Capítulo XXXX
Navegué
sorteando meses frotados de escamas, borrascas y sargazos de mimbre.
Para
empezar, el embarazo me afectó terriblemente. No deseaba que sucediera porque
las condiciones no eran las más propicias. Pero aconteció, con método del ritmo
y todo. Las píldoras anticonceptivas me soliviantaban con unas taquicardias y
unas piquiñas enervantes. Para colmo, el aparato con que intenté reemplazarlas
me provocaba sangramientos. Acudí a una ginecóloga del Seguro Social. Me
recomendó abstinencia total durante los días previos a la colocación de un
novedoso diafragma. El engorroso papeleo retrasó el asunto y yo estaba
asustada.
Tenía
presentimientos. Cada día me daba cuenta que él ya no era el mismo. Hasta se
atrevía a hacerme el amor con indiferencia rutinaria, casi sin caricias ni
escarceos, casi por obligación. La situación entre nosotros había cambiado,
como los reflujos de las mareas.
Yo
recordaba siempre mis vacilaciones de aquellos lejanos y borrosos primeros
días. Dudas que, no obstante, me hicieron llevar y dejarme arropar. Me
preguntaba, a ratos obsesivamente, si el fondo de las cosas no residió en el
hecho de que anhelaba marcharme de casa de mi mamá y romper con todo. Al final
de cada día me resistía a abandonar la universidad porque no soportaba la idea
de verme encerrada en aquellas cuatro paredes donde se me toleraba y se me
observaba con la intemperancia sorda con que se tolera y se observa a las
intrusas. Lamentaba, entonces, que la lucha armada hubiera sido derrotada una década
antes. De no haber sido así, habría cargado con mis bártulos y habría zarpado,
con toda seguridad, a la montaña El Bachiller o a la sierra de Coro a empuñar
un fusil o, por lo menos, a ayudar en algo a los combatientes. O, a lo mejor,
habría permanecido en la ciudad colaborando de alguna forma con las unidades
tácticas de combate. Desdichadamente, los tiempos decretaban un repliegue que
se traducía en traiciones y en francas volteretas. El canto de sirena del
dinero fácil pudo más. La confusión reinante me indujo a transigir en el amor.
Valdemar
se me convirtió, poco a poco, en una presencia indispensable. Parecía aferrarse
a mí con fruición de guacuco en la arena. Con mi consentimiento implícito, se
nos identificó a ambos como pareja. No era para menos: se nos veía juntos por
doquier. Pero, en esa época, resultaba evidente que él estaba más enamorado de
mí que yo de él. Me necesitaba y yo le permití apoyarse en mí porque yo también
precisaba de un punto de referencia, de un faro en medio de las rocas de madera
y los guanaguanares ciegos. Íbamos juntos a los conciertos de Atahualpa
Yupanqui, a las muestras colectivas de los artistas plásticos rechazados por
los salones oficiales, a las conferencias sobre realismo mágico de Alejo
Carpentier y Miguel Otero Silva, a las cátedras del humor de Zapata, a los
recitales de Alí Primera y Ríchar Atencio Villasana, a los mitines de José
Vicente Rangel, de Américo Martín y hasta del orejón Luis Beltrán Prieto. Nos
conseguíamos con parejas amigas en el cafetín del ateneo y partíamos a
bucólicas excursiones por el camino viejo de los españoles, hacia Galipán o por
los lados de la Colonia Tovar. Polemizábamos y cuestionábamos todo. Pasábamos,
sin que nos arredrasen las boyas indicativas de los estancos tácticos, del proceso
cubano a la unidad de la izquierda y el asco del MAS a confundirse con el
chiripero ultroso; de la dispersión de los cuadros del feminismo militante a la
insuficiente solidaridad con el sandinismo acosado; de la criminal complicidad
entre los regímenes de Napoleón Duarte y Luis Herrera Campíns enfrentando al
Farabundo Martí de Liberación Nacional a los arrestos neoimperialistas de los
yanquis invadiendo Grenada... y había mucho vino y ron para que las
conversaciones se prolongasen hasta las cuatro y las cinco de la madrugada,
buceando entre las gasas inconclusas del humo de los cigarrillos sin filtro.
