martes, 24 de abril de 2012




Seniato de Troya
(o tracalea, que algo queda)
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Algún viejo refrán vernáculo asegura que una de las mayores vivezas en esta vida consiste en pasar agachao, como dicen los dominoseros (o dominocistas, si así lo prefieren). Mientras algunos se despepitan bajo el haz de los reflectores, apareciendo en las pantallas tras baterías de micrófonos y figurando en la prensa con galanosos ojitos monaguenses y su prestancia de presidentes de “asambleas nacionales”, otros, quizá más vivarachos, quizá más avispados, andan por ahí, agazapados, encubiertos, tirando la piedrita y escondiendo la manito. Paso y gano. Barájamelo otra vez.
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Les conviene a estos bichos que la atención se concentre en otros potreros. Que todo el mundo piense “por allá jumea”. No es para menos. La metástasis, se comenta abiertamente, lo invadió todo, aunque muchos por ahí permanecen escépticos, preguntándose: ¿no será una caña del tamaño de la galaxia, para hacernos pecar de incautos, zumbándonos sin anestesia todo este teatro de piedad inducida y conmiseración majunchosa? Sendo pote de humo, pues. O a lo mejor es verdura el apio, y fijémonos en el ejemplo del tío de las barbas,  el súper chulo habanero, quien lleva estirando la pata más de seis años y todavía sigue fuñendo, enfundado en su mono Adidas. Hasta a Ozzie Guillén le fregó la paciencia, nojile. El comediante gringo Bill Maher dice que el chivudo chupa dólares (dólares de nosotros, los venezolanos, by the way) se parece a una viejita judía cualquiera jubilada, de esas que abundan en Miami como garrapata en ñescla de guau guau realengo. ¡Me acuesto con el doble tres y exclamo: triste orejón pat’e perro!
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Pero regresemos con Seniato de Troya, que la vaina es seria. Todo el mundo se hace lengua de que el hombre de los reales en el “proceso” es el inefable Ojitos lindos. Que, junto a él, los drogogenerales son quienes mueven el billete hereje. Que por esa razón están bajo la lupa de la DEA, Interpol y los principales cuerpos de seguridad del primer mundo (ya hablaremos de esto más adelante). Y, mientras tanto, el mimético Seniato de Troya se la pasa, hecho el zoquete, reptando bajo cuerda, cuadrando sus trácalas, sin que muchísima gente sepa de sus andanzas. Pero por aquí jumeó y lo capturamos. Cújelo, Fifí. ¡Unare que va pa’ Coro!
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Seniato ha amasado el biyuyo grueso, anudando alianzas estratégico-financieras de primer calibre. Su paso por la gran recaudadora, devenida bajo esta chorocracia en centro de extorsión gangsteril, lo ubicó en primer rango de los favores de la verruga parlanchina. Aun con el precio del petróleo por las nubes, aun con la mazamorra gorda del mayoreo de sustancias prohibidas, en sociedad con farrucos y elenos, la voracidad de rial de la verruga tonante es insaciable. Seniato se convirtió en el principal ordeñador de ricachones, comerciantes y, no faltaba más, de la ensanguchada clase media venezolana. Date duro con la cochina, ¡oinc!
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Simultáneamente, Seniato se labraba una fama de “ejecutivo eficiente”, algo verdaderamente insólito en un régimen signado por la piratería desbordada, tanto profesional como vital, de sus principales figurantes (empezando por la verruga lengüetera que ni siquiera pudo aprobar el curso de estado mayor). Seniato se auto esculpió el renombre engrasándole la manopla a más de un gacetillero o, dicho en cristiano viejo, ejerciendo el antiguo vicio conocido en los ambientes mediáticos como palangre. Tan inmaculados que se las daban estos comunisticas cuando llegaron al poder, pero cómo les gusta la manguangua. ¡Tengo un violín, pero de puros dobles!
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Seniato anda procurando reuniones con tutti le mundachi, por aquiles y por ayala. Dentro de la chorocracia, ha asegurado el cuasi monopolio de la importación de carne, dada en prebenda exclusiva por su verrugona majestad, con quien, por supuesto, pica la cochina. Ese bisté, ese churrasco, esa punta trasera, esa carne de hamburguesa que usted acaba de engullirse, amigo lectorísimo, llegó a sus muelas y se arrocheló en sus tripas gracias a las artes importadoras de Seniato quien, por si fuera poco, disfruta de impunidad para meter por las aduanas lo que se le antoje, sin pagar arancel, of course. Su principal socio es un arábigo a quien mientan Traketo, el rey del contrabando, súper rico de la noche a la mañana y no por causa de su cadena de tiendas traketas. Todo un dúo dinámico. ¡Aporréame esa cabeza de dos, Dulce María!
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Traketo es testaferro de Seniato. Son uña y mugre. Y lo que les gusta a ambos es míster Dólar (como a la verruga maledicente). Traketo sale en las páginas sociales, desplegando su prosperidad. Traketo adquirió casa de playa en una república caribeña, en zona muy, pero muy exclusiva. Traketo le engrasa la manopla al viejo cubiche constructor de misses. El cubiche de las misses siempre ha chupado de Cisneritos. Ahora el cubiche chupa igualmente de Traketo. El cubiche y Traketo son panas, además, de un personajillo muy ligado a las sonadas barraganas de tiempos no tan lejanos. El personajillo fue un muy reputado cortesano de presidentes y conserva, cultiva y multiplica con primor su cartera de contactos con figuras que han estado, están y, presumiblemente, estarán en esferas de poder. Nuestro personajillo, no obstante, siempre se coloca detrás de bambalinas. Solo quienes han tenido información íntima de los juegos de poder desde la era CAP I han oído de los andares del personajillo. Todo un componedor de la comarca, pues. Todo un especialisto en trajines y enchufes, siempre  pasando agachao, caracha negro. La tramoya a referir, entonces, es como sigue: el cubiche y el personajillo, mediante sus conexiones y encantos, atraen a gente del sector “oposicionista”. Traketo los transporta en su jet privado hasta la mansión caribeña y allí se producen los cónclaves con Seniato. ¡Mejor que una tranca de sesenta puntos!
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Seniato solicita de los “oposicionistas” el máximo sigilo. El “presidente” no sabe nada de esto, asegura, y si lo supiera tendría Seniato que padecer graves consecuencias. Esta reunión es producto de su propia iniciativa, recalca. Hay que mantener los puentes abiertos. Cualquier cosa puede pasar. Hay mucho comecandela suelto de lado y lado. No es buen clima para los entendimientos, subraya, pero no hay que ser una lumbrera para entender que está hablando de negocios, de eso que llaman los gringos el bisnes. Yes, pitingli. Si el “presidente” llega a saber de estos encuentros le corta la cabeza, repite. Y cabeza no retoña, como le dijera Llovera Páez a Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958 en la madrugada, cuando lo convidaba a coger la trilla porque Venezuela se les había alzado. Entonces, como quien no quiere la cosa (y dependiendo de la jerarquía del contertulio), Seniato ofrece, para suavizar el coloquio, colaborar, lubricar, arrimar la canoa. La campaña sale costosa. Estar alejado del presupuesto nacional equivale a muerte lenta. Estar en oposición es como hacer dieta impuesta. A todos nos gusta la carne resueltota. Seniato acerca un maletín, modelo Antonini Wilson, si el cófrade está en las grandes ligas “oposicionistas”. Seniato promete contratos de obras. Seniato pone sobre la mesa exenciones aduaneras y tributarias. Seniato sugiere arrimes a las movidas. Seniato se las sabe todas. Seniato está encabezao por ambas puntas y ahora juega solo.
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Seniato anda hoy por todo el país, contactando gente. Adonde llega, alguna personalidad de relevancia local o regional, rico de los de antes o boliburgués de nuevo cuño, lo recibe. Usualmente en conciliábulos bien selectos, con escogidos invitados, sin importar la procedencia política (oficialistas, democráticos, ni-nis), con ágape incluido, papa y bebida finas, hablando casi en susurros. Seniato, en ese aspecto, es discreto. No alza la voz. Hasta se atreve a compartir algún chiste sobre “nuestro presidente”. Y ofrece y ofrece. Negocios opíparos. Lomito resueltote. A todo el mundo se le hace agua la boca. ¡Los mirones son de palo!
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A uno que ha visto tanta vagabundería, sobre todo en estos últimos catorce años, le sale preguntarse: ¿no será todo esto una jugarreta maquiavélica más de la verruga hablachenta y sus chulos cubanos? El “magistrado” cachetón lo acaba de enfatizar, a las puertas de la DEA: aquí no se mueve ni una molécula de gamelote sin que la verruga ñangarosa (y los chupasangre cubanos) no se entere. Desde este mi rincón de coleado irredento en saraos seniateros, campaneando mi güiscacho y clavándole el colmillo a unos tequeños de fromage, observo y calibro a Seniato, queriendo emular a la verruga demagoga en lo que tiene de embaucador y encantador de serpientes. Casi todos los circunstantes están que largan la baba. Pero, como decía la vieja guaracha de Billo: “Tú no me engañas”. Seniato, resiete bandido: ¡te estoy cazando el juego! ¡Aquí les meto este zapatero, a ti y a la verruga corrupta!

