restringe el problema a un grupo de bancos "muy enchufados" al Gobierno que tenían problemas estructurales desde hace tiempo. Si embargo, advierte que existen fallas de otra naturaleza, pues la estructura del mercado conduce a la debilidad a un numeroso grupo de bancos que tienen cuota de mercado reducida, por lo que les cuesta obtener beneficios.



Post Scriptum
: Sin menoscabo de estar o no de acuerdo con la perspectiva que nos brindan tanto el "diputado" Cabezas como el economista Faraco, uno no puede sustraerse de pensar en las causas últimas y definitivas del origen de esta nueva crisis bancaria, a saber, el estatismo desaforado, hipertrofiado y obtuso, llevado a límites hipergalácticos por la actual dictadura.

El estado venezolano, rentista petrolero non plus ultra, en el paroxismo de su hartazgo de fondos no generados por la producción y la productividad, crece hasta más no poder (se calcula en más de tres millones de empleados públicos entre nóminas reales, paralelas y clandestinas). De allí, entones, que se dedique a acrecentar su presencia como banquero (rol en el cual siempre ha desempeñado un papel lamentable) y, de acuerdo a la inexistencia de parámetros éticos y morales en la catadura del dictador y sus secuaces, surjan, por consiguiente, los negociados boliburgueses con su estela de pus (como el partido oficial) y podredumbre.

¿No habría sido preferible, entonces, que el grueso de esas ingentes sumas hubiera sido entregado directamente a todos y cada uno de los venezolanos? ¿Quién las habría administrado mejor, nosotros o papá estado, dictador mediante?

Saquemos una cuenta simple. Pongamos, por caso, que el autócrata haya regalado, durante estos once años, cien millardos de dólares (que son más, apuesto) a Fidel y a las otras sanguijuelas. Añadamos a esta ecuación que seamos veinte millones de venezolanos (somos menos), mayores de dieciocho años, con uso pleno de nuestros derechos civiles, etc. Dividamos cien millardos de "verdes" (greenbacks) entre veinte millones de ciudadanos y, ¡presto!, nos da cinco mil dólares por cabeza. Cinco mil bucks que a cambio real son casi treinta mil bolívares fuertes (treinta millones de los viejos), ¡treinta palos!, para cada uno. ¿Qué hubiera hecho usted con esos treinta palos? Repetimos la pregunta: ¿no habría sido mejor entregárselos a todos y cada uno de los venezolanos en vez de regalárselos a las garrapatas? ¿Quién los habría administrado mejor: usted o el estado, sátrapa mediante?

En eso consiste el estatismo. Es la confiscación, el robo de lo que es suyo y mío, amigo lector, por parte de una superestructura (para utilizar la jerga marxista), en este caso el estado, encarnada en la figura de un mandamás (l'État c'est moi) ignorante y corrompido, porque, ¿no y-que el petróleo es nuestro?

Saquen esos reales de esos bancos quebrados y entréguennoslos... ¡ya!