Lo
hubiera dado todo por quedarme en la universidad para siempre. Pero los
conflictos presupuestarios lo impidieron. No había plazas para los licenciados
en Letras. La situación en casa se me hacía insostenible, además. Cualquier
intento de diálogo con mi mamá, así fuera con referencia a lo más nimio,
degeneraba en las acostumbradas diatribas por parte de ella, con un lenguaje
cada vez más pletórico de vituperios y referencias amargadas sobre mi padre. Yo
no le respondía. ¿Para qué hacerlo? Mi mamá no era sino una pobre mujer
frustrada con quien jamás habría yo de entablar una verdadera comunicación.
Encima temía que, en cualquier ocasión, pasara de sus aspavientos de
mantarrayas en la sombra y de aquel discurso preñado de dicterios hacia todo lo
representado y amado por mí, hacia la acción enajenante, hiriente, morbígena,
con agresión de icebergs descalabrando
líneas de flotación. Ante ella, sentía el eco de aquellas palabras de F. Scott
Fitzgerald, queriendo avanzar como “botes que reman contra la corriente,
incesantemente arrastrados hacia el pasado”. No me quedaba otra alternativa que
destrabar las ataduras y salir a empaparme de aire de mundo y mares océanos.
Así lo hice.
Conseguí
unas horas de clase en un ciclo básico situado en Las Minas de Baruta. Impartía
Castellano y Literatura, con lo cual aseguré mi primer sueldo estable. Al cabo
de poco, ya tenía unas cuantas horas repartidas entre un instituto de niños
bien por los lados de Prados del Este y el ciclo básico. El contraste entre el
despliegue derrochador de aquellos y la carencia de prácticamente todo entre la
gente del barrio era patético. Busqué ganar un poco de sosiego para mi
escoriado sentido de la equidad trasladando, subrepticiamente, excedentes (un
microscopio, dos carteleras en desuso y unos cuantos útiles destinados al
basurero) de uno al otro. Me sentí como un Robin Hood femenil. La mirada
agradecida y esperanzada de los muchachos del ciclo básico era premio más que
suficiente para los agobios que me tomaba. Por esos días, se me presentó,
asimismo, una magnífica oportunidad de alquilar un apartamento tipo estudio en
Bello Monte, cerca de la Peña Tanguera. Valdemar consiguió prestada una camioneta
ranchera y, en el transcurso de una tarde lluviosa, mudé mis pertenencias. No
dejé nota de despedida ni nada por el estilo para Ornela y mi mamá. Simplemente
lo hice y ya está.
Poco
a poco fui reuniendo elementos para mi apartamento. Compré adornos rústicos de
barro a unos artesanos del Hatillo y Valdemar me fabricó unas silleticas y unas
mesitas de madera (las pintó de ocre). Su compañía me resultó valiosa por aquel
entonces: siempre andaba consiguiendo cosas de utilidad. Se aparecía con pocillos
de peltre, afiches, ollas, herramientas y toda laya de peroles a los que se les
asignaba utilidad, por obligación y necesidad. Después de ayudarme en los
arreglos, conversábamos mucho. Los besos no se habían vuelto a repetir, desde
los tiempos del bloque. Había algo más, indefinido e inefable. Las raras
ocasiones en que no se aparecía por el apartamento, la soledad trotaba por mi
pecho, irrumpiendo con estampidas de tsunamis
peruanos. Necesitaba relatarle mis vicisitudes en el ciclo básico y en el colegio,
ventana y espuma de mis ínfimos piélagos particulares. A veces venía Ornela,
hablando hasta por los codos, moviéndose y desplazándose, curioseando por aquí
y acullá, tocando las cosas y mudándolas de lugar, pero ya no me enervaba tan
fácilmente como antes: mi tolerancia hacia ella aumentaba en la medida en que
más distante se desarrollaba mi vida independiente. Conoció a Valdemar y,
aunque pienso que se tomaron el esfuerzo de disimularlo, no se cayeron bien el
uno con el otro.