martes, 17 de abril de 2012

Grandilocuencia entre epóxidos
Emilio Arévalo Quijote (XI)


por: Nicolás Soto

Los futuros no realizados son solo ramas del pasado: ramas secas.
Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles





Palmetazos e interfectos
                        
Pactado el cese al fuego, a las seis de la tarde del 22 junio 1921, las tropas rebeldes desocuparon Guasdualito, pernoctando en un sitio llamado Vara de María. Emilio Arévalo Cedeño creyó retornarían a la antigua Periquera muy de mañana. Pero, siendo el mediodía del 23, recibió la orden de su comandante en jefe, el general y doctor Roberto “El Tuerto” Vargas de marchar rumbo al sector Las Angosturas.
                       
Según EAC, “la indignación de toda la fuerza era unánime, y yo tuve que evitar un atentado contra Vargas, el cual fue increpado por varios oficiales, que se contuvieron porque la autoridad moral del Doctor Carmelo París y la mía, los (obligó) a permanecer tranquilos, para evitar más males a nuestra causa. Vargas fue despedido para irse a Colombia por la vía de Arauquita”.
                       
¿Tuvo razón “El Tuerto” Vargas al sancionar el abandono del asedio? Se conocía el inminente despliegue de varios contingentes gomeros con ánimo de contraofensiva. De hecho, aprovechando el alejamiento de los atacantes por el armisticio acordado, más la discordia entre los jefes insurgentes (todo un secreto a voces), el 24 en la mañana irrumpió en Guasdualito el general gobiernero Sálvano de Jesús Uzcátegui a la cabeza de trescientos efectivos.
      
Ido  “El Tuerto” Vargas y ahora sin rivalidades por la máxima jefatura, Arévalo contramarchó, intentando recobrar la plaza. Una vez en las afueras del poblado, en la tarde del 24, dirigió una misiva al general Benicio Jiménez, instándolo a rendir la posición, como había sido acordado antes de la tregua. Pero la tortilla se había volteado. Los defensores gomeros se habían robustecido. Los combatientes arevaleros, por el contrario, se hallaban exhaustos y carentes casi por completo de municiones y de víveres. Benicio Jiménez, sabiéndose poseedor de los mejores naipes de esa partida, le replicó el 25: “Recibí su carta (…) en la que me pide Ud. la entrega de la plaza, lo cual no me lo permiten mis condiciones de soldado que sabe cumplir con su deber”.
                      
No le quedó otra cosa a Arévalo Cedeño sino ordenar la retirada ese mismo día. El 28, a las tres de la tarde, llegaría a Guasdualito Vincencio Pérez Soto. El 29 lo harían Hernán Febres Cordero y Manuel Sarmiento. Y si la cosa se ponía harto seria, hasta el mismísimo Eustoquio Gómez, el sanguinario primo del sátrapa, bajaría desde las alturas tachirenses para aplastar la insurrección.
                  
El jefe guariqueño, prudentemente, ya había decidido descender a Elorza. En el ínterin,  “El Tuerto” Vargas había cruzado la frontera. A posteriori, remitiría una carta donde cargaría de culpas a Arévalo por el fracaso del movimiento: “Usted en su desatentado  decir mal de mí va hasta hacerse daño a sí mismo, y en su afán de hacerse notable ha aventado a todos los rumbos la desgracia para la revolución de esta frontera. Bien dijo en Cravo Norte, a su asilamiento, el Dr. París a Luis Felipe (Hernández): Arévalo Cedeño es un maquiavélico. A sus intrigas se debe todo, todo lo sucedido”. A lo que respondería EAC con una Orden General de fecha 6 julio 1921, en el cuartel del hato Santa Elena, a seis leguas de Elorza: “Ordeno a todos los servidores de la Revolución Constitucionalista (…) la captura de Roberto Vargas y Alfredo Franco, para que respondan ante un Consejo de Guerra, de su conducta cobarde y traidora para con la Revolución”.
                      
