sábado, 3 de marzo de 2012

Arévalo y "El Tuerto": rivalidad ante la metralla

El nibelungo de los coleópteros



Emilio Arévalo Quijote (X)


Y allí fue una pugna de luz
una lucha de mundos, un universo en guerra
Andrés Eloy Blanco, El Río de las Siete Estrellas





Pechuguera y templanza
                        
Guasdualito, antiguamente conocido como Periquera, trepidaba bajo el estrépito de una incursión donde no se pedía ni se daba cuartel ese domingo 19 junio 1921. Los insurrectos atacaban por los cuatro puntos de entrada del poblado. Por Los Corrales, Emilio Arévalo Cedeño. Por Morrones, donde nació Periquera, Ricardo Arria Ruiz. Por el paso de La Manga, Pedro Pérez Delgado, el popular “Maisanta”. Por el puerto El Gamero, el batallón Pío Gil libró encarnizada lucha contra los refuerzos tachirenses arribados la noche del sábado 18.

La procesión venía por dentro del  lado rebelde, obstaculizando la unidad de mando. Los conatos de desobediencia a la autoridad suprema del oriundo de Ortiz, el doctor y general Roberto “El Tuerto” Vargas, conspiraban contra el  éxito expedito de la operación. Desde su encuentro en Puerto Carreño, pasando por Cabruta y Caicara del Orinoco, venía incubándose una sorda animadversión entre el vallepascuense y el orticeño. EAC fustiga al comandante en jefe del cuerpo atacante en su autobiografía: “(…) el combate fue muy encarnizado, las cargas eran formidables, y (…) Roberto Vargas brillaba por su ausencia, pues no apareció ni una sola vez en la línea de fuego, quedándose durante las treinta y tres horas de combate en El Chinquero, tomando yo la dirección completa de todas las operaciones (…) Roberto Vargas jamás pudo ni podrá justificarse por aquel atentado contra la Revolución”.  

El historiador Oldman Botello, en su libro El Tuerto Vargas, doctor y general, aduce en descargo de su biografiado: “Al sur estaba Arévalo Cedeño dictando las órdenes que recibía del doctor Vargas, que no se atrevía a entrar al frente donde estaba aquel, por el temor a una ‘bala fría’ con toda la intención. En dos oportunidades estuvo en la línea de ataque de Pedro Pérez Delgado y lo arengaba para que continuara el ataque que era, además de sangriento por ese lado, victorioso”. En cuanto a la supuesta indecisión de Vargas por remachar satisfactoriamente la campaña previa a la llegada a Guasdualito, Botello sostiene que “Arévalo, ensoberbecido por su triunfo en Río Negro, quiso desconocer a Vargas (…) pero se lo impidieron Carmelo París, Luis Felipe Hernández y Arria Ruiz, enérgicamente; Arévalo quería entrar al Guárico y hacer la guerra solo; dos veces se le pararon de frente los altos jefes de la revolución”. Además, según Botello, Juan Vicente Gómez estaba al tanto de todos los movimientos de los sublevados, de acuerdo a telegramas remitidos a Maracay por el entonces presidente (gobernador) de Bolívar, Vincencio Pérez Soto, comandante gobiernero en Guayana y los llanos, amén de  beneficiario de un contingente de espías diseminado a lo largo y ancho de aquellos inmensos sabanales. Tal habría sido la causa de la extremada prudencia del “Tuerto”, criticada acerbamente por Arévalo Cedeño, al punto de comprometer la necesaria cohesión a la hora de la refriega. Aquellos polvos trajeron estos lodos, como reza el proverbio castizo.

Más cobre para las pencas

Las repetidas andanadas  insurgentes hicieron replegar a los andinos defensores hacia el centro del poblado. Tres días antes, Guasdualito comenzó a gozar del servicio de telégrafos. Los atacantes lograron cortar las líneas, incomunicando la población. Sin embargo, elementos gomeros en Palmarito pudieron expedir un telegrama a Miguel Lorenzo Ron Pedrique, presidente (gobernador) encargado de Apure: “(…) desde las nueve de la mañana están peleando afueras de Guasdualito”. Gómez, amo y señor de Venezuela, ordenó contratacar a Pérez Soto, quien, a marchas forzadas, ya se encontraba el lunes 20 en Bruzual, Apure aguas abajo, aprestándose para embestir contra los alzados.

El factor sorpresa había sido crucial para el lucimiento rebelde en las primeras horas de la contienda. Los exhaustos tachirenses, llegados la noche anterior quemando etapas por órdenes expresas de Eustoquio Gómez, el temido primo del Benemérito, se encontraban desprevenidos, unos en misa y otros lavando sus chivas en el río Apure. De acuerdo a viejas reláficas de Periquera documentadas por Juan Carlos Zapata, el cura Contreras, guariqueño de Cazorla, aun declamaba los latines del oficio matinal cuando escuchó los primeros disparos en las inmediaciones de la iglesia. Los feligreses comenzaron a dispersarse, ahítos de pánico, pero el presbítero no interrumpió el responso. El general Arévalo Cedeño instaló su base de operaciones a doscientos metros del cuartel gomecista, en un billar cercano al templo. Tuvo tiempo de intercambiar amabilidades con su coterráneo el sacerdote y hasta de evitar el saqueo de una carnicería, propiedad del italiano Pascual Panzza, antes de proseguir con la batalla.

Los machetes Collins de los hombres comandados por “Maisanta” derramaron raudales de sangre, fermentando un barro de hemoglobina y vísceras sobre las calles de Guadualito. Sus huestes habían pagado un alto costo: de ciento veinte hombres que lo habían seguido por La Manga, solo sobrevivieron diecisiete. Con la consigna “plomo y pa’lante”, lograron atrincherar a los gobierneros dentro del cuartel, en un ángulo frente a la plaza Bolívar. Los sitiados se defendieron cruentamente. Desde el alto de las garitas, los francotiradores diezmaban con plomazos limpios y certeros a los atacantes. Los cadáveres se amontonaban por doquier.

Luego de día y medio de asedio, se ordenó echar el resto con una carga general hasta la rendición final del reducto gobiernero. Las tropas se encontraban extenuadas y las municiones habían mermado peligrosamente. Oldman Botello enfatiza que el instructivo provino de Roberto Vargas. Emilio Arévalo Cedeño narra el asunto de esta forma: “Fatigados de aquella lucha tan obstinada, ordené una carga general a las treinta y tres horas justas de combate; pero en mi orden estaba la recomendación para todos los Jefes de Cuerpos que esa carga no debía terminar sino con la conquista de los atrincheramientos del enemigo (…) La carga fue dada con una bravura sin igual, y el enemigo izó la bandera blanca, en señal de paz. Inmediatamente ordené parar los fuegos (…) Un ayudante del General Benicio Giménez (sic), Comandante en Jefe de las Fuerzas enemigas, nos habló desde los muros del cuartel, diciendo que el General Giménez deseaba parlamentar con el Dr. Roberto Vargas”.

Vargas había permanecido en El Chinquero todo ese tiempo. Notificado por EAC, envió como plenipotenciario, el 22 a la seis de la tarde, al octogenario general trujillano Francisco Parra Pacheco quien, al penetrar al tiroteado cuartel, observó a Jiménez y a sus oficiales de confianza todo maltrechos, mas no desmoralizados. Convinieron una tregua el trujillano y el tachirense, para desocupar el teatro de operaciones con todos sus heridos y resguardando el honor de los vencidos. Pero, inexplicablemente, según relata Emilio Arévalo Cedeño, “el Doctor Vargas dijo era conveniente retirarnos de la plaza, para venir al día siguiente a recibirla. Aquella disposición era fatal, pero para evitar discordias, se aceptó y marchamos a una legua de allí, en donde pernoctamos en un lugar llamado Vera de María. Nosotros creíamos que al siguiente día muy de mañana volveríamos a la plaza (…) pero resultó que Vargas ordenó la marcha hacia Las Angosturas (…), abandonando nuestro triunfo, y con él exponiendo la Revolución a una vergüenza”.

Según Oldman Botello en su biografía del “Tuerto” Vargas, Benicio Jiménez aprovechó el cese provisional de hostilidades  para despachar subrepticiamente una posta hasta Palmarito y, desde allí, consignarle un telegrama al dictador J.V. Gómez con información detallada del enfrentamiento y apremiando refuerzos. Roberto Vargas, apunta Botello, había comisionado en el ínterin vigías hacia la otra orilla del Apure y hacia Elorza para otear el avance de posibles efectivos gomeros: “Los enviados de Vargas avistan a la gente que viene a Guasdualito y dan la novedad a Vargas quien dispuso a un grueso número de sus hombres a distraerlos (…); entretanto, él daba por terminadas las hostilidades en Guasdualito y levantaba el sitio (…) Arévalo Cedeño miente nuevamente en sus memorias, no haciendo referencia a la posibilidad de ser atacados por el ejército que llegaba; primero, el de Uzcátegui (proveniente de Barinas, llamado en ese entonces Estado Zamora, nota de NS), luego, la avanzada de Pérez Soto encabezada por el General Briceño y luego, el grueso del personal bajo el mando del Presidente de Bolívar (…) y finalmente las tropas de Hernán Febres Cordero y Manuel Sarmiento que convergían todas sobre Guasdualito”.

La orden de despejar el terreno y darle un respiro a la tropa gomecista había caído como un baldazo de agua helada. Si el enemigo estaba al borde de la derrota, ¿por qué concederle la gracia de un oxígeno reparador? Aun conociendo la certeza de una contraofensiva inminente por fuerzas expedicionarias de la dictadura, ¿por qué no asestarle otro golpe vistoso y vigorizante al hasta entonces invencible Juan Vicente Gómez, tal como se había efectuado a principios de 1921 en San Fernando de Atabapo con la captura y muerte de Funes? ¿Por qué no emular el zarpazo y después tomar las de Villadiego con la frente en alto, cual piquijuye vengador?

La ahogada rencilla entre “El Tuerto” y Arévalo ya no pudo ser disimulada. La discordia, precursora de la anarquía, campeó por sus fueros. Para explicarnos un tanto esta tirria entre los dos guariqueños antigomecistas, valdría la pena repasar la descripción de la psique de Roberto Vargas ofrecida por su biógrafo Botello: “una mezcla de ciclotímico-viscoso (con) oscilaciones entre movilidad y el reposo desahogado, con actividad que puede ser eficaz pero desigual (…) poco sensible a los estímulos, flemático, con expresiones de cólera (…) pasivo, perseverante y sin elasticidad y presteza (…) lento hasta la pesadez, salvo en las crisis de cólera (…) monótono, laborioso, monotemático y prolijo”. En suma, un hombre nada cobarde pero rígido y, probablemente, carente de adecuadas dotes comunicacionales, frío y distante con respecto a sus subalternos. Todo lo contrario al exaltado y quijotesco Arévalo, arquitecto de lealtades espontáneas entre sus adeptos. Estaba la mesa servida, entonces, para la colisión entre ambos jefes opositores. Variaciones sobre un mismo tema en la atribulada historia de esta patria cuajada de tiranuelos de a tres por locha.

En el sitio de Las Angosturas, a varios kilómetros de Guasdualito, habrían de medirse, frente a frente, "El Tuerto" Vargas y Emilio Arévalo Cedeño, en una rivalidad temeraria bajo el acoso despiadado de Juan Vicente Gómez.


@nicolayiyo





Roberto “El Tuerto” Vargas

Ortiz, Guárico, 30 abril 1864; Dos Caminos, Guárico, 29 marzo 1948

domingo, 19 de febrero de 2012

Venezolanizando el petróleo

Vadeando por raquetas


Matarile al estatismo (III)


Las herejías que debemos temer son las que pueden confundirse con la ortodoxia.
 Jorge Luis Borges


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Quitarle el usufructo del petróleo al estado y otorgárselo, sin cortapisas, a todos y cada uno de los venezolanos. Suena como a sacrilegio. Pero, ¿por qué insistimos tanto en esta fórmula? Primer argumento. Se trataría de un soberbio experimento social, económico y político, procurando así empoderar a todos los venezolanos, a todas las capas de nuestra población, convirtiéndolos en propietarios efectivos del hidrocarburo y lograr, de esta forma, engancharlos con la actividad productiva.

Ah, pero un gran contingente de atenidos se acogerá a la holgazanería rentística, apuntarán algunos, reforzando el patrón de dependencia con respecto a la dádiva, acentuado durante estos catorce años de malandrocracia con las “misiones”. Incluso, remacharán otros acullá, esos flojazos se fumarán y se beberán esos reales. Allá ellos. En fin, estamos hablando entre adultos. Cada cual es dueño de sus actos. Pero muchos, muchísimos más, invertirán sus dividendos petroleros para capitalizarse, adquirir o mejorar la respectiva vivienda, invertir en pequeños negocios, acrecentar su salud y educación, y, mejor todavía, para utilizarlos como garantía y obtener financiamiento en emprendimientos según proyectos a la medida de cada persona.

Segundo argumento. Para cobrar las resultas será necesario e imprescindible bancarizar a todo el mundo. Luego de censar a todos los venezolanos por nacimiento, mayores de dieciocho años, legalmente hábiles y con residencia permanente en el territorio por un período a determinar (cinco años continuos, por ejemplo), se implantaría el mecanismo mediante la apertura de cuentas bancarias ad hoc y así depositarle a todos estos ciudadanos su dinero. Se alcanzarían así varios objetivos: depurar los archivos de identificación y extranjería —contaminados hasta los teque teques por esta autocracia tracalera, proveedora de cédula y pasaporte venezolanos a cuanto ultroso, terrorista y narcotraficante se le atraviese, sin dejar por fuera el inflado y fraudulento registro electoral—; formalizarnos íntegramente en nuestro rol de factores económicos y, consecuentemente, trocar en contribuyentes a la totalidad de los ciudadanos de este país, pues, al estar todos bancarizados, se podrá afinar la recaudación, ampliándose la base tributaria; y, no sería para menos, al ser todos sostenedores de la estructura estatal, podremos tener más autoridad política y moral para reclamar nuestros derechos. Si me jurungan el bolsillo para cobrarme impuestos, puedo reclamar con mayor vehemencia por la indigencia del hospital de Tucupita, Delta Amacuro, o por la infinitud de troneras en las calles de Betijoque, Trujillo, y pare usted de contar. Rememoremos (palabra más, palabras menos) uno de los juicios más perifoneados por Arturo Úslar Pietri en su recordada emisión Valores Humanos: las sociedades civilizadas financian sus estados y sus gobiernos para que les sirvan; los venezolanos, por el contrario, somos mantenidos por el estado. La manera más expedita de darle una vuelta de tuerca a esta situación de gorreo institucionalizado es venezolanizando el oro negro y convirtiéndonos todos en contribuyentes. Todo el mundo propietario. Todos en la economía formal. Así sí sembraríamos el petróleo, ya era hora.

Tercer argumento. El arribo de los países emergentes (China, India, Brasil, Suráfrica) a los umbrales del desarrollo ha estado induciendo al alza el costo de las materias primas en estos primeros años del siglo XXI. El petróleo, desde hace rato, no baja de los cien dólares el barril. Agréguenle a eso las inestabilidades en el Medio Oriente y pareciera que la cosa pica y se extiende, como decía el gran Pancho Pepe Cróquer narrando juegos de pelota. El narcotiranuelo de estos contornos ha renqueado pedorreando sobre la cresta de esa ola con cantidades de dinero inimaginables en el decurso de nuestra vida republicana. Hay quienes certifican su similitud con el maleante del viejo cuento: atracó un banco y, en la huida, arrojó unos fajos de billetes. Los perseguidores se agacharon a recoger las munas y se olvidaron de capturarlo para zamparlo en el calabozo. Por cada cien nedas repartidas en las “misiones”, el idiamindadá venezolano se palea mil. ¡Chupa, cachete!

Volvamos al argumento. El ya prolongado encarecimiento del petróleo, más la certitud del cambio climático agravado por la dispersión de los gases carbónicos expulsados al quemar combustibles fósiles, ha incitado a los países industrializados a quebrar esa dependencia. No solamente los obliga la presión de la opinión pública, cada día más concientizada ante los riesgos suscitados por la degradación del medio ambiente. También los mueve la ya insufrible adicción a un aceite ultra contaminante que, por esas cosas de Dios, se encuentra inhumado en el subsuelo de unos países sojuzgados por varias de las satrapías más atorrantes del planeta, incluida la venezolana. El chantaje a la orden del día, pues.

La carrera por independizarse del petroleum hace rato arrancó y los venezolanos pareciéramos no darnos cuenta. Está finalizando la era definida por Winston Churchill, cuando se desempeñó como primer lord del almirantazgo durante la primera guerra mundial (1914-18), si mal no recordamos, con una sentencia más o menos del siguiente tenor: Oil is as important as blood to win this bloody war (“El petróleo es tan importante como la sangre para ganar esta maldita guerra”). Cada día descubrimos información sobre nuevos adelantos en materia de producción, almacenamiento y conservación de energía limpia en las revistas científicas más prestigiosas. Desde Israel hasta Taiwán las investigaciones avanzan. Solo es cuestión de tiempo para impartirle la extremaunción definitiva al petróleo como materia energética fundamental. ¿Cuánto será? ¿Diez? ¿Veinte? ¿Treinta años? La voluntad global para ello campea por sus fueros y los venezolanos deberíamos participar entusiastamente.

¿Por qué no emplear estos últimos días, meses, años, lustros, de validez del petroaceite para convertir a los venezolanos en tenedores efectivos de ese patrimonio, hasta ahora deficientemente aprovechado? ¿Para qué dejarle al estado el monopolio de su disfrute, conociendo de antemano, por experiencia propia, su consuetudinario fracaso en la creación de riqueza y bienestar? Además, consideremos una verdad del tamaño de las galaxias: cuando el ser humano es posesor de algo, comienza a ver la vida con otros anteojos. El venezolano depauperado y marginal de hoy adquirirá un nuevo semblante y un nuevo orgullo. Cual amo y señor de su alícuota de la riqueza nacional, ello será su trampolín para devengar el techo propio, el negocio propio, sus bienes propios, entonando como el gran Ismael Rivera, “Maelo”, en el inmortal guaguancó: “Yo dueño en mi jaragual me siento, cantándole mi canción al viento”. Okey, y también “con Gladys, que es mi mujer, y Pepe, que es mi perro”. ¡Vuela, zapato viejo! Nada mejor en esta vida que disfrutar de lo suyo bien ganado. Utilicemos el petróleo, en sus postreros años de vida útil, para estimular a todos los venezolanos a tener su propio cuchuchás. Dígalo.

No desdeñemos, asimismo, la posibilidad, para la tercera edad, de contar con una entrada digna —no las tres lochas piches arrojadas, como nepe en cochinera, por el demagogo gandul— y, téngase por valedero, con la posibilidad de disfrutar de la implantación de fondos de pensiones, públicos y privados, para vivir unos años dorados con el mínimo de privaciones posibles. Sería justicia, ¿no?

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¿Más populismo para combatir el populismo, entonces?, opinarán otros. Se trata, más bien, de injertar en nuestro ánimo el discurso de justicia y equidad inherente a la naturaleza humana, con un trasfondo equivalente a la dotación de herramientas para trascender la pobreza.

Indudablemente, la promoción de este precepto conlleva dos aristas a lo Robin Hood: rebanarle la cabeza al dragón del estatismo y —colofón de colofones— arrebatarle la posesión del petróleo al estado para restituírselo a los venezolanos, sus verdaderos propietarios. Se trataría, entonces, de dos acciones justicieras con un componente cultural inequívoco, entendiendo como cultura la plataforma dispensadora de libertades individuales, promoviendo la igualdad, vigorizando el imperio de la ley —no hay justicia entre depauperados sometidos al caudillo émulo del estado—, abriendo  repertorios de potencialidades en cada uno de nosotros, y estimulándonos a ampliar hasta el infinito los símbolos y los lenguajes del acervo humano a través del intercambio de bienes materiales, culturales y espirituales. Si disfrutamos de una ventaja comparativa y corpórea de innegable valor, ¿por qué no utilizarla en el mejoramiento cabal, en primera instancia, de nuestros conciudadanos?

Habrá quien argumente: ese ha sido persistentemente el norte del estatismo (o socialismo, colectivismo, asistencialismo, fascismo de izquierda o derecha, justicialismo, estado novo, redentorismo or whatever) durante todas estas décadas, lo que pasa es que no ha sido bien implementado. Mismo argumento, por cierto, exteriorizado por los partidarios del comunismo, o socialismo real, para balsamizar su fracaso: la intención primigenia era buena, pero sus portaestandartes (Lenin, Stalin, Fidel Castro, Pol Pot, Kim Il Sung, Mao Zedong) se desviaron de la ruta y se convirtieron en genocidas. Se impone la interrogante, ¿no será que el fulano estatismo (en cualquiera de sus empaques) sufre de lo que llaman en transmisión radioeléctrica una falla de origen,  que el trauma proviene de la raíz misma del asunto y que la troncal del estatismo está pervertida desde su genoma? ¿Hasta cuándo insistir con este modelo pichacoso?

El ejemplo de nuestros vecinos y de las sociedades emergentes es patente. Quizá no le han atizado el hachazo al estatismo publicitando el logro, con una suerte de pudor enyesado. Tantos años oficiando la liturgia de las bondades del socialismo estatista no pueden ser dejados de lado a la ligera. Nos luce como quienes encomian a todo gañote las bondades de la castidad, mientras no pierden ocasión para empiernarse con cualquier bicho de uña. O como quienes se hacen lenguas dándoselas de honestos y no pueden ver un dolarito escotero porque ahí mismito se lo birlan (cualquier parecido con el demagogo ladrón no es coincidencia). El caso más notorio es el de China, país que continúa pasándose por comunista, conservando en su apelación oficial el atributo de “república popular” —a semejanza de las antiguas “democracias populares” de los países de Europa oriental, satélites del extinto imperio soviético—, cuando, en realidad, ahí lo que impera es capitalismo puro del más salvaje, bajo la tutela del partido comunista fundado por el pedófilo Mao. Nótese, sin embargo, la astucia de los hoy jerarcas de la milenaria nación asiática al rotarse en los altos cargos, jubilando a los líderes históricos, y no permitiendo —al menos en apariencia— el enquistamiento de personas o grupos en dichas altas esferas. Cada día se parecen más y más, en su hegemonía política, al despotismo militar brasileño de los años 1960-70. O, mejor aun, al PRI mexicano, con su dictadura perfecta diagnosticada por el premio Nobel Octavio Paz.

En Venezuela contamos con la ventaja de la llaga purulenta actual. El asco generalizado, a pesar del natural pavor a la chorocracia, ante la descomunal vagabundería nos permite soslayar los paños calientes y llamar al pan, pan, al vino, vino, y al Pusv, Pusv. Por cierto, qué nombre tan acertado para el partido oficialista: todo un dechado de pus, de podredumbre y de desvergüenza. Podemos, por tanto, develar, sin tantos pudores socialistoides, nuestra meta de desnucar el estatismo y erigir sobre sus cenizas una sociedad productora y productiva, creadora y creativa, con igualdad de oportunidades para todos.

¿Cuánto tiempo nos llevará hacerlo? ¿Cómo se administrará el necesario gradualismo para apuntalar el nuevo escenario post estatista? Todo ello dependerá de la manera cómo salgamos del oprobio reinante. La lucha electoral resulta una alternativa válida, aprovechando los menguantes resquicios de libertad, eso sí, sin olvidar la descarnada frase del carnicero Iósif Visarionovich Stalin: “No importa cómo se vota, sino quién haga el escrutinio”. Ojo’e pipa, señores candidatos de la Unidad.

¿Cómo se llevará a efecto la transición del actual modelo hasta arribar a la propiedad efectiva del petróleo para todos y cada uno de los venezolanos? Recetarios hay para escoger: fondos de pensiones, caja de ahorros nacional individualizada y en divisas, apertura de un mercado de capitales popular como incentivo para el ahorro y la inversión. Hay quienes proponen considerar el ejemplo noruego, con su esquema de moderación y probidad. ¿Podremos llegar a ello? Hace tan solo un siglo, hablar de democracia en nuestro país resultaba utópico. La tuvimos durante cuatro décadas, con sus virtudes y defectos, y esa experiencia le ha obstaculizado al actual militarismo el poder desplegarse con toda su carga delincuencial. Por ahora.

La discusión apenas comienza. Luego, habremos de pasar a la acción, redimiendo la frase de José Ortega y Gasset: “Acción es la vida entera de nuestra conciencia cuando está ocupada en la transformación de la realidad”. No nos queda, entonces, sino vencer los resquemores. Los próximos pasos en nuestra vida republicana deberán ser propinarle una zurra a la dictadura, reinstaurar la democracia y, por sobre todas las cosas, darle matarile al estatismo venezolanizando el petróleo. Despidiéndonos musicalmente otra vez, vamos a parafrasear la canción de Áditus: “El petróleo es mío. Es tuyo. Es nuestro”.

No es ninguna catalina, ¿verdad?

@nicolayiyo

lunes, 13 de febrero de 2012

Deschavetando el estatismo

Trepanar las lentejas

Matarile al estatismo (II)




Los dogmas de un pasado tranquilo no se adaptan ya a la tormenta presente. Nuestra época es aquella en que las dificultades se amontonan, y debemos elevarnos a la altura requerida para dominarlas. Puesto que la situación es nueva, nuestros pensamientos y nuestra acción deben ser nuevos. Salvaremos el país superándonos a nosotros mismos.
 Abraham Lincoln

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Resulta comprensible no desgañitarse en campaña electoral pregonando la agonía del dogma estatista y las fórmulas aconsejables para asestarle una eutanasia que no admite más retardo. Mas, no nos engañemos, la causa de tal timidez estriba en el temor, cundido por doquier, ante los afilados colmillos de una satrapía corrupta, chantajista y consubstanciada alevosamente con el crimen.

La ilusión de normalidad prevalece, como si de verdad nadáramos entre cundeamores de democracia. Pero se trata de la realidad virtual remachada a troche y moche por las tiranías, la realidad de la mentira impuesta, la realidad falsaria descrita impecablemente por el recientemente fallecido líder de la Revolución de Terciopelo checa, Václav Havel, en su ensayo The power of the powerless (“El poder de los sin poder”). Aunque pareciéramos capitular entre contradicciones, bien podemos, con el pañuelo cabalgando sobre la nariz y con los ojos bien pelaos, participar en tales votaciones y aupar candidaturas afines, sin olvidar nunca que nuestra intención última gravita en socavar, corroer y despescuezar, pacífica y cívicamente, las entrañas de la bichocracia, de una vez por todas, como si fuéramos un cáncer benigno (y valga el oxímoron).

Paralelamente, no nos conformamos con batir comicialmente al engendro totalitario y regresar a nuestras casas para empantuflarnos. El norte consiste en el desmontaje cabal del andamiaje estatófilo, calibrando de antemano la dificultad de torcerle el gaznate a un orden de cosas, a una visión del mundo y de la sociedad aposentada entre nosotros desde hace siglos.

Dicho accionar ya viene siendo discutido abiertamente, reiteramos, gracias a la inflexión discursiva de ciertas élites, entendidas estas en el buen sentido del término: agrupaciones e individualidades oteando el camino a seguir, fundamentándose en estudios, discusiones y reflexiones de alto coturno. La Historia lo señala tercamente: llega el momento indefectible para las ideas verdaderamente revolucionarias —perdón por utilizar un vocablo francamente devaluado hoy en Venezuela, pero su pertinencia resulta palmaria— de despegarse de la teta epistemológica que las amamanta y trascender al más amplio dominio público. Ese instante es ahora.

Cualquier revisión somera de artículos de prensa (como los del profesor Per Kurowski en El Universal, los días jueves), ensayos y declaraciones de la intelligentsia venezolana, constata el desiderátum de dejar atrás el estatismo, recalcando la convicción de que tanto la izquierda como la derecha tradicionales han abrevado de esta pleitesía hacia  el estado para atrincherarse en sus privilegios, corrupciones y amiguismos.

Abundan, asimismo, los récipes para abollarle la jeta al estatismo: venta progresiva y transparente al mejor postor —con reserva accionaria para los trabajadores y cotización pública en bolsa — de entidades confiscadas, corrompidas y degeneradas en hemorragias financieras (las “empresas básicas”, Cantv, Agroisleña, cementeras, importadoras de alimentos, fincas agropecuarias); reducción escalonada de la burocracia, inflada en nóminas oficiales y paralelas, con liquidaciones generosas y rentrenamiento profesional para el personal afectado, buscando su inserción en una legítima productividad; circunscripción del estado a las tareas que sí le competen —verbigracia, salud y educación de calidad para todos, seguridad ciudadana contra el hampa de cualquier ralea, defensa del territorio, preservación del medio ambiente, recaudación fiscal, sistema judicial imparcial y autónomo—, encogiéndose pero optimizándose, haciendo honor a la sabiduría popular: “Zapatero a tus zapatos”; administración responsable y transparente de las finanzas públicas, evitando déficits, consolidando la moneda, preservándonos de la inflación y desmontando gradualmente los controles de precios y de cambios. En resumen, restituirle al estado su irrenunciable carácter de garante de los equilibrios sociales. Transformarlo en el vigilante necesario con el mandato de impedir que el pez grande se coma al chico, sin olvidar jamás la obligatoriedad de descentralizar, descentralizar, descentralizar, colocando las instancias decisorias y de poder al alcance de cualquier venezolano de a pie. 

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Todo esto, bien entendido, es necesario mas no suficiente. Apadrinamos el ataque a la raíz del problema. Y entre nosotros, en Venezuela, ese intríngulis pasa por sopesar sin tabúes el credo de la propiedad del estado sobre el petróleo.

“¡Al fin lo confesó este cipayo! ¡Tanto gamelote altisonante para finalmente quitarse el disfraz: es otro neoliberal privatizador! ¡Reconócelo, Juan Bimbota!”, relincharán —si han gozado de paciencia para haber leído hasta aquí— los ñángaras antediluvianos y muchos otros confundidos, a causa de tantos años de estatismo estéril, dentro del campo demócrata.

No se trata de privatizar el petróleo. Hablamos de venezolanizarlo, es decir, de transferir su propiedad, efectiva y definitivamente, a todos y cada uno de nosotros, sus legítimos dueños, los venezolanos. Ajá, algunos retrucarán: ya eso fue realizado en 1976, cuando el finado Carlos Andrés Pérez lo nacionalizó. Y ahí preguntamos nosotros: a usted caro lector nacido en esta Tierra de Gracia, ¿le fue adjudicada su acción de Pdvsa? ¿Cobra usted las resultas por la venta de petróleo? ¿Le llegan a usted, a su chácara, sin intermediarios, los dividendos de la explotación del hidrocarburo, después de sacar las cuentas, a la manera de las sociedades mercantiles bien administradas? Como ello no es así, entonces resulta tautológico señalar que lo efectuado no fue la nacionalización sino, más bien, la estatización del oro negro. El estado, para variar, terminó quedándose con el saco y los corronchos, como dicen en el llano. ¡Qué mantequilla!

Y en manos del estado, no de la nación, ha permanecido durante todo este tiempo, administrado según el leal saber y entender de súpersabios enquistados en las esferas del poder que se autoasignan la pericia de saber más que nosotros sobre el manejo de nuestro dinero. Por supuesto, hoy tal atribución es potestad exclusiva y excluyente de un demagogo ignorante y corrompido, cuya única experiencia gerencial previa fue quebrar una cantina en la academia militar.

Visto el desastre y la crisis permanente de Venezuela durante estos últimos decenios —con índices de pobreza incapaces de disminuir, pese a la alharaca de la dictadura, y (ampáranos, Jesucristo) con niveles de corrupción y latrocinio convirtiéndonos en vergüenza del continente y del mundo—, no hay que ser una lumbrera del pensamiento para discernir el fiasco del modelo estatista. It’s a no brainer, dirían los odiados gringos. Debemos amputar el estatismo. ¿Cómo? Despojando al estado, vale decir, decomisándole a nuestros iluminados gobernantes su principal herramienta para sojuzgarnos: la propiedad del petróleo, para traspasarla, sin alcabalas, al patrimonio de los venezolanos. Resultará, entonces, apropiado presionar a nuestros dirigentes para que adopten estas nuevas ideas. Cruzarnos de brazos creyendo que basta y sobra con derrotar electoralmente al narcodemagogo para implantar un nuevo orden de cosas no es suficiente. Recordemos el axioma de Alexis de Tocqueville: “La obediencia deviene en servidumbre desde que el poder, ilegítimo y despreciado, no conserva más principio que el miedo o el conformismo”. Si petróleo nos pertenece, reclamemos lo nuestro, parroquia.
@nicolayiyo

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Correrías arevaleras

Tejedurías al guayacán
Emilio Arévalo Quijote (IX)

¡Oh libertad preciosa,
no comparada al oro,
ni al bien mayor de la espaciosa tierra,
más rica y más gozosa
que el precioso tesoro
que el mar del sur entre su nácar cierra;
con armas, sangre y guerra,
con las vidas y famas,
conquistado en el mundo;
paz dulce, amor profundo
que el mar aparta y a tu bien nos llamas;
en ti sola se anida
oro, tesoro, paz, bien, gloria y vida!

 
Lope de Vega, Canción


Hilachas y culatas
                       
Transcurridos el juicio sumario y la ejecución de Tomás Funes, cabía preguntarse, ¿hacia dónde llevaría el rebelde Emilio Arévalo Cedeño su lucha antidictatorial? El resonante laurel había repercutido a lo largo y ancho de Venezuela y Colombia. Algunos cabecillas insurgentes propusieron al guariqueño abrogarse la jefatura total de la insurrección. Era el perfecto némesis del Bagre de La Mulera, adujeron. Arévalo desistió, considerándose un soldado más de una revolución cuyo primer autoritas nominal era el desterrado doctor José María Ortega Martínez. La deslealtad no afloraba entre sus blasones.

Veinticinco días le bastaron para aglomerar fuerzas y emprender ruta en dirección de Maipures, escala previa al Apure, donde buscaría batirse con el sagaz capitoste gomero Vincencio Pérez Soto. Allí recibió nuevas de la llegada del doctor y general Roberto “El Tuerto” Vargas, quien tramoleaba el rimbombante rótulo de jefe de la circunscripción militar del centro, “y como mi ejército pertenecía a su jurisdicción, debía yo subordinarme a él”. La relación entre los dos oponentes contra Juan Vicente Gómez despegaba malamente.

Alega EAC en su autobiografía la usurpación del “Tuerto” de tales títulos de comando. En el marco de un posterior exilio, Arévalo nos relata su reencuentro con los Dres. Ortega Martínez y Baptista: “(…) al darles las gracias por la broma que me echaron al mandar a Vargas allá, me contestaron de una manera categórica y formal que ellos no habían dado ningún nombramiento a Vargas (…) (Cuando) supo Vargas mi gran triunfo de Río Negro se fue para la frontera de Arauca procurando aprovecharlo, llamándose Jefe de la Circunscripción Militar del Centro”.

El penacho tóxico

Vargas se apareció en Puerto Carreño, orilla neogranadina del Meta, junto a Pedro Pérez Delgado, “Maisanta”, y un contingente de ochenta hombres. El “Tuerto” asumió el mando de las tropas insurrectas, designándose al doctor Carmelo París jefe de estado mayor y a Emilio Arévalo Cedeño como jefe de la división Río Negro.  Una vez establecida la jerarquía de mando, navegaron con destinación a Caicara del Orinoco, donde permanecieron “ocho días sin hacer nada y dando tiempo a las tropas de Gómez para que se reacomodaran bien (…) El descontento de la fuerza toda era general, dada la actitud de Vargas, su carácter agresivo y díscolo, sus planes de impertinencia”. La discordia se asomaba como una hidra pestífera.

Ya vadeado el Orinoco, hubieron París y Arévalo de sofocar una escaramuza de rebelión contra el “Tuerto” en Cabruta. Todavía con el desagrado aromatizando el ambiente, la hueste cogió rumbo vía al Capanaparo, sin proponerse Roberto Vargas enfrentar al ejercito gomecista, acantonado a una legua de distancia en el sitio Las Cenizas, demarcación del hato San Pablo. Los contendientes se avistaron y no tardaron las andanadas de Winchester en roznar los sabanales. Según EAC, el “Tuerto” Vargas, en su inmovilidad, se había anidado en una vivienda al otro lado del río y no se apersonó al teatro de la refriega sino mucho después de comenzadas las hostilidades. Los gomeros, comandados por el doctor Febres Cordero y el general Tovar Díaz, se habían desbandado, pero Vargas desistió de perseguirlos y aniquilarlos, logrando los oficialistas entrar tranquilos en San Fernando de Apure a los seis días de este episodio.

Cabañuelas en rasgadura

Llegados a las proximidades de Guasdualito y conociendo del emplazamiento allí de unos setenta hombres del gobiernero batallón Guaicaipuro, el “Tuerto”, al fin, se alistó para atacar. En la noche, faltando tres leguas para alcanzar el poblado apureño, se enteraron del arribo de un contingente andino reforzando la guarnición. 


Arévalo recelaba del apresto del “Tuerto”. Sospechaba de su propensión de remitir a otros al desguazadero mientras permanecía resguardado del fragor por la lejanía. Tamaño jefazo, pues. El guariqueño transmitió la decisión de entablar combate a sus oficiales subalternos, el general Ricardo Arria Ruiz, jefe de la brigada Páez; el general Asisclo Ramírez, jefe de la brigada Cedeño; y el coronel Burguillos, jefe del cuerpo de tiradores, quienes aseguraron darse por entero porque EAC los comandaba, pero no así por obedecer las directivas de Roberto Vargas, a quien descalificaban sin tapujos. Arévalo predicó con el ejemplo y los conminó a mostrar la disciplina del subordinado leal.

A las nueve de la mañana del 21 junio 1921 reventó la batalla. Recién llegado a Guasdualito la noche antes, el general Benicio Jiménez lideraba a los defensores, bien atrincherado y apertrechado. Como “un indio tachirense todo nobleza y rectitud”, lo describiría J.A. De Armas Chitty. Las brigadas Páez, Cedeño y Aramendi, esta última bajo la responsabilidad de “Maisanta”, cargaron con denuedo. El “Tuerto” Vargas permanecía en el punto denominado El Chinquero, a un cuarto de legua del centro de la localidad, en casa de José Dolores Chacón y Elena Molina de Chacón, lejos de la metralla.

El encarnizamiento hacía estragos de lado y lado. Narra Juan Carlos Zapata en su libro Plomo más plomo es guerra: “Por el solar de la pensión pasarían los revolucionarios echando plomo y cortando cabezas a filo de machetazos. En la sala principal sería atendido el doctor Ricardo Arria Ruiz (…) puesto en una mecedora tejida de cuero de ganado. Ahí esperaría por el auxilio del doctor y boticario Silverio Agüero —su amigo aunque no su compañero en esta guerra que no era la suya— quien nunca llegó porque la bala de un francotirador, Pedro Becerra, apostado en el techo de la casa de don Tobías Arellano, lo dejaría muerto a cien metros de la pensión”. Ricardo Arria Ruiz sería transportado eventualmente en hamaca hasta Arauca donde se restablecería.

Emilio Arévalo Cedeño penetró al pueblo por la entrada de Los Corrales, mientras “Maisanta” lo hacía por el paso de La Manga. Arria Ruiz lo había hecho por Morrones, donde cayó con el plomazo que lo malogró. Cuenta Zapata: “En una de las calles de Morrones también resultó herido Pedro Fuentes. Eran como las seis de la tarde del primer día de batalla, cuando una bala le destrozó la quijada. Con el tiempo, en Bogotá, se la reconstruyeron con una prótesis de plata y desde entonces se le conoció en todo el llano como Quijada’e Plata”.

Las calles de Guasdualito esgarraban plomo y sangre. Roberto “El Tuerto” Vargas, desde los arrabales, y Emilio Arévalo Cedeño, arrimado a la balacera, dirimían sordamente, a su vez, una pugna caribe y retrechera. ¿A quién le sería develado el hado del triunfo?

@nicolayiyo

El estatismo debe agonizar


Vanaglorias y redoblantes

Matarile al estatismo (I)

por: Nicolás Soto

Todo poder es o se vuelve de derecha. Solo lo convierte en izquierda el control que se ejerza sobre él.
 Jean François Revel


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¿Cuán difícil es desahuciar un concepto mineralizado por siglos y siglos de inercia? Y, en simultáneo y parafraseando el lugar común, ¿qué impide a una nueva idea pulverizar los atavismos y las conductas empegostadas e imponerse con la pujanza de lo inédito, lo ineludible y lo evolutivo? La respuesta parecería empalmarse con dos ingredientes humanos intrínsecamente coaligados: el timing (como dicen los anglosajones), y la energía de algunas élites para irradiar la buena nueva.
                       
Refirámonos a lo primero, considerándolo en su acepción de sentido de la oportunidad y aprovechamiento del momento adecuado, yéndonos a un par de ejemplos históricos. ¿Por qué si nos vanagloriábamos de patriotas a calzón quitao no salieron nuestros ancestros a apoyar con todos los hierros a Gual y España en las postrimerías del siglo XVIII? ¿Ídem con las dos invasiones frustradas de Francisco de Miranda a principios del XIX? Un exégeta del marxismo apuntaría: no estaban dadas las condiciones objetivas. Dicho de otra forma, la noción de independencia no había madurado aun. Algún cínico añadiría: el miedo siempre ha sido libre y a cualquier hijo de la panadera le daría grima verse guindado por el pescuezo con la lengüeta afuera. ¿Mártir yo? ¿Y por causa de una idea no probada todavía? Basirruque murió tosiendo.

De haber existido, en aquellos días, congéneres de la cepa de los actuales encuesteros, seguramente habrían disecado el temperamento de la opinión pública, asegurando la disociación de los radicales gualyespañeros y mirandistas con el ánimo ciudadano, además de reiterar, de acuerdo a sus cifras, la masiva identificación del pueblo con la monarquía gracias a sus “misiones” sociales y su consecuente enganche emocional. Algunos simpatizantes reblandecidos del patriotismo habrían repetido, cual las cotorras que ahorran, tales diagnósticos “técnicos” y habrían descalificado por extremistas a quienes sí se cuadraban sin esguinces con la idea independentista.

Fue menester aguardar la invasión napoleónica a la península ibérica para alumbrar el designio emancipador. En el ínterin, hasta Simón José Antonio de Santísima La Trinidad Bolívar permaneció encuevado en San Mateo, llorando su viudez y añorando el sibaritismo disfrutado otrora en París (Oh la là, les plaisirs de la chair, voyons!). Abdicado a punta de bayoneta el cornudo Carlos IV y pagando cana el deseado Fernando VII en Bayonne, Francia, el vacío de poder sobrevenido en la madre patria aguijoneó el ansia autonomista en las posesiones americanas. Vainas del destino. Ni antes ni después, sino en ese preciso y certero instante pudo parirse nuestra independencia política con respecto a España. Date con el timing.

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Aherrojados en la agobiante espera, pero semejándose a Cristo y sus doce pupilos predicando en el erial, algunos empecinados, obcecados y tozudos personajes mantuvieron viva la llama del anhelo independentista. Gentes leyendo en la clandestinidad a los enciclopedistas, compartiendo las disquisiciones de los filósofos de la Ilustración, comentando apasionadamente las turbulencias de la independencia estadounidense y la Revolución Francesa. Hasta el momento cuando el timing resultó propicio y emergieron de las madrigueras para vocear el alegato desquiciador de la realidad vigente, la realidad cuestionada, la realidad insensata que ellos venían a trastocar, la realidad virtual impuesta por un despotismo de trescientos años.

En el tiempo presente venezolano, signado por un militarismo abrazado sin ambages a la versión más troglodita del estatismo bajo el remoquete de comunismo del siglo 21, las mentes más esclarecidas desempeñándose en disímiles ámbitos —académicos, políticos, económicos, laborales, culturales y mediáticos— comienzan a abordar, sin complejos, la necesidad de descabezar, de una vez por todas, tan nefasta y achantada práctica.

Vale la pena preguntarse, ¿por qué el estatismo se ha asido tanto a nuestra psique social? ¿Por qué nos engrinchamos cuando escuchamos, por ejemplo, que el petróleo no debería seguir perteneciendo al estado y apellidamos de apóstata, blasfemo, impío y hasta de “lacayo del imperialismo” a quien osare expresarse de este modo?

¿Acarreamos dosis de estatismo en nuestro ADN histórico? Es cierto, se ha repetido hasta la saciedad, que la monarquía ibérica fue la mar de mercantilista, vale decir, su accionar prefiguró el patrón estatizante. Todo pertenecía a vuesa majestad, el rey. Si querías ascender en la escalinata social, debías arrimarte a su sombra, probar tu limpieza de sangre, bajarte de la mula para ponerte en un título nobiliario si eras un gran cacao y, por supuesto, ganar sus favores. No valían méritos ni esfuerzo creador. Si el rey hubiera lucido una verruga y pertenecido al Pusv te habría exigido la franela rojo rogelia. Y caudales, muchos caudales, preferiblemente oro y plata. Los mantuanos serían antecesores, por tanto, de los boliburgueses en boga hoy.

Pero aristócratas criollos como Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar encabezaron la empresa emancipadora y —pos fíjese, dirían en México— sus pretensiones abarcaban la libertad de comercio, la protección a la propiedad, el estímulo a la iniciativa individual, la atracción de capitales para crear riqueza y por ahí seguimos. ¿No lo creen? Léanse el Discurso de Angostura o cualquier otro documento del adalid republicano nacido en la cuadra de San Jacinto a Traposos. Consulten cualquiera de sus biografías, desde la de Emil Ludwig hasta la de Indalecio Liévano Aguirre, por citar algunas. A la sazón, aplicando la verba comunista, certificaríamos el tufo a capitalismo del hijo de doña Concepción Palacios.

Al morir Bolívar y desmembrarse la República de Colombia (la Grande), José Antonio Páez encabezó un período bastante estable, tildado erróneamente como Oligarquía Conservadora, respetuoso de los preceptos liberales mencionados arriba. Su defenestración, en 1848, generó ciclos de anarquía y violencia fratricida, causantes de bancarrota, atraso y hasta pérdida de territorio nacional (sin disparar ni un tiro, excepto contra nosotros mismos). El mercantilismo volvió por sus fueros. Con la irrupción del petróleo, a principios del siglo XX, el estatismo se desembozó, pues el susodicho mineral pertenecía única y exclusivamente al estado, por herencia de las viejas legislaciones españolas. Al ser propiedad del estado pasaba, sin solución de continuidad, al peculio del sátrapa de turno. Durante los cuatro decenios de democracia civil (“la octava república”, o algo por el estilo, según la chorocracia actual), se intentó dorar la píldora asegurándose a los cuatros vientos que “el petróleo es pertenencia de todos los venezolanos”. Pero el mene, el excremento del diablo, nunca abandonó las alforjas del estado. Ergo, el estatismo prevaleció, con todas sus caléndulas de vicio y corrupción, excepto en el breve interregno 1989-92, cuando se intentaron numerosas reformas (Copre mediante), arrojadas luego al albañal por causa de los cuartelazos que prefiguraron el despelote comunista.

Ha sido necesario el fracaso estridente, dispendioso, irresponsable y delincuencial de la actual dictadura para lograr la epifanía —al estilo de Saulo de Tarso a las puertas de Damasco, convirtiéndose luego en San Pablo— de incontables compatriotas, lográndose, por un lado, desechar el almidonado miriñaque conceptual del estatismo (tal cual el apóstol Pablo con el paganismo), tanto en sus variantes de izquierda como de derecha tradicionales, y, por el otro, espolear el análisis, la reflexión y el enunciado de soluciones para una Venezuela deslastrada del chancro estatista.

Tenemos, consiguientemente, las dos condiciones enumeradas con anterioridad para concitar la irrevocable metamorfosis de la sociedad venezolana, estadio al que llegamos con cierto retraso en comparación con casi todo el resto de Iberoamérica. Con el timing y la disposición de las élites hemos topado, mi buen escudero Sancho Panza, farfullaría el ingenioso hidalgo. Faltaría, de seguidas, terminar de sembrar y cosechar el convencimiento de las mayorías, develando el leit motiv, el acicate, el utensilio  movilizador de las voluntades y encofrador de los cimientos de la Venezuela post estatista. A saber…
@nicolayiyo