Pude,
incluso, comprarme un carrito, un Fíat chirriquitico que quién sabe por cuántos
propietarios había pasado (Ornela aseguraba que era de séptima mano).Valdemar
se aplicó con el carburador y los frenos, logrando un mínimo de confiabilidad.
Más de una vez pretendió dejarnos botados en la vía, pero apenas sentía sus
diestras manos hurgarle las entrañas, el cacharrito cobraba vida... ¡y
arrancaba de nuevo! Los muchachos del ciclo básico lo lavaban y le sacaban
brillo, y hasta los chicuelos de Prados del Este me daban consejos de buen
mantenimiento. Cada día parecía cobrar vida propia, siendo parte inapreciable
de mi libertad. Lo bauticé formalmente como El
Delfine, porque era alegre y retozón (cuando no lo afectaban los achaques)
como sus congéneres reilones de las tersas profundidades.
Disfrutaba
de la autonomía atlántica con que me desenvolvía por aquellas risueñas
jornadas. Tenía mis responsabilidades, ciertamente muchas de ellas la mar de atosigantes,
pero diríase que flotaba como brisa atravesando prados sumergidos de violetas,
como sueño surgido de sueños y espejos abominables (tipo Borges). Las triviales
limitaciones no eran barrera suficiente para impedir la ilusión del reo que ve
abierta la puerta de la celda y puede, enseguida, señalar con nuevos ojos las
viejas cosas para conferirles jerarquía de almas. La poesía reptaba por los
aires ecuánimes del crepúsculo. La montaña del Ávila era una memoria verdosa
para la luz que lamía sus playas de oxígeno. La risa de los muchachos de Baruta
se me confundía con la música atónita de los pájaros del cerro. El Delfine me remitía a transparentes
vidas griegas, no concebidas como fracasos inescapables, sino más bien
olisqueadas en proyecciones alternadas: danzas sobre arenas blancas e
inmarchitables, al sur de oleajes y caracoles maternales.
Valdemar
solía verse, cada vez más a menudo, sin recursos para afrontar sus necesidades.
Su carrera se prolongaba por causa de los frecuentes cierres de la UCV y por su
afán de involucrarse en luchas partidistas. Le gustaba militar en los grupos
ultrosos y verse inmiscuido en interminables polémicas entre el Comité de
Luchas Populares, la Causa R, Bandera Roja y el Partido de la Revolución
Venezolana. Su familia decidió mudarse, por ese entonces, a Puerto Ordaz y él
se quedó solo en Caracas. Lo dejaba dormir en la salita de mi apartamento,
sobre una estera que él mismo me había regalado. Una calurosa noche de mayo,
los cimientos de la ciudad parecieron crujir con agonía de granito. Me
encontraba enfrascada en la lectura de las Memorias
de Adriano, de Marguerite Yourcenar, y me asusté, de veras que me asusté.
Salí corriendo, con un pánico eléctrico clavándoseme en el tapón del estómago
que me impedía gritar. Recordé, en fracciones de segundo, el terremoto del 67 y
el trauma con ceguera que provocó en mi alma el terror de verme tapiada en vida
sabiendo que los gusanos se aproximarían, implacables e inapelables, a devorar
mis mucosas y mis córneas, y yo sin poder impedirlo y ahogándome de pavor como
Edgar Allan Poe bajo el definitivo péndulo. Iba, despavorida y sin saberlo a
ciencia cierta, a saltar por la ventana o a lanzarme desbocada por las
escaleras cuando sentí su mano atraerme hacia sí y un extraño consuelo me
abrigó.
—Ya
pasó— susurró.