Malhadado sino de, prácticamente, todas las lidias contra despotismos omnímodos en nuestra Historia: quienes más unidos debían ejemplarizar, más disociados se comportaban. En este caso, desgraciadamente para la patria y afortunadamente para el Benemérito truhan, dos luchadores de tronío se querellaban. Por un lado, el adusto orticeño con su nube en el ojo (de ahí su mote de “Tuerto”) quien, eventualmente, inspiraría a Rómulo Gallegos el impávido personaje de Juan Crisóstomo Payara en Cantaclaro; por el otro, el quijotesco e incansable vallepascuense, modelo de irreductibilidad en la lid contra la opresión gomecista. No debería haber sido así, pero lo fue. Lástima.

Vidriosas malarias
                        
Atrás quedó Guasdualito, con su guarura opaca de cadáveres inmolándole al sol una riada de ojos agobiados de un glaucoma cenizo. Y el hedor apremiante que ameritó galones, retobos y taturos rellenos con las aguas marrón tamarindo del Apure para disiparse. Orgía piche para los zamuros y las alimañas. Festín carroñero para El Bagre dueño y señor de Venezuela.
                   
Cabe preguntarse, ¿por qué no fue aniquilada la tropa liderada por Arévalo Cedeño? Aparentemente, la razón estribaría en las rivalidades intestinas de los jefes gomeros. Con el capo de la “rehabilitación nacional” ranchado bien lejos, en su bien amado Maracay, los subalternos se lanzaban piquetazos de alacrán. Pérez Soto, supuestamente, le tenía ojeriza a Febres Cordero y lo llamaba despectivamente Car’e Gallina. Decidió permanecer en Guasdualito mientras ordenaba a sus subordinados iniciar la persecución de Emilio Arévalo y de Roberto Vargas, según telegrama oficiado a Gómez: “Yo personalmente no tomé el mando de esta gente pues (nosotros, es decir, Briceño y Pérez Soto) somos los únicos medio capaces (…) Mientras tanto, yo (Pérez Soto) me encargaré de expugnar las montañas de Arauquita, si Vargas no se ha ido vía Tame”.
                    
Guasdualito también representaría, también y al igual que para “El Tuerto” Vargas, la última acción guerrera de envergadura en el palmarés de Pedro Pérez Delgado, el montonero portugueseño conocido como “Maisanta”. José León Tapia relata en su biografía del personaje, El último hombre a caballo, el desencanto del guerrillero: Malditos sean los doctores y todo aquél que aprovecha la guerra para ver si llega arriba a costa de los de abajo”, habría exclamado, poco antes de partir hacia Elorza al mando de una columna de veintidós hombres. “Juro que no daré un paso más al lado de estos carajos”, remató. La desilusión le haría pactar su entrega al régimen gomecista, enviándole cartas de sumisión al autócrata (“Le repito mi juramento de que soy su amigo leal y de que estoy dispuesto a probárselo”) que, a la postre, no le valdrían de nada, pues fue a dar con sus huesos al Castillo de Puerto Cabello, donde moriría con los pies engrillados (y probable víctima de envenenamiento con vidrio molido, servido a cuentagotas) en 1924. Por ahí medraría alguno que otro supuesto y verrugón descendiente de este guerrillero semibárbaro, quizá incubado en un polvo relancino y mal echado entre gallos y medianoche, deseando cobijarse con sus malogradas e incompletas glorias. “El Tuerto” Vargas, por su parte, denostó en el exilio de sus antiguos camaradas de armas, logrando —en 1925, gracias a la amnistía general auspiciada por oficios del secretario privado de Gómez, Francisco Baptista Galindo— la aquiescencia del sátrapa para retornar al suelo patrio y ocuparse de su abandonado latifundio “Corocito Varguero”, en jurisdicciones barinenses.
                   
Sin darse tiempo para melancolías, EAC reagrupó el remanente de la hueste rebelde y, luego de cinco días de marcha, ocupó Elorza con la intención de guarnecer el paso del Arauca y la vía hacia Colombia, acopiar fuerzas y vituallas, y, sin despilfarrar tiempo, hostigar, hostigar y hostigar a la tiranía.
                   
Estaba claro: la testarudez antidictatorial de Emilio Arévalo Cedeño no era flor de un día. No se iba a rendir nunca. Juan Vicente Gómez no podría dormirse en los laureles. La lucha continuaba.

Pedro Pérez Delgado (a) “Maisanta”; Ospino, Portuguesa, circa 1881; Puerto Cabello, Carabobo, 8 noviembre 1924
@nicolayiyo

sábado, 3 de marzo de 2012

Arévalo y "El Tuerto": rivalidad ante la metralla

El nibelungo de los coleópteros



Emilio Arévalo Quijote (X)


Y allí fue una pugna de luz
una lucha de mundos, un universo en guerra
Andrés Eloy Blanco, El Río de las Siete Estrellas





Pechuguera y templanza
                        
Guasdualito, antiguamente conocido como Periquera, trepidaba bajo el estrépito de una incursión donde no se pedía ni se daba cuartel ese domingo 19 junio 1921. Los insurrectos atacaban por los cuatro puntos de entrada del poblado. Por Los Corrales, Emilio Arévalo Cedeño. Por Morrones, donde nació Periquera, Ricardo Arria Ruiz. Por el paso de La Manga, Pedro Pérez Delgado, el popular “Maisanta”. Por el puerto El Gamero, el batallón Pío Gil libró encarnizada lucha contra los refuerzos tachirenses arribados la noche del sábado 18.

La procesión venía por dentro del  lado rebelde, obstaculizando la unidad de mando. Los conatos de desobediencia a la autoridad suprema del oriundo de Ortiz, el doctor y general Roberto “El Tuerto” Vargas, conspiraban contra el  éxito expedito de la operación. Desde su encuentro en Puerto Carreño, pasando por Cabruta y Caicara del Orinoco, venía incubándose una sorda animadversión entre el vallepascuense y el orticeño. EAC fustiga al comandante en jefe del cuerpo atacante en su autobiografía: “(…) el combate fue muy encarnizado, las cargas eran formidables, y (…) Roberto Vargas brillaba por su ausencia, pues no apareció ni una sola vez en la línea de fuego, quedándose durante las treinta y tres horas de combate en El Chinquero, tomando yo la dirección completa de todas las operaciones (…) Roberto Vargas jamás pudo ni podrá justificarse por aquel atentado contra la Revolución”.  

El historiador Oldman Botello, en su libro El Tuerto Vargas, doctor y general, aduce en descargo de su biografiado: “Al sur estaba Arévalo Cedeño dictando las órdenes que recibía del doctor Vargas, que no se atrevía a entrar al frente donde estaba aquel, por el temor a una ‘bala fría’ con toda la intención. En dos oportunidades estuvo en la línea de ataque de Pedro Pérez Delgado y lo arengaba para que continuara el ataque que era, además de sangriento por ese lado, victorioso”. En cuanto a la supuesta indecisión de Vargas por remachar satisfactoriamente la campaña previa a la llegada a Guasdualito, Botello sostiene que “Arévalo, ensoberbecido por su triunfo en Río Negro, quiso desconocer a Vargas (…) pero se lo impidieron Carmelo París, Luis Felipe Hernández y Arria Ruiz, enérgicamente; Arévalo quería entrar al Guárico y hacer la guerra solo; dos veces se le pararon de frente los altos jefes de la revolución”. Además, según Botello, Juan Vicente Gómez estaba al tanto de todos los movimientos de los sublevados, de acuerdo a telegramas remitidos a Maracay por el entonces presidente (gobernador) de Bolívar, Vincencio Pérez Soto, comandante gobiernero en Guayana y los llanos, amén de  beneficiario de un contingente de espías diseminado a lo largo y ancho de aquellos inmensos sabanales. Tal habría sido la causa de la extremada prudencia del “Tuerto”, criticada acerbamente por Arévalo Cedeño, al punto de comprometer la necesaria cohesión a la hora de la refriega. Aquellos polvos trajeron estos lodos, como reza el proverbio castizo.

Más cobre para las pencas

Las repetidas andanadas  insurgentes hicieron replegar a los andinos defensores hacia el centro del poblado. Tres días antes, Guasdualito comenzó a gozar del servicio de telégrafos. Los atacantes lograron cortar las líneas, incomunicando la población. Sin embargo, elementos gomeros en Palmarito pudieron expedir un telegrama a Miguel Lorenzo Ron Pedrique, presidente (gobernador) encargado de Apure: “(…) desde las nueve de la mañana están peleando afueras de Guasdualito”. Gómez, amo y señor de Venezuela, ordenó contratacar a Pérez Soto, quien, a marchas forzadas, ya se encontraba el lunes 20 en Bruzual, Apure aguas abajo, aprestándose para embestir contra los alzados.

El factor sorpresa había sido crucial para el lucimiento rebelde en las primeras horas de la contienda. Los exhaustos tachirenses, llegados la noche anterior quemando etapas por órdenes expresas de Eustoquio Gómez, el temido primo del Benemérito, se encontraban desprevenidos, unos en misa y otros lavando sus chivas en el río Apure. De acuerdo a viejas reláficas de Periquera documentadas por Juan Carlos Zapata, el cura Contreras, guariqueño de Cazorla, aun declamaba los latines del oficio matinal cuando escuchó los primeros disparos en las inmediaciones de la iglesia. Los feligreses comenzaron a dispersarse, ahítos de pánico, pero el presbítero no interrumpió el responso. El general Arévalo Cedeño instaló su base de operaciones a doscientos metros del cuartel gomecista, en un billar cercano al templo. Tuvo tiempo de intercambiar amabilidades con su coterráneo el sacerdote y hasta de evitar el saqueo de una carnicería, propiedad del italiano Pascual Panzza, antes de proseguir con la batalla.

Los machetes Collins de los hombres comandados por “Maisanta” derramaron raudales de sangre, fermentando un barro de hemoglobina y vísceras sobre las calles de Guadualito. Sus huestes habían pagado un alto costo: de ciento veinte hombres que lo habían seguido por La Manga, solo sobrevivieron diecisiete. Con la consigna “plomo y pa’lante”, lograron atrincherar a los gobierneros dentro del cuartel, en un ángulo frente a la plaza Bolívar. Los sitiados se defendieron cruentamente. Desde el alto de las garitas, los francotiradores diezmaban con plomazos limpios y certeros a los atacantes. Los cadáveres se amontonaban por doquier.

Luego de día y medio de asedio, se ordenó echar el resto con una carga general hasta la rendición final del reducto gobiernero. Las tropas se encontraban extenuadas y las municiones habían mermado peligrosamente. Oldman Botello enfatiza que el instructivo provino de Roberto Vargas. Emilio Arévalo Cedeño narra el asunto de esta forma: “Fatigados de aquella lucha tan obstinada, ordené una carga general a las treinta y tres horas justas de combate; pero en mi orden estaba la recomendación para todos los Jefes de Cuerpos que esa carga no debía terminar sino con la conquista de los atrincheramientos del enemigo (…) La carga fue dada con una bravura sin igual, y el enemigo izó la bandera blanca, en señal de paz. Inmediatamente ordené parar los fuegos (…) Un ayudante del General Benicio Giménez (sic), Comandante en Jefe de las Fuerzas enemigas, nos habló desde los muros del cuartel, diciendo que el General Giménez deseaba parlamentar con el Dr. Roberto Vargas”.

Vargas había permanecido en El Chinquero todo ese tiempo. Notificado por EAC, envió como plenipotenciario, el 22 a la seis de la tarde, al octogenario general trujillano Francisco Parra Pacheco quien, al penetrar al tiroteado cuartel, observó a Jiménez y a sus oficiales de confianza todo maltrechos, mas no desmoralizados. Convinieron una tregua el trujillano y el tachirense, para desocupar el teatro de operaciones con todos sus heridos y resguardando el honor de los vencidos. Pero, inexplicablemente, según relata Emilio Arévalo Cedeño, “el Doctor Vargas dijo era conveniente retirarnos de la plaza, para venir al día siguiente a recibirla. Aquella disposición era fatal, pero para evitar discordias, se aceptó y marchamos a una legua de allí, en donde pernoctamos en un lugar llamado Vera de María. Nosotros creíamos que al siguiente día muy de mañana volveríamos a la plaza (…) pero resultó que Vargas ordenó la marcha hacia Las Angosturas (…), abandonando nuestro triunfo, y con él exponiendo la Revolución a una vergüenza”.

