martes, 1 de septiembre de 2009

Sesentera IX, la hípica

¿La verdadera Gaceta de Caracas?











Hijo, ¿será verdad que en el hipódromo no dejan correr a caballo viejo?




La pátina omitida

Sesentera IX

Imposible negarlo: sólo el domingo mi existencia refulge. No confundirse, empero, pues no soy sacerdote ni nada similar. Simple y llanamente, el domingo corren los potros en La Rinconada.

Si acaso practico una liturgia se llama el hipismo. El ceremonial arranca cada lunes muy temprano. Luego de acicalarme concienzudamente mi copete de Elvis Presley sabanero con el barrido escrupuloso de un Cepipeine “Óscar” y una abundante aplicación de Brylcreem (o, en su defecto, Glostora con Rubina o Moroline Jalea de Petróleo), me cancho mi camisa de bacterias y mis pantalones de tubito, recién planchados por obra y gracia de mi abnegada vieja, mis chalanas de suela negra, mis lentes imitación de Ray Ban, y me lanzo a la calle Schettino, rumbo al Tony Club.

Los aficionados a darle a la sin hueso arguyen que soy un vago con carné porque no chambeo de oficinista, dependiente o caletero. Pero los lunes me doy mi madrugonazo, vea usted, aguardando bien temprano la llegada de la camioneta pánel cargada de periódicos y revistas desde Caracas. Al desembarcar los alijos, soy el primer beneficiario al permitírseme escudriñar, con golosos dedos, nuestro Corán, nuestro Santo Grial, nuestro Valhalla: la Gaceta Hípica (“única e inimitable”), objeto sempiterno de análisis y exégesis. Y, si acaso llegare a fallar en su arribo, me conformo con La Fusta (“pionera del hipismo nacional”). Ejusdem, como dicen los abogados (eso lo aprendí del doctor Cachanclos, a quien asesoro en la elaboración de su cuadrito semanal mediando un solidario estipendio).

Ya en posesión de tan preciado impreso, regreso a la casita rural donde mi bregadora vieja ya me ha servido un resuelto desayuno con arepa frita, ñema, un rolo de chorizo o morcilla, aguacate, suero y guarapo espeso, antes de marcharse ella a su oficio de doñita de servicio en casa de algunos pudientes locales (algunos de ellos asesorados por mí a la hora de escoger sus caballos para el 5 y 6 dominical por una módica paga). Llenada la panza, me sumerjo en los textos sagrados: estadísticas, cronometrajes, traqueos, diagnósticos, linajes y hasta conjeturas cabalísticas se conjugan en mis neuronas, perfilando un pronóstico atinado e infalible.

Sopeso todo sin obviar el factor humano. Conozco la vida y milagros, por ejemplo, del “pavo” Domingo Noguera Mora (me dicen mis carnales fanáticos hípicos de la esquina El Paradero que me le asemejo tremendamente) o del “brujo” Millard Ziadie. Puedo vaticinar con certitud cómo conducirían los ases Gustavo Ávila, Balsamino Moreira o el “negro” Cruz a cualquier potro, trátese de Gradisco, Klick, El Tamao, Don Florestán, Paunero, Senador o Socopó. Cuando abrigo tres lamparazos entre pecho y espalda, me doy el caché de narrar cualquier Clásico, sin importar el año, imitando a Miralejos, Míster Chips, Alejo Camino, Luis Plácido Pisarello o al muchacho nuevo de Guayana, el parecido a Al Jolson en la primera película sonora cuando se disfrazaba de cantante de color echándose betún en la cara, quedándole blanca la comisura de los labios, Alí Kan creo que lo llaman, con publicidad incluida y todo (“Maizina Americana, un producto de Alfonzo Rivas y Compañía… ¡Partida!”). ¿Cómo le quedó el ojo, profesor Kanor?

Me empujo para la plaza Bolívar, con la Gaceta enrollada en el bolsillo derecho del pantalón. Ahí me esperan mis llaves Pachuquero, Boca’e Vieja, Guaro Careto y Pantalionsio, cada uno con su ejemplar en ristre, prestos para diseccionar cada carrera y acertar con su resultado. La gente nos rodea, ávida del datazo, previniéndonos contra cualquier batacazo, pues hasta los burros podrían tener chance. ¡La Cátedra se quedó chiquita!

Mi ex-novia Yolandita la Retayona a toda hora rezonga: tanto estudio de la fulana Gaceta y siempre más limpio que talonera de fregona. Pero uno de estos días me voy a coronar con un cuadro con seis y la buscaré para montarle un rancho full de corotos. A que le callo el hocico voy, machete. ¡Gira la última curva!

sábado, 29 de agosto de 2009

Paroles abîmées



Quel scénario pour des paroles abîmées,
les jours pénètrant mes os
et le futur s’éloignant vers l’antan.
Me voici, un homme vielli parmi les regrets,
les joies, les montagnes insouciantes
et les goutes de rêves peuplés
par les anciens amours.




Suis-je paumé or c’est l’hésitation sacrée
et morbide qui m’accable ?
Est-ce peut être l’éternel étranger chez moi
sécouant les mythes ?
Pour quoi continue-je de te manquer,
toi, sorcière d’un été lointain
qui saisisse toujours toujours
et par toujours
ma logique et ma cohérence ?




Divinité aux yeux verts-gris (suivant la saison), hélàs !

domingo, 26 de julio de 2009

Sesentera VIII, la del Pancracio

Bassil Battah apretándose el cinturón de campeón

¿Le habrá aplicado la pinza libanesa Bassil Battah alguna vez al Dr. Nelson?

¿Este combate fue máscara contra bigote?

Temáticas invictas


Sesentera VIII

Afuera sigue lloviendo. El espejo del desportillado escaparate, heredado de mi abuela Olegaria, rebota mi imagen esquivando carriles de manchas semejantes a cagarruta de moscas. Ya tengo puestas las mallas blancas, los botines satinados y la capa orlada de hiedras de un platino brilloso. Ahora, el toque final, el colofón que me trascenderá a las cimas de la leyenda. Me coloco la careta, amarrándome las trenzas con fuerza suficiente para permitir que la gargantilla de la máscara me cubra por completo el gaznate, a diferencia de esos antifaces barateros que se quedan guindando de los cachetes como hilachas jipatas. Esta careta me la compró mi primo Mamersio en la Casa Mágica de la avenida Lecuna, en Caracas, donde, asegún, se surten los luchadores de la televisión.


Inflo la pechera con un orgullo exiguo de titubeos. Mi musculatura eclipsa los rayones del espejo gracias a mi chamba de caletero de sacos de harina de trigo en la panadería “La Flor del Campo”. Tengo un compañerito allí con ínfulas de cantador, Reinaldo Gómez creo que se llama. Me le voy a aparecer un día de estos con esta facha de invencible del pancracio a ver si me dedica un pasajito. Algo así como “El Santo de Laguna Verde”. O, más bien, “Mi amigo El Santillo”. Barajo con la lucha.

Soy más que un pavo real platinado. Soy el mismísimo Enmascarado de Plata, el ídolo de las multitudes, el epígono heroico de la pantalla, redivivo y presto a reventar contrarios a este lado del celuloide. El repiqueteo menguante del techo de zinc pregona el fin del palo de agua. Hora de coger camino.

Afuera me espera el contingente. Todos cubren sus rostros. Mi compadre Clodomerto no puede ocultar su admiración por el Dragón Chino al llevar su máscara, obviando el odio por el rey de los rudos sentido por todos. Sólo falta saber si porta, de manera oculta, un tarrito con la terrible sustancia con que enceguece tramposamente a sus adversarios. Mi camarita Templegorio ostenta la careta de La Momia Azteca, evadiendo los charcos de agua empozada con la parsimonia tétrica de ese lidiador de ultratumba. La del chingo Marulensio se parece a la mía, pero no se confundan: El Médico Asesino no se comparará nunca al héroe vencedor de Las Mujeres Vampiro, Las Momias de Guanajuato y La Invasión de Los Marcianos, ni que prepare las mejores guarapitas del mundo. La pelea es peleando.

Nuestro encapuchado pelotón se enfila desde la laguna de Baltasar. Los perros realengos nos laten con energía orillera mientras los chipilines descalzos corretean delante nuestro, gritando jubilosos sin importarles las costras de moco recubriendo sus rostros. Podría argüirse que nosotros, cucarachones que ya emplumamos hace ya unas cuantas lunas, sustituimos el moco por las máscaras. Niños grandes, todavía, jugando a ser gladiadores.

Cruzamos la avenida Táchira y enfilamos Atarraya arriba. Todo el mundo nos observa con curiosidad, pero la extrañeza no se alberga en sus miradas. Es sábado en la noche y saben adónde vamos. Atravesamos la plaza Bolívar. Las palomas del atrio de la iglesia La Candelaria revolotean a nuestro paso. A la vera del cine Manapire se aglomeran unas cuantas personas, aguardando la entrada para la función de intermediaria. Llegamos, al fin, al cafetín de la esquina con la Descanso, diagonal al León de Venecia. El televisor está encendido. Los parroquianos le dirigen su atención entera, indivisible, monolítica. Hora del catch as catch can, o lucha libre americana.

Pepe Pedroza anuncia el combate: “En esta esquiiiina Daaark Búfalooooo…” “Ese es un rolitranco’e sucio”, clarifica un señorcito de barba rala y grisácea, como si uno no lo supiera. “Ciento sesenta y cinco libras… ¡y un cuarto!”, vocea Pepe Pedroza, meneando simultáneamente el corbatín y el micrófono descolgándose del techo. El técnico Olímpico Salazar tiene todas las de perder, pues se sabe que el réferi Freddy siempre se parcializa con los rudos. Su arbitrariedad es tan tosca que, al fin, llega el momento en que a Paulita, la madrina de los luchadores, se le agota la paciencia, se encarama en el cuadrilátero y le arrea sopotocientos carterazos al vendido árbitro, a Dark Búfalo y al resabiado Car’e Muerto, el second de los rudos. El pandemónium cunde como epidemia de gripe rompe huesos. El Dragón Chino le aplica la sustancia prohibida al Tigrito del Ring (de quien me dicen llevó la peor parte en un altercado con mi primo Ñerito Monse fuera del terminal del Nuevo Circo), mientras Bassil Battah le solivianta los cuadriles a Jaime El Fantasma con su pinza libanesa. El técnico Apolo Venezolano observa al sucio efebo Barón Oliva interrumpir el combate para peinarse delicadamente sus bucles de cabaretera pizpireta. El cafetín ruge como una gallera alucinógena. Los ánimos se atemperan cuando Blas Federico Jiménez le da el pase a Antonio Del Nogal para que arranque con la publicidad: “Castel Gandolfo, el soberano de los vinos… Medias Cha Cha Cha para el caballero elegante… ¡Fortuna que tiene uno!”

Nos regresamos a nuestros comederos soliviantados pero felices. La lucha libre es como la vida misma. Al principio, los rudos parecen salirse con la suya. Pero, a la larga, los técnicos, los limpios, los buenos, se los llevan en los cachos, aguantando marañas, sustancias prohibidas, llaves ilícitas y réferis vendidos. Yo, por mi parte, seguiré ataviándome de Enmascarado de Plata y coleccionando sus suplementos y sus máscaras hasta que la pelona me lleve. O, lo más seguro, hasta que me consiga a una trigueña buenamoza, pechugona y rabona que me meta en cintura y me obligue a caletear el doble de sacos de harina y de cemento para montarle su rancho propio. Con televisión y todo. A lo mejor no me deja ver la lucha por encapricharse con “El derecho de nacer”. Yo jayo que Albertico Limonta no le gana nunca al Gladiador Croata. Pero como las mujeres son las que mandan…

Afortunadamente, como siempre hay un mientras tanto, mañana domingo van a pasar en la función de matinée en el cine Royal una de Huracán Ramírez contra Blue Demon. Ya tengo los tres reales de la entrada escondidos en una petaquita. Senda doble Nelson ligada con tacles voladores, pues. La trigueña puede esperar.

domingo, 28 de junio de 2009

Sesentera VII, la de la morronga

Abrázame fuerte porque me voy


Las trampas fidedignas

Sesentera VII

Hubiérase dicho, por la oscuridad circundante, que se trataba de un antro de mala muerte cualquiera, tenebroso como la guarida de Barnabás Collins. Pero no era sino una muestra más del signo de los tiempos. Tan sólo diez años atrás, en los cincuenta, la atmósfera de dancing, de night club, habría inculcado una dosis mayor de alumbrado para un escenario mucho más prolijo, con bailarinas emplumadas paseando sus esbeltas anatomías ante una audiencia engalanada, emperifollada y enjoyada, tal cual se veía en los documentales de los saraos perezjimenistas de Bolívar Films. Por supuesto, la música habría corrido a cargo de una orquesta, de una verdadera big band, con metales y todo, mínimo una docena de ejecutantes, combinando a Glenn Miller con Pérez Prado. ¡Ugh!

Ahora el bluyín marca la pauta. La melena y las patillas en ellos, la minifalda más el pelo lacio y suelto en ellas, imprimiendo rasgos aparentes de negligencia e indocilidad. La muchedumbre, abigarrada e hirsuta, danza a la vera de una rockola multicolorida. Nos observan de reojo, con atención vagamente disimulada mientras nos montamos en los hierros, tanteando casi a ciegas en la penumbra, sobre el escenario minimalista. El humo es denso y opaco, pero se siente un calor flanqueado de suspiros, cuchicheos y mucha luz negra. Algunos vinieron expresamente a vernos y hasta nos arriman unas birras. ¡Salud, bróder! Ya casi estamos en ambiente. Conectamos los instrumentos, hacemos prueba de sonido, viene la seña, se corta el clamor de la sinfonola y arrancamos.

La primera pieza es nuestra versión de “Te quiero, te quiero”. Nuestro ritmo es más acelerado, más uptempo que el de Nino Bravo. Juanchorro aprovecha para inaugurar por esta velada la desmesura de su gañote. El mote le queda de perlas porque su flojera tiene fama de ser más colosal que la bocina que se gasta en la garganta, un verdadero chorro de voz, y, cuando no está cantando, su corpachón se rehúsa a abandonar el nido del amodorramiento, bien sea en colchón o en chinchorro. “Ven a mí abrázameeeee, porque te quiero, te quiero, te quiero…”, truena con su vozarrón.

Empatamos el segundo número sin respiro alguno. “Imagíname, actuando como un niño sobre ti, sintiéndome salvaje sobre ti”. La pista se llena de parejas. La gente en la barra corea los estribillos sin dejar de campanear los tragos. El propietario del antro sonríe veladamente: la noche va a dar ganancia. Nuestro baterista Pedrín comienza marcando el ritmo con suavidad, pero a medida que nos adentramos en la canción sus redobles van adquiriendo más y más nervio. El Oso Álvaro desgrana sus líneas de bajo con la seguridad y agilidad de una pantera acurrucada. Chucho el tecladista envenena las armonías dejando colar, como quien no quiere la cosa, unas disonancias y unas séptimas disminuidas para matizárselas a lo jazzístico, cual Thelonius Monk. Yo, por mi parte, le afinco la pata al wah wah para que no se olviden que a mi guitarra Telecaster Fender le ronca el mamo.

“Amor adiós, no se puede continuar, ya la magia terminó, ahora tengo que marchar…” Provengo del mundo roquetero, o rockero, como prefieran. Pero, según alegan en México, “por dinero baila el perro”. Hace unos días mi bolsillo languidecía de limpieza, me armé de valor, me canché una peluca y unos lentes más oscuros que el alma de un dictador disfrazado de bonachón (para evitar las puyas pesadas de mis panas mamadores de gallo en caso de llegarme a descubrir la jugarreta), me inscribí en “Musiú busca estrellas” programa que el canal 4 transmite desde el cine Río de Sabana Grande, me encaramé en el proscenio con una guitarra que le quité prestada a una ex, me lancé con “Me estoy portando mal” de Leo Dan, me embolsillé trescientos machacantes, y con eso almorcé en el comedor de la UCV durante unos cuantas lunas. Albricias, mamá Dolores. ¡Este es el tuyo, mi pueblo!

Chucho cuadró este toque para ponernos en unos centavos, navegando en la popularidad de este género romántico, donde la vieja balada y el bolero de siempre se revisten de modernidad, con instrumentación eléctrica, a la manera de Los Ángeles Negros. Está en boga bailar muy apechugados, con luces negras por doquier, en un ladrillito, puliendo hebilla o, como dicen los más zumbados, “dándose morronga”. A lo mejor uno de estos días matamos un tigre en San Juan de Los Morrongos. No caen mal los churupos.

Pero también acepté este toque porque sabía que tú vendrías. Y, mientras, “quiero recordar esta noche, momentos que no volverán, y hacer de aquellos poemas, tristes como una oración…”, te diviso, entre volutas y voces distantes, bailando con alguien, tus ojos de caramelo celestial vagando, buscándome sin saberlo. Le hago el coro a Juanchorro en la canción de Roberto Carlos “Estoy amando locamente a la enamorada de un amigo mío”, y tú y yo aprehendemos una verdad única y contundente.

Hasta que me arropas de paraísos y candores con ese mirar tan tuyo, “con un sonreír eterno en tus labios, con una mirada que habla de amores”, díselo, Charles Aznavour, como si estuviéramos en “Venecia sin ti”.Termina el toque. No ha sido otro tigre más, lo sé. Se apagan las luces. La velada acaba y me has esperado. Tu novio se marchó. ¿Qué tiene la música esta noche? Todo de nuevo entre los dos renacerá. Detén la noche, vida mía, porque esta noche la paso contigo. Y tú, reloj, no marques las horas.

viernes, 19 de junio de 2009

Osadías


A veces el gris te desnuda de luces,
el rojo exhala guirnaldas
y el verde canta sin escenificar médulas.
Luego, frutas, vinos y morados
estallan dulcemente desde tus visiones
marcando siluetas y conciencias, bien. Bien.




Aunque el blanco antagonice multitudes,
los espejos y los cascos devengan rocines
tras siglos de molinos, panzas, maritornes,
para morir en el lecho de la cordura
recuperando semiologías de infinito amor.
Redimirme te ruego
con paleta tenue y torrente café.
Píntame quijotes negros, albos, variopintos.
Píntame memorias y lanzas de almíbar.




¿Inventaste acaso la vida y el tiempo?
Acércate con dedos sixtinos
concediéndome tu aliento de patria y mujer,
mas no reniegues de los saberes áridos:
detrás se afilan las verdades y las artes.
Acércate prodigando policromías:
amores y estéticas, vaya.
Te explicaré el sabor de los símbolos:
eres tú, sorpresa frondosa,
armonía preciosa,
labradora de sueños.

martes, 2 de junio de 2009

Sesentera VI, la del sequito con su séquito

Si la naturaleza no se opone…

Tejiendo fisuras

Sesentera VI


Los árboles de la plaza Bolívar se yerguen como guachimanes calmos, aun cuando el ajetreo de los obreros desdice del solaz que debería proporcionar este islote de verdor en medio de este pueblo donde abundan, en los solares de las casas, los robles, las matas de mango y cotoperí, los guayacanes, apamates y mamones. El mamón se da en esta etapa previa a las lluvias. Siempre he sostenido que ese fruto debería llamarse “mamado” porque el mamón es uno al mamarlo. En lo particular, dejé de mamarlo años ha: se me enreda en la plancha y me produce unos retortijones en las tripas colindantes con el cólico miserere. Debo confesar, no obstante, el agrado que me produce observar a las chicuelas ataviadas con el uniforme verde del liceo Gil Fortoul al chupar y chupar ese agraciado fruto. ¿Serán cosas de viejo verde? El rechinar de mis apolillados huesos me dice que ya no estoy para esas lavativas.

El calorón atosigante augura proximidad del invierno desde hace unas cuantas semanas. Aquí, sentado en este banco encementado de la plaza Bolívar, no se me hace difícil dilucidar la preocupación de los viandantes: las lluvias no llegan. Algunos ya vocean lo impronunciable: sequía. Mis aguachinadas neuronas se remontan hasta hace tres décadas. En 1936 hubo una resequedad pertinaz. No hacía un año de la muerte del bagre benemérito J.V. Gómez, dueño y señor de Venezuela durante veintisiete calendarios. El ronquito sucesor en el sillón de Miraflores, Eleazar López Contreras, había nombrado como presidente del Guárico al general Emilio Arévalo Cedeño quien, ni corto ni perezoso, diligenció la traída de una ruma de molinos de viento. Todavía se les ve en las anchuras de los sabanales colindantes, enhiestos como ogros grisáceos aguardando a algún quijote veguero que les zarandee la ventolera. Cumplieron su cometido y aliviaron la sed de gentes y ganados.

El polvillo que levantan los obreros en su brega remodeladora de la plaza se me adhiere a la osamenta con porfía de reumatismo empalagoso. Están eliminando las barandas donde, hasta hace poco, amarraban los burros cargados de leña fustigados por los arrieros de la montaña de Tamanaco. Adiós a las escalinatas y al cemento gorroñoso donde los flojazos pascuenses se tallaban el lomo evitando el esfuerzo de estirar la mano para rascarse. Bienvenidas las rampas y los ladrillos. Bienvenido el modernismo del arquitecto Alcides Cordero. ¿Qué pensaría el general Arévalo si no hubiera muerto hace pocos años? Todavía me parece verlo llegar como todos los días, con su liquiliqui banco, a la esquina de Alayón, encaminando su decoro ancestral, quizá viéndose a sí mismo a lomos de un caballo cerrero, irrumpiendo con su terca rebeldía contra el despotismo que renace y renace entre nosotros como el corocillo después de las lluvias, resistiéndose a ocupar su sitio en la letrina de la historia. Pero siempre surgirán los Arévalo Cedeño para enfrentársele, con su ética quijotesca y su terquedad acerada en contra de los caporales engreídos. Voto por este émulo de Alonso Quijano.

Un telegrafista insurgente, él. Yo fui telegrafista también, pero me cayó la vejez como una guaratara astronómica y ahora sólo me queda esta asiduidad por esta plaza Bolívar a la que están poniendo patas p’arriba, gracias a la picota del progreso. Los otros ancianos que la frecuentan insisten con el tema de la sequía. Me comentan que la señora Elsa de Arzola y otras damas le han solicitado al padre Chacín encabezar una rogativa y una procesión. Las lagunas y los caños se están secando. Las reses mueren de sed y es preferible sacrificarlas. Los maizales se disfrazan de sombras raquíticas. Se habla que van a venir aviones de la milicia a bombardear las nubes con nitrato de plata a ver si les desmigajan el agua. Me está dando una sed egipcia.

Paseo la vista en derredor. La iglesia de La Candelaria. El Sol de Oro. El almacén El Precio Bajo. La sastrería de Zambrano. La imagen de la moza con crinejas bailando escobillao encima de la tienda La Llanera. La Casa Henry. El chivo Moreno y Armando Fraile en la farmacia Llanera. Los choferes de plaza cargando pasajeros (“¡Caracas, Caracas, Caracas voy!”). El Mastranto. El Hotel Venezuela. La Eureka. El Almacén Japonés. Las tiendas de los turcos. La prefectura con sus agentes uniformados de marrón y sus faltriqueras. Los obreros desguazando la vieja plaza para darle paso a la nueva. A la noche llegarán los estudiantes con sus sillas de extensión, sus pizarras y sus termos.

Me levanto del banco y me seco el sudor del pescuezo con un pañuelo que hace rato perdió el frescor del agua de colonia Jean Marie Farina. El Libertador empuña su espada y me ve marchar con paso de caballo macilento. Mañana a lo mejor llueve.

domingo, 26 de abril de 2009

Sesentera V (la gastronómica)

Entre la bala fría y la papa caliente transcurre la temperatura de mi vida.


Pilón, ¿será verdad que los choros no comen chorizo?


Arrebiates gastronómicos

Sesentera (V)


Uno podría darse por vencido, pero la fanfarria anaeróbica de las tripas me impele a coger la trilla. Haciendo de esas mismas tripas músculo cardíaco, me levanto del catre ametrallando al orbe con mis primeras flatulencias de la jornada, me enjuago el hocico disipando el último grumo disponible de Colgate con Previtol (“dientes sanos, aliento fresco”), me encasqueto los pantalones y la camisa producto de un fiado certero en Trajes Araujo frente a la plaza Bolívar (habré de dar un rodeo evitando que don Rubén me vea y me cobre), me ajusto la faltriquera sobre el voluminoso vientre que instiga a numeroso prójimo a confundirme con un próspero negociante y, chupándome los dientes con ínfulas de sinfonía sabanera, enrumbo mi adiposa humanidad rumbo al Hotel Central, calle Real entre Schettino y González Padrón.




Hace un calor de los mil demonios en esta hora del burro de este asoleado día veranero de mil novecientos sesenta y tantos. Paso por delante de la puerta del amplio caserón que aloja al afamado albergue. Haciéndome el papanatas, me le arrimo a la entrada del comedero, objetivo último de mi itinerario. Por más que le pongo empeño a pasar desapercibido, Corita Del Corral, la patrona, se apresta para dispararme uno de sus lapidarios chascarrillos. Pero, embalado y expedito cual tigre en los raudales (pese a mi corpulencia bataclana), me dejo divisar por el profesor M. quien me invita a compartir su mesa. El profesor M. acaba de llegar por vez primera no hace mucho desde su nativo oriente, y ya es fama entre sus alumnos del liceo Gil Fortoul que gusta sobremanera ser admirado por sus ternos relucientes (a veces me luce un tanto cual Musiú Lacavalerie cuando sale en la televisión pavoneándose con la muletilla: “Trajes Montecristo, distancia y categoría”), su carrote descapotable que le confiere un donaire fílmico, y el verbo filoso que ya lo ha hecho célebre al no arrugársele el copete para raspar al que no le estudie la materia. Mas, loada sea el ánima del Taguapire, el profesor M. me ha cobrado simpatía porque siempre lo entretengo con mis informados comentarios sobre las gentes del pueblo y, siempre que se da la ocasión, me arrima la canoa. Como hoy.




Corita reprime un rezongo desde la vera de los fogones. Pero aquí está ya doña Bartola Flores recomendándonos el menú para hoy. El profesor M. y yo nos decidimos por el hervido de res. El famoso hervido de res de Corita, alabado incluso por Simón Díaz en su programa del canal 5 “Mi llanero favorito” (¡caracha, negro!). Los mofletes se me congestionan con la saliva del apetito desatado, pero logro controlar el antojo prodigando al profesor M. con una actualizada comidilla sobre los hechos y personajes del pueblo. Corita no resiste la tentación y exclama: “A este Pilipilón Gorrín lo van a enterrar en fosa triple. Una para el cuerpo, otra para la lengua y otra aparte para la panza, bonete, libro y cuajar. ¿Cómo le parece, profesor?” Cualquier desprevenido pensaría que Corita me detesta, pero ella conoce de mi admiración por su cocina exuberante y, en el fondo, me tolera y hasta creo que de alguna manera me estima.




El hervido de res de Corita es un potaje primorosamente ejecutado, multicolorido cual paleta de pintor impresionista, de un olor barroco que enardece las papilas gustativas y, utilizando un vocablo de raigambre romulera, multisápido mas no periclitado. El ocumo, el ñame, la auyama, la yuca, el ajoporro y el berro flotan sensualmente evadiendo con elegancias de bailarina cimarrona los ávidos cuchareos de este servidor al buscar relamerme con la textura refinadamente salobre del caldo, excelente para levantar a Lázaro de su tumba y a un enratonado borrachín a las cinco de la mañana. Sin perder el acoplamiento entre la placentera conversación con el profesor, Corita y los otros comensales que me escuchan alabar con verbo florido el condumio, desmenuzo en pequeños trocitos la carne tierna de res acompañándola con recatadas mordeduras a un lozano jojoto unareño y a unos retazos de pimentón que osaron ocultarse entre la placidez de las verduras. Un potingue digno de monarcas. Y el colmo de las tentaciones para un débil mortal: Corita nos obsequia con un picante lechoso de Píritu que le prodiga al sancocho un brío de sazones indescriptibles. Rociado el todo con par de tercios de cerveza Caracas (“lo tiene todo: sabor alegre, color de oro”) y un quesillo recubierto de un delicado caramelo criollo que se me deshace en la boca al son de una profusión de perlitas voluptuosas. Colofón de colofones: Corita pasa del resquemor inicial al halago ruborizador, gracias a mi verba de poeta pueblerino, y me adoba el humeante guayoyo con tres toques de brandy Martel (“pura uva, puro brandy, puro Martel”). El profesor M. paga la consumición y arranca presto prestísimo a sus clases.




Venzo la tentación de sobarme el vientre (mas no la de chuparme los colmillos) y me doy a la calle. Doblo en la esquina del Banco Unión hacia el sur. Cuando paso frente al Hotel Comercio recuerdo la blandura de los escalopines al vino que degusté gracias a la recomendación de don Rosalino y a la prodigalidad del doctor P. y pienso en mis próximos retos sibaríticos: ¿quién me obsequiará una jugosa parrilla de solomo con chinchurria, más yuquita frita y rica guasacaca, donde Generoso? ¿Quién osará convidarme a una adobada y suculenta arepa rellena de cochino horneado en el puesto de Pulido al lado del Manapire? ¿Quién me invitará donde Pedro José, el rey del colesterol (según lo bautizara el doctor Caldera), a tronarnos la muela al son del copioso mondongo, el teretere y los chicharrones con pelos?




Por la boca muere el pez. Y por tragar y tragar vive Pilipilón Gorrín, vuestro goloso gourmet provinciano. Pásenme las cachapas y el suero, por el amor de Jesucristo.