Intenté
sollozar y dejé que mi cabeza se posara sobre su pecho desnudo. El temblor de
tierra había cesado y comenzaba el temblor de mi cuerpo, pues dejé que sus
labios pasearan por mi cara y permití que su barba se confundiera con mi pelo y
que su boca abrevase de la mía sumiéndome en una calidez que yo sabía, desde
hacía mucho, que estaba buscando y deseando. Desde esa noche, dormimos juntos.
Puede
decirse que fue el ansia de verme protegida lo que me llevó a ser suya. Por esa
inercia obstinada que nos induce a todas a recogernos bajo el manto de esos
abrazos asertivos, de esos pectorales sólidos y rectangulares. Por esa
fragilidad de incertidumbres biológicas que no es más que una agresión divina y
bíblica, creación masculina de hecho, a la fortaleza de largo aliento del sexo
femenino. El amor, en última instancia, es una claudicación y una adherencia
inhóspita de energías sin empleo más útil. Un anexo escueto. Una vertiente
sensorial de los goces efímeros entre dos cuerpos en trance de levedad. Y que
me perdone Milan Kundera.
Ah,
pero entonces no lo pensé así. Valdemar me satisfacía, suavemente y sin
digitaciones febriles. Logramos, de hecho, acomodarnos a una vida de callada y
moderada lealtad. Al fin pareció encontrar una rutina y una estabilidad de
hogar propio. Pudo dedicarse (ya no más sobresaltos) a concluir la carrera de
ingeniería civil. La nuestra fue una cohabitación integral y totalizadora. Su
figura se hizo familiar en el ciclo básico de tanto irme a buscar en El Delfine (rezongaba cuando debía
recogerme en el colegio de Prados del Este). Ya en las postrimerías de aquel
año escolar, organicé varios actos culturales y él colaboró a plenitud. Monté
un par de obras de teatro. Los muchachos de Baruta escogieron Yerma, de Federico García Lorca. Nos
divertimos mucho fraguando una puesta en escena bastante heterodoxa, con música
arrebiatada de cueros y guaguancó (no había cante jondo a la mano). Valdemar lo
disfrutó a más no poder. Y, como colofón, logré convencer a mis alumnos de
Prados del Este para escenificar Fuenteovejuna,
con lo cual (creo) pude persuadir a unos cuantos entre ellos de que existen
muchas posibilidades de trascender en la vida, siempre y cuando se pueda dejar
de lado el Disco Music, los paseos
sifrinos a la playa para surfear y otras estériles diversiones. De ambas
experiencias surgieron algunas vocaciones por las tablas.
Valdemar
se graduó de ingeniero civil. Los tiempos eran duros. Había recesión y,
paradójicamente, los precios del petróleo alcanzaban niveles altísimos. Se
desesperaba por no poder encontrar trabajo y maldecía constantemente a los
copeyanos. Un día se apareció con la noticia de que, ¡enhorabuena!, había
logrado emplearse en una constructora perteneciente a uno de los doce
apóstoles. “Eso no importa”, lo conforté esa noche, “porque, por los momentos,
lo que necesitas es adquirir experiencia. Después, cuando poseas una base y
relaciones más sólidas, podrás salirte de ese antro de corrupción”. Su
respuesta fue lacónica: “Hay que comer y, además, debo ayudarte”.
Durante
varios meses, todo siguió igual. Valdemar trabajaba largas horas, como buscando
recuperar el tiempo perdido. Empezó a comer con más apetito e, incluso, a
trotar y a hacer ejercicio. Mis clases continuaban con la dinámica usual, salvo
por la cada vez mayor ojeriza que yo le estaba provocando a la directora del
ciclo básico, una trigueña solterona que nunca dejaba de usar medias
antivárices y que había llegado a ese cargo, indudablemente, por alguna palanca
favorable en el partido de gobierno. Opté por no atravesar su campo visual y
auditivo, en la medida de lo posible, y así no llamar su atención.
Cierto
día, sufrí un susto terrible. Llegué al apartamento y noté que un tipo de
pómulos salientes y labios carnosos estaba acostado en mi cama (mejor dicho, en
mi colchón, porque todavía no había ni siquiera comprado el jergón). Ya iba a
gritar pidiendo ayuda cuando me di cuenta de que era Valdemar.
—
¿Entonces, te sorprendiste? —me dijo, sonriendo por
la impresión que me había causado.
— ¿Y la
barba? —le pregunté, ya bajo control.
—“Todo
tiene su final, nada dura para siempre”— contestó, canturreando con voz
desafinada el número popularizado por Héctor Lavoe y Willie Colón.
Fue
premonitorio, hoy no lo dudo. Porque, a partir de ese instante, todo comenzó a
cambiar en él. El antiguo aspecto descuidado, tan a tono en el ambiente de la
UCV, fue echado por la borda. Nuevos ternos hicieron irrupción en el
guardarropa.
—Hay
que cambiar la percha. El trabajo así lo exige— explicaba.
Cuando
llegaba tarde olía a alcohol.
—Las
relaciones públicas con estos burócratas gobierneros me van a romper el hígado—
clarificaba.
Cada
día se aparecía con un adminículo distinto.
—Estos
japoneses inventan unos corotos arrechísimos— puntualizaba, al tiempo que le
conectaba la videograbadora Sony al televisor de 28 pulgadas y al equipo
estéreo.
Ahora
le daba por fastidiarse en medio de la conversación con nuestros amigos de
siempre.
—Esta
gente sí que habla paja. Con razón nunca pasarán de ser unos pendejos—
calificaba, a la par que se servía una generosa porción de escocés 18 años (el
ron quedó para las visitas).
Yo
no pensaba en nada. En realidad no deseaba hacerlo. Siempre he sentido temor
del futuro, sobre todo cuando las cosas a mi alrededor aparentan sacudirse y
hay vientos de cambio en el ambiente. Hasta Ornela lo percibía.
—A
Valdemar parece que le va bien en su trabajo de la constructora. El otro día me
lo conseguí cenando en El Portón con
el director de vialidad del MTC, que es uno de los chivos que más mea con los
contratos de obras. ¿Cómo te parece? El tipo fue compañero suyo en la facultad de
ingeniería y ahora parece que lo está resolviendo con chambas y más chambas.
Pero, ¿qué te pasa? ¿No te alegras de que, por fin, tu hombre va a salir de
abajo? —me comentaba ella con su aplomo de abogada “pilas” graduada en la universidad
Santa Cecilia.
Y
en el ciclo básico, la directora no esperaba a que aconteciera alguna
desventura para achacármela directa o indirectamente.
—A
estos muchachos no se les puede otorgar ese grado de confianza que usted les
da, profesora Pérez Pirrone, porque se extralimitan y finalizan perdiendo todo
sentido de la disciplina y el respeto— me reconvenía con su boca agrietada y su
voz de guacharaca afónica.
Valdemar
se compró un carrazo último modelo.
—Vidrios
eléctricos, LauraÉ. Y toca aquí, para que sientas cómo enfría ese aire
acondicionado. Parece una nevera, ¿verdad? —me decía antes de aconsejarme que
prescindiera del Delfine (él me
regalaría un Caprice o un Century después, alegaba).
Ornela
no dejaba también de hacerme recomendaciones.
—
¿Por qué andas todavía en esa llaga? Cualquier día
de estos te deja indefensa y a merced de cualquier malandro en uno de esos
barrios por donde te la pasas. Aprovecha que Valdemar ahora está en la buena
para que te compre un carro decente. Por cierto que hace dos noches me lo topé
echándose palos con el socio del ministro en el Seasons y me quedé un rato con ellos. Te voy a decir una cosa,
LauraÉ: estaba equivocada con él. Es un tipo simpático y entrador. Va a llegar
lejos— me aseguraba con su prestancia de personita provista de todos los
contactos del mundo.
En
el ciclo básico, los escualos no disminuían su hostigamiento.
—Profesora
Pérez Pirrone, me veo en la obligación de llamarle la atención por el lenguaje
poco cónsono que destila ese pasquín el cual, según noticias que me han
llegado, ha sido auspiciado por usted so pretexto de ser un medio propicio para
el intercambio de ideas. De acuerdo a mi apreciación, esta seudopublicación no
pasa de ser un adefesio plagado de obscenidades. Esto no es literatura ni es
nada— así definía la directora, con el asentimiento del resto del cuerpo
docente, al periodiquito que habían publicado en multígrafo los muchachos del
club literario auspiciado por mí.
Y
más aún:
—Profesora
Pérez Pirrone, me temo que la proyectada escenificación de La Recluta de Andrés Eloy Blanco no podrá efectuarse porque, es
nuestro criterio, la política no debe trascender (sic) las puertas de este
plantel.
Y
todavía más:
—Profesora
Pérez Pirrone, está terminantemente prohibido utilizar las instalaciones de
este instituto para ensayos de cualquier género de grupo musical, de danzas,
títeres o lo que sea. Eso no es sino excusa de los malandros del barrio para
desplegar sus ociosidades en nuestros predios.
Ornela
me aconsejaba transigir.
A
Valdemar le dio por mostrarse más lejano. Hasta podría haber jurado que me
evitaba.
No
aguanté más las náuseas y los mareos.
—Mes
y medio. Es la primera vez, ¿no?
—Sí—
le respondí a la ginecóloga del Seguro Social, aprovechando el chequeo que me
tocaba por esos días. Ni hablamos del dispositivo intrauterino.
—Bien.
De ahora en adelante, te verás con el obstetra— y me despidió rauda y veloz.
Esperé
a Valdemar. Dudaba entre decírselo o no.
—Estoy
embarazada— le confesé a las tres de la madrugada, cuando llegó.
Como
de costumbre, había procurado no hacer ruido. Yo le seguía la corriente y
fingía. Esa noche todo fue diferente, empezando por su mirada acuosa y
terminando por el esfuerzo que realizaba para que su cabeza permaneciera firme.
Tardó como diez segundos en reaccionar.
—
¿De verdad? —preguntó con la lengua arcillosa.
No
respondí. Vino hacia mí y me abrazó.
—Qué
bueno— afirmó.
Quise
llorar y no pude. Se durmió a mi lado con las medias y los pantalones todavía
puestos.
Al
día siguiente no vino a la casa. Ni al otro.
Me
quedé sola.
La
directora del ciclo básico me entregó una carta. Estaba despedida. Cuando el
alumnado se enteró hubo huelgas y manifestaciones. Intenté disuadirlos. Fue en
vano.
—Profesora
Pérez Pirrone, usted es la instigadora de todo este embrollo.
Fui
citada a la policía. Iban a detenerme. No sé cómo se enteró Ornela y logró
sacarme del atolladero. Le conté de mi estado.
—No
pueden botarte así como así. Estás embarazada y la ley lo prohíbe. Vamos a
litigarlo.
Le
dije que ya no me interesaba trabajar más ahí.
Recogí
todas las cosas de Valdemar, las empaqueté y lo esperé en la entrada de la
lujosa oficina que ocupaba ahora en el CCT. Venía acompañado por una rubia
oxigenada con porte de modelo y vestida como profesional de altos emolumentos.
El contraste con mis sandalias, mi falda ancha de bluyín y mi franela del
equipo de volibol de la UCV no podía ser más marcado. La impresión que se le
dibujó en el rostro, ahora lampiño, fue de indecisión, duda, sorpresa, medio
burla, vergüenza y dolor.
Le
arrojé sus pertenencias a los pies y, sin decir nada, me marché. Imagino que se
quedó boquiabierto, al lado de su esplendorosa catira.
Un
mes después se quemó mi edificio. Con todas mis cosas adentro.
No
me preocupé por nada. Me ubiqué, sin meditarlo mucho, en un plano semejante al
de Lou Andreas-Salomé: más allá del bien y del mal. Estaba purificada por el
fuego y por la soledad del mar (penumbra, luna y miel).
Viviría
únicamente para el hijo que ya comenzaba a patearme las entrañas.
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