Según Oldman Botello en su biografía del “Tuerto” Vargas, Benicio Jiménez aprovechó el cese provisional de hostilidades  para despachar subrepticiamente una posta hasta Palmarito y, desde allí, consignarle un telegrama al dictador J.V. Gómez con información detallada del enfrentamiento y apremiando refuerzos. Roberto Vargas, apunta Botello, había comisionado en el ínterin vigías hacia la otra orilla del Apure y hacia Elorza para otear el avance de posibles efectivos gomeros: “Los enviados de Vargas avistan a la gente que viene a Guasdualito y dan la novedad a Vargas quien dispuso a un grueso número de sus hombres a distraerlos (…); entretanto, él daba por terminadas las hostilidades en Guasdualito y levantaba el sitio (…) Arévalo Cedeño miente nuevamente en sus memorias, no haciendo referencia a la posibilidad de ser atacados por el ejército que llegaba; primero, el de Uzcátegui (proveniente de Barinas, llamado en ese entonces Estado Zamora, nota de NS), luego, la avanzada de Pérez Soto encabezada por el General Briceño y luego, el grueso del personal bajo el mando del Presidente de Bolívar (…) y finalmente las tropas de Hernán Febres Cordero y Manuel Sarmiento que convergían todas sobre Guasdualito”.

La orden de despejar el terreno y darle un respiro a la tropa gomecista había caído como un baldazo de agua helada. Si el enemigo estaba al borde de la derrota, ¿por qué concederle la gracia de un oxígeno reparador? Aun conociendo la certeza de una contraofensiva inminente por fuerzas expedicionarias de la dictadura, ¿por qué no asestarle otro golpe vistoso y vigorizante al hasta entonces invencible Juan Vicente Gómez, tal como se había efectuado a principios de 1921 en San Fernando de Atabapo con la captura y muerte de Funes? ¿Por qué no emular el zarpazo y después tomar las de Villadiego con la frente en alto, cual piquijuye vengador?

La ahogada rencilla entre “El Tuerto” y Arévalo ya no pudo ser disimulada. La discordia, precursora de la anarquía, campeó por sus fueros. Para explicarnos un tanto esta tirria entre los dos guariqueños antigomecistas, valdría la pena repasar la descripción de la psique de Roberto Vargas ofrecida por su biógrafo Botello: “una mezcla de ciclotímico-viscoso (con) oscilaciones entre movilidad y el reposo desahogado, con actividad que puede ser eficaz pero desigual (…) poco sensible a los estímulos, flemático, con expresiones de cólera (…) pasivo, perseverante y sin elasticidad y presteza (…) lento hasta la pesadez, salvo en las crisis de cólera (…) monótono, laborioso, monotemático y prolijo”. En suma, un hombre nada cobarde pero rígido y, probablemente, carente de adecuadas dotes comunicacionales, frío y distante con respecto a sus subalternos. Todo lo contrario al exaltado y quijotesco Arévalo, arquitecto de lealtades espontáneas entre sus adeptos. Estaba la mesa servida, entonces, para la colisión entre ambos jefes opositores. Variaciones sobre un mismo tema en la atribulada historia de esta patria cuajada de tiranuelos de a tres por locha.

En el sitio de Las Angosturas, a varios kilómetros de Guasdualito, habrían de medirse, frente a frente, "El Tuerto" Vargas y Emilio Arévalo Cedeño, en una rivalidad temeraria bajo el acoso despiadado de Juan Vicente Gómez.


@nicolayiyo





Roberto “El Tuerto” Vargas

Ortiz, Guárico, 30 abril 1864; Dos Caminos, Guárico, 29 marzo 1948

domingo, 19 de febrero de 2012

Venezolanizando el petróleo

Vadeando por raquetas


Matarile al estatismo (III)


Las herejías que debemos temer son las que pueden confundirse con la ortodoxia.
 Jorge Luis Borges


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Quitarle el usufructo del petróleo al estado y otorgárselo, sin cortapisas, a todos y cada uno de los venezolanos. Suena como a sacrilegio. Pero, ¿por qué insistimos tanto en esta fórmula? Primer argumento. Se trataría de un soberbio experimento social, económico y político, procurando así empoderar a todos los venezolanos, a todas las capas de nuestra población, convirtiéndolos en propietarios efectivos del hidrocarburo y lograr, de esta forma, engancharlos con la actividad productiva.

Ah, pero un gran contingente de atenidos se acogerá a la holgazanería rentística, apuntarán algunos, reforzando el patrón de dependencia con respecto a la dádiva, acentuado durante estos catorce años de malandrocracia con las “misiones”. Incluso, remacharán otros acullá, esos flojazos se fumarán y se beberán esos reales. Allá ellos. En fin, estamos hablando entre adultos. Cada cual es dueño de sus actos. Pero muchos, muchísimos más, invertirán sus dividendos petroleros para capitalizarse, adquirir o mejorar la respectiva vivienda, invertir en pequeños negocios, acrecentar su salud y educación, y, mejor todavía, para utilizarlos como garantía y obtener financiamiento en emprendimientos según proyectos a la medida de cada persona.

Segundo argumento. Para cobrar las resultas será necesario e imprescindible bancarizar a todo el mundo. Luego de censar a todos los venezolanos por nacimiento, mayores de dieciocho años, legalmente hábiles y con residencia permanente en el territorio por un período a determinar (cinco años continuos, por ejemplo), se implantaría el mecanismo mediante la apertura de cuentas bancarias ad hoc y así depositarle a todos estos ciudadanos su dinero. Se alcanzarían así varios objetivos: depurar los archivos de identificación y extranjería —contaminados hasta los teque teques por esta autocracia tracalera, proveedora de cédula y pasaporte venezolanos a cuanto ultroso, terrorista y narcotraficante se le atraviese, sin dejar por fuera el inflado y fraudulento registro electoral—; formalizarnos íntegramente en nuestro rol de factores económicos y, consecuentemente, trocar en contribuyentes a la totalidad de los ciudadanos de este país, pues, al estar todos bancarizados, se podrá afinar la recaudación, ampliándose la base tributaria; y, no sería para menos, al ser todos sostenedores de la estructura estatal, podremos tener más autoridad política y moral para reclamar nuestros derechos. Si me jurungan el bolsillo para cobrarme impuestos, puedo reclamar con mayor vehemencia por la indigencia del hospital de Tucupita, Delta Amacuro, o por la infinitud de troneras en las calles de Betijoque, Trujillo, y pare usted de contar. Rememoremos (palabra más, palabras menos) uno de los juicios más perifoneados por Arturo Úslar Pietri en su recordada emisión Valores Humanos: las sociedades civilizadas financian sus estados y sus gobiernos para que les sirvan; los venezolanos, por el contrario, somos mantenidos por el estado. La manera más expedita de darle una vuelta de tuerca a esta situación de gorreo institucionalizado es venezolanizando el oro negro y convirtiéndonos todos en contribuyentes. Todo el mundo propietario. Todos en la economía formal. Así sí sembraríamos el petróleo, ya era hora.

Tercer argumento. El arribo de los países emergentes (China, India, Brasil, Suráfrica) a los umbrales del desarrollo ha estado induciendo al alza el costo de las materias primas en estos primeros años del siglo XXI. El petróleo, desde hace rato, no baja de los cien dólares el barril. Agréguenle a eso las inestabilidades en el Medio Oriente y pareciera que la cosa pica y se extiende, como decía el gran Pancho Pepe Cróquer narrando juegos de pelota. El narcotiranuelo de estos contornos ha renqueado pedorreando sobre la cresta de esa ola con cantidades de dinero inimaginables en el decurso de nuestra vida republicana. Hay quienes certifican su similitud con el maleante del viejo cuento: atracó un banco y, en la huida, arrojó unos fajos de billetes. Los perseguidores se agacharon a recoger las munas y se olvidaron de capturarlo para zamparlo en el calabozo. Por cada cien nedas repartidas en las “misiones”, el idiamindadá venezolano se palea mil. ¡Chupa, cachete!

Volvamos al argumento. El ya prolongado encarecimiento del petróleo, más la certitud del cambio climático agravado por la dispersión de los gases carbónicos expulsados al quemar combustibles fósiles, ha incitado a los países industrializados a quebrar esa dependencia. No solamente los obliga la presión de la opinión pública, cada día más concientizada ante los riesgos suscitados por la degradación del medio ambiente. También los mueve la ya insufrible adicción a un aceite ultra contaminante que, por esas cosas de Dios, se encuentra inhumado en el subsuelo de unos países sojuzgados por varias de las satrapías más atorrantes del planeta, incluida la venezolana. El chantaje a la orden del día, pues.

La carrera por independizarse del petroleum hace rato arrancó y los venezolanos pareciéramos no darnos cuenta. Está finalizando la era definida por Winston Churchill, cuando se desempeñó como primer lord del almirantazgo durante la primera guerra mundial (1914-18), si mal no recordamos, con una sentencia más o menos del siguiente tenor: Oil is as important as blood to win this bloody war (“El petróleo es tan importante como la sangre para ganar esta maldita guerra”). Cada día descubrimos información sobre nuevos adelantos en materia de producción, almacenamiento y conservación de energía limpia en las revistas científicas más prestigiosas. Desde Israel hasta Taiwán las investigaciones avanzan. Solo es cuestión de tiempo para impartirle la extremaunción definitiva al petróleo como materia energética fundamental. ¿Cuánto será? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Treinta años? La voluntad global para ello campea por sus fueros y los venezolanos deberíamos participar entusiastamente.

¿Por qué no emplear estos últimos días, meses, años, lustros, de validez del petroaceite para convertir a los venezolanos en tenedores efectivos de ese patrimonio, hasta ahora deficientemente aprovechado? ¿Para qué dejarle al estado el monopolio de su disfrute, conociendo de antemano, por experiencia propia, su consuetudinario fracaso en la creación de riqueza y bienestar? Además, consideremos una verdad del tamaño de las galaxias: cuando el ser humano es posesor de algo, comienza a ver la vida con otros anteojos. El venezolano depauperado y marginal de hoy adquirirá un nuevo semblante y un nuevo orgullo. Cual amo y señor de su alícuota de la riqueza nacional, ello será su trampolín para devengar el techo propio, el negocio propio, sus bienes propios, entonando como el gran Ismael Rivera, “Maelo”, en el inmortal guaguancó: “Yo dueño en mi jaragual me siento, cantándole mi canción al viento”. Okey, y también “con Gladys, que es mi mujer, y Pepe, que es mi perro”. ¡Vuela, zapato viejo! Nada mejor en esta vida que disfrutar de lo suyo bien ganado. Utilicemos el petróleo, en sus postreros años de vida útil, para estimular a todos los venezolanos a tener su propio cuchuchás. Dígalo.

No desdeñemos, asimismo, la posibilidad, para la tercera edad, de contar con una entrada digna —no las tres lochas piches arrojadas, como nepe en cochinera, por el demagogo gandul— y, téngase por valedero, con la posibilidad de disfrutar de la implantación de fondos de pensiones, públicos y privados, para vivir unos años dorados con el mínimo de privaciones posibles. Sería justicia, ¿no?

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¿Más populismo para combatir el populismo, entonces?, opinarán otros. Se trata, más bien, de injertar en nuestro ánimo el discurso de justicia y equidad inherente a la naturaleza humana, con un trasfondo equivalente a la dotación de herramientas para trascender la pobreza.

Indudablemente, la promoción de este precepto conlleva dos aristas a lo Robin Hood: rebanarle la cabeza al dragón del estatismo y —colofón de colofones— arrebatarle la posesión del petróleo al estado para restituírselo a los venezolanos, sus verdaderos propietarios. Se trataría, entonces, de dos acciones justicieras con un componente cultural inequívoco, entendiendo como cultura la plataforma dispensadora de libertades individuales, promoviendo la igualdad, vigorizando el imperio de la ley —no hay justicia entre depauperados sometidos al caudillo émulo del estado—, abriendo  repertorios de potencialidades en cada uno de nosotros, y estimulándonos a ampliar hasta el infinito los símbolos y los lenguajes del acervo humano a través del intercambio de bienes materiales, culturales y espirituales. Si disfrutamos de una ventaja comparativa y corpórea de innegable valor, ¿por qué no utilizarla en el mejoramiento cabal, en primera instancia, de nuestros conciudadanos?

Habrá quien argumente: ese ha sido persistentemente el norte del estatismo (o socialismo, colectivismo, asistencialismo, fascismo de izquierda o derecha, justicialismo, estado novo, redentorismo or whatever) durante todas estas décadas, lo que pasa es que no ha sido bien implementado. Mismo argumento, por cierto, exteriorizado por los partidarios del comunismo, o socialismo real, para balsamizar su fracaso: la intención primigenia era buena, pero sus portaestandartes (Lenin, Stalin, Fidel Castro, Pol Pot, Kim Il Sung, Mao Zedong) se desviaron de la ruta y se convirtieron en genocidas. Se impone la interrogante, ¿no será que el fulano estatismo (en cualquiera de sus empaques) sufre de lo que llaman en transmisión radioeléctrica una falla de origen,  que el trauma proviene de la raíz misma del asunto y que la troncal del estatismo está pervertida desde su genoma? ¿Hasta cuándo insistir con este modelo pichacoso?

El ejemplo de nuestros vecinos y de las sociedades emergentes es patente. Quizá no le han atizado el hachazo al estatismo publicitando el logro, con una suerte de pudor enyesado. Tantos años oficiando la liturgia de las bondades del socialismo estatista no pueden ser dejados de lado a la ligera. Nos luce como quienes encomian a todo gañote las bondades de la castidad, mientras no pierden ocasión para empiernarse con cualquier bicho de uña. O como quienes se hacen lenguas dándoselas de honestos y no pueden ver un dolarito escotero porque ahí mismito se lo birlan (cualquier parecido con el demagogo ladrón no es coincidencia). El caso más notorio es el de China, país que continúa pasándose por comunista, conservando en su apelación oficial el atributo de “república popular” —a semejanza de las antiguas “democracias populares” de los países de Europa oriental, satélites del extinto imperio soviético—, cuando, en realidad, ahí lo que impera es capitalismo puro del más salvaje, bajo la tutela del partido comunista fundado por el pedófilo Mao. Nótese, sin embargo, la astucia de los hoy jerarcas de la milenaria nación asiática al rotarse en los altos cargos, jubilando a los líderes históricos, y no permitiendo —al menos en apariencia— el enquistamiento de personas o grupos en dichas altas esferas. Cada día se parecen más y más, en su hegemonía política, al despotismo militar brasileño de los años 1960-70. O, mejor aun, al PRI mexicano, con su dictadura perfecta diagnosticada por el premio Nobel Octavio Paz.

En Venezuela contamos con la ventaja de la llaga purulenta actual. El asco generalizado, a pesar del natural pavor a la chorocracia, ante la descomunal vagabundería nos permite soslayar los paños calientes y llamar al pan, pan, al vino, vino, y al Pusv, Pusv. Por cierto, qué nombre tan acertado para el partido oficialista: todo un dechado de pus, de podredumbre y de desvergüenza. Podemos, por tanto, develar, sin tantos pudores socialistoides, nuestra meta de desnucar el estatismo y erigir sobre sus cenizas una sociedad productora y productiva, creadora y creativa, con igualdad de oportunidades para todos.

¿Cuánto tiempo nos llevará hacerlo? ¿Cómo se administrará el necesario gradualismo para apuntalar el nuevo escenario post estatista? Todo ello dependerá de la manera cómo salgamos del oprobio reinante. La lucha electoral resulta una alternativa válida, aprovechando los menguantes resquicios de libertad, eso sí, sin olvidar la descarnada frase del carnicero Iósif Visarionovich Stalin: “No importa cómo se vota, sino quién haga el escrutinio”. Ojo’e pipa, señores candidatos de la Unidad.

¿Cómo se llevará a efecto la transición del actual modelo hasta arribar a la propiedad efectiva del petróleo para todos y cada uno de los venezolanos? Recetarios hay para escoger: fondos de pensiones, caja de ahorros nacional individualizada y en divisas, apertura de un mercado de capitales popular como incentivo para el ahorro y la inversión. Hay quienes proponen considerar el ejemplo noruego, con su esquema de moderación y probidad. ¿Podremos llegar a ello? Hace tan solo un siglo, hablar de democracia en nuestro país resultaba utópico. La tuvimos durante cuatro décadas, con sus virtudes y defectos, y esa experiencia le ha obstaculizado al actual militarismo el poder desplegarse con toda su carga delincuencial. Por ahora.

La discusión apenas comienza. Luego, habremos de pasar a la acción, redimiendo la frase de José Ortega y Gasset: “Acción es la vida entera de nuestra conciencia cuando está ocupada en la transformación de la realidad”. No nos queda, entonces, sino vencer los resquemores. Los próximos pasos en nuestra vida republicana deberán ser propinarle una zurra a la dictadura, reinstaurar la democracia y, por sobre todas las cosas, darle matarile al estatismo venezolanizando el petróleo. Despidiéndonos musicalmente otra vez, vamos a parafrasear la canción de Áditus: “El petróleo es mío. Es tuyo. Es nuestro”.

No es ninguna catalina, ¿verdad?

@nicolayiyo

lunes, 13 de febrero de 2012

Deschavetando el estatismo

Trepanar las lentejas

Matarile al estatismo (II)




Los dogmas de un pasado tranquilo no se adaptan ya a la tormenta presente. Nuestra época es aquella en que las dificultades se amontonan, y debemos elevarnos a la altura requerida para dominarlas. Puesto que la situación es nueva, nuestros pensamientos y nuestra acción deben ser nuevos. Salvaremos el país superándonos a nosotros mismos.
 Abraham Lincoln

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Resulta comprensible no desgañitarse en campaña electoral pregonando la agonía del dogma estatista y las fórmulas aconsejables para asestarle una eutanasia que no admite más retardo. Mas, no nos engañemos, la causa de tal timidez estriba en el temor, cundido por doquier, ante los afilados colmillos de una satrapía corrupta, chantajista y consubstanciada alevosamente con el crimen.

La ilusión de normalidad prevalece, como si de verdad nadáramos entre cundeamores de democracia. Pero se trata de la realidad virtual remachada a troche y moche por las tiranías, la realidad de la mentira impuesta, la realidad falsaria descrita impecablemente por el recientemente fallecido líder de la Revolución de Terciopelo checa, Václav Havel, en su ensayo The power of the powerless (“El poder de los sin poder”). Aunque pareciéramos capitular entre contradicciones, bien podemos, con el pañuelo cabalgando sobre la nariz y con los ojos bien pelaos, participar en tales votaciones y aupar candidaturas afines, sin olvidar nunca que nuestra intención última gravita en socavar, corroer y despescuezar, pacífica y cívicamente, las entrañas de la bichocracia, de una vez por todas, como si fuéramos un cáncer benigno (y valga el oxímoron).

Paralelamente, no nos conformamos con batir comicialmente al engendro totalitario y regresar a nuestras casas para empantuflarnos. El norte consiste en el desmontaje cabal del andamiaje estatófilo, calibrando de antemano la dificultad de torcerle el gaznate a un orden de cosas, a una visión del mundo y de la sociedad aposentada entre nosotros desde hace siglos.

Dicho accionar ya viene siendo discutido abiertamente, reiteramos, gracias a la inflexión discursiva de ciertas élites, entendidas estas en el buen sentido del término: agrupaciones e individualidades oteando el camino a seguir, fundamentándose en estudios, discusiones y reflexiones de alto coturno. La Historia lo señala tercamente: llega el momento indefectible para las ideas verdaderamente revolucionarias —perdón por utilizar un vocablo francamente devaluado hoy en Venezuela, pero su pertinencia resulta palmaria— de despegarse de la teta epistemológica que las amamanta y trascender al más amplio dominio público. Ese instante es ahora.

Cualquier revisión somera de artículos de prensa (como los del profesor Per Kurowski en El Universal, los días jueves), ensayos y declaraciones de la intelligentsia venezolana, constata el desiderátum de dejar atrás el estatismo, recalcando la convicción de que tanto la izquierda como la derecha tradicionales han abrevado de esta pleitesía hacia  el estado para atrincherarse en sus privilegios, corrupciones y amiguismos.

Abundan, asimismo, los récipes para abollarle la jeta al estatismo: venta progresiva y transparente al mejor postor —con reserva accionaria para los trabajadores y cotización pública en bolsa — de entidades confiscadas, corrompidas y degeneradas en hemorragias financieras (las “empresas básicas”, Cantv, Agroisleña, cementeras, importadoras de alimentos, fincas agropecuarias); reducción escalonada de la burocracia, inflada en nóminas oficiales y paralelas, con liquidaciones generosas y rentrenamiento profesional para el personal afectado, buscando su inserción en una legítima productividad; circunscripción del estado a las tareas que sí le competen —verbigracia, salud y educación de calidad para todos, seguridad ciudadana contra el hampa de cualquier ralea, defensa del territorio, preservación del medio ambiente, recaudación fiscal, sistema judicial imparcial y autónomo—, encogiéndose pero optimizándose, haciendo honor a la sabiduría popular: “Zapatero a tus zapatos”; administración responsable y transparente de las finanzas públicas, evitando déficits, consolidando la moneda, preservándonos de la inflación y desmontando gradualmente los controles de precios y de cambios. En resumen, restituirle al estado su irrenunciable carácter de garante de los equilibrios sociales. Transformarlo en el vigilante necesario con el mandato de impedir que el pez grande se coma al chico, sin olvidar jamás la obligatoriedad de descentralizar, descentralizar, descentralizar, colocando las instancias decisorias y de poder al alcance de cualquier venezolano de a pie. 

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Todo esto, bien entendido, es necesario mas no suficiente. Apadrinamos el ataque a la raíz del problema. Y entre nosotros, en Venezuela, ese intríngulis pasa por sopesar sin tabúes el credo de la propiedad del estado sobre el petróleo.

“¡Al fin lo confesó este cipayo! ¡Tanto gamelote altisonante para finalmente quitarse el disfraz: es otro neoliberal privatizador! ¡Reconócelo, Juan Bimbota!”, relincharán —si han gozado de paciencia para haber leído hasta aquí— los ñángaras antediluvianos y muchos otros confundidos, a causa de tantos años de estatismo estéril, dentro del campo demócrata.

No se trata de privatizar el petróleo. Hablamos de venezolanizarlo, es decir, de transferir su propiedad, efectiva y definitivamente, a todos y cada uno de nosotros, sus legítimos dueños, los venezolanos. Ajá, algunos retrucarán: ya eso fue realizado en 1976, cuando el finado Carlos Andrés Pérez lo nacionalizó. Y ahí preguntamos nosotros: a usted caro lector nacido en esta Tierra de Gracia, ¿le fue adjudicada su acción de Pdvsa? ¿Cobra usted las resultas por la venta de petróleo? ¿Le llegan a usted, a su chácara, sin intermediarios, los dividendos de la explotación del hidrocarburo, después de sacar las cuentas, a la manera de las sociedades mercantiles bien administradas? Como ello no es así, entonces resulta tautológico señalar que lo efectuado no fue la nacionalización sino, más bien, la estatización del oro negro. El estado, para variar, terminó quedándose con el saco y los corronchos, como dicen en el llano. ¡Qué mantequilla!

Y en manos del estado, no de la nación, ha permanecido durante todo este tiempo, administrado según el leal saber y entender de súpersabios enquistados en las esferas del poder que se autoasignan la pericia de saber más que nosotros sobre el manejo de nuestro dinero. Por supuesto, hoy tal atribución es potestad exclusiva y excluyente de un demagogo ignorante y corrompido, cuya única experiencia gerencial previa fue quebrar una cantina en la academia militar.

Visto el desastre y la crisis permanente de Venezuela durante estos últimos decenios —con índices de pobreza incapaces de disminuir, pese a la alharaca de la dictadura, y (ampáranos, Jesucristo) con niveles de corrupción y latrocinio convirtiéndonos en vergüenza del continente y del mundo—, no hay que ser una lumbrera del pensamiento para discernir el fiasco del modelo estatista. It’s a no brainer, dirían los odiados gringos. Debemos amputar el estatismo. ¿Cómo? Despojando al estado, vale decir, decomisándole a nuestros iluminados gobernantes su principal herramienta para sojuzgarnos: la propiedad del petróleo, para traspasarla, sin alcabalas, al patrimonio de los venezolanos. Resultará, entonces, apropiado presionar a nuestros dirigentes para que adopten estas nuevas ideas. Cruzarnos de brazos creyendo que basta y sobra con derrotar electoralmente al narcodemagogo para implantar un nuevo orden de cosas no es suficiente. Recordemos el axioma de Alexis de Tocqueville: “La obediencia deviene en servidumbre desde que el poder, ilegítimo y despreciado, no conserva más principio que el miedo o el conformismo”. Si petróleo nos pertenece, reclamemos lo nuestro, parroquia.
@nicolayiyo