lunes, 11 de febrero de 2013

Dictaduras al gratén




Esquirlas fluctuantes
Emilio Arévalo Quijote (XV)
por: Nicolás Soto

El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado del brazo con la muerte.
José Antonio Ramos Sucre, La torre del timón



Relicarios

Los tiempos de dictadura espinan, en algunos, ruindades y dobleces. En otros, hacen aflorar gestos desacostumbrados. El balazo autoinfligido de José Miguel Guevara Ron en El Guapo, Miranda, inspiró a Emilio Arévalo Cedeño un dictamen pertinaz: “Los pobres esclavos prefieren quitarse la vida, antes que considerar que si deliberan un minuto siquiera dejan de ser esclavos, son libres, y por lo consiguiente dignificados para el servicio de la humanidad”. En este caso, el derrotado subalterno rehuyó enfrentar la cólera del sumo cacique, si bien los más optaban por arrastrarse con mayor ahínco ante el dominio incisivo del dueño absoluto de Venezuela, J.V. Gómez, némesis vitalicio de EAC por encarnar El Benemérito a la rémora autoritaria y semibárbara que inveteradamente ha persistido en remolcarnos hacia el atraso, la servidumbre y la adulancia borreguil.

En ese momento y circunstancia —postrimerías de 1921—, Arévalo no podía permitirse el lujo del sedentarismo. Signo indubitable de la guerra de guerrillas: inmovilizarse significaba perecer. Decidió, por consiguiente, dejar atrás Barlovento y apersonarse en Altagracia de Orituco. En Batatal se le une su hermano, el coronel Luis Arévalo Cedeño, con cincuenta hombres a caballo, casi todos oriundos de San Francisco de Macaira, Guárico. Al siguiente día, recibe el concurso del coronel Santos Rengifo y alrededor de treinta jinetes más. 

El presidente gomero del Guárico, general Manuel Sarmiento, se había guarnecido en Lezama. Luego de un tiroteo sostenido, Arévalo lo incita a venir sobre Altagracia y enfrentarlo. Sarmiento, hombre bragado del gomecismo, no pisa la concha de mango y retrocede, buscando el centro de la república. EAC determina al punto proceder sobre Calabozo.

En la antigua capital guariqueña se hallaban fortificados los coroneles Rodríguez López e Irazábal Rolando, quienes tampoco salieron al descampado a batirse con el vallepascuense. Tuerce el rumbo Arévalo, entonces, hacia La Puerta de Mapurite, en las cercanías de San Carlos de Cojedes, donde vuelve a enterarse de un exhorto del gobierno estadounidense solicitando amnistía para los presos políticos y el regreso de los exiliados venezolanos a territorio patrio. 

Ya antes, en Libertad de Orituco, EAC había sabido de esta exigencia. Apoderándose de la oficina de telégrafos, remitió un mensaje intransigente al Bagre de La Mulera: “Patriota como soi (sic), convengo en que usted haga lo que se le impone, porque es lo humanitario, lo civilizado y lo republicano; pero debo protestar por la intervención de un poder extranjero en los asuntos internos de nuestro país. Es decir, que combatí contra Ud. y seguiré combatiendo contra los americanos del Norte, porque la herencia de Bolívar es única, indivisible y no permite intervención. Su compatriota que jamás ha sido su amigo. —E. Arévalo Cedeño”. 

Gómez no complació el petitorio yanqui, valga la acotación, con todo y lo que les debía por haberlo apoyado a la hora de defenestrar a Cipriano Castro y aun siendo ellos (los gringos) sus principales financistas, compra de petróleo mediante. Hablando de arrodillarse ante factores externos, el ladino déspota no se iba de bruces ante “la voz de su amo”. EAC, por su parte, con este episodio hizo gala de pundonor sin esguinces. Parafraseando al Cabito capachero, hasta ahí llegó “la planta insolente del extranjero”.

Pitas y sedales

El telégrafo, único medio de comunicación a distancia en aquellos días, vomitaba en todos los pueblos las órdenes de Gómez urgiendo a sus milicos la captura, vivo o muerto, de Emilio Arévalo Cedeño. Fuerzas despachadas desde Anzoátegui, Guárico, Cojedes, Portuguesa, Zamora (actual Barinas) y Apure convergían en un movimiento envolvente, ansiando apresarlo. Mas, según EAC, los sabuesos del régimen “tenían mucho miedo, y aunque deseosos de complacer a su amo el tirano Gómez, el instinto de conservación los obligaba a ser prudentes para evitar la derrota (…) lo cual constituiría la desgracia de ellos”.

Sabiéndose hostigado desde los cuatro puntos cardinales, Arévalo cruza el río Pao, dividiendo peligrosamente sus escasas huestes ante la crecida fluvial. La fortuna lo amparó y no fue atacado durante ese intrincado paso. Toma, de seguidas, El Pao, Cojedes, donde, siguiendo su hábito, ocupa la oficina de telégrafos y constata el aluvión de mensajes del dictador amenazando con las más severas represalias a quienes proveyesen al “faccioso Arévalo Cedeño” con bestias para la remonta, víveres o ayuda de cualquier tipo.

Sin pérdida de tiempo, atraviesa el río Portuguesa y, en inmediaciones de Sabaneta de Turén, se topa con el general gomecista Vicente Hernández, a quien bate con una sola carga de caballería, obligándolo a abandonar la mula que le servía de montura e internarse a pie en la montaña circundante. Ya en Turén, EAC dictamina la liberación de “unos cuantos presos políticos, que estaban allí por sospechas revolucionarias (…) pero que no eran otra cosa sino inocentes compatriotas que iban a la carretera a trabajar, para llenar más de dinero al monstruoso sindicato de la expoliación que se llamó Juan Vicente Gómez & C°”. Todos los sátrapas de la historia se han creído amos de las vidas y haciendas de sus sojuzgados. Mariano Picón Salas describe así lo vivido en tiempos de oprobio autoritario: “Aquí no hay valores espirituales (…) Los hombres se dividen en los tontos y en los vivos: tontos son los que piensan que Gómez es mortal y que en esta azotada tierra nuestra podrá edificarse un régimen más justo y más sano; vivos son los que después de visitas a Maracay cambian sus marcas de automóvil”. Nada nuevo bajo el sol.

A todas estas, en Acarigua se acantonaban numerosos efectivos con la intención de complacer el edicto tajante de quien se hacía llamar Gómez Único: había que reducir al sublevado guariqueño, costase lo que costase.

Emilio Arévalo Cedeño enfiló hacia allá, en abierto reto. La osadía se venteaba en el tiempo.


@nicolayiyo

viernes, 7 de diciembre de 2012

Marchas y contramarchas




Mantisas de argamasa
Emilio Arévalo Quijote (XIV)

¿Podemos escapar de la barbarie? La barbarie solo es la venganza o la nostalgia del salvajismo; su fondo es la inautenticidad.
Octavio Paz, Corriente alterna

 




Tijereteando
                       
Desde Zaraza, Emilio Arévalo Cedeño emprendió camino sobre Guafalito, Cojedes.  Nuevamente la rapidez y el factor sorpresa, en un recorrido sobrepasando las veinte leguas, resultaron determinantes para doblegar la tropa al mando del general gobiernero Fernando Márquez Fuenmayor. Esa fecha, 15 septiembre 1921, apenas a trece días de la refriega en Santa María de Ipire, sentaba un peligroso precedente para la solidez y el prestigio de la inexpugnable fortaleza gomecista. Por vez primera en su ya largo reinado de casi catorce años, una fuerza adversaria se adentraba al centro del país y, por mampuesto, se colocaba, como dicen en el llano, a tiro’e soga pelúa de Maracay, guarida irreductible de quien se ufanaba de ser el dueño y señor de Venezuela.

Pero la suerte vino una vez más en auxilio del enmantillado dictador. El miedo imperante imposibilitaba el reclutamiento de efectivos frescos y el acopio de armas, munición y avituallamiento. Decidió, por consiguiente, el quijotesco vallepascuense incursionar sobre Zuata, Anzoátegui, donde un brote de influenza —quizá rémora de la epidemia de gripe española del año 1918 que mató a Alí Gómez, el hijo predilecto del sátrapa— amenazó con disgregar sus tropas. Sintiéndose acosado, EAC buscó desconcertar al enemigo trasladándose velozmente a Mapire, en la ribera anzoatiguense del Orinoco. Allí atacó al vapor Amparo, no pudiendo capturarlo “por la imprudencia de un oficial nuestro”, logrando ponerlo en fuga e impidiéndole cumplir su misión de resguardo al régimen.

Desdeñando el descanso, Arévalo contramarchó sobre Zuata, ambicionando hostigar y hostigar en zonas centrales, con testarudez de poseso. Atravesando el suroriente del Guárico, en un sitio denominado Tres Matas, el contagio agredió una vez más y EAC presenció “con dolor, la muerte de varios de mis compañeros atacados de grippe (sic), (estando) yo de muerte un día, y me salvé milagrosamente, para continuar marcha castigado todos los días por la fiebre y tan mal del pecho, que parecía estaba tuberculoso”. Todo esto bajo lluvias copiosas y el aniego vastísimo que asimilaba la sabana a un océano de acentos grisáceos y azulados.

Predicados

Acicateando las monturas, con arrestos de ánimas embuchadas de purgatorios, Zuata los vio pasar. Volvieron grupas enseguida, al galope sobre Valle de La Pascua con proa hacia Altagracia de Orituco, ocupada sin resistencia por el abandono de los pelotones gomeros. Presa del quebranto batallador, quizá con córneas desorbitadas cual Don Quijote antes de colisionar fierros con dragones alucinados como molinos, Arévalo Cedeño se lanzó a la caza del “Doctor Luis Godoy, Presidente del Estado Anzoátegui, (quien) venía sobre mí con una fuerza de consideración, (pero) Godoy no quería encontrarse con nosotros. (Pasé) por Guaribe, El Valle, Guanape y llegué a Onoto (donde) la temperatura me bajó, y fue tanto el estado de gravedad, que mis compañeros esperaban mi muerte para disolverse”.

Estaba prescrito que su hora final no arribaba aun. En eso él y Juan Vicente Gómez se parecían, a pesar de ellos mismos. Gentes de aquellos tiempos y comarcas le han asegurado a diversos cronistas, en relatos de tradición oral, que el doctor Godoy supuestamente contrató a un experto tirador, un sujeto mentado “El Negro” Rosendo Chirica, empleado del jefe civil de Barcelona, Carlos Chapellín. En vecindades de La Panchita, límites de Guárico y Anzoátegui, este sicario se apersonó para velar a su presa. Era fama que jamás gastaba más de dos cartuchos en tan sanguinaria faena. Sus ajusticiados se contaban por docenas. Carlos Chapellín, cuentan en Anzoátegui, le entregó una caja de cápsulas para el máuser,  buscando asegurarse del encargo.

Afirma la tradición que “El Negro” Rosendo Chirica tuvo en la mira en más de una oportunidad a Emilio Arévalo Cedeño. Pero, por primera vez en su frondoso historial de asesinatos a larga distancia, con precisión y asepsia de orfebre de la muerte, al “Negro” Rosendo Chirica le tembló el pulso. Ni variando el ángulo de tiro mientras brincaba de rama en rama, con agilidad de tigrito en los raudales, lograba controlar el tembleque. Nada de nada. La muñeca le desvariaba y la vista se le encapotaba.

Según los cronistas, los memoriosos de la región testificaban que “El Negro” Rosendo Chirica regresó de incógnito a la ciudad del Neverí. Años después, cuando le preguntaban por qué no le quebró la crisma a Emilio Arévalo, dizque murmuraba a la sordina, casi santiguándose: “Ese hombre tiene oraciones”.

Sin recobrarse del todo, EAC malició que Godoy iría sobre Aragua de Barcelona. Arévalo, forzando la galopada, se apoderó de la plaza primero. El capitoste de la dictadura se devolvió a Barcelona, donde se atrincheró.

La movilidad incesante, como emparentado con una ameba vibrante, rubricaba el accionar arevalero. Dada la imposibilidad de un ataque frontal contra la capital anzoatiguense, por carencia de pertrechos y demás aprestos, EAC cogió la vía de Clarines, pasando a predios mirandinos por Barlovento y llegándose hasta El Guapo.

Esta población era defendida por los hermanos Manuel Antonio y José Miguel Guevara Ron, ambos generales gomecistas, célebres por su férreo control sobre esa localidad, al igual que lo había hecho su padre años antes, el general Lorenzo Guevara, de quien se presumía era el padre biológico del siniestro Tomás Funes, el Terror de Río Negro, según afirmación del historiador Oldman Botello en su trabajo Golpe de suerte que catapultó a Arévalo Cedeño. No obstante, algunos investigadores especializados en esa región y época, verbigracia Julio González Chacín, sostienen que la paternidad de Funes debe achacársele al general Lorenzo Guevara Ron, hermano de los dos primeros mentados. Y otros más por ahí (Edgardo González, Historia del Territorio Federal Amazonas, Caracas, 1984), le endilgan la progenitura del susodicho al general Manuel Guevara con una indígena de la cazabera población de Cúpira. Sea cual sea la verdad, le tocó a Arévalo volver a lidiar con la casta del ajusticiado en San Fernando de Atabapo, al inicio de ese trepidante año 1921.

Señala el cronista Vicente Gutiérrez en su obra Río Chico, ciudad bicentenaria, la determinación de José Miguel Guevara Ron de batir al más tenaz antagonista del gomecismo, asegurándole a su hermano Manuel Antonio que si no derrotaba “al sedicioso, no volveremos a vernos”. Creyó tenderle una celada al guariqueño, pero Arévalo, más astuto, lo derrotó completamente. José Miguel Guevara Ron, temiendo el reclamo airado de Juan Vicente Gómez, se descerrajó un tiro en la sien. Todavía quedaba gente con vergüenza.

A Emilio Arévalo Cedeño lo aguardaba aun más acción, en una peripecia cuajada de rebeldía nerviosa y de quijotismo desprendido.


@nicolayiyo

martes, 6 de noviembre de 2012

"Helio" (extracto)





El ciclón de las hebillas
Elio conducía desaforado, como en los viejos tiempos cuando las calles y avenidas de Caracas lo naufragaban en su escapatoria. Si tomaba las curvas con imperio, pensaba: “Marisa me habría recriminado diciendo por qué conduces así entonces-después-no-sé-qué-y-no-sé-qué-más”. Si los cauchos se quejaban al abandonar el asfalto por la tierra y los peñones de los caminos, pensaba: “Marisa se habría quejado, entonces-después,  de mi afán por tomar las rutas más insólitas”. Si levantaba un enjambre de polvo y pedruscos, pensaba: “Marisa me habría recalcado que si anduviéramos en su carro y se lo ensuciaba, entonces-después, tendría que lavárselo yo mismo porque ella, entonces-después, era muy delicada con su carro, entonces-después, porque yo soy un gran descuidado, entonces-después...”

Eran poco más de las seis. El sol de agosto se negaba a desaparecer tras la raya del horizonte y el calor colaba su zozobra despreciando el forcejeo del aire acondicionado. La memoria de Elio volvía una y otra vez a la silueta de Marisa Testi, su ex mujer de la cual no ha logrado divorciarse todavía pues no ha conseguido un cliente solvente para  la casa. Marisa le ha mandado a decir con la abogada que tenía las oficinas en Chuao que la partición de bienes sería justa. Él hubiera querido ponerse en contacto directo con ella, ir a Caracas y hablarle. Pero Marisa ha sido tajante sobre este punto. Todo lo que tenían que decirse sería comunicado por conducto de la abogada. Elio se la imaginaba, con esa frialdad acerada de la que ella era capaz cuando se proponía herirlo. Él conocía también el modo de escarnecerla. Sabía cómo vilipendiarla y hurgar en sus llagas memorables, en las cosas que la acomplejaban: su trasero un tanto escuálido y su vientre algo flácido que ella  ocultaba con sagacidad cuando se vestía, porque en eso ella sí era experta cuando se lo proponía, en arreglarse y deslumbrar, y no era menester que  todo el mundo se lo repitiera, pues Marisa era bella (“Tu mujer es una muñequita Barbie”, lo congratularon sus primas solteronas que vivían en Vista Alegre el día del matrimonio eclesiástico). Un  furor arrasado  le oprimió el ánimo al sentir  su memoria  rebosada por esos recuerdos y apretó el acelerador automáticamente.

Una camioneta Toyota verde oscuro estaba accidentada a la vera del camino. La ira le impidió ver el tornado de polvo con que cubrió a los desafortunados ocupantes y el encerado también verde que tapaba la carga que transportaban.

Iba a ochenta, noventa, ciento y pico por hora en esa calzada estragada, devorando espacio y tiempo para olvidarla. Elio salía a conducir sin rumbo fijo procurando no pensar. Pero Marisa volvía y volvía siempre a su imaginación.

Una valla saturada de colorines auguraba la pronta construcción de un puente o de una alcantarilla, Otra obra más del gobierno revolucionario de Ádicson Hermelindo Fragachán... La revolución no se detiene!!!

Elio desaceleró un tanto. Ádicson Hermelindo Fragachán. Tenía tiempo sin verlo, pero resultaba imposible escaparse del ícono cachetón, lunaroso y enmostachado que engalanaba las pancartas omnipresentes en las carreteras, vías, caminos reales y trochas del estado. Elio recordó aquella agobiadora película inglesa que había visto hacía unas pocas noches en uno de los canales del cable en la que un burócrata tenue, acompañado de su indescifrable enamorada, buscaba escurrirse de la vigilancia de un fulano big brother que todo lo auscultaba, para terminar traicionándola (“Julia”, creyó recordar el nombre de la emborronada chica) al ser torturado y sentir su rostro atenazado dentro de  una jaula metálica donde pululaban unas ratas asquerosas. “Mil novecientos ochenta y cuatro... así se llamaba la película. Ese fue el año en que conocí a Marisa”, pensó. Otro cartel irrumpió en su campo visual, esta vez profetizando cosechas récord para el presente y el futuro: Con la Revolución Libertaria todos vivimos mejor!!!, y la efigie de Ádicson Hermelindo se parecía más y más al big brothertotalitario.

Lo recordaba echón, petulante, malhablado y veladamente pendenciero en el Liceo Cecilio Acosta, hacía ya casi veinticinco años. Elio estaba a punto de graduarse de bachiller cuando Ádicson Hermelindo arrancó la secundaria. Elio se parapetaba detrás de un vago recelo cada vez que sus miradas se topaban. Hasta que un día cualquiera, le habló:

—Tú eres hermano mío.

Ádicson Hermelindo, por primera vez en su vida, perdió su talante de gallito bravucón.

—Somos hermanos por parte de padre.

Elio lo sabía porque Lilian se lo había espetado con suma virulencia al viejo Heriberto Laredo en una de las tantas disputas familiares. Los recuerdos le cabalgaron como un mazacote gelatinoso en desbandada.

—Si crees que me vas a heredar estás muy equivocada. No eres más que una piazo’e zángana, siempre revolcándote con todos esos tipos con quienes te escapas a toda hora del día y de la noche. ¿A quién piensas engañar? —gruñó el viejo Heriberto Laredo sin dejar de inspeccionar a la inmutable señora Lirio, como reprochándole su descuido en la crianza de la moza.

— ¿Y tú qué te crees? ¿Es que acaso eres muy inocente? —Lilian no se arredraba.

El viejo Heriberto Laredo permanecía al lado del fregadero. Sus labios y dientes castañetearon de la rabia contra la arcilla del tazón de café que se estaba tomando.

—El pueblo entero sabe que eres el viejo verde de la comarca, persiguiendo a todas las Lolitas que se te atraviesan. Y todo el mundo está al tanto de los hijos que tienes regados por ahí, sobre todo del anormal ése que tuviste con la oligofrénica de Lizybeth Fragachán, que ya anda metido en líos con la justicia —a Lilian se le desencajaban los ojos, en un gesto heredado de aquel padre a quien se enfrentaba, mientras se le aproximaba, sin rastro alguno de temor, viniendo del comedor.

La señora Lirio revolvía su plato, inexpresiva, inalterable, sin que nada la sacase de su autismo. En eso Elio se le parecía: evadía el barullo encerrándose en una concha plomiza. Pero no pudo dejar de prestar atención ante la abrumadora verdad que Lilian estaba revelando.

—Ése es el hijo tuyo que más salió a ti: ¡sádico y pendenciero! Ya por ahí se dice que tiene unas cuantas violaciones a cuestas. ¿Cuántas tienes tú?

El viejo Heriberto Laredo lanzó el tazón al interior del fregadero. El ruido tronó en toda la casa como una andanada de granizo.

— ¡Cállate, maldita loca!

Vomitando una espuma oleaginosa, el viejo Heriberto Laredo se abalanzó contra la muchacha, el puño en alto, dispuesto a golpearla. Lilian reculó un tanto. Cuando ya tenía casi encima a su padre, logró empuñar un cuchillo de picar carne.

— ¡Atrévete a tocarme y te corto una vena!

El viejo Heriberto Laredo se detuvo. La miró de arriba abajo y soltó una risilla coyotesca.

— ¡Cuerda de locos! ¡Una cuerda de tarados es lo que son ustedes! ¡La vieja apática y sus dos cachorros: la putica y el pánfilo! ¡Me voy pa’l coño! ¡Quédense en su chiquero!

La señora Lirio no levantaba la vista del plato. Elio observó a Lilian abandonar el comedor mientras su padre se iba golpeando todas las puertas a su paso.

Elio había acelerado nuevamente la camioneta hasta más no poder. Las nubes de polvo se le enganchaban de la cola. Sus manos estrujaban el volante. Volvió a toparse con otra pancarta del gobierno.

—Somos hermanos — la mente de Elio había regresado al Liceo Cecilio Acosta, en plenos años setenta, a Ádicson Hermelindo y sus mejillas depuradas por la mirada seca.

— ¿Y tú qué quieres que haga? —le respondió Ádicson Hermelindo, con pose